Sophia - Despliega el Alma

Mujer y trabajo

13 enero, 2008

“La mujer ejerce un poder horizontal”


80_5_1

Rosa Montero – Escritora*

­­La relación  de las mujeres con el poder, el oficio de escribir y la infancia, según Rosa Montero, una de las escritoras más lúcidas y originales de la escena literaria actual. Por Te­re­sa Bus­ca­glia.

Siem­pre es gra­to ver­la. Di­ver­ti­da, lo­cuaz, in­te­li­gen­te, la pe­rio­dis­ta y es­cri­to­ra es­pa­ño­la Ro­sa Mon­te­ro tie­ne mu­cho pa­ra de­cir en un mo­men­to his­tó­ri­co fue­ra de lo co­mún pa­ra las mu­je­res. Ar­gen­ti­na, ale­ma­nia y Chi­le es­tán go­ber­na­das por mu­je­res. El fu­tu­ro go­bier­no de los Es­ta­dos Uni­dos pue­de que­dar en ma­nos de otra mu­jer. Es un te­ma apa­sio­nan­te pa­ra ha­blar con al­guien que siem­pre cre­yó en la igual­dad de opor­tu­ni­da­des pa­ra las mu­je­res, que pre­fie­re que le di­gan ase­xis­ta a fe­mi­nis­ta y que fue un re­fe­ren­te pa­ra las mu­je­res de la Es­pa­ña que se des­pe­re­za­ba de dé­ca­das de dic­ta­du­ra fran­quis­ta.

–¿Las mu­je­res en el po­der crean ex­pec­ta­ti­vas di­fe­ren­tes?

–No, yo no creo que creen ex­pec­ta­ti­vas di­fe­ren­tes. Creo que lo que es­ta­mos vi­vien­do es una nor­ma­li­za­ción so­cial ma­ra­vi­llo­sa, que su­po­ne una li­be­ra­li­za­ción de los im­pe­ra­ti­vos se­xua­les. Que las mu­je­res lle­guen al po­der no es ne­ce­sa­ria­men­te bue­no. La nor­ma­li­za­ción tie­ne que ver con que esa mu­jer pue­da ser una idio­ta igual que cual­quier hom­bre. No hay por qué exi­gir­les a las mu­je­res más de lo que se les exi­ge a los hom­bres. El mo­men­to de nor­ma­li­za­ción que vivimos es iné­di­to y los hom­bres acom­pa­ñan es­te cam­bio. El mun­do no se­ría lo que es si ellos no hu­bie­ran cam­bia­do también.

–¿Hu­bo al­gún mo­men­to de la his­to­ria de la hu­ma­ni­dad, en que las mu­je­res ha­yan ejer­ci­do el po­der, que pue­da com­pa­rar­se con és­te? Pien­so en la épo­ca de Isa­bel la Ca­tó­li­ca, Ca­ta­li­na de Pru­sia, Isa­bel de In­gla­te­rra…

–No lo creo. Ésos fue­ron ca­sos pun­tua­les. Hoy es di­fe­ren­te. Les doy una fe­cha: 6 de no­viem­bre de 2006. Ese día, las ocho pri­me­ras pá­gi­nas del dia­rio El País ha­bla­ban so­bre mu­je­res del mun­do que ocu­pa­ban di­fe­ren­tes car­gos y fun­cio­nes. Al­go im­pen­sa­ble ape­nas diez años atrás. Nun­ca vi­vi­mos un mo­men­to co­mo és­te. La mu­jer vi­vió mo­men­tos his­tó­ri­cos en los que es­tu­vo me­jor y peor. Y en ese sen­ti­do, no se pue­de ha­blar de la his­to­ria co­mo una es­ca­le­ra. Lo que sí es cier­to es que el mo­men­to ac­tual no tie­ne pa­ra­le­lo his­tó­ri­co.

–¿Hay al­gu­na di­fe­ren­cia en­tre hom­bres y mu­je­res a la ho­ra de ejer­cer el po­der?

–Hay es­tu­dios bas­tan­te ri­gu­ro­sos e in­te­re­san­tes en es­te sen­ti­do, rea­li­za­dos ha­ce ocho años en los Es­ta­dos Uni­dos. Ellos es­tu­dia­ron a un gru­po de mu­je­res en car­gos eje­cu­ti­vos de em­pre­sas no gu­ber­na­men­ta­les. Si la mu­jer es­tá ais­la­da en un mun­do de hom­bres, lo que sue­le su­ce­der es que ter­mi­na ab­sor­bien­do las ca­rac­te­rís­ti­cas de los hom­bres. De he­cho, por eso lle­ga a ejer­cer el po­der. Lo que se es­tu­dió es a la mu­jer ejer­cien­do el po­der gru­pal­men­te, con co­la­bo­ra­do­ras. La con­clu­sión fue que con un por­cen­ta­je al­to de mu­je­res en el po­der, hay más efec­to de cam­bio a la ho­ra de ejer­cer­lo. Las mu­je­res im­po­nen una au­to­ri­dad más ho­ri­zon­tal que ver­ti­cal, a di­fe­ren­cia del hom­bre. La mu­jer es más “asam­blea­ria”, con­sul­ta más, lla­ma a reu­nio­nes y es­cu­cha opi­nio­nes. Eso le lle­va más tiem­po pa­ra la eje­cu­ción, pe­ro ha­ce que el cli­ma de tra­ba­jo sea me­jor. Ha­bría que pre­gun­tar­se si esa ten­den­cia tam­bién se man­ten­drá una vez que exis­tan ge­ne­ra­cio­nes de mu­je­res que ha­yan ejer­ci­do el po­der.

