Sophia - Despliega el Alma

Sophia 20 años

9 junio, 2011

Sol Rueda: “La meditación cristiana tiene un plus”

En esta entrevista, Sol Rueda recorre el camino que, tras buscar en su propia religión, encontró en las técnicas de meditación cristiana un remanso de paz y sabiduría. 


Por Marta García Terán. Fotos: Pilar Carlés.

Sol Rueda tenía 29 años cuando, de un día para el otro, empezó a adelgazar sin motivo aparente y a desarrollar síntomas de un asma que redujo su capacidad respiratoria y le provocó una tos muy fuerte que la obligaba a dormir sentada por las noches. Desde hacía años vivía en Venezuela, adonde había viajado junto con su marido por trabajo, y ya tenía dos de sus cuatro hijas mujeres. Pese a que se había sometido a una batería de estudios, los médicos no lograban dar con un pronóstico; sospechaban que podía ser una reacción alérgica a los químicos que usaba para las plantas de su vivero, donde trabajaba duro para salir adelante en un país en el que vivía como inmigrante. Aunque se alejó de los herbicidas, su enfermedad no mejoraba y hasta llegaron a creer que se trataba de tuberculosis, pero los análisis descartaron esa posibilidad.

Hizo todo lo que sus médicos le indicaron, viajó a la Argentina unos meses para cambiar de clima y tomó unas pastillas que le recetó un especialista; pero Sol intuía que en su enfermedad había algo emocional, así que ya de vuelta en Caracas decidió empezar a hacer yoga con una maestra que le enseñó a serenarse, a respirar y a ponerse en contacto con su cuerpo y con su espíritu. A esa forma de meditar ella sumó todo lo que fue aprendiendo, a lo largo de los años, de un grupo de sacerdotes jesuitas que la habían introducido en la práctica de los ejercicios ignacianos.

Así empezó a andar por un sendero que la llevó a la meditación cristiana, que, además de ayudarla a relajarse como lo hacía el yoga, le permitió elevarse en su camino espiritual.

“Empecé a encontrarme con mi parte más íntima y poco a poco me fui entregando, me fui poniendo en manos de Dios. Hice un clic y dije: ‘Yo no puedo resolver todo’. Dejé de pensar en el perfeccionismo, en que yo podía hacer miles de proyectos y hacerlos bien. Uno se pone unas metas… Y encima en un país en el que estaba como extranjera… Yo pensaba en salir adelante, en hacer plata, en todas esas cosas, y de repente pensé que eso no era para mí, que me estaba enfermando… Entonces, me di cuenta de que no podía controlar todo y me entregué a Dios, me puse en sus manos, confié profundamente en él, solté y poco a poco me fui recuperando hasta que la enfermedad desapareció. La gente me decía: ‘El asma no se cura’, pero yo nunca más tuve asma”.

“Poco a poco me fui entregando, me fui poniendo en manos de Dios. Hice un clic y dije: ‘Yo no puedo resolver todo'”.

Sol recuerda esos días durante una charla con Sophia en su casa en Buenos Aires, adonde volvió con su familia hace cinco años, después de vivir treinta y dos en Caracas. Pasó mucho tiempo desde aquel entonces; ya tiene 57 años, cuatro hijas y dos nietas. Hoy su voz es suave y ese tono deja ver la serenidad de quien está tranquila consigo misma, de quien disfruta de la vida. Pero esa calma no es la calma de quien se queda quieta; ella es una apasionada por lo que hace, vive el amor por Dios y por los demás de una manera intensa. Por estos días divide su tiempo entre su familia, su casa de decoración en José Ignacio, Uruguay, su trabajo junto con las Misioneras de la Caridad, sus retiros y sus encuentros para guiar la meditación de muchos cristianos que descubrieron una forma distinta de relacionarse con Dios.

En el medio de la vorágine cotidiana, se hace un espacio para meditar dos veces por día, aunque sea cinco minutos, un momento en el que se siente feliz: “Cuando medito siento una inmensa ternura y una gran paz, algo tan gratuito… Me doy cuenta de que más allá de lo que haya hecho, lo que haya sido, Dios me quiere así, tal cual soy. Eso no es fácil, porque primero hay que perdonarse a una misma. Pero cuando suelto todo eso, siento una profunda libertad: no tengo que rendirle cuentas a nadie. Dios me quiere así, desde siempre. Y me siento alegre, porque soy libre”.

“Cuando medito siento una inmensa ternura y una gran paz, algo tan gratuito… Me doy cuenta de que más allá de lo que haya hecho, lo que haya sido, Dios me quiere así, tal cual soy”.

