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27 diciembre, 2010 | Por

La Navidad es perfecta


La Navidad es perfecta, sólo que no nos damos cuenta. Es un clásico hablar de los problemas que traen consigo las Fiestas, sobre todo la Navidad.

Sabemos que reunir a toda la familia es imposible porque, por la razón que sea, siempre queda alguien afuera.

Sabemos también que no siempre uno soporta de igual manera a los familiares y, más aún, es sabido que “bancarse” a los de la propia sangre es una cosa, pero tener que soportar a los parientes políticos, al estilo de “el cuñado del marido de la hermana” , pasa a un nivel de pesadilla.

Igual, más allá de esto, insisto: la Navidad es perfecta así como es, aunque no nos percatamos de ello.

Se conocen los avatares de las familias ensambladas y lo que les ocurre en las Fiestas a muchas de ellas. Madres y padres tristes a la hora del brindis porque extrañan a sus hijos, que están en ese momento con el ex, celebrando la Navidad en otro lugar. Este es sólo un ejemplo que grafica que la idea de celebración no siempre es fácil de llevar adelante, sobre todo si la idea es que eso llamado “familia” es la de la foto “perfecta”, según un modelo preestablecido.

Asimismo, el estrés de la comida del 24 es otra cuestión excluyente: que el vitel toné, que la ensalada rusa, que por qué tenemos que llevar nosotros el pollo, mientras que “ellos” sólo llevan gaseosas… El rubro alimentario es una maravilla… o una maldición, sobre todo porque a veces pareciera que el encuentro, más que una celebración de origen religioso, es una competencia patrocinada por el canal Gourmet.

Aun así, digo que la Navidad es perfecta tal cual es, pero no lo podemos ver y nos lo perdemos.

Sostener que el ideal de la Navidad es una celebración de la familia (con una concepción muy restringida de lo que significa “familia”) ha hecho más daño que bien, porque olvida que el amor, encarnado en el nacimiento de Jesús, es el verdadero corazón de la cuestión.

La Navidad es perfecta porque el amor es el ADN de todo lo que existe, y ése es el motivo esencial de la celebración. La “familia” es la “familia humana” y los “hermanos” de esa familia –se conozcan entrañablemente o sean perfectos extraños, se toleren o no se toleren– celebran aquello que los une y les da sentido de ser, más allá de toda diferencia.

Quizá por eso, aquellos que tuvimos la oportunidad de celebrar Navidades en lugares como un vagón de tren semivacío o la garita de una guardia durante el servicio militar sabemos que lo que se celebra es que todos, pero todos, somos una familia, y que un niño nos lo vino a recordar hace algo más de dos mil años. La intensidad emocional y espiritual de ese tipo de momentos, vivida entre desconocidos, marca, más allá de las palabras, lo que acá se quiere decir sobre la esencia perfecta de la Navidad.

Si “recordar” es una palabra que significa “volver a pasar por el corazón” (re-cordis), vale hacerlo respecto de cuál es la familia a la que nos referimos a la hora del brindis, y que eso ayude a percibir la perfección de todas las celebraciones navideñas, más allá de con quién lo pasemos. Eso ofrece sentido a lo que, de otro modo, es tan sólo una fiesta en la que se come mucho, se regala mucho y se saluda, sin saber bien por qué, a cualquiera que pase cerca de nosotros.

ETIQUETAS amor

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