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Hijos

8 octubre, 2008

La obsesión por educar genios


Los especialistas comienzan a advertir que acelerar los tiempos de los chicos no sólo no los hará mejores en el futuro, sino que puede afectar su desarrollo evolutivo. las exigencias en el colegio y fuera de él.

Hay que respetar los tiempos de los chicos. Ése era el consejo que daban las madres… de antes, porque la insistencia de los padres de hoy por preparar a sus hijos para un mundo cada vez más competitivo los lleva a pretender que corran los 100 metros llanos cuando aún ni siquiera han aprendido a gatear. Salen de la panza, y sus padres los esperan con una batería de CD, música y juegos interactivos que prometen convertirlos en geniecillos que a los 5 años escribirán de corrido o hablarán en perfecto inglés para acceder a los mejores colegios de su país. Muchos padres están empecinados en hacer de sus hijos los mejores, cueste lo que cueste. Pero esta manía no es exclusiva de los argentinos, como tampoco lo son las advertencias que en todo el mundo están dando los especialistas que llaman la atención sobre los riesgos de sobreestimular a los chicos.

Acelerar los tiempos hoy no es garantía de una alta performance mañana, sino que, por el contrario, puede ser perjudicial para el desarrollo evolutivo de los chicos y su vida emocional. El norteamericano Matthew Melmut, uno de los expertos más reconocidos en desarrollo evolutivo infantil, asegura que la sobreestimulación en los chicos retrasa el desarrollo del cerebro y, por ende, debilita la capacidad cognitiva.

Más acá, en nuestro país, el director del ciclo primario del colegio Los Robles, Alejandro de Oto, cuenta cómo Finlandia respeta los tiempos de los chicos y lidera los rankings internacionales de calidad educativa: “La educación obligatoria y sistemática debe comenzar a los 7 años, pues antes el cerebro no está lo suficientemente desarrollado y la madurez física todavía no es la adecuada para ese tipo de aprendizaje. En los jardines se juega y se canta, y en la escuela primaria los chicos aprenden más a socializar que a llenarse de información”.

Parecida es la realidad de Suecia y de Suiza, países con altos niveles de rendimiento. “Allí empiezan con un método de enseñanza tranquilo y cálido, con el manejo del lápiz y del espacio, las destrezas motrices y el diseño de las letras. Luego, la lectura y la escritura, y recién después llega el cálculo”, explicó la psicopedagoga Liliana Fonseca, estudiosa de los sistemas educativos. La niñez es un tiempo que necesita juego, curiosidad, pausas. Acelerar sus tiempos y llenarlos de información está anulando la capacidad de sentir de nuestros hijos, de ser personas conectadas con ellos mismos y con sus propios deseos y talentos. Los adultos les negamos ese derecho esencial, y muchas veces ellos no dan más. ¿Dónde quedan los chicos en esta vorágine en la que los introducen sus padres?

Así lo explica la psicóloga Maritchu Seintun de Chas: “Cuando lo que les pedimos supera sus posibilidades, los chicos no tienen la capacidad de decir ‘mis padres se equivocaron de colegio’. Lo que piensan es: ‘Yo estoy fallado, no estoy a la altura de lo que ellos esperan de mí’. Así llegan las autoestimas flojas, las depresiones, las ansiedades, el comerse las uñas, las dificultades para dormir, los dolores de cabeza o los malos humores”.

La búsqueda de la excelencia

Hoy todo es más rápido que antes. No hay tiempo que perder. Los chicos tienen que entrar en los mejores colegios. “Es el mundo de la excelencia y ellos tienen que estar a la altura”, argumenta la responsable de admisiones de un colegio de Zona Norte que dice tener uno de los niveles más altos del país.

