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La sabia decisión de perdernos cosas

Vivimos rodeados de oportunidades, invitaciones, notificaciones, ofertas y estímulos de todo tipo. En lo que algunos llaman "la tiranía de la abundancia", el desafío es identificar qué es realmente importante para nosotros.

Por Paz Berri

Los posteos en Instagram que se renuevan a cada segundo. Los tips de alimentación en TikTok. El 2×1 de la farmacia. Y la app del supermercado para estar al tanto de las novedades. La juntada con los padres del colegio. Y con las amigas de la secundaria. Cada grupo de Whatsapp del que “no nos podemos bajar”. La serie que acaba de sumar una temporada. Y el último consejo de belleza que nos trae la revista online

El mundo está constantemente haciéndonos sentir que necesitamos más, más y más. Que no tenemos que quedarnos afuera. Que debemos formar parte, de lo que sea. Y en este contexto, el FOMO, acrónimo inglés de Fear of Missing Out (“miedo a perderse cosas”), gana cada vez más lugar. Un término que surgió en los ´90 y que hoy toma fuerza debido al avance tecnológico y a la cantidad de estímulos que luchan por llamar nuestra atención. 

La licenciada Bárbara Briguez, psicóloga y creadora del espacio @senti.pensamientos dedicado a las infancias, comenta que la sensación de ansiedad frente a la posibilidad de estar quedándonos afuera de algo, el consumo constante de redes sociales —que evidencia todo lo que “nos estamos perdiendo”— y la tendencia a compararnos con los demás y sentirnos inferiores a otros, podrían ser señales de estar experimentando FOMO. 

Siguiendo esta pista, Svend Brinkmann, filósofo y psicólogo danés, autor del libro La alegría de perderse cosas (Editorial Koan, 2024), destaca que la idea de que hay que exprimir al máximo la vida y conseguir todo lo posible nos está arruinando la existencia: “Nos hemos convertido en desenfrenados coleccionistas de experiencias, incapaces de renunciar a la última novedad. Nos domina la ansiedad frente a la perspectiva de perdernos la más mínima oportunidad. No hemos aprendido a decir que no. Sufrimos de insatisfacción crónica en un mundo en el que nada es suficiente, ni nosotros mismos. En este contexto, la famosa frase de Francisco de Asís, ‘Necesito poco, y lo poco que necesito, lo necesito poco’, nos resulta del todo ajena y misteriosa”, escribe el autor.

En la era del hacer más, tener más, consumir más, experimentar más, elegir qué queremos y qué no es un acto revolucionario. Entonces —en contraposición al FOMO—, surge el JOMO (Joy of Missing Out), que en español significa “la alegría de perderse cosas”: “No hay nada que temer cuando se opta por no participar de algo. Perdernos cosas no sólo nos ayuda a valorar lo que tenemos, sino que es una necesidad existencial, ética y psicológica”, asegura Brinkmann.

Cuando menos es más

Hay tantas opciones girando a nuestro alrededor, algo que Brinkmann reconoce como “la tiranía de la abundancia”, que al revés de lo que podríamos pensar, lejos de vivir más felices, estamos cada vez más estresados, distraídos, ansiosos y enfermos. Porque anhelamos estar en todos lados y ya no podemos discernir qué es lo verdaderamente importante.  

Entonces, cuando decimos que no a programas innecesarios, vida social por demás y uso de internet a destajo, nos estamos diciendo que sí a nosotros mismos. Porque ponemos a jugar un gran poder, el de elegir: “No deberíamos tener miedo a perdernos nada, sino que tendríamos que disfrutar de la simplicidad y el enfoque que una buena vida humana nos brinda. Sin importar lo que hagamos, siempre nos perderemos algo, así que intentar hacerlo todo es una idea descabellada. Y reconocerlo, es practicar JOMO”, aclara Brinkmann.

Pero, ¿cómo auto-controlarnos y ejercitar el arte del discernimiento en una época sin límites? “Debemos tener la habilidad de ser completa y cruelmente honestos con nosotros mismos. Porque si todo nos importa mucho, eso no es bueno para nuestra salud mental (…). La clave para una buena vida es que sólo nos importe lo verdadero y trascendente”, dice Mark Manson en su libro El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda. Y recalca: “Debes hacer un inventario de tu vida y borrar todo, salvo lo que más te importa”. 

En esta misma línea, Greg McKeown, autor del libro Esencialismo (Aguilar, 2011), se hace una pregunta: “¿Esto es lo más importante que debería estar haciendo con mi tiempo y mis recursos en este momento? Porque hay muchas más oportunidades en el mundo, que el tiempo y los recursos con que contamos para invertir en ellas. Y si nosotros no establecemos prioridades, alguien más lo hará (y las agendas de otras personas/aplicaciones marcarán nuestra vida)”. 

