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Mujer y política

16 enero, 2017

La paz se escribe en femenino plural

Las mujeres y las niñas son, según los organismos internacionales, las principales víctimas de las guerras y el blanco de distintos tipos de violencia durante los conflictos armados. Pero al mismo tiempo, su participación en las negociaciones de pacificación son muy eficaces: los especialistas las consideran más creativas para buscar soluciones y para crear consensos duraderos.


Arriba, Leymah Gbowee (izq) y Malala Yousafzai (der). Abajo, Tawakkul Karman (izq) y Ellen Johnson-Sirleaf (der).

Por Ytala López.

Ya lo decía Virginia Woolf décadas atrás: “La mejor manera en que (las mujeres) podemos ayudar a evitar la guerra, no consiste en repetir las palabras de ellos ni en seguir sus métodos, sino en hallar nuevas palabras y en crear nuevos métodos“.  La lucha por la expansión territorial, las diferencias religiosas y étnicas, la carrera armamentista, en síntesis, el control económico y el dominio del poder, han sido históricamente gestas libradas por la fuerza de la testosterona, y el lugar de las mujeres ha sido, y puede ser, crucial a en los procesos de pacificación. Porque, como sostuvo alguna vez Nelson Mandela, gran referente en el tema, “si el odio se aprende y si es posible aprender a odiar, también es posible aprender a amar”.

A la toma de decisiones libradas al azar suele llamársela “cara o cruz”, “cara o sello”. Y las dos caras de una misma moneda podrían interpretarse como una metáfora de las dualidades que la Humanidad tiene frente a sí: mentira-verdad; diálogo-monólogo; inclusión-exclusión; perdón-castigo; venganza-reconciliación; crueldad-compasión; luz-oscuridad; odio-amor; guerra-paz.
A esta altura de la historia, se sabe que la prohibición de las lenguas madres, los desplazamientos, las minas antipersonales, las violaciones a mujeres y niñas, el reclutamiento de menores de edad, las matanzas crueles y las hambrunas premeditadas, son algunas expresiones de las bestialidades de los conflictos bélicos y los regímenes totalitarios. Y Bajo estos contextos, son las mujeres y las niñas quienes padecen el horror de manera particular, ubicándose entre los más vulnerables en todas las poblaciones. Por esta razón, en el año 2000 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó por unanimidad la resolución 1325, el primer documento formal y legal de esta entidad que exige a las partes en conflicto el respeto por los  derechos de las mujeres  y el apoyo a su participación en las negociaciones de paz y en las acciones post-conflicto.  Dicho documento insta a la incorporación de una perspectiva de género que tome en consideración las necesidades de las mujeres y de las niñas.

Hoy en día la declaración reconoce que los conflictos afectan a las mujeres y a las niñas de manera diferente que a los hombres y a los niños, y que ellas son importantes tanto para la resolución de los problemas como para la consolidación de la paz a largo plazo.

Malala, en una charla durante el festival Women of the World 2014 (Mujeres del mundo).

Famosa por su lucha a favor de la educación de las niñas en Paquistán y alrededor del mundo, Malala Yousafzai sufrió un atentado en 2012 con dos disparos en la cabeza de parte de talibanes y no solo logró sobrevivir, sino que se convirtió en una poderosa voz pacifista: con solo 17 años, Malala recibió el Premio Nobel de la Paz. “Seamos más fuertes que el miedo”, suele decirle a sus contemporáneas. “Si se quiere acabar la guerra con otra guerra, nunca se alcanzará la paz. El dinero gastado en tanques, armas y soldados se debe gastar en libros, lápices, escuelas y profesores”, dijo durante un discurso.

Las voces y acciones como las de Malala siguen alzándose, sin embargo, aún la participación de las mujeres en los procesos de paz es casi anecdótica. De acuerdo al documento para ONU Mujeres “Participación de las mujeres en las negociaciones de paz: relaciones entre presencia e influencia”, elaborado por  Pablo Castillo y otros, en 2012, de una muestra de 31 procesos de paz analizados desde 1992 hasta 2012, la intervención de las mujeres dentro del grupo de negociadoras era sustancialmente bajo: sólo se daba en un  9% entre 17 casos; 4 de las signatarias fueron mujeres y, dentro del equipo de mediadores, no hubo ninguna mujer.

En el estudio “La participación de las mujeres en los procesos de paz. Las otras mesas” (María Villellas, 2010), se leía que la ausencia de las mujeres en las negociaciones de paz obedecía a  “la falta deliberada de esfuerzos para integrarlas en procesos de paz formales”, lo que remite a la construcción de una estructura patriarcal de la negociación, reflejo de las sociedades en las que las mujeres vivimos.

Leé más en Lisístrata y el primer boicot sexual pacifista.

El Consejo de Seguridad  de la Naciones Unidas acusó recibo de estas deudas  y aprobó un  conjunto de resoluciones adicionales, las “Resoluciones Sobre las Mujeres, la Paz y la Seguridad”. En dichos documentos se reconoce, por ejemplo, que la violencia sexual se ha utilizado, en ciertos contextos, como táctica de guerra a fin de lograr objetivos militares y políticos.

