Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

5 agosto, 2022

La pandemia y el sentido de la vida

Encontrar nuestro para qué en este mundo, esa es la cuestión del existir. Y de eso trata este texto que nos lleva a indagar en lo más profundo de nuestro ser, para descubrir -de la mano de nuestra fragilidad- aquello que nos hace de verdad sentido.


Fotos: Pexels

Por Sergio Sinay

Acaso la más dolorosa revelación que nos dejó la pandemia, la más difícil de aceptar, es el testimonio de nuestra fragilidad. Adormecidos en la creencia de que los adelantos científicos y tecnológicos nos iban acercando cada vez más a la invulnerabilidad, a una expectativa de vida cada vez más prolongada, a la derrota de las enfermedades y riesgos que nos acecharan, fuimos despertados de pronto por la mala noticia de que no controlamos todo, de que lo imprevisible y lo impredecible pueden tomar las formas más impensables y presentarse en el momento más inoportuno.

Nos dimos cuenta, pese a que intentamos negarlo de mil modos, de que nuestra vida es, finalmente, una hoja en la tormenta. Nos encontramos con un miedo desconocido, nos confinamos en nuestros hogares, nos sometimos a vacunas que aparecieron como pócimas mágicas, nos distanciamos los unos de los otros, trabajamos a distancia, abandonamos proyectos y hábitos, dejamos de vernos con familiares, amigos y otros seres queridos, desplegamos una alerta casi paranoica sobre cada mínima manifestación de nuestro organismo que pudiera parecer un síntoma. Nos vimos tan mortales como somos, aunque lo veníamos olvidando.

Cada situación, cada circunstancia que atravesamos a lo largo de nuestra existencia, aún la más breve y en apariencia insignificante, es una pregunta que nos hace la vida. Porque, como repetía Víktor Frankl (el médico y pensador austriaco autor de El hombre en busca de sentido y padre de la logoterapia), no hemos venido a la vida a hacer preguntas, sino a dar respuestas. Y a través de las respuestas, a explorar el sentido de existir. La gran pregunta, que engloba a muchas otras, planteada en esta extraña e inédita situación, es esta: ¿para qué deseamos conservar esa vida que tanto queremos asegurar y que tanto tememos perder? O, planteada de otra manera: ¿para qué vivir?

Pobre respuesta sería “para pasarla bien, para divertirme, para comer mucho, para acumular todo tipo de bienes materiales, para ganar mucho dinero, para beber los mejores vinos y degustar los mejores platos, para darle vía libre a todos mis deseos, para liberar mis instintos”. Si ese fuera el propósito de nuestra vida, o al menos la meta que cada uno de nosotros se plantea, difícilmente nos evadiríamos del más profundo dolor psíquico y espiritual que un ser humano puede experimentar. La angustia existencial, ese sufrimiento hondo y agudo provocado por una vida que, aunque esté colmada de placeres y bienes, no encuentra su para qué, su sentido.

La semilla y el árbol

Píndaro, poeta griego del siglo V antes de Cristo, célebre por sus Odas, que componía en papiros, escribió: “El ser humano debe llegar a ser lo que siempre ha sido”. ¿Qué significa esto? Píndaro decía que en la semilla está el árbol, que la vida de cada uno de nosotros tiene, desde el comienzo, una razón, y que la comprenderemos en la medida en que desarrollemos todas nuestras potencialidades. Somos semillas que tienen el árbol completo dentro de sí y necesitan las acciones y las condiciones que le permitan plasmarse. Cuando el árbol está en flor y en plenitud, es lo que siempre ha sido: aquello único, irremplazable e intransferible que estaba en la semilla. Y, si no germina, lo que está en la semilla fermenta, se deteriora, produce enfermedades que, en el caso de los humanos, se manifiestan en el cuerpo, en la psiquis, en el alma.

