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La odisea de conseguir repelentes y ese cuento chino que ya conocemos

El gran tema del que todos hablan por estos días llegó a Sophia para formularnos una gran pregunta: ¿por qué chocamos dos (y tres) veces con la misma piedra?

Por María Eugenia Sidoti

En el video de TikTok, un delincuente y su eventual víctima discuten: 

—Pero che, tomá, te doy todo, llevate la billetera, la cadenita de oro, ¡el celular!

—¡No! ¿Para qué quiero todo eso? ¡Dame el Off, dame el Off!— grita el asaltante, escapando con el botín en spray.

La sátira, creada de manera casera por un usuario de esa red social, intenta sacarle una sonrisa al drama de las últimas semanas: lo que quiere todo el mundo es hacerse de un repelente como sea

La situación no es nueva, y cada vez que —como ocurre este año— los casos de dengue se disparan, también se complica el acceso a este insumo tan preciado que, cuando no está en falta, parece cotizar en bolsa. “Doce mil pesos”, pide un profesional del mundo de la tecnología por uno de color de verde, cuando el valor de mercado en realidad debería ser, pongamos, más o menos la mitad. Y a pesar de que en su universo techie jamás pensó dedicarse a esto, explica que se convirtió en vendedor eventual del producto que todos buscan (y pocos encuentran), cuando le trajeron una caja llena de frascos desde Paraguay. El detalle, no menor, es que la mercadería dice “Hecho en Argentina”. Entonces ¿por qué salir a comprar afuera lo que deberíamos tener a mano acá, en la farmacia de la esquina? 

Frente al enorme caudal de buscadores del tesoro que entra a cada rato a preguntar, muchos comercios optaron por poner un cartel bien grande en la puerta, con la leyenda “¡¡¡No tenemos repelentes!!!”. Es que, al parecer, las consultas incesantes molestan tanto o más que los mosquitos. 

Pero esto no es nuevo, ya nos pasó. Lo que está claro es que no aprendimos. Era 2020, transitábamos la pandemia de coronavirus, apiñados en filas eternas para conseguir productos de protección e higiene de manos. La falta de barbijos y de alcohol en gel por momentos fue un sálvese quien pueda y se debió, en muchos casos, a que la producción no daba abasto pero, en otros, a que los vivarachos de siempre sacaron los productos del mercado para luego, ante la creciente demanda, poder venderlos más caros. Eso, por no mencionar la falta de vacunas, la muerte de cientos de miles y el escándalo que terminó con la renuncia del exministro de Salud Ginés González García. 

Una más… ¿y no jodemos más?

En esta epidemia, la del dengue, el ida y vuelta entre el gobierno y los fabricantes agregan un condimento extra, en una puja que ahora trajo la posibilidad de comprar un repelente en el extranjero y que te llegue puerta a puerta, hasta tu casa. En el fondo, sin embargo, las peleas y las gestiones sin previsión demoran lo que resulta imprescindible: en este caso, brindarles a las personas los recursos necesarios para que se protejan y no corran peligro de contagio o reinfección. De modo tal que, sin otras opciones disponibles, muchos apelan con esperanza al buen funcionamiento de algunos preparados caseros, o incluso frotar sobre la piel shampoo, hojas de romero fresco o de aguaribay, aunque sin la más mínima evidencia. 

La desesperación se entiende. En nuestro país, se registra por estos días una suba histórica de contagios. Según publica el Ministerio de Salud en el Boletín Epidemiológico Nacional, hay más de 230 mil casos reportados y los muertos suman 161. La Organización Panamericana de la Salud compara esa cifra con la de 2022 (en la que no se contabilizaron víctimas fatales) y calcula que la tasa de mortalidad por esta enfermedad ascendió en la Argentina (0,073% en 2024), más que en países que atraviesan los brotes desde hace más tiempo, como ocurre en Brasil (0,029%), sin que se pueda explicar todavía el por qué de esa variable. 

Ya vendrá el frío y los mosquitos morirán, dicen los especialistas. Los de a pie no solo esperamos que sea cierto, sino que además ocurra rápido. “Es la fase final”, aseguró ayer, en conferencia de prensa, el Ministro de Salud de la Ciudad de Buenos Aires, Fernán Quirós. Pero, mientras tanto, ¿quién podrá defendernos?

Y dónde están los repelentes

La pregunta del millón es por qué, si por estas latitudes el fenómeno del dengue golpea cada año, nunca llegamos a la fecha con una buena provisión de stock. Mientras tanto, camiones cargados salen desde Argentina para alimentar mercados limítrofes, como el paraguayo y el brasilero. Y luego, para reponer faltantes de las góndolas propias, hay que pedir cargamentos de afuera, que en estos días irán llegando desde México y Polonia, según informan los medios locales.

De fondo, la realidad nuestra de cada día: gente dispuesta a conseguir un frasco al precio que le pidan, aunque el contenido de una unidad para una familia entera resulte poco y nada. ¿Qué pasa, que no se puede garantizar una distribución más eficaz y equitativa?

En la calle, en las casas, en los transportes, en las oficinas, en las plazas, la carencia de repelente es el tema. Y cada vez que alguien saca de su bolso una crema, un aerosol o un spray, todos los ojos se clavan en el suertudo o la suertuda de ocasión. “¿Dónde lo conseguiste?”, pregunta una mujer a una desconocida, mientras observa con ojos anhelantes cómo se pulveriza. “Un contacto del colegio de mis hijos hizo una compra comunitaria y los vendió entre los papás… ¿querés ponerte un poco en los brazos y las piernas”, responde la otra. En algún punto, ese pequeño gesto de solidaridad conmueve desde lo humano. Tal vez sirva además de ejemplo para entender de qué se trata el bien común

En mi caso, implorar al supermercadista chino de la cuadra funcionó esta vez. Y, mirando de un lado al otro, como si sacara algo prohibido (escondido debajo de la caja registradora), me vendió a precio módico “el último que le quedaba”, según dijo casi gritando, para dispersar al resto de las personas que se había agolpado detrás de mí, para hacerse también de un Off naranja.

Acostumbrados a esta película, derrotados muchas veces, bajamos la cabeza ante la cruel negativa de ese repelente que necesitamos y no nos venden. “No tenemos. No insista”, dicen algunos mensajes ubicados en farmacias y perfumerías, dirigiéndose con pocas pulgas a sus clientes de siempre, convertidos ahora en pedigüeños no gratos. 

Como madre de un hijo de 12, recuerdo otro de los tantos cuentos chinos que ya conocemos: las figuritas del Mundial de Qatar, imposibles de conseguir en los kioscos, pero disponibles a sumas exorbitantes para la reventa. Es verdad que la salud no corría peligro, pero había que contener la respiración para aguantar la desilusión (y los chillidos) de los chicos, ante la imposibilidad de comprar aunque solo fuera un par de sobres. 

Solo nos queda aguardar, cortar clavos, mezclar vainillin con alchohol o con agua (o con las dos cosas, perdón, ya me perdí), pedirle al Universo que adelante el invierno o nos caiga del cielo una pócima cósmica que nos salve de los picotazos. De paso, preguntarnos por qué, si ya sabemos el final, como sociedad terminamos contándonos todo el tiempo la misma historia.

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"Hay mucha belleza, verdad y amor a nuestro alrededor, pero pocas veces nos tomamos las cosas con la suficiente calma para apreciarlos".

Brian Weiss