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Artes

29 enero, 2019 | Por

La vida después de los 80

Marion Kaufmann nació en Berlín y llegó a la Argentina poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Periodista autodidacta, a los 92 publicó su primer libro sobre mujeres de más de 80 años.


Texto y fotos: Carolina Cattaneo

Esta mañana terminó de hacer las últimas correcciones de la columna que escribe todas las semanas para un diario argentino que se edita en alemán, el Argentinisches Tageblatt. Como siempre desde hace años, la iba a mandar por mail, pero por una falla con Internet, no pudo. Copió el archivo en un pen drive, lo llevó a la casa de su vecina pero, no sabe por qué, tampoco pudo. Fue a un cyber. Pudo. A la tarde preparó una bandeja con budín y jugo para recibir a la visita, la esperó detrás del portón, conversó con ella durante más de una hora y le mostró sus libros. Le presentó su colección de cactus y suculentas y le dijo que de esa casa no se quiere ir, que su parque con sus árboles le hacen bien.

A siete años de cumplir cien, nada, o casi nada, detiene a Marion Kaufmann. En septiembre de 2018, a los 92, publicó su primer libro, “Nosotras las de 80 para arriba”, una compilación de entrevistas a mujeres que ya pasaron las ocho décadas, toda una reivindicación de la vejez, del tiempo en que la piel se afina como el ala de una libélua y el alma se vuelve sutil y liviana.

“Salen libros de mujeres de 50, de 60, y nadie se ocupa de nosotras, que tenemos ochenta”, dice antes de que la visita haya encendido el grabador. “Somos muchas las que estamos activas, que hacemos cosas, que bailamos, pintamos o tocamos el piano. Pero nadie se da cuenta. Entonces yo pensé: si nadie escribe sobre nosotras, lo hago yo”.

Al hablar, Marion revela el acento alemán de su lengua madre, la que aprendió mientras vivía con su padre, su madre y su hermano en la fría Berlín hasta poco antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial.  En 1937, con su familia y escapando de la persecución nazi a los judíos, Marion llegó a la Argentina.

“Somos muchas las que estamos activas, que hacemos cosas, que bailamos, pintamos o tocamos el piano. Entonces yo pensé: si nadie escribe sobre nosotras, lo hago yo”.

El proyecto de escribir un libro, entonces, fue ese: mostrar que había muchas mujeres como ella que aún existían, que aún encontraban interés en la vida y que aún enriquecían sus días con la escritura, la música o las actividades solidarias.

Salió a la búsqueda de esas mujeres, las llamó por teléfono, las invitó a ser entrevistadas, las visitó en su casa, les tomó los retratos que saldrían en el libro, las grabó con un viejo grabador a cassette, las desgrabó, redactó las dieciocho conversaciones en un libro de 200 páginas y costeó su edición. Habiendo hecho casi todo, no podía dejar de participar, también en la distribución, así que ahí salió: a pie -como siempre, salvo cuando sube y baja de trenes y colectivos-, con sus libros bajo el brazo, a la búsqueda de libreros que quisieran incluirlos en sus estantes.

Las escritoras Hebe Uhart y Angélica Gorodischer, la cocinera Beatriz Chomnalez, la dramaturga Griselda Gambaro, la escultora Vechy Logioio componen una serie de entrevistas en femenino, conversaciones con pocas alusiones a achaques de edad y largos relatos de caminos recorridos, de sueños alcanzados, de dolores transitados y de proyectos futuros.

–Cuando hablabas con ellas, ¿sentías que estaban hablando de algo en común?

–Contaban que la vejez no les importa, eso era como un leit motiv, un hilo rojo. Una sola me dijo “La vejez es terrible”. Pero durante la entrevista me demostró que está muy contenta con lo que hace, porque descubrió que sirve para enseñar idiomas, enseña alemán a argentinos, castellano a alemanes, tiene un montón de alumnos que van a su casa. Al final, me dijo: “Estoy muy contenta con lo que hago”.

–¿Cómo te sentiste escribiendo?