«Somos semillas que tienen el árbol completo dentro de sí y necesitan las acciones y las condiciones que le permitan plasmarse. Cuando el árbol está en flor y en plenitud, es lo que siempre ha sido: aquello único, irremplazable e intransferible que estaba en la semilla. Y, si no germina, lo que está en la semilla fermenta, se deteriora, produce enfermedades que, en el caso de los humanos, se manifiestan en el cuerpo, en la psiquis, en el alma».

Vivir no es solo transitar un tiempo cronológico, tratando de extender ese tránsito todo lo posible. Conservar la vida es conservarla para algo, para hacer de ella (desde los pequeños y simples actos cotidianos vinculados al trabajo, a las relaciones, a la familia, a la pareja, a los deberes ciudadanos) una experiencia que deje el mundo un poco mejor de como lo encontramos. Vivir para algo, vivir para alguien, decía Frankl. Tener algo que realizar, algo que esperar y alguien a quien amar, afirmaba a su vez el pastor anglicano y filósofo escocés Thomas Chalmers (1780-1842). En ambos casos se nos invita a sacar la mirada del propio ombligo, a recordar que somos partes de un todo, y no un todo aislado, y que cuando comprendemos esto podemos acceder a la noción de trascendencia.

Ensanchar la vida

Trascender es ir más allá de uno mismo, dejar una huella en el mundo. Y el mundo son los otros. Así, la inevitable finitud de cada vida personal se abre a un horizonte más amplio. Ya no se trata de alargar la vida, sino de ensancharla. Prolongarla, por muchas ilusiones que nos hagamos, no depende de nosotros. Tenemos fecha de vencimiento, aunque la ignoremos, y está fijada por el destino, la providencia, el azar, las circunstancias o como deseemos llamarlo. Pero ensancharla es, sí, nuestra responsabilidad, al igual que profundizarla.

Si nos distraemos, si lo superficial y lo banal se comen el tiempo que nos ha sido dado, si postergamos o evadimos las respuestas a los interrogantes existenciales, nos asaltan la hipocondría y la paranoia, nos cuidamos hasta de nuestra sombra, le tememos a todo, nos angustiamos por conservar la vida, que no es lo mismo que cuidarla y honrarla, y, aunque consigamos estirarla, somos prisioneros del horror vacui. Esta expresión latina proviene del arte y describe a la obsesión por llenar (sobre todo en la pintura y la arquitectura), todos los espacios, por no dejar un centímetro sin cubrir, así haya armonía, o no.

Trasladada a la psicología y la filosofía, donde más se la usa, define el pánico al vacío, la ansiedad por colmar cada minuto de actividades, de relaciones, de ruido, de compromisos sociales o laborales, la evitación del silencio, de la contemplación, la negación a sumergirse en el propio mundo interior y a confrontar allí con las múltiples voces que nos habitan y que reflejan nuestras necesidades, nuestros anhelos más valederos, nuestros sueños y temores, nuestra hambre espiritual desoída.

En cada ser humano existe un sentido de vida propio, a desentrañar y expresar. Y es la responsabilidad de cada uno dar con él. No existen fórmulas, recetas ni prácticas mágicas. Se trata algo que nadie puede hacer por otro. Y mientras no se hace, sobrevuela la angustia existencial, la sensación de vacío o de “sin sentido”. Víktor Frankl sostenía que la mejor prueba de la existencia y la necesidad del agua es la sed. No tendríamos sed si no existiera el agua. Del mismo modo, se puede decir que la prueba de que es necesario descifrar y consagrar el sentido de nuestra vida es esa sensación de vacío y descontento que se instala cuando no lo hacemos, por mucho que nos cuidemos de todo y, en definitiva, terminemos cuidándonos de vivir. Como la pandemia, muchos riesgos nos rodean sin que lo sepamos. La incertidumbre y lo aleatorio son la mayor certeza. No podemos preservarnos de lo que ignoramos, pero somos responsables de cómo y para qué vivimos mientras estamos aquí.

ETIQUETAS autoconocimiento espiritualidad filosofía reflexión sentido de la vida

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