Sophia - Despliega el Alma

Vivir bien

2 diciembre, 2010

“La nutrición nace del amor”


Un chico crecerá sano si desde el vientre de su madre hasta que se hace adulto recibe afecto y una alimentación saludable. Por Isabel Martinez de Campos.

Hace mucho que escuchamos hablar de nutrición, de lo que es sano y lo que no lo es. Pero poco se habla de lo importante que es tener en cuenta que las personas no necesitan lo mismo en las distintas etapas de su vida, en especial durante los años de crecimiento. “La buena nutrición nace desde adentro, desde el amor por uno mismo y por nuestros hijos. Nace de esa madre que, si pudo, dio de comer a su hijo pensando en su salud y en su bienestar, y lo ayudó a crecer enseñándole que la nutrición tiene que ver con lo biológico y no con los mandatos de la moda”, dice el doctor Esteban Carmuega, director del Centro de Estudios Sobre Nutrición Infantil (CESNI).

La buena nutrición es un hábito que habla del cuidado de nosotros mismos, un cuidado que se relaciona con la salud física, intelectual y espiritual, más que con la imagen y con las imposiciones externas de cuerpos esqueléticos.

“Un niño que recibe de sus padres una buena alimentación y una buena educación en hábitos alimentarios sanos desde que estaba en el vientre de su madre hasta que se hizo adulto logrará su máximo potencial biológico y el conocimiento necesario para poder transmitir a sus hijos lo mismo que él aprendió. Esto, a la larga, se verá reflejado en las generaciones que vendrán, que serán más saludables”, explica el director del CESNI, una  entidad sin fines de lucro que desde hace más de treinta y cuatro años trabaja en la investigación para una buena nutrición de los chicos de nuestro país.

Camuerga dice que está muy bien hablar de la desnutrición que se ve en la cara de los niños de familias humildes que no tienen qué comer, pero que también hay que prestar atención a la mala nutrición, que abunda en la Argentina y que arroja índices más que sorprendentes en chicos pequeños y en edad escolar a los que les falta, por ejemplo, hierro, un mineral fundamental para el rendimiento intelectual.

Para que esto no les pase a nuestros hijos, y para poder guiarlos y acompañarlos en su proceso de crecimiento, Esteban Camuerga nos cuenta cuáles son los aspectos más importante de la alimentación de los chicos, que tenemos que tener en cuenta durante  las distintas etapas de la vida.

Embarazo: si comemos bien, nuestro bebé crece bien

A todas nos ha pasado de quedarnos trabajando hasta tarde cuando ya teníamos ocho meses de embarazo y comernos sólo una ensaladita para compensar esos dos kilos de más que subimos en el tercer mes. Sin embargo, esas actitudes tienen un costo, porque el bebé toma de nuestra placenta todo lo que le damos: nuestro estrés, nuestra mala alimentación y nuestras adicciones, si las hay. “Comer sano permite que el feto crezca con los nutrientes necesarios. Si, por ejemplo, no tomamos el desayuno, nuestro bebé tampoco lo toma; se queda en ayunas”, explica el médico. De hecho, el peso de los chicos al nacer incide en el resto de su vida: “Un chico que se alimentó bien mientras estaba en la panza de su madre tendrá menos riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, alergias o diabetes tipo 2. Así como varones y mujeres tenemos conciencia de que debemos cuidarnos del colesterol, las mamás tienen que darse cuenta de que es igual de importante comer bien durante la gestación de sus hijos”. Para Camuerga, muchas mujeres argentinas, por una cuestión de moda, inician el embarazo con muy bajo peso y no comen sano a lo largo de los nueve meses de gestación.

En esta etapa es especialmente importante, sobre todo en el último trimestre, la ingesta de pescado y de frutas secas tres veces por semana, porque estos nutrientes contribuyen a la buena formación del cerebro del bebé.

De 0 a 6 meses: dar de mamar es la premisa

Cuando nuestro bebé nace, si se puede, lo ideal es darle de mamar. Esteban Camuerga dice que la lactancia materna es el puente entre la vida intrauterina y lo que luego será la alimentación externa a la madre, como las primeras papillas.

Como madres, a veces la lactancia nos cuesta, ya sea porque no le encontramos la vuelta y no nos sale bien, o porque no hallamos espacios para hacerlo, como cuando tenemos que retomar el trabajo después de tres meses de licencia. Si sentimos que no logramos que nuestro bebé se prenda al pecho, debemos tener paciencia y, si es necesario, acudir a hospitales o clínicas para pedir el asesoramiento de neonatólogos o puericultoras. También está la Liga de la Leche, tan útil para esta etapa.

Pero esto no es todo. “Es necesario que haya una comprensión de la sociedad. Debemos crear espacios más laxos para la lactancia. Esto es una asignatura pendiente de esta Argentina y de gran parte del mundo desarrollado. Les pedimos a las mamás que lleguen a los seis meses de lactancia, pero la responsabilidad es compartida por la sociedad; debemos ayudarlas. Cuando la licencia por

maternidad es de tres meses, cuando no hay un espacio para guarderías dentro las empresas, cuando no se promueve la extracción de leche dentro de los ámbitos privados, somos todos corresponsables. La lactancia materna hasta los seis meses implica para un niño un mayor coeficiente intelectual y un menor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, obesidad, alergias, diabetes tipo 2, o de ser celíacos”, explica  el médico.

Es importante que tengamos en cuenta que para que nuestra leche tenga calidad, nuestra alimentación debe ser sana.