No son pocas las personas que la miran extrañadas cuando habla. Frente a la enorme cantidad de seguidores de una filosofía oriental que desembarcó con su meditación en Occidente hace tiempo, muchos le preguntan: “¿Cómo que meditación cristiana? ¿Qué es eso? ¿Es algo nuevo? ¿Es New Age?”. Ella sonríe y empieza a desandar un camino que comenzó desde chiquita, en el campo de su abuela en Córdoba –donde a los 14 años ya reunía debajo de un árbol a los chicos de la zona para darles clases de catequesis– y que continuó en Venezuela, donde tuvo que buscar una forma de trasmitirles a sus hijas la religión que a ella le habían enseñado sus padres: la de un Dios bueno, amoroso, que nos ama incondicionalmente y tiene sed de nosotros.

-¿Qué te llevó a buscar un nuevo camino para encontrarte con Dios en Venezuela?

-Yo había tenido una experiencia de oración de silencio en la Argentina, pero acá no se conocía mucho todavía, así que fue muy poco lo que aprendí. Cuando llegué a Caracas y tuve a las chicas, empecé a preguntarme cómo hablarles de Dios. Por ese entonces, había tomado contacto con una profesora de yoga muy genial, que se llamaba Olimpia Correa, con la que empecé a unificar cuerpo, mente y espíritu. Y empecé a enseñarles a mis hijas a meditar. Ellas iban a un colegio laico, así que pedí permiso para dar clases de catequesis. Los chicos salían a las dos y media de la tarde y me los llevaba a casa, con la ayuda de alguna madre. Al principio eran como quince, pero después empezaron a venir más y ya no podía llevarlos a casa, así que me dejaron dar las clases en un aula del colegio, fuera de horario. Como los chicos salían súper acelerados, excitados, yo me preguntaba cómo podía hacer para tranquilizarlos y hablarles de Jesús. Entonces, empecé a enseñarles a meditar. Les decía: “Vamos a calmarnos, vamos a respirar, vamos a aflojar el cuerpo, a empezar a sentir a Jesús…” y se iban calmando rapidísimo. A través de ese espacio de silencio y de calma, podía trasmitir una religión más de experiencia que de conceptos, una catequesis más de sentir el amor por Jesús y de encontrarlo en los demás. Los chicos en seguida me decían: “Ya lo siento acá, calentito, en el corazón”.

-¿Cómo hacías para que ellos descubrieran a Jesús en los demás?

-Yo me había enamorado de las monjitas de la Madre Teresa, las Misioneras de la Caridad, y me había pegado mucho al carisma de ellas, en el sentido de confiar mucho en la providencia y en Dios. Así que una vez por mes llevábamos a los chicos al hogar de las hermanas, que era un hogar para chicos enfermos muy graves y discapacitados, algunos sin piernas, otros con hidrocefalia… Algunas madres me decían: “¿Los vas a llevar ahí?”. Pero el contacto con esa realidad era la mejor clase de todas, era ver cómo esos niños que no tenían nada vivían con sonrisas enormes, con esas monjitas que los adoraban, y los chicos descubrían de verdad a Dios en ellos. No les enseñabas con palabras, sino que los dejabas ver, sentir, que Dios los iluminara; y era impresionante lo que pasaba. Caracas es una ciudad muy peligrosa y el colegio es un colegio de clase media alta, donde los chicos no conocían lo que era un niño pobre o enfermo. En ese momento se vivía lo que quizás ahora nosotros estamos empezando a vivir acá: muchos barrios cerrados, puertas cerradas, poco contacto con lo distinto.

-¿Cómo fue para los chicos el contacto con esa realidad?

-Fue tan natural y tan gratificante para ellos como para las mamás que los acompañaban. Era ver un mundo diferentísimo, pero con chicos con los que tenían la misma comunicación; porque un chico sonreía pese a que no tenía una piernita, y todos se abrazaban, les daban de comer… Ayudar es algo tan lindo, es salir de vos mismo y conectarte con el otro. Para ellos fue realmente muy especial. Empecé sola con la catequesis y después se fueron sumando mamás. Hoy, en el colegio, que se llama Jefferson, hay doce catequistas, doce clases de formación, y es lindísimo lo que hacen allí, en Venezuela, adonde voy cada tanto y los visito.

“Ayudar es algo tan lindo, es salir de vos mismo y conectarte con el otro”.

¿De qué manera fuiste profundizando esa meditación cristiana que ibas desarrollando de forma más intuitiva que guiada?

