Sophia - Despliega el Alma

Inspiración

7 enero, 2020

La música de mis mañanas

Como algunos aromas, hay sonidos que nos quedan impresos en la memoria afectiva, ese espacio del alma que nos trae los recuerdos más hermosos. En este relato, Camila Bretón recupera la canción que sonaba en su casa materna.


Foto: Pexels.

Por Camila Bretón

Es el sonido de unas cuerdas a un ritmo de mantra, más allá unos cascabeles y una voz, la de un hombre fuerte y triste, cantando algo parecido a una plegaria. No hay letra, es un canto en un idioma que podría ser afrikáans, francés o ninguno. Es el sonido de un hombre en estado de gracia.

El tema se llama Obiero y quizás sea una canción de cuna, pero no para dormir, sino para despertar. Una que llega desde la cima de una montaña; o que aparece al amanecer. O quizás sea el sonido de una despedida o un abandono, si las despedidas y el abandono tuviesen algún sonido.


Esa voz, grave y melancólica, es del músico y compositor Ayub Ogada. En un video de Youtube se lo puede ver interpretándolo, como si fuese la primera vez, en trance. Tiene un pañuelo en la cabeza y una camisa estampada. Es negro, los pies descalzos, en el tobillo lleva una pulsera de cuero con cascabeles. Canta con los ojos cerrados, mientras
los dedos de sus manos pasan suaves por un instrumento artesanal, mezcla de lira y Djembé.

Ayub Ogada murió el 1 de febrero de 2019. Tenía 63 años y era de Kenia, descendiente de los Luo. De joven vivió en Estados Unidos y luego se mudó a Londres, donde empezó a cantar en la calle y en el metro hasta que Peter Gabriel lo escuchó y su destino cambió para siempre. En 1993 grabó su primer álbum “En Mana Kuoyo”, salió de gira por todo Europa con Gabriel y su música formó parte de las bandas sonoras de series y películas
como “I Dreamed of Africa”, “The Constant Gardener” y “The Good Lie”, entre otras.

Encontré está canción en Spotiffy hace más o menos cuatro años y enseguida supe que esa voz, ese mantra, había sido el soundtrack de mi infancia. Recordé su música dentro de mi casa, cuando era pequeña y aún vivía con mi madre. Tardes luminosas, ella leyendo un libro acostada en el sofá y yo a su lado dibujando en silencio con Ayud Ogaba de fondo envolviéndolo todo. Desde entonces, muchas de mis mañanas empiezan así.

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