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Sabiduría

23 agosto, 2019

“La selva interactúa, siente, sufre, se regocija, da sus señales, responde y nos da lecciones”

Cientos de miles de hectáreas del Amazonas están siendo arrasados por el fuego. Junto con ellas, la rica biodiversidad que alberga. En esta columna, el teólogo brasileño Leonardo Boff reflexiona sobre un nuevo concepto de desarrollo: la forestanía.


Foto: David Riaño Cortés (Pexels).

Por Leonardo Boff *

Fenómenos nuevos exigen palabras nuevas. Así, ciudadanía se deriva de ciudad y florestanía, de floresta. Esta nueva palabra, florestanía, ha sido creada en el Estado de Acre, bajo el gobierno de Jorge Viana, y representa un concepto nuevo de desarrollo y de ciudadanía en el contexto de la floresta o selva amazónica.

La floresta-selva y el ser humano viven un pacto socioecológico inclusivo, donde el ser humano se entiende parte de la selva y esta se convierte en un nuevo ciudadano, respetado en su integridad, biodiversidad, estabilidad y exuberante belleza junto con otros ciudadanos humanos. Ambos se benefician: el pueblo y la selva, porque se abandona la lógica antropocéntrica y utilitaria de la explotación y se asume la lógica ecocéntrica de la mutualidad que implica respeto mutuo y sinergia.

El propósito es implementar la ciudadanía de los pueblos de la selva, de los indígenas, de los seringueros y de los ribereños, lo cual debe traducirse en inversiones públicas en la educación, en la sanidad y en las formas de producción extractivista, teniendo como referencia principal la floresta y su derivación, la florestanía.

“El ser humano se entiende parte de la selva y esta se convierte en un nuevo ciudadano respetado en su integridad, biodiversidad, estabilidad y exuberante belleza”

Desde hace varios días, la región amazónica brasileña sufre uno de los peores incendios forestales de los últimos años. Y ya se habla de una crisis internacional, debido a la amenaza que significa para el medioambiente perder la flora y fauna de la selva. Según datos oficiales, los focos de fuego en todo el país en lo que va de este año superan en un 83% a los del mismo período de 2018. El Ministerio del Medio Ambiente de Brasil atribuyó la dramática situación a la sequía por la que atraviesan las regiones norte y centro oeste del país. Sin embargo, las organizaciones defensoras de la Amazonía hablan de una deforestación crítica en la región a manos del hombre y cuestionan la ausencia de políticas claras para la preservación de este “pulmón del mundo”. Hoy, la riquísima biodiversidad de la región está en peligro, lo que supone un alerta ecológico global.

Esta comprensión abre espacio para un posible enriquecimiento del concepto de ciudadanía desde la reflexión ecológica más avanzada. Ahora se trata de la floresta no solo como ciudadanía en la floresta sino como ciudadanía de la floresta. Por lo tanto, la floresta o selva es considerada un nuevo ciudadano.

El entendimiento que subyace a esta declaración, que ha entrado en las constituciones de Ecuador y Bolivia, reside en el hecho de que la naturaleza y la Tierra son condiciones necesarias para la vida. Ésta solo existe porque está sustentada por factores físico-químicos y ecológicos terrestres sin los cuales no habría vida. Si la vida tiene dignidad, un hecho aceptado por todos, ella engloba también la dignidad de los elementos que la hacen posible en el planeta.

Además, la naturaleza y la tierra tienen valor en sí mismas, independientemente de la existencia humana, que irrumpió casi al final del proceso cosmogénico. Si tienen valor en sí mismas, Tierra y naturaleza, deben ser respetadas. El mismo ser humano debe comprenderse parte de la naturaleza y de la propia Tierra, formando con ellas una entidad grande y única. Este es el legado que los astronautas nos transmitieron desde su nave espacial y desde la Luna: Tierra, naturaleza y humanidad forman una entidad única y compleja.

“Si la vida tiene dignidad, un hecho aceptado por todos, ella engloba también la dignidad de los elementos que la hacen posible en el planeta”

Desde este punto de vista, que sostienen cada vez más la biología y la cosmología modernas, la floresta como floresta, la naturaleza y la Tierra son vistas como sujetos y como ciudadanos y como tales, titulares de derechos.

Esto se hizo más claro cuando la ONU, en una sesión solemne el 22 de abril de 2009, decidió llamar Madre Tierra a la Tierra, dándole el mismo tratamiento que dedicamos a nuestras madres: respeto, cuidado y veneración.