De 6 a 24 meses: tiempo de variedad y texturas

Durante esta etapa, nuestros hijos crecen muy rápido y empiezan a incorporar otros alimentos. Es el tiempo de experimentación, donde tocan la comida, juegan y se enchastran mientras que las madres vemos cómo esa ropa lindísima que le habíamos puesto queda embadurnada con puré de zapallo. Aquí es necesario un ejercicio de paciencia y amor, y, sobre todo, escuchar los consejos del pediatra: “No hay período de la vida, salvo la vejez, en que uno consulte más al médico que en esta etapa. Él nos dirá si nuestro hijo está creciendo adecuadamente, porque es una etapa en la que el chico incorpora la variedad. Entre los 6 y los 24 meses aparece el miedo a lo nuevo. Un chico que recibe variedad de alimentos en los primeros dos años, luego está capacitado para comer todo tipo de alimentos. Cuando la madre ofrece con seguridad y cariño, los niños se acostumbran a que los distintos alimentos son experiencias seguras. Cuando durante los primeros dos años han tenido una dieta muy monótona, les resulta después más difícil probar nuevos sabores y texturas”.

Preescolares. De 2 a 6 años: “Mamá, no quiero comer”

En esta etapa, nuestros hijos corren de acá para allá; parecen, a veces, no interesarse por la comida. Nos hacen berrinches en el kiosco, piden sin parar todo lo que no es sano y no quieren comer lo que es bueno para ellos. Es un tiempo de bastante trabajo con la comida y, en general, nos confunde. ¡Cuántas veces habremos jugado al avioncito con la cuchara con tal de que prueben bocado!

Según el doctor Carmuega, en esta etapa, los chicos crecen menos y, por lo tanto, tienen menos hambre y necesitan menos comida. “Muchas veces, las madres se confunden y los obligan a comer. Esto no ayuda a los chicos, porque dejan de reconocer sus señales de saciedad”.

A esta altura, los chicos se incorporan a la mesa familiar y forman sus hábitos. Nuestro rol de madres es ayudarlos a respetar sus señales de saciedad, el horario de las comidas y las costumbres. Cuando dicen que no quieren más, o que no tienen hambre, en general están diciendo la verdad.

El especialista aconseja que prediquemos con el ejemplo. Si no nos gusta el brócoli, es muy probable que a nuestro hijo no le guste el brócoli. Si nos atragantamos con la comida, sin masticar, es muy posible que nuestro hijo nos copie. “Las conductas que nuestros hijos aprenden son un reflejo imitativo de las conductas familiares”, explica.

Escolares. De 6 a 12 años: buenos desayunos y a pensar

Nuestros hijos van al colegio, se levantan temprano, muchas veces de mal humor, y no hay tiempo para tomar el desayuno. Con tal de que salga y llegue a tiempo, le damos una o dos galletitas para que se vayan comiendo por el camino. ¡Nos pasa tantas veces!

“Esta costumbre no es buena. Los chicos están en la etapa de aprendizaje, donde se adquiere el pensamiento lógico y en ese sentido tomar el desayuno es clave. El 95% de los estudios demuestra que los chicos que desayunan tienen mejor rendimiento escolar. En la Argentina, el 25% de los chicos no desayuna y el otro 50% desayuna sólo con infusiones o bebidas azucaradas. Tenemos un estudio sobre el impacto del desayuno en el aparato cognitivo. Les pedimos a los chicos que dijeran palabras con P (como “papaya”, “poroto” o “papa”). El mismo chico, cuando desayunaba, tenía un 20% más de respuesta y fluidez verbal que cuando no lo hacía. Lo mismo sucedía con la capacidad aritmética y otras áreas”, cuenta el médico.

El desayuno es para nuestros hijos la comida más importante y debe representar, por lo menos, la quinta parte de la ingesta calórica y nutricional del día. Sea por la escuela o por otras actividades, en este período los chicos se vuelven menos activos y más sedentarios. Por eso, es importante que fomentemos la actividad física, para no generar niños con alto riesgo de obesidad, en especial porque es una etapa en la que a las madres nos cuesta un poco manejar la calidad de los alimentos. Muchas veces nuestros hijos no almuerzan en nuestras casas, llevan viandas o compran comida en los kioscos del colegio.

Prestar atención a qué les damos y la calidad de lo que les damos es muy importante, así como no darles mucho poder en los kioscos: “Es enorme la capacidad de daño que puede hacer sobre su dieta un niño con cinco pesos en el bolsillo frente a un kiosco escolar”, dice Carmuega. Por eso, resulta fundamental el control, aunque nos cueste, de lo que comen y de lo que hacen con el dinero que les damos.

El contacto más allá de la leche

La doctora Graciela Basso, neonatóloga del Hospital Fernández, pediatra y psicóloga de niños, dice que la leche es tan importante como la atención de la madre sobre el bebé, la proximidad en el contacto piel a piel, la actitud de abrazarlo cerca del cuerpo y mirarlo a la cara mientras se lo alimenta, y la “actitud y dedicación” maternas que supone el amamantar. Por eso, si no se pueden sortear los primeros problemas de la lactancia (pezones agrietados, dolor, mastitis o que el bebé no se prenda) y se opta por la alimentación con mamadera, es fundamental que se conserven la dedicación y la actitud del amamantamiento.

En los niños alimentados con fórmula, es importante que el pediatra indique la leche adecuada. Debe poder digerirla bien y no provocarle cólicos ni constipación, además de permitirle un progreso de peso normal. Demasiada regurgitación y deposiciones frecuentes pueden ser señales de intolerencia a la leche en polvo. Si alguno de esos síntomas aparece, se debe consultar al médico, ya que el bebé puede ser sensible a la proteína de la leche. Hay fórmulas especiales en el mercado para reemplazar las de la leche de vaca y son las que se fabrican a partir de la soja.   

ETIQUETAS alimentación hijos

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