So­bre el te­ma del po­der, Ro­sa Mon­te­ro ya ha­bía es­cri­to en La Lo­ca de la ca­sa (Al­fa­gua­ra), lo más pa­re­ci­do a una au­to­bio­gra­fía no­ve­la­da que pu­bli­có has­ta el mo­men­to: “To­dos los hu­ma­nos nos pa­sa­mos la vi­da bus­can­do nues­tro par­ti­cu­lar pun­to de equi­li­brio con el po­der”, es­cri­bió. “No que­re­mos ser es­cla­vos y, en ge­ne­ral, tam­po­co que­re­mos ser ti­ra­nos. Ade­más, el po­der no es un in­di­vi­duo, no es una ins­ti­tu­ción, no es una es­truc­tu­ra fir­me y úni­ca, si­no más bien una te­la de ara­ña pe­ga­jo­sa y con­fu­sa que en­su­cia to­dos los cam­pos de nues­tra exis­ten­cia. Y así, te­ne­mos que en­con­trar nues­tra pre­ci­sa re­la­ción de po­der con nues­tra pa­re­ja, nues­tros hi­jos, nues­tro je­fe, nues­tros com­pa­ñe­ros de ofi­ci­na, nues­tros pa­dres, con to­dos y ca­da uno de nues­tros ami­gos; con las au­to­ri­da­des, con la so­cie­dad, con el mun­do e in­clu­so con Dios, pa­ra aquel que crea en su exis­ten­cia”.

–¿Es ver­dad que te hi­cis­te fe­mi­nis­ta a los 9 años?

–(Se ríe mu­cho). Sí, ya sé, la anéc­do­ta de la ba­rra de hie­lo… Es que era in­creí­ble. Cuan­do yo era pe­que­ña, no exis­tían esas he­la­de­ras que te­ne­mos aho­ra y du­ran­te el ve­ra­no en­friá­ba­mos las be­bi­das y las co­mi­das con ba­rras de hie­lo que pe­sa­ban mu­chí­si­mo. Mien­tras mi her­ma­no se que­da­ba de lo más tran­qui­lo en ca­sa, a mí me to­ca­ba ir a bus­car la ba­rra de hie­lo. ¡Era in­jus­to! En ese mo­men­to na­ció mi fe­mi­nis­mo.

–En ese mo­men­to, en ple­na in­fan­cia, tam­bién na­ció la es­cri­to­ra, ¿no es cier­to?

–Sí. A los 5 años ya es­cri­bía so­bre unas ra­ti­tas que ha­bla­ban. Siem­pre es­cri­bí. En la épo­ca de Fran­co, cuan­do era ado­les­cen­te, la gen­te no leía, y yo que­ría es­cri­bir. Es­tu­dié Psi­co­lo­gía por­que me sen­tía lo­ca, pa­ra sa­ber si po­día en­ten­der­me (ri­sas), y creo que lo lo­gré con las no­ve­las. Al mis­mo tiem­po es­tu­dia­ba Pe­rio­dis­mo, por­que me acer­ca­ba a lo que más que­ría, que era es­cri­bir. Uno no tie­ne que pen­sar que pue­de de­jar to­do pa­ra es­cri­bir. Lo que uno es­cri­be tie­ne que na­cer en un ám­bi­to de li­ber­tad y no hay que su­mar­le la pre­sión eco­nó­mi­ca. Yo siem­pre tra­ba­jé co­mo pe­rio­dis­ta y, pa­ra­le­la­men­te, es­cri­bía mis no­ve­las.

En sus no­ve­las y sus ar­tí­cu­los pe­rio­dís­ti­cos, Ro­sa to­ca te­mas que, con el tiem­po, se vol­vie­ron re­cu­rren­tes y que de­sa­rro­lla “por­que no me que­da más re­me­dio, co­mo si fue­ran par­te de un sue­ño diur­no.” “Es­cri­bir una no­ve­la es so­ñar con los ojos abier­tos”, di­ce. So­bre esos te­mas, en una con­ver­sa­ción con sus fa­ná­ti­cos en la web, de­cía: “Mi­ran­do mis li­bros, veo que va­rios de mis te­mas fun­da­men­ta­les son el sen­ti­do de la vi­da –si es que tie­ne al­gu­no–, el pa­so del tiem­po, la me­mo­ria, el po­der, la pa­sión amo­ro­sa y la iden­ti­dad”.

–Tu úl­ti­ma no­ve­la abor­da esos te­mas y se ti­tu­la His­to­ria del rey trans­pa­ren­te. ¿Es­tás es­cri­bien­do al­go nue­vo?

–Sí, es­toy ter­mi­nan­do una no­ve­la y es más cor­ta, ur­ba­na y ac­tual que la úl­ti­ma. En un mo­men­to, creí que iba a ser al­go sim­ple, pe­ro siem­pre las co­sas se ter­mi­nan lian­do y el fi­nal se hi­zo com­pli­ca­dí­si­mo. El es­cri­tor Fer­nan­do Ber­lín di­jo que hay es­cri­to­res eri­zo, que dan vuel­ta so­bre sí mis­mos y siem­pre es­cri­ben acerca de lo mis­mo, y hay es­cri­to­res zo­rro, que ca­mi­nan bus­can­do al­go nue­vo y van cam­bian­do siem­pre, de acuer­do con lo que se les pre­sen­te. Yo soy de ésas.

 

*Tiene 57 años y es una de las escritoras más reconocidas de España. entre sus obras se destacan La hija del caníbal, Te trataré como una reina y La loca de la casa.

ETIQUETAS feminismo literatura poder

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

Whoops, you're not connected to Mailchimp. You need to enter a valid Mailchimp API key.

Comentarios ()