–Hace 50 años que soy periodista, no hago otra cosa que hacer entrevistas. Yo trabajo freelance, no soy redactora de nadie, y yo me elijo los temas.

–¿Qué temas te interesan?

–La gente: la gente.

Marion en su biblioteca, donde guarda un lugar especial para su autor favorito, Thomas Mann.

Marion, madre de dos hijos, abuela de seis nietos y bisabuela de uno, es una periodista autodidacta, lo que se llama una periodista de oficio. Su primer trabajo fue un texto que escribió después de visitar un circo durante un viaje a Suiza, a cuya trastienda tuvo acceso gracias a una amiga. Tan alucinante le pareció lo que se vivía detrás del escenario que, al volver al país, lo escribió, se presentó ante el director del diario alemán y le ofreció el texto, sabiendo que no tenía nada que perder.

Lo vi tan entusiasmado –cuenta–, que le pregunté si no tenía algún trabajo, que a mí me gustaba escribir. ‘Sí, necesitamos una persona que comente los estrenos de cine’, me dijo. A mí me encanta el cine, así que otra cosa mejor no podía haberme pasado“.

Sin nada que perder, lo ganó todo: desde entonces nunca se detuvo y el periodismo fue su aliado para alimentar una curiosidad voraz. Como le gustaba viajar, volvía y traía material de afuera. En Sudáfrica entrevistó a Nadine Gordimer, la premio Nobel de Literatura de 1991, y en París, a Beate Klarsfeld, la mujer que se hizo mundialmente conocida por sus denuncias contra nazis no condenados, solo por nombrar algunos de sus trabajos.

Cuenta que en cada viaje se decía a ella misma “esta vez no voy a trabajar”, y que a poco de llegar, claudicaba y terminaba en una librería comprando un anotador y una lapicera.

Marion también supo ser un puente entre el mundo de las letras argentina y la alemana.

En los 80 fui a la feria del libro de Frankfurt, me acerqué a un stand de una editorial que publicaba libros bilingües y pregunté por qué nunca había nada de Argentina. Me dijeron que porque no conocían a nadie que los tradujera. Dije: ‘Bueno, acá estoy yo’.

Y entonces tradujo para ellos textos de Sara Gallardo, Silvina Ocampo, Bioy Casares y otros autores argentinos.

Señor y perro (Herr und hund), de Thomas Mann, uno de sus libros favoritos, y sus cactus, a los que llama “mis bebés”.

La edad del alma

¿Puedo darte un poco más?“, pregunta cada tanto, y, siempre atenta, siempre amable, rellena el vaso a su visita con el jugo que preparó más temprano.

–Marion, se te ve con buena salud.

–Por suerte. A veces me preguntan qué hacés para estar tan bien. Y yo digo: no es porque camino mucho, tampoco es porque no fumo. Es porque tengo curiosidad. La curiosidad es lo que mantiene a la gente viva. Hay gente que ya no se interesa por nada, esos son los que están enfermos.

–¿De cuántos años te sentís?

– En general me siento mucho más joven, te cuento. Pero con un calor como el de hoy me siento como de 120 años.

–Cuando llegás a una edad como la tuya, ¿se vive mucho en el pasado?

–Mirá, un poco sí, pero en realidad es mejor pensar en lo que hago ahora y en lo que voy a hacer, porque es muy importante tener proyectos.

Ella los tiene, claro. La próxima columna que publicará en el diario alemán será sobre el uso que se le está dando a los drones para hacer delivery. También piensa terminar algunas entrevistas que postergó mientras trabajaba en su primer libro.

–¿Pensás en escribir otro?

– Algún día sí, ya lo tengo en la cabeza. Va a ser bien distinto.  

“A veces me preguntan qué hacés para estar tan bien. Y yo digo: no es porque camino mucho, tampoco es porque no fumo. Es porque tengo curiosidad. La curiosidad es lo que mantiene a la gente viva. Hay gente que ya no se interesa por nada, esos son los que están enfermos”.

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