Sophia - Despliega el Alma

Punto de Vista

27 abril, 2010 | Por

La revolución rosa

Para hacerle frente al machismo, que las sigue marginando y maltratando, las mujeres de todo el mundo están librando una revolución que se identifica con el color rosa, ese que siempre las representó. Hoy, más que aludir a su belleza y suavidad, es símbolo de su unión para emprender esta batalla pacífica pero fundamental.


Bombardeada. Apabullada. Así me sentí hace unos días después de ver los noticieros de la noche. Una mujer violada por un hombre que declaraba ser evangélico y seguidor del Pastor Giménez. Eso sí, antes de violarla por segunda vez consecutiva, tuvo tiempo de preguntarle si creía en Dios, y de confesarle su adhesión al pastor, algo que compartía con su víctima. Cuando ella fue a la comisaría a hacer la denuncia, no se la tomaron porque no encontraron evidencias, aunque la mujer había ido sin pasar por ninguna higienización previa. Una niña de 4 años apareció ahorcada de un árbol en Córdoba; una de 7 años, con debilidad mental, desapareció rumbo a la escuela; otra, de 10 años, fue violada y estrangulada, y la encontraron en un container.

Un joven reclamaba por su hermana Florencia, desaparecida noches atrás después de haber ido a un boliche. Ningún rastro. Datos confiables sostienen que sólo durante el 2008, en la Argentina desaparecieron 600 mujeres en las redes del tráfico. Y según la sede local de Amnistía Internacional, cada tres días una mujer es asesinada por su marido, su pareja o su ex pareja.

Como tantas otras veces, sentí un profundo agobio en el alma. Levanté los ojos, espontáneamente, como reclamándole a Dios su intervención… ¿Cómo es posible tanto maltrato a las mujeres? ¿Hasta cuándo?

Comentando con una de mis hijas estas situaciones de las que son víctimas las mujeres, ella agregó otra más como broche del día. Con espanto me contó lo que le pasó a una amiga, cuando volvía de su trabajo, el día anterior. Viajando en tren a la hora pico, apretada como sardina entre tanta gente, no se dio cuenta de nada hasta que estuvo en el andén: un hombre había eyaculado sobre su ropa.

“Mamá, escribí sobre el tren rosa”, me pidió mi hija, al tiempo que me contaba la existencia de un proyecto del PRO presentado a la Legislatura porteña hace pocos días para que exista en la ciudad de Buenos Aires un “tren rosa” (en la línea H del subte) con vagones exclusivos para mujeres. El uso de estos vagones sería optativo para las mujeres y los menores de 12 años, mientras que los hombres tendrán prohibida su utilización. Al profundizar sobre la noticia, me enteré de que los vagones “rosa” ya existen en países como Japón, Filipinas, India, Rusia y México, para lograr que las mujeres y los chicos viajen más seguros y cómodos, en respuesta a la gran cantidad de denuncias por acoso en el reducido espacio del tren.

La vida en rosa

Rosa es el color que desde la Edad Media identifica a las mujeres, en alusión a la belleza y la suavidad de la flor que lleva ese nombre.

En muchos hospitales de la Argentina, las mujeres voluntarias que trabajan apoyando la gestión del personal médico se llaman las “damas rosadas” y usan guardapolvos de ese color. Rosa también es el color del amor y del romance. Las novelas del corazón son novelas “rosas”. Rosa, supuestamente, es el color de la vida cuando una mujer está enamorada y es correspondida por su enamorado. Así lo dice la célebre canción francesa que inmortalizó Edith Piaf: “La vie en rose”. La letra recoge las sensaciones que vive la mujer cuando “él me toma en sus brazos, me habla bajito… me dice palabras de amor, que me hacen sentir esas cosas… y me hacen ver la vida color de rosa…”.

Sin embargo, últimamente el color rosa ha empezado a tener otros simbolismos, menos acaramelados y románticos, más comprometidos con la acción. El rosa surge como un llamado a la unidad de las mujeres en sus luchas.

Rosa es el color elegido para la campaña mundial contra el cáncer de mama, cada vez más común entre las mujeres. A partir de 1973, la incidencia del cáncer de mama está creciendo en todo el mundo, pero en los países occidentales y en vías de desarrollo se ha duplicado la cantidad de casos, especialmente en las grandes ciudades. Así lo publicó en enero último la revista The New England Journal of Medicine. Hoy, en nuestro país, se estima que 1 de cada 8 mujeres tendrá esta enfermedad.