Algunas escuelas de nuestro país siguen los pasos de Estados Unidos, donde existen instituciones que van a toda prisa: el Centro Kumon de Matemática y Lectura es un campo de entrenamiento de cerebros. Tiene miles de filiales en todo el mundo, y la mayoría de sus estudiantes están ahí para leer más rápido, aprender matemáticas antes y escribir mejor que sus contemporáneos. Sus padres quieren para ellos la cima, que vayan más adelante que el resto, que salten grados. La pregunta ya no es ¿por qué Juan no puede leer?, sino ¿por qué no lee tan bien como Susana? Parecida es la situación del colegio Mendham Country Day School, en Basking Ridge, donde hay largas listas de espera. “Son como grandes compañías que ejercen presión para que aprendan más y jueguen menos”, dice Charolan Besler, presidente de la New Jersey Childcare Association. Sin llegar a estos extremos, en muchos colegios de nuestro país se los empuja desde que son bebés a estudiar y a lanzarse a una serie de actividades extracurriculares cuando aún se hacen pis en el pañal. Esto representa para muchos la mejor educación. Pero para otros, esta presión deja una estela de dudas. En especial para los terapeutas, que aseguran que el estrés aumentó un 50% en los últimos diez años. Y para algunos padres que, apostando a todo, un día se dieron cuenta de que su hijo no podía más.

En ese contexto, las preguntas se imponen. Apurar a los chicos, ¿garantiza una mejor perfomance para el futuro? ¿Van a tener más trabajo? Con este nivel de exigencia, ¿estamos exponiendo a nuestros hijos a la realidad del mundo competitivo o los estamos exprimiendo más allá de sus posibilidades evolutivas?

Falta de certezas

El planteo es profundo, duro también, pero algo queda claro: no hay estadísticas que comprueben que estos chicos que van más rápido sean mejores que el resto. Pero sí hay indicios de lo contrario: está comprobado que los 500 presidentes de las empresas más grandes del mundo fueron los más grandes de sus clases, según la investigadora norteamericana Elizabeth Dhuey, que en su libro La persistencia de la maduración temprana y sus efectos a largo plazo dice que acelerar los tiempos no vale la pena, ni psicológica ni académicamente.

“Antes, el lema era compartir. Hoy eso se transformó en ‘lo importante es competir y, además, ganar’. Hay cada vez más niños con síndrome de hiperactividad, y esto es una clara señal de que hay chicos sobreestimulados. Lo triste es que los padres empiezan a darse cuenta cuando aparecen los síntomas”, dice María Martha Depalma, psicoanalista del Centro Dos.

Ante esta situación, hay una tendencia que lleva a buscar el problema en los chicos y no en los padres, en los directivos, en los docentes o en los pedagogos. El nivel de complejidad de algunas escuelas de alto nivel socioeconómico muchas veces supera el nivel de pensamiento de los alumnos, que no logran aprender lo que se les propone: “Se llevan cantidad de materias a diciembre y a marzo, y allí bajamos las exigencias sin replantearnos qué estamos haciendo mal los adultos”.

¿Qué deben hacer los padres? Hay que estar atentos; analizar qué es lo que estamos eligiendo para nuestros hijos. Hoy está comprobado que la conexión con las emociones resulta básica para su normal desarrollo. “El éxito no depende del colegio donde fuimos. Una persona feliz es aquella que se encontró con lo que le gusta hacer, que se conectó con su ser y eligió; alguien que en la niñez tuvo la oportunidad de seguir la línea de sus ritmos evolutivos. Una persona que hizo las cosas para cumplir con un rango social, con las expectativas de otros, en la adultez quizá padezca úlceras, problemas cardíacos, anginas de pecho, contracturas, problemas vinculares y poca capacidad para disfrutar de la vida y del dinero que gana”, concluye Depalma. El aceleramiento, el apuro, la negación de la niñez como costumbre es una enfermedad de los adultos que debemos curar. No la volvamos hereditaria. Hacerlo puede anular la capacidad de los chicos para ser felices. Estamos a tiempo de cambiar el rumbo porque, al fin y al cabo, se trata de nuestros hijos.

ETIQUETAS desarrollo educación hijos padres

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