¿De qué lado estás?

“Desde la psicología pensamos que elegir implica saber perder. El deseo implica la presencia de una ausencia, sólo se desea aquello que no se tiene, o al menos lo que no se tiene en su totalidad”, asegura Briguez. Y destaca: “La dificultad en la actualidad se acrecienta por un mundo en donde todo parece estar al alcance de la mano y las ofertas de la industria apuntan hacia un consumo desenfrenado sin pérdida en juego. Con las redes sociales, la industria de consumo y la cultura influencer todo esto se ha potenciado mucho más”.

¿Y si no se tratara de estar en FOMO o en JOMO? ¿Y si no tuviera que ver con no perderme nada o perderme todo? ¿Y si el JOMO no fuera la respuesta? ¿Y si la clave estuviera en volver a nosotros, ser más selectivos y pensar qué es lo que realmente necesitamos? Pasar por el filtro de lo que genuina y auténticamente tiene valor para nosotros y elegir. Elegir pagar sin el descuento, no estar en ese grupo de whatsapp, quedarme afuera de la promoción, no ver la última temporada de la serie equis

“Yo creo que FOMO-JOMO son dos caras de una misma moneda, fenómenos que tienen que ver fundamentalmente con poner en el mundo externo la causa de nuestra felicidad o nuestra infelicidad. Entonces, el hecho de tener miedo de perdernos algo —una reunión, un programa, una notificación en el celular—, es producto de cuán poco nos habitamos nosotros mismos como seres humanos, de cuán poco echamos las raíces de la felicidad adentro nuestro”, explica Anna Fedullo, terapeuta transpersonal, instructora de meditación y mindfulness.

Humanizarnos, echar las raíces de la felicidad dentro nuestro consiste, para ella, en traer la atención a nuestras emociones, interrumpir el circuito de lo automático, encontrar momentos de pausa para respirar y estar lúcidos. “Desde ese lugar es que podemos elegir”. Discernimiento, sería la clave, para no volvernos espectadores de una vida que nos viene diseñada desde afuera.

La idea de que si no estamos en Instagram no existimos y la sensación de inmediatez con la que vivimos genera un contexto en donde es muy difícil encontrar lugar para el vacío. Pasamos muchas horas scrolleando, comparándonos y sintiendo que todos la están pasando mejor. En las redes sociales hay muchos pastos que parecieran ser más verdes que el nuestro y si no estamos atentos, si no podemos darnos cuenta de que esas imágenes son tan solo pequeños recortes de la realidad, esto puede hacernos muy mal.

“Vivimos corriendo de aquí para allá con la amígdala cerebral que es la sede del miedo encendida, pero sin ir a ningún lugar. Tratando de llenar vacíos del alma, con cuestiones que son externas. Sin darnos cuenta de que esos vacíos se llenan solamente de nosotros mismos. La idea es empezar a elegir desde la conciencia y dejar de permitir que las cosas nos elijan a nosotros”, destaca Fedullo.

Una vida a conciencia

Hace unos años, Berta Bernard, una de las influencers madrileñas más reconocidas, dijo adiós a las redes sociales. Con miles de seguidores, marcas de lujo que la acompañaban, invitaciones a eventos, desfiles y regalos, decidió cerrar su cuenta de Instagram. Según cuenta en varias entrevistas, a partir de ahí empezó a descansar mejor, a estar más presente y tener menos agotamiento mental. 

¿La solución está en desconectarnos del mundo y alejarnos de todo? No. La clave tal vez esté en ver cómo nos adueñamos de eso existente, cómo lo consumimos y lo transformamos. Y comprender que cuando decimos que no a algo, no nos estamos quedando afuera «de todo», sino que estamos dándole lugar a lo que nos hace bien, decidiendo cómo queremos invertir nuestro tiempo y con quién. 

“Resulta imprescindible poder situar un límite frente al consumo de las redes sociales y pantallas en general. Y, sobre todo, evitar el uso constante del teléfono cuando estamos compartiendo algún espacio social con otros. También es importante pedir ayuda terapéutica si surgen ansiedades relacionadas con esta cuestión”, dice Briguez. 

Siempre vamos a perdernos de algo. Aceptar esto es un gran paso. Entonces, la pregunta que podría guiarnos —retomando a Manson—, sería: ¿qué decido yo que me importe? ¿Y cómo puede dejar de importarme, lo que a fin de cuentas no importa? 

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