La revolución de ir despacio: los consejos de Carl Honoré para vivir sin prisa - Sophia Online

BUENA VIDA

La revolución de ir despacio: los consejos de Carl Honoré para vivir sin prisa

En esta crónica, una periodista de Sophia retoma las ideas del autor canadiense que invita a una existencia con más pausas y presencia.

POR Clementina Escalona Ronderos

Avanzo por Avenida Corrientes hacia Paseo La Plaza mirando la hora. Hago zigzag entre bandas de música y artistas callejeros, salteando peatones frente a las pizzerías. Sé cuán paradójico es que esté apurada por llegar a la charla sobre cómo vivir más lento que dará en unos minutos el autor canadiense Carl Honoré, y que se apoya en la idea del libro que publicó hace veinte años. Al parecer, el tema sigue más vigente que nunca. 

Dudo si cruzar la calle corriendo o frenar cuando veo el semáforo en amarillo. Elogio de la lentitud, recuerdo. Y freno. La primera vez que leí el libro fue cuando vivía en Pinamar. Ahí parecía más sencillo acompasarse a los ritmos de la naturaleza, a las pausas, los silencios. Vivir en la ciudad es diferente, y a cada rato hago un ejercicio para no dejarme arrastrar por el apuro. Llevo la conciencia a la velocidad con la que camino, conecto con mi respiración y evito estrujarme entre la gente para pasar. En mi memoria aflora el famoso cuento de la liebre y la tortuga, donde los animales deciden jugar una carrera. El conejo, ágil y veloz, saca ventaja enseguida, y tan seguro está de ganar, que se apoya contra un árbol a descansar un rato. Pero se queda dormido. Con paso lento y seguro, la tortuga avanza y gana la carrera.

*

Honoré empezó su investigación cuando se dio cuenta de que toda su vida giraba alrededor del reloj. El comienzo del libro Elogio de la lentitud, fruto de ese trabajo, es precioso: relata una anécdota de su adolescencia, durante un viaje en Roma en el año 1985. Mientras esperaba un bus que iba demorado 20 minutos (y sin señales de aparecer), se acostó tranquilamente bajo el sol a escuchar música en su walkman. Recuerda cada detalle: los niños jugando fútbol alrededor de una fuente medieval, las ramas de un árbol meciéndose con suavidad contra una pared de piedra y la anciana que caminaba hacia su casa con bolsas de vegetales. 

Al párrafo siguiente todo cambió: han pasado quince años desde aquella escena y ahora Honoré es corresponsal de diario. Está en un aeropuerto, corriendo hacia la puerta de embarque (aunque no está llegando tarde) mientras hace llamados por teléfono. Llega, toma asiento, y para matar la espera hojea las páginas de un periodico. Cuentos para dormir de un minuto, gritan las letras negras de un anuncio. 

Ahora, sobre el escenario, Honoré cuenta en persona y en un español perfecto, cómo ese titular cambió su vida. Al principio creyó conseguir la fórmula mágica para sus noches, la manera de sacarse de encima el trámite de leer a sus hijos. Pero de repente empezaron las preguntas: ¿Cuándo se había vuelto tan esclavo del tiempo? ¿Por qué vivía siempre apurado? ¿En qué momento leerles había dejado de ser un ritual sagrado y maravilloso? 

Publicado por primera vez hace más de veinte años, el mensaje del libro está más vigente que nunca.

Es un alivio ver que Honoré no está vestido de blanco de pies a cabeza, ni habla con parsimonia. No es un gurú, sino un tipo común y corriente, alguien que está buscando una manera más armoniosa de vivir mientras asume sus responsabilidades de padre y periodista. En un intercambio ameno con el entrevistador y todos los presentes en la sala que vinimos a escuchar sobre “el movimiento slow”, Honoré admite entre risas  que pierde la paciencia cuando maneja, dando cuenta de que ni él mismo es profeta en su propia tierra. También reconoce que a veces necesitamos acelerar el paso, sea para cumplir con una fecha de entrega o para no llegar tarde a una función de teatro. Por su manera cercana de hablar, sin rodeos y con humor, da la sensación de que uno podría sentarse a tomar un café con él y conversar tranquilamente durante horas. 

“Se trata de habitar il tempo giusto, como dicen los italianos, que son como los reyes del slow”, dice Honoré: saber cuándo es necesario apurarse y cuándo no.

