Sophia - Despliega el Alma

Mujer y política

19 septiembre, 2010

La política empieza a saber de las mujeres


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Aunque todavía ocupamos pocos lugares de decisión, las mujeres empezamos a involucrarnos en la cosa pública. Por Carolina Cattaneo .

En octubre de 2007, mientras caminaba hacia el cuarto oscuro en el que se definiría quién sería el intendente de su ciudad, San Antonio de Areco, a Estela Lennon la sacudía una voz interior que la increpaba con una pregunta: “Estela, ¡¿qué hiciste?!”. En ese momento se acordó de sus cinco hijos, de la época en que trabajaba en una villa y como voluntaria en un hospital público, de cuando daba catecismo en la escuela de sus chicos, de tantas cosas… Dudó de las decisiones que había tomado hasta ese día, respiró hondo y siguió caminando. Cuando entró en el aula, le corrió frío por el cuerpo al ver que, entre todas las boletas cuyos candidatos estaban apoyados por un partido político importante, había una suelta, solita, encabezada por el nombre de una mujer: el de ella. En ese cuarto oscuro, Estela ejercía su derecho a elegir y a ser elegida. Se había postulado como intendente de su ciudad por un partido vecinal: Acción Comunal por San Antonio de Areco. Sintió vértigo y pensó: “Ya está: estamos en el camino, ahora hay que seguir adelante”. Tarde a la noche, el recuento de votos le diría que se había convertido en la primera mujer que administraría la ciudad.

Estela es, desde ese día, una de las 224 intendentes mujeres que existen en el país; apenas un 10% sobre el total de jefes comunales, que son 2214 en toda la Argentina, según la Secretaría de Asuntos Municipales del Ministerio del Interior. Este porcentaje, comparado con la representación que tenemos las mujeres en los cargos legislativos, es todavía muy bajo.

Con 99 mujeres en la Cámara de Diputados sobre un total de 257 escaños (el 38,52%) y con 26 en la Cámara de Senadores (el 36,11%), la Argentina ocupa el puesto número 12 en el ranking de países con mayor representación femenina en sus parlamentos, apenas por debajo de Finlandia, Noruega y Bélgica; y por encima de países con una larga tradición democrática, como Francia o Estados Unidos. En América Latina, figura tercera después de Cuba y Costa Rica. Pero aunque seamos más en el Congreso, seguimos ocupando pocos cargos ejecutivos y judiciales. ¿Será acaso que las mujeres le tenemos miedo a la política? ¿Será que los varones nos cierran las puertas? ¿Será que no estamos preparadas? ¿Será que no nos gusta la exposición? ¿Será que el poder es patrimonio exclusivo de los hombres? ¿O será que simplemente no nos interesa la cosa pública? Las mujeres que se involucran en política, ¿qué espacios ocupan? ¿Cómo llegan?

Desde Sophia quisimos responder a estas preguntas y salimos a buscar respuestas entre politólogas, historiadoras, investigadoras y funcionarias. Algunas creen que son los varones quienes todavía limitan nuestro arribo a cargos de poder, y otras, que somos nosotras las que todavía no terminamos de adueñarnos de un espacio que nos es propio; pero casi todas están de acuerdo en que el avance femenino en la política es genuino.

La ley de cupo, ¿y qué más?

Más allá de que este recorrido tenga que ver con el esfuerzo de muchas mujeres que abrieron camino en un espacio que antes estaba copado por los varones, lo cierto es que la Ley de Cupo ayudó bastante. Sancionada en el año 1991, establece que en las listas de candidatos a diputados y a senadores debe haber al menos un 30% de mujeres. Lo que esta ley no logró es garantizar un espacio en los cargos ejecutivos, ya que la reglamentación sólo habla de los legislativos.

La periodista Norma Morandini fue una de las que se opuso a la implementación del cupo; pero, con los años, reconoció que valió la pena sancionarla, como cuenta en el libro Mujeres políticas y argentinas, de las periodistas Mori Ponsowy y Natasha Niebieskikwiat: “Me opuse al cupo porque me parecía que no importaba el número (de mujeres) que tuvieras si no modificabas este modelo tan fuerte de la mujer poderosa que salió de una costilla masculina poderosa. ¿De qué sirve el 30% si van a seguir poniendo a ‘la mujer de’, a ‘la amante de’? Pero cuando empecé a ver lo que significaba el número de mujeres en el Congreso, tuve que reconocer que me había equivocado”.