Por lo tanto, es necesario extender la personalidad jurídica a la floresta, a los ecosistemas y a la Tierra como Gaia. Como bien dijo el pensador Michel Serres: «La Declaración de Derechos Humanos de 1789 tuvo el mérito de decir ‘todos los hombres tienen derechos’ y el defecto de pensar ‘solo en los hombres’». Los indígenas, los esclavos y las mujeres han tenido que luchar para ser incluidos en ‘todos los hombres’. Y hoy esta lucha incluye a las florestas y a otros seres de la naturaleza también sujetos de derechos y, por lo tanto, nuevos miembros de la sociedad ampliada.

Finalmente, la Tierra misma, como Gaia, superorganismo vivo, debe incluirse en la lista de ciudadanos. Sería esa realidad ciudadana la que crea las condiciones para todos los demás tipos de seres, como la condición de su valor intrínseco y de sujetos de ciudadanía.

Foto: Pixabay.

¿QUÉ ES LA AMAZONIA? Es el bosque tropical más grande del mundo, con una superficie de 5,5 millones de kilómetros cuadrados. Abarca gran parte del noroeste de Brasil (allí se encuentra el casi el 60% de la selva amazónica) y se extiende hasta Bolivia, Colombia, Ecuador, Guyana Francesa, Guyana, Perú, Surinam y Venezuela. Famoso por su biodiversidad, alberga a la cuarta parte de todas las especies vegetales y animales de la Tierra. Está entrecruzado por cientos de ríos, incluido el caudaloso Amazonas, el más grande del mundo. Es de vital importancia para absorber el carbono que se genera en nuestra atmósfera y liberar oxígeno, fundamental para garantizar la vida de las especies que habitan el planeta. La deforestación y la caza indiscriminada han ido vulnerando esta región y, con ella, el ecosistema global.

Las nuevas ciencias, la astrofísica y la cosmología nos aseguran que el universo no resulta de la suma de todos los seres existentes y por existir como si estuvieran yuxtapuestos entre sí. Todos están inter-retro-conectados. El universo es el conjunto articulado de conexiones de todo con todo en todos los puntos y momentos. Todos los seres no solo son portadores de masa y energía, sino también de información intercambiada, reelaborada y almacenada de una manera única y propia de cada ser.

El Papa Francisco en su excepcional encíclica de ecología integral “sobre el cuidado de la Casa Común” (2015) enfatizó repetidamente la relación y la interdependencia de todos con todos: «ninguna criatura es suficiente para sí misma… todo está interconectado… todo está relacionado» (nºs 86, 118, 120). De hecho, una vez que creamos la amenaza de destrucción de Tierra-Gaia, ya no podemos excluirla del nuevo pacto social, como hicieron Hobbes, Rousseau y Kant en el pasado, y Habermas y Appel en el presente. Estos dieron y dan por descontado el futuro de la Tierra. Hoy ya no es así. Devastada Gaia, ya no hay ninguna base para ningún tipo de ciudadanía ni de derechos, personales, sociales ni naturales. Si queremos sobrevivir juntos, la democracia también debe ser biocracia y cosmocracia, en una palabra, una democracia socioecológica.

“Una vez que creamos la amenaza de destrucción de Tierra-Gaia, ya no podemos excluirla del nuevo pacto social”

A partir de esto, científicos eminentes admiten que el universo y cada ser son portadores de niveles diversificados de conciencia y tienen algún tipo de subjetividad, resultado de las interrelaciones que mantienen entre todos. La diferencia entre la subjetividad humana y la del universo o la de las selvas o la de otros seres no es de principio sino en grado.

En nosotros, en un grado altamente complejo y, por lo tanto, autoconsciente; en el universo y en la selva amazónica en otro, menos complejo, pero igualmente con su propio grado de conciencia y subjetividad. Por eso la selva interactúa, siente, sufre, se regocija, da sus señales, responde y nos da lecciones, algunas sabias y otras duras. Pero muestra que quiere ser escuchada, atendida, respetada e incluida en el cuidado humano.

Si la florestanía se asume en el sentido amplio que se postula aquí, como ciudadanía en la floresta y de la floresta, veremos algo inaudito en el mundo. En la región de la mayor biodiversidad del planeta, en la selva amazónica, se inaugurará un nuevo ensayo de civilización, una posible referencia para las demás selvas tropicales de la Tierra, asumidas y respetadas como ciudadanos. Y se comprobará la realidad de un desarrollo no depredador, de un ser humano convertido en el ángel bueno de la Tierra y no su satanás amenazador.

*Leonardo Boff, teólogo brasileño. Publicado en Koinonia .

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