*

Vivimos en una cultura que gira en torno a lo rápido (y lo valora). No vemos los créditos de las películas como antes, sino que saltamos a lo que sigue; cenamos con amigos mientras respondemos mensajes de WhatsApp, contamos los minutos para que llegue el delivery. Pasamos horas y horas absorbidos por las pantallas. 

En pocas palabras, nos olvidamos cómo frenar.

Los dos ejemplos más extremos que el periodista comparte son el “speed yoga” (clases para saludar al sol de manera veloz, ideales para personas muy ocupadas) y los “Drive-Thru Funerals”. Esto último es lo que más llama mi atención: una nueva modalidad de entierros, donde las personas que despiden al ser querido se acercan con el auto, bajan las ventanillas mientras pasan al lado del ataúd, y sin detenerse saludan y siguen camino. 

Pienso en películas como Coco, de Disney, donde cada persona que deja este mundo es celebrada (se canta por ella, se le desea una buena partida) y recuerdo entonces las palabras del filósofo Martín Heidegger: “La muerte es la posibilidad más extrema de mi existencia”.

 Si no tenemos tiempo para honrar la muerte, ¿lo tenemos para la vida?

*

Muchos espectadores de la charla coinciden en que le huímos a la lentitud para evitar encontrarnos con nosotros mismos, lo que me lleva de nuevo a Heidegger y las líneas de un poema: “Solo cuando lo silencioso te llama, alcanzas la escucha”. Al parecer, entrar en el espacio interno se presenta como uno de los grandes miedos del siglo.

Una de las mujeres del público, que expresa que vive acelerada, pide tips para vivir más lento. “Algo fácil y rápido de aplicar”, dice, a lo que todos nos reímos, incluso Honoré. Entonces confiesa que durante mucho tiempo se negó a escribir un libro de tips, como le pedían las editoriales. Le parecía contra natura a lo que profesaba. 

El periodista canadiense Carl Honoré es considerado el padre del movimiento slow.

Eventualmente publicó 30 Days To Slow: Build a Calmer, Richer Life, una suerte de guía práctica con pasos a seguir para aprender a vivir más lento. Entre esos consejos, rescata sobre todo el estar atentos a nuestro uso del celular, sacar las notificaciones y guardarlos cuando nos encontramos con un amigo. Comparte el ejemplo de los offline clubs, un fenómenos especialmente popular en Europa. Son encuentros de jóvenes, donde apagan sus teléfonos y se dedican a actividades como las manualidades, la música, leer o conversar con otros. En este sentido, Honoré encuentra una gran semilla de esperanza en las nuevas generaciones.

También recomienda priorizar momentos calmos durante el día, y da como ejemplo el de “tomar mate”. Pero hay que decir que, incluso en esa práctica muchos nos quemamos con el agua caliente en el apuro o cebamos un mate atrás de otro casi sin saborearlo. 

 Supongo que, en definitiva, todo depende de si logramos sintonizar o no con la invitación a detenernos. 

*

Al día siguiente de la charla, saco a pasear a mi perra. El celular queda en casa. Vamos a un parque que visitamos a menudo y reparo en los juegos para niños. ¿Hace cuánto que no me hamaco? 

En un ejercicio para elogiar la lentitud, decido hacerlo, como cuando era chica. Sara, la perra, olfatea plantas y árboles. Por momentos dudo si bajar, pero venzo esa voz y doy lugar a que el suave movimiento me mantenga ahí, presente. Poco a poco el paisaje se vuelve más claro, más nítido. El celeste del cielo es impecable, las hojas parecen volar a través de él como artistas circenses. Noto que algo en mí se aquietó, y el mundo de repente parece un lugar feliz y tranquilo. No pongo la atención en el horario, ni en el resto de las personas que merodean por el parque, tampoco en si me están llegando o no mensajes al WhatsApp. 

Solo me hamaco contra el viento, con el peso de mi propio cuerpo. Sí, todavía estoy acá, todavía estoy viva.

1 COMENTARIOS

  1. Hermoso artículo. Me hiciste recordar un momento, durante un viaje, este mismo año, en el cual me encontré con una hamaca. Sí, la encontré, aún cuando acá, en Rosario, está lleno de plazas con ellas. Y me senté, y me mecí como una niña. Y volé. Y en un momento me dí cuenta de que mi marido se reía mientras me filmaba para mandarles un videíto a mis hijas. Era la prueba de que mamá estaba realmente disfrutando el momento

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