Monique Thiteux-Altschul, de la Fundación Mujeres en Igualdad, cree que son las mujeres las que supimos conseguir estos espacios: “Los varones, en general, todavía eligen a menudo a sus hermanas o a sus esposas pensando que van a tener alguna influencia especial sobre ellas: esperan que sean obedientes y que voten como ellos quieran. Pero en la realidad, vemos que estamos cada vez más lejos de eso; desde que existe la Ley de Cupo ha habido muchas sorpresas. En especial, hemos demostrado que las mujeres sabemos trabajar superando las barreras de los partidos”.

Aunque algunos hombres de la política siguen creyendo que las mujeres son permeables a su influencia, Monique piensa que somos cada vez menos maleables: “Si miramos los debates parlamentarios, podemos ver que las mujeres participan muchísimo. Hay ejemplos, como el de Graciela Ocaña, que nos indican que las mujeres siguen su camino y son cada vez más independientes”.

La politóloga de la Fundación Friedrich Ebert, María Rigat-Pflaum, está de acuerdo con ella: “Las mujeres que han accedido a la política han desarrollado un grado importante de autonomía política. Este estereotipo de la sumisión o la subordinación que tal vez existía en su momento tenía que ver con un tema de sometimiento de las mujeres que, lentamente, cuando han podido acceder en igualdad de condiciones al ejercicio de la política, se fueron diluyendo, cayendo por su propio peso”.

Aunque el balance es positivo, hay territorios en los que las mujeres todavía no plantamos bandera. “Se ve claramente que es el cupo lo que lleva a las mujeres al Congreso. Si fuera por voluntad de los varones de los partidos, no sería tan fácil. Esto sucede por la supremacía masculina en el orden del poder, que sigue rigiendo en favor de los varones. Allí donde no hay Ley de Cupo se ve muy bien la norma patriarcal de exclusión de las mujeres. Por ejemplo, en la menguada proporción de mujeres que tienen los ejecutivos y los órganos del poder judicial”, dice Dora Barrancos, ex diputada e investigadora principal del CONICET.

¿Qué nos aleja?

A fines de los noventa, Estela Lennon dejó de trabajar como maestra para involucrarse en la vida política de su ciudad al lado de un médico que se postulaba como intendente y la convocaba para trabajar desde la Secretaría de Promoción Social. Pero enseguida, apareció el primero escollo: sus hijos más grandes le empezaron a echar en cara que no estaba el mismo tiempo que antes en su casa.

“Al principio, no estaban conformes con lo que yo había elegido porque decían que había cambiado toda la modalidad de la casa. Yo siempre fui una mamá muy presente: les contaba cuentos, les hacía disfraces, los llevaba a pescar… y de repente a lo mejor no había comida casera todos los días y cada uno tenía una tarea asignada en la casa. Pero nunca los puse en situaciones límite, y siempre que pude los llevé conmigo. Poco a poco, se fueron adaptando y acostumbrando a los cambios. Hoy están de mi lado y me defienden, aunque los más grandes quieren que esté más tiempo con mis nietos”, cuenta Estela. Para ella no fue fácil coordinar los horarios de su hogar con los del trabajo, que le empezaba a exigir reuniones a cualquier hora, viajes o problemas inesperados que tenía que resolver de forma urgente. Como para la mayoría de las mujeres que trabajan en política, el tiempo es uno de los principales enemigos a la hora de asumir un cargo.

Dora Barrancos cree que el tema del tiempo en la vida de las mujeres es muy diferente para los varones: “El tiempo en los varones es acumulación de poder. Hay que aguantar amansadoras para tomar decisiones, porque suelen llevar mucho tiempo. Los varones están dispuestos a perderlo; porque en realidad no lo pierden, lo invierten: el tipo se asegura el contacto, la adhesión, los cargos eleccionarios, de representación… Para estar en una lista, tenés que pelear tu lugar con uñas y dientes, ¿y a qué hora se decide eso? Durante las madrugadas. Para las mujeres, esto es una incomodidad. Una mujer no puede estar pendiente de que a las cuatro de la mañana van a cerrar la lista, porque mientras tanto está pensando quién despierta al chico al otro día o quién le da de comer. La gran inversión de tiempo suele ser la razón principal del abandono de una carrera política. La esfera doméstica es gravitante en las mujeres; ése es el mandato de género: los varones no se hacen cargo de las tareas de la casa, el tipo que está en política se olvida de eso. Hay que tener una gran decisión, convicción y hay que saber hacer negociaciones en el frente hogareño”.