Rosa también es el color elegido por las “guerreras del sari rosa” de la India. En ese país, Sampat Pal, una activista feminista fundó un movimiento que ya cuenta con cien mil mujeres que batallan contra la corrupción política, los abusos de poder y la violencia de género. En la India aún se exige una dote a las mujeres para casarse. Esta costumbre ancestral (a pesar de algunos intentos por eliminarla) lleva a que los padres exijan a sus mujeres que aborten a las niñas, que las maten al nacer o que las abandonen en los asilos. “Las niñas no traen riqueza” y no mantienen el apellido de la familia. El nacimiento de una hija mujer es casi una tragedia para la familia. Si nace varón, las celebraciones de todo el grupo familiar se prolongarán durante diez días con cantos, bailes y flores.

Vestirse con el sari rosa es una forma de sentirse unidas y protegidas por las otras mujeres del movimiento frente a un marido golpeador o frente a la cultura reaccionaria y machista.

La unión de las mujeres

Ya quedan pocas dudas de que Jesús fue un feminista precursor en su época. Toda su vida pública estuvo rodeado de mujeres, algo revolucionario y transgresor para la cultura judía. La condición de la mujer judía era inferior en todo sentido al varón, indigna de la alianza con Yahvé. No hay que olvidar que la circuncisión era el rito que constituía a alguien como miembro del pueblo de Dios. Las mujeres eran propiedad del varón –padre, marido o hijo–, vivían recluidas en sus casas, no estaban autorizadas a hablar en público –menos con varones–, carecían de derechos jurídicos y su testimonio no era considerado válido. Eran marginadas de la sociedad judía.

Sin embargo, Jesús se relaciona con las mujeres con total naturalidad, les anuncia por igual su Buena Noticia, las hace protagonistas de sus parábolas y enfrenta los estereotipos degradantes de la mujer. Nunca se refiere a ellas como la fuente de la tentación y, en cambio, advierte a los varones sobre su propia lujuria y sobre la hipócrita doble moral de la ley, que castigaba a las mujeres adúlteras con la lapidación y absolvía a los varones. Y, lo principal: las elige como testigos privilegiadas de su resurrección.

Hace unos días, José Antonio Pagola, sacerdote español, escribió: “Los cristianos no hemos sido capaces todavía de extraer todas las consecuencias que encierra la actuación liberadora de Jesús frente a la opresión de la mujer. Desde una Iglesia dirigida e inspirada mayoritariamente por varones, no acertamos a tomar conciencia de todas las injusticias que sigue padeciendo la mujer en todos los ámbitos de la vida. Algún teólogo hablaba hace unos años de ‘la revolución ignorada’ por el cristianismo”.¹

La vida hoy dista mucho de ser color de rosa para las mujeres. Las condiciones de marginación, maltrato y esclavitud no han variado demasiado en la mayor parte de los países. La bestia del machismo sólo ha cambiado su rostro y sus estrategias de dominación. Frente a esto, el mensaje liberador de Jesús a las mujeres sigue siendo sorprendentemente actual. Ningún varón, ni político, ni filósofo, ni religioso, en dos mil años, hizo tanto por nosotras: Jesús nos devolvió la dignidad como seres humanos, nos llamó a ser hijas de Dios, nos defendió frente a la arbitrariedad y la opresión del poder masculino, nos incluyó entre sus discípulos más queridos y nos puso como modelos de fe, generosidad y entrega. Predicó la llegada de un reino cuyos valores compartimos la mayoría de las mujeres, como la solidaridad, la predilección por los niños y los enfermos, la preeminencia del amor frente al poder y al dinero, la mansedumbre ante la violencia, y la paz frente a las guerras.

En todo el mundo las mujeres, cristianas y no cristianas, nos estamos uniendo para hacernos oír y respetar, enarbolando valores espirituales que desde siempre hemos compartido. La tecnología es nuestra mejor aliada. El rosa, el color del amor, es el que nos identifica a todas. Tal vez sea incipiente e ignorada por la mayoría de los varones, pero no tengo dudas de que la revolución rosa está en marcha. Y en esta revolución de mujeres, como era de esperar, no hacen falta armas: el arma es la unidad.

 

¹José Antonio Pagola, Eclesalia, 17 de marzo de 2010.

ETIQUETAS lucha machismo violencia de género

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