Sophia - Despliega el Alma

Artes

8 septiembre, 2008

“La tierra es un ámbito sagrado”


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Teresa Pereda – Artista plástica, 51 años

La tierra es el vehículo que Teresa utiliza en sus obras de arte para lograr la integración de distintas culturas y razas, de modo  de mostrar nuestra identidad, nuestro ser argentinos. Por Agustina Rabaini. Fotos: Pilar Carlés y Teresa Pereda.

La integración a través del arte es lo que busca Teresa Pereda. La tierra es el elemento integrador y el fin con el que ella la mezcla es la convivencia de todos los argentinos para formar una sociedad mejor. Argentinos que tenemos distintas raíces y culturas: pueblos originarios, inmigrantes, habitantes de grandes ciudades o pobladores del campo. Lo resume muy bien en una frase que utilizó para editar un libro: “Inventemos una historia conjunta; los que llegaron a habitar esta región en la antigüedad, los que vinieron después, los inmigrantes y los que vivimos hoy”.

Teresa es hija, nieta y bisnieta de artistas, y le llevó algunos años animarse a continuar ese camino de entrega que había visto en las mujeres de su familia. Pero a los 30 años, ya inmersa en el mundo del arte, pudo ver con toda claridad cuál sería su objeto de investigación y cuáles, los elementos para desarrollar su propia obra. Y ya no se detuvo.

A partir del deseo de celebrar el valor y el peso de la tierra, se puso a bucear en sus orígenes. Plasmó en su obra sus inquietudes filosóficas, hasta ubicar a la tierra en primer plano y la convirtió en el elemento central de su poética. “La tierra nos vincula a un espacio afectivo y sagrado, y nos permite acceder a lo trascendente”, explica. A paso lento pero firme, Teresa fue reemplazando la pintura al óleo por puñados de polvos rojos, marrones y amarillos; cambiando los pinceles por morteros y vasijas artesanales. Fue así como realizó obras de arte que acompaña con las fotos y las historias de los pobladores de esa tierra que utilizó para su creación. Hogares de zonas rurales de todo el territorio argentino que ella, viajera incansable, recorre de Norte a Sur, de Este a Oeste.

“¿Por qué la tierra?”, insiste Sophia, de visita en su casa-taller del barrio de Palermo, un lugar de paso, porque Teresa vive desde hace treinta años junto a su marido, un productor agropecuario, en un campo en Lincoln, en la provincia de Buenos Aires.

“Después de mucho investigar, llegué a la conclusión de que tanto en el mundo latino del cual proviene nuestra cultura occidental como en el mundo arcaico al que estarían ligadas las culturas originarias, la tierra es un ámbito sagrado. Ha sido así desde el mito de la creación, desde el Génesis. Dios tomó barro para crear a Adán y, muchos años después, ese gran poeta llamado Atahualpa Yupanqui cantó: ‘El hombre es tierra que anda’”, explica Teresa.

Balada para la tierra de uno

“Desde hace doce años, voy y vengo con cargamentos de tierra para luego volcarla en las obras; la recojo en las casas de las personas que visito y muchas veces rotulo a quién pertenece. Detrás de cada puñado de tierra hay una historia, una visión del mundo, una familia”, cuenta. Las historias de vida que recogió son infinitas y los encuentros han sido tan ricos que Teresa fue armando itinerarios que hoy integran un recorrido de encuentros mestizos. Entre ellos, la artista recuerda el día en que fue a visitar a la tejedora Alcira Moreira de Ceistac en su casa de Azul, donde se luce el jardín, atrás. Teresa recuerda cómo Alcira, nieta de una gran tejedora llamada Pascuala Calderón, hilvana sin descanso fajas pampa y conserva sus raíces indígenas intactas, que heredó por vía matrilineal. “Me interesa mucho esa cosa del indio oculto que pasa a integrarse a la sociedad blanca. No voy a tribus o a lugares donde el indio esté anclado en una situación al margen de la sociedad, sino a casas donde viven ciudadanos argentinos que provienen de los pueblos originarios, ya sea que se encuentren en poblados rurales o en pequeñas ciudades. Me interesa conocer cuál es la conformación real de nuestra población; asumir el mestizaje e inventar una historia más abarcadora. Ése ha sido mi mayor desafío”, cuenta.

A lo largo de estos años, Teresa también ha homenajeado al pueblo mapuche. Creció en la provincia de Neuquén y allí tomó contacto por primera vez con ellos. De su padre heredó el cariño por esa cultura ancestral: “Mis recuerdos de niña y adolescente en el sur fueron fundantes y guardo recuerdos bellísimos. Con los mapuches aprendí el peso de la palabra, la fuerza del silencio y la posibilidad de apreciar los discursos breves pero muy potentes. Sus miradas tienen una profundidad capaz de adivinar el alma y para ellos la sinceridad es un imperativo. Un valor impostergable”, dice.

Cada vez que puede, Teresa viaja al sur para participar en las celebraciones de las fiestas y los ritos populares de los pueblos originarios, una enorme fuente de inspiración para su obra. “El logo de mi trabajo es el mapa de la Argentina con la cruz mapuche, que representa los cuatro puntos cardinales. Con esa imagen intento compartir un símbolo mestizo. Además, esos cuatro puntos representan mi voluntad de ir de acá para allá; mi intento de totalizar una geografía y una cultura”.

–¿Ésa es tu manera de vincularte a lo trascendente?

–Sí, no soy católica practicante –tengo mis dificultades para estar en una religión ortodoxa–, pero creo y tengo fe. Esta posibilidad de compartir ceremonias religiosas y conocer distintas formas de vincularse a lo trascendente ha sido para mí una búsqueda constante. Me emocionan los rituales porque todo lo místico se abre a lo abismal. Uno de los viajes que más me quedó grabado fue una vista a Yavi, en el norte de Jujuy, cuando recién empezaba mi trabajo de investigación. Todos los Viernes Santos bajan distintas familias de los vallecitos de alrededor y convergen en una gran celebración que dura toda la noche, desde que se pone el sol hasta el amanecer. Recuerdo que se juntaron alrededor de trescientas personas y nosotros –mi marido, mis hijos y yo– éramos los únicos turistas. Todo lo que viví esa noche fue movilizante, como si me transportara a otro tiempo. Cada grupo traía su propia oración, y después de descender a un Cristo articulado de tamaño natural por una escalerita, lo llevaron en andas por la Iglesia y por todo el pueblo. La fe, la intensidad, la transparencia y la entrega de las personas durante las celebraciones religiosas son muy inspiradoras.

ETIQUETAS arte integración mapuches tierra

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