La diputada nacional Margarita Stolbizer vive esta situación en carne propia. En el libro de Ponsowy y Niebieskikwiat, la mujer que se atrevió a postularse como gobernadora de la provincia de Buenos Aires en 2007 cuenta su experiencia: “La mayoría de las reuniones se realizan en horarios nocturnos. Para ir a esas reuniones he tenido que dejar mi casa absolutamente ordenada, darles de comer a mis hijos y controlar que dejen las tareas hechas para la escuela. Un hombre que va a una reunión no tiene esta preocupación. Mi marido es una persona muy presente en la casa y con los chicos, pero hay cosas de las que me ocupo yo. Todos se asombran porque cuando voy al exterior no puedo conocer nada por el apuro de regresar. Cuando iba de viaje por el Congreso y llegábamos a determinado lugar donde la comitiva de recepción estaba integrada por mujeres, lo primero que preguntaban era: ‘¿Cuántos hijos tenés? ¿Con quién los dejaste?’. A los diputados que iban conmigo nadie les preguntaba eso. Las mujeres irrumpieron en el mundo político, pero siguen haciéndose cargo de lo doméstico, mientras que los hombres no irrumpieron en el escenario privado en la misma medida”.

Una voz que empieza a escucharse

Que los peronistas son machistas, que los radicales son misóginos, que las mujeres son más débiles, que le tienen miedo al poder o que los varones no quieren soltarlo…

Alrededor de la política existen creencias instaladas de todo tipo. Pero ¿qué hay de cierto en todo esto? “Es muy probable que las mujeres no sientan a la política como un ámbito en el cual puedan desempeñarse sin las dificultades que derivan de la definición de roles según el género. Hay espacios de la política en los que las mujeres son menos resistidas que en otros”, explica Laura Masson, doctora en Antropología Social y autora de La política en femenino. Género y poder en la provincia de Buenos Aires.

Masson dice que es muy común encontrar muchas mujeres en lo que se denomina “el trabajo de base”, es decir, en la política barrial, sobre todo en los comedores barriales, en los roperitos y en las cooperadoras. “Pero es más difícil encontrar mujeres cuando se trata de lugares que implican la representación de otros; por ejemplo, como presidentas de sociedades de fomento. Así, es posible ver que aun en la misma política barrial, las dificultades ya comienzan a percibirse. Más allá de su capacidad de oratoria, es complejo para las mujeres ser voceras en un acto barrial. En los casos que he podido observar, durante mi trabajo de investigación, las mujeres no estaban habilitadas para hacer uso de la palabra y en los exiguos casos en que esto era posible, sufrían en carne propia la incomodidad de ocupar un lugar que ‘no les corresponde’”.

Norma Morandini dice algo parecido: “A nosotras nos educaron para susurrar, empezamos a gritar para que nos escuchen, pero como hoy tenemos la fuerza de los argumentos, podemos hablar. No sabés lo difícil que es hablar en el Congreso. Creo que nos escuchan porque no les queda otro remedio, pero nos descalifican en el argumento, les parecemos ingenuas. Por eso me gusta decir que la reivindicación que tendríamos que hacer las mujeres es el derecho a la inocencia. Yo reivindico la ingenuidad, porque lo contrario es ser un cínico y decir, como dicen tantos: ‘No se puede, fue siempre así, la política es así’. Si no hubiera fracasado la política masculina, tal como la conocemos, uno podría decir con humildad: ‘Voy a aprender con ustedes que son los que tradicionalmente han hecho política’. Si el país no estuviera en la debacle cultural y política en el que está, yo querría aprender de ellos”. Alicia Locatelli tiene 45 años, cuatro hijos, y es intendente de la ciudad correntina de Curuzú Cuatiá por segundo mandato consecutivo.