En este mismo orden de ideas, en octubre de 2015 fue aprobada la resolución 2240 donde se formula el Protocolo para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas como principal instrumento para combatir un flagelo que atenta contra la dignidad de mujeres, niñas y niños. Claro que, así como las mujeres junto con las niñas son el blanco de violencias específicas durante los tiempos de conflictos armados, al mismo tiempo son fervorosas impulsoras de los procesos de paz y así es como su presencia en las negociaciones de paz y post conflicto, resulta ser altamente positiva y eficaz.

Tawakkul Karman, Leymah Gbowee y Ellen Johnson-Sirleaf (de izq a der), Premio Nobel de la Paz 2011.

Según los especialistas, las mujeres son más creativas en la búsqueda de salidas y soluciones prácticas a los obstáculos que se les presentan y tienen mayor facilidad para crear consensos y evitar posibles “patadas en el tablero” que lleven a los negociadores a levantarse de la mesa.

Por otra parte, las mujeres suelen tener una visión más panorámica y logran hacer foco sobre temas en los que los hombres no abordan, sobre todo aquellas cuestiones relacionadas con la familia, la educación, la salud y la inequidad.

Leé más en Ellas por la paz, las madres que caminan juntas por el desierto para pedir por el fin de los conflictos entre Israel y Palestina.

A su vez, la intervención de las mujeres en las negociaciones de paz logra que los acuerdos sean más sustentables.

Líderes y pacifistas

Mujeres como Immaculeé Ilibagiza, embajadora del perdón de Ruanda. O las tres ganadoras del Premio Nobel de la Paz en 2011,  Ellen Jonhson-Sirleaf y Leymah Gbowee, presidenta y activistas de Liberia; y Tawakkul Karman, periodista y política de Yemen, pero también tantas otras menos conocidas pero igualmente comprometidas y valientes de países como Irlanda del Norte, Sri Lanka, Kosovo, Somalia, Afganistán, Guatemala, El Salvador o Colombia, permiten afirmar que allí donde existen conflictos armados, también están los grupos de mujeres organizadas en busca de la paz. Mujeres determinadas y perseverantes que contribuyen a  la instauración de la paz en sus países, desde la certeza y la convicción de que la violencia ya fue suficiente, demasiada, y de que es tiempo de decir “basta”. Juntas se hicieron escuchar en diversos idiomas, en lugares recónditos y en distintos momentos. Entonces cabe recordar a la historiadora colombiana Diana Uribe, que en sus conferencias suele decir: “Hay un instante en que los pueblos se saturan y comprenden lo absurdo e inútil de la guerra”. Como si el hartazgo se les plantara frente a sí y les diera permiso para ver un haz de luz, ya sea en alguna rendija dejada por el poderoso de turno o debido al apego tozudo al optimismo de alguien capaz de mirar más allá del desaliento. Entonces aparece la posibilidad de que exista otra mirada, otra subjetividad. Surge la esperanza.

Juntas, la presidenta chilena Michelle Bachelet y la activista y Nobel de la Paz guatemalteca Rigoberta Menchú.

La guerra es sinónimo de intercambio de indignidades, es segregación, anulación del otro, es un cóctel que acaba en desesperanza y en odio. Y el odio, se sabe, más allá de sí mismo, no cobija ningún proyecto. En cambio el amor sí lo hace, y la paz es uno de sus proyectos.

Pero construirla es difícil, no solo porque en su devenir pone en evidencia duras verdades, sino porque invita a mirar al otro, convoca a escuchar sin juzgar, propone a abrirse frente al que hasta hace poco fue considerado “el enemigo”, exhorta a la transparencia, a la confianza, al arrepentimiento, al perdón, a la compasión, a la reconciliación.

Leé más en Una mujer por la paz,  con el testimonio de la hermana Guadalupe, la religiosa argentina que denuncia la persecución de los cristianos en Siria.

La paz es un proceso humano, un aprendizaje en sí mismo, un ejercicio de expansión de conciencia, de espiritualidad y de evolución que amerita el concurso efectivo y garantizado de todos y, fundamentalmente, la presencia de organizaciones de la sociedad civil, de los líderes políticos y religiosos, y de los jóvenes.

Sin embargo, la paz pareciera ser una moneda en la que domina el “sello” masculino, ese que suele poner énfasis en asuntos relacionados con el poder político y económico. No es el azar el que determina la suerte recurrente del sello sobre la cara, sino una visión dominante y patriarcal, la misma que da el grito de guerra y la que propone las condiciones para la vuelta a la calma. Sin embargo, ya lo dijo una mujer que es símbolo de la paz, Rigoberta Menchú: “La paz no es solamente la ausencia de la guerra; mientras haya pobreza, racismo, discriminación y exclusión, difícilmente podamos alcanzar un mundo de paz”.

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