Aunque dice que nunca vivió situaciones extremas de discriminación o subestimación, cuenta que al princpio de su mandato sentía algunas diferencias: “Me acuerdo de una vez que en una reunión de intendentes donde yo era la única mujer, parecía que lo que decía no tenía el mismo valor que lo que decía el resto. Hasta que en la segunda reunión entendieron que lo que yo decía venía de un intendente. La verdad es que somos tan pocas… En realidad no hay un cupo, somos excepciones, no llegamos ni al 10% en todo el país, y la mayoría ocupa intendencias en pequeñas localidades”.

Alicia milita en política desde los 22 años, cuando se afilió al Partido Justicialista. Recorrió este camino junto con su marido, que también fue intendente de Curuzú Cuatiá y hoy es diputado provincial. “Venimos trabajando hace más de veinte años en política. Durante mi primera gestión, algunos podrían haber dicho que yo venía prendida del saco de él; pero cuando gané la reelección creo que quedó claro que la gente sabía a quién votaba”, dice Alicia.

Un espejo de las tareas del hogar

En mayo de este año, la Defensoría del Pueblo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires le pidió a Mauricio Macri que incorporara más mujeres a su gabinete después de que el Partido de la Ciudad presentara un relevamiento que da cuenta de que de 168 cargos, sólo 27 están ocupados por mujeres y que, de ese total, 23 son de tercera línea.

En el gobierno nacional, aunque haya más presencia femenina que en gestiones anteriores, las mujeres todavía son pocas ya que, de 14 ministerios, sólo tres están a cargo de ellas. ¿Dónde se concentran las mujeres? Así como en el ámbito privado nos ocupamos de los chicos, la educación y los médicos, cuando pasamos al ámbito público, nos ocupamos de las carteras de Desarrollo Social, Cultura y Educación y Salud.

María Rigat-Pflaum dice que hay espacios y tareas en las que las mujeres nos movemos mejor, como en el diálogo y la negociación. “Son aspectos que se han fomentado en el ámbito de lo privado y donde las mujeres nos manejamos con bastante comodidad, porque los hemos ejercitado. Incluso existe el estereotipo de que somos más negociadoras y más dialoguistas. No es una capacidad genética, es una capacidad adquirida culturalmente en los ámbitos de desempeño que nos fueron asignados tradicionalmente”, explica.

Las áreas en las que todavía no ocupamos muchos espacios son aquellas conocidas como áreas duras. Así, las finanzas y la macroeconomía siguen siendo, para las mujeres, una figurita difícil de conseguir. Donde hay dinero hay poder, y donde hay poder, la pelea por los puestos es más difícil. La marcha de las mujeres hacia los cargos públicos avanza. ¿Qué aportamos las mujeres en este recorrido? En principio, justicia y equidad, según Monique Thiteux-Altschul, porque nuestra presencia asegura que estén representadas las dos miradas, la femenina y la masculina.

Además, aseguramos la llegada y permanencia de temas que antes no se trataban. “Las mujeres jerarquizamos en la agenda política cuestiones a las que no se les daría importancia si no fuera por nosotras. ¿De dónde viene esto? ¿Por qué las mujeres damos prioridad a diferentes temas? Porque nosotras vivimos y conocemos cuáles son las desigualdades entre los varones y las mujeres”, explica María Rigat-Plfaum.

Desde la experiencia en el terreno de la política, Alicia Locatelli dice que el hecho de que haya mujeres en la política asegura que haya más preocupación por todos: “Por la familia, por el chico, por el joven, por el hombre. Nuestra presencia genera más amplitud”.

María Barón, directora ejecutiva de la Organización Directorio Legislativo, dice que cuando las mujeres ocupan lugares de decisión, toman medidas en favor de las mujeres, y su voz garantiza, al menos, una mayor preocupación por temas que antes no se trataban.

Existe una larga tradición que pone al poder en manos de los varones, pero lo que aún no sabemos con certeza, de acuerdo con Dora Barrancos, es de qué somos capaces las mujeres: “Todavía no sabemos lo que es el poder femenino, pero estamos en camino a descubrirlo”.

 

El poder ya no es cosa de hombres

Al problema de la dinámica interna de la política se suman otros factores que condicionan no sólo la llegada y el acceso de las mujeres a la política, sino su continuidad en ella.

Uno de esos factores, según la investigadora Dora Barrancos, es la raigambre masculina que el poder tuvo desde siempre. Ella nos explica que a lo largo de la historia las sociedades se han construido bajo el sistema patriarcal. La familia es el primer lugar en donde esto hoy se ve reflejado: “Se podría decir que el mando gerencial de la casa reposa en las mujeres, pero hay decisiones estratégicas –como comprar una casa– que todavía reposan en los varones. Cuando digo ‘todavía’, digo que ha habido cambios. En general, los varones toman esas decisiones y es cierto que cada vez más consultan a las mujeres. Hay algunas sociedades en las que las mujeres gravitan en esta decisión, pero en realidad quien va, quien compra y quien hace es el varón. Hoy los compradores de casas y autos son, en su mayoría, varones. En la esfera cotidiana se revela que el mayor poder decisorio sobre bienes sigue siendo una regencia masculina, aunque ha cambiado muchísimo”.

Desde la Fundación Friedrich Ebert, la politóloga María Rigat-Pflaum dice que el acceso de la mujer a la política está condicionado por varias causas: “Muchas de ellas tienen que ver con construcciones culturales de la sociedad, con comportamientos de los varones derivados de la tradicional división del trabajo por género y los estereotipos relacionados, con los comportamientos y temores de las mujeres a la hora de acceder a determinados puestos, con los problemas aún no solucionados y que surgen del doble rol (madre y trabajadora), y con otras alternativas y encrucijadas”.

Según Rigat-Plfaum, el ámbito público es un lugar donde las mujeres tienen que probar que son mejores que los varones. Se espera más de ellas y deben demostrar más: “¿Cuántas veces escuchamos frases como ‘¿Qué querés? Es mujer’. Se espera un desempeño mejor que el de un hombre y nunca se justifica un resultado más bajo. En el caso de los hombres, quizá sí se les perdona que su desempeño no sea tan bueno. Además, a la hora de evaluar a las mujeres, cuestiones como su ropa o su vida sentimental pesan más que cuando se evalúa a un hombre. Ante el error, se les cobra que no sean exitosas”.

 

Por Laura Masson*

No es sinónimo de honestidad

Para saber qué espera la sociedad argentina de una dirigente mujer, habría que hacer una encuesta. Pero, en principio, se esperaba que las mujeres llevara a la política todas las cualidades que históricamente –y de una manera estereotipada–, se les han adjudicado: la honestidad, el compromiso y el trabajo desinteresado. Por eso, creo que en un primer momento se esperó que la presencia de las mujeres mitigara los casos de corrupción. Pero la historia reciente se encargó de mostrar que esto no necesariamente es así. Creo que la sociedad deberá comprender que nosotras podemos ser, al igual que los varones, buenas o malas, honestas o corruptas, y que la complejidad es propia de todo ser humano. Finalmente, que las mujeres tenemos derecho a ser parte de la élite dirigente. No hay que esperar que esto nos sea concedido como un premio que mereceríamos por una supuesta bondad u honestidad que nos caracterizaría.

Respecto de si se espera o no que una mujer tenga una mirada femenina sobre su gestión, hay grandes discusiones acerca de si el poder tiene o no tiene género. Es verdad que hay ciertas características culturales que se le asignan a lo femenino, pero las mujeres no están condicionadas sólo por su género, sino que también las atraviesan otras realidades. Yo no sé qué es una “mirada femenina”, porque las mujeres somos muy diferentes de acuerdo con el país donde nacimos, la clase social a la que pertenecemos, la educación que recibimos, nuestra religión y pertenencia étnica, entre otras cosas. Sí puedo imaginar cuáles son las características o actitudes que la clase media argentina considera que “son femeninas”. Ahora bien, estas características pueden ir desde el tono de la voz y la ropa que una mujer usa hasta la manera en que da una orden o su forma de caminar. En este caso me pregunto: ¿Cuál de todas estas cosas que mencioné se vinculan con la política? ¿Todas? ¿Ninguna? ¿Influye si uso un vestido o un traje sastre en la forma de ejercer el poder? ¿Una orden que proviene de una mujer es más factible de cumplirse de acuerdo con su tono de voz?

*Laura Masson es doctora en Antropología Social, investigadora del Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES) de la Universidad Nacional de San Martín y autora de La política en femenino. Género y poder en la provincia de Buenos Aires y de Feministas en todas partes. Una etnografía de espacios y narrativas feministas en la Argentina.

ETIQUETAS cupo femenino participación poder

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