–Cuando empecé a dar catequesis, me di cuenta de que tenía que prepararme más. Entonces, me anoté en el Instituto para Religiosos (ITER) de Venezuela, que en ese momento abría las puertas a las mujeres y a los laicos. Fue una oportunidad increíble, porque tenías una formación de todo tipo: jesuitas, franciscanos, gente muy conservadora y gente muy abierta. Eso me abrió un mundo, una puerta a lo que yo intuía que era la religión; no de reglas y de cosas estrictas, sino más bien de contacto directo con Dios. Además de la meditación más cercana a los ejercicios de San Ignacio de Loyola, yo seguía mucho a las hermanas Misioneras de la Caridad, porque me apasionó su compromiso, su alegría, su contemplación. La Madre Teresa decía: “Si no meditás, si no contemplás al Señor, no podés salir a trabajar”.

–¿Cómo empezás a ayudar a otros a través de los grupos de meditación?

–En realidad, hice como un mix de todo lo que fui aprendiendo. Hace unos años, cuando ya estaba en la Argentina, hice un retiro que me marcó muchísimo, “Tengo sed”, que es el retiro que dan los Misioneros de la Caridad, que surgen después de las Misioneras y tienen su sede en México. Viajé para hacerlo y, cuando volví, dije: “Tengo que trasmitirlo”. Entonces, me fui a Pergamino, donde vive una hermana mía, y lo di allá, y ahí empecé sin saber mucho cómo. Lo que hice fue un resumen de “Tengo sed”, de los retiros ignacianos de la meditación cristiana, del yoga para el cuerpo… En realidad, lo que siempre hacemos en los retiros o en los grupos de oración o meditación es dejarnos llevar, como dejarnos iluminar, ponernos en manos de Dios y ver qué va surgiendo.

–¿Cómo guiás a los grupos? ¿Cómo hacen para ponerse en presencia de Dios?

–Lo que hace la meditación es separarte de todo para que vos puedas encontrarte con vos misma; y si vos te encontrás con vos misma, encontrás a Jesús en tu más profundo silencio e intimidad. El primer paso es la relajación del cuerpo, que es fundamental, porque soltás una serie de toxinas y te vas calmando a partir de la respiración. Se puede hacer silencio o poner una música suave y en los grupos a veces hacemos una lectura. Después, para entrar en presencia de Dios, se puede usar un mantra, que puede ser Maranthá, que quiere decir “Ven señor Jesús” en arameo. Pero cada uno elige su mantra. Yo a veces digo “Gracias, gracias, gracias”, “Ven señor, ven señor” o “Me pongo en tus manos, me pongo en tus manos”. El silencio físico está perfecto, pero lo más difícil es el silencio interior, porque a nuestra cabeza vienen pensamientos y hay que dejarlos que pasen, no luchar contra ellos. Yo, además, como hago una meditación más ignaciana, uso imágenes. Entonces, les digo que imaginen que Jesús se acerca a nosotros –cada uno como lo quiera imaginar; algunos se imaginan a la Virgen María–, lo vemos, lo sentimos y empezamos a entrar en un estado de paz y a contactar con nuestra interioridad. En un momento dado, puede ser unos instantes, podemos sentir esa presencia divina y nos animamos a entregar, y cuando nos entregamos, confiamos y descubrimos la presencia de Jesús en nuestro corazón. Es una gracia; no a todo el mundo le pasa ni el primer día ni el segundo, pero es bastante rápido lo que uno puede llegar a sentir: que adentro de tu corazón hay algo que es la presencia de Dios.

“Lo que siempre hacemos en los retiros o en los grupos de oración o meditación es dejarnos llevar, como dejarnos iluminar, ponernos en manos de Dios y ver qué va surgiendo” 

–¿Cuando hablás de confiar, te referís a dejar en sus manos aquellas cosas que te superan?

–Sí, cuando vos empezás a entregarte en los brazos de alguien que te ama incondicionalmente, confiás en él, pones en las manos de Dios todo aquello que no podés resolver: lo físico, lo psíquico y lo espiritual. Es un enorme alivio y es muy bueno hacerlo. Lo más importante es hacernos un espacio para meditar. Yo trato de encontrarlo al mediodía y dedicarle los veinte minutos que quiero, sin teléfono ni nada. Pero pueden ser cinco minutos y es sólo estar en silencio y no decir nada, ponerte en presencia de Dios.

–Todas las religiones tienen su manera de meditar, pero hoy por hoy la palabra “meditación” está más asociada a Oriente. ¿En qué momento se fue perdiendo en la vida cotidiana la meditación, que es una de las bases del cristianismo?

–Es verdad que la meditación oriental tiene más y mejor publicidad. Actores como Richard Gere se vuelcan a la meditación oriental y arrastran mucha gente. Pero lo bueno de que se haya puesto de moda es que ya no es sólo para unos resguardados, para los monjes o las monjas, sino que ahora muchos laicos meditan. Si bien la meditación es antiquísima en el cristianismo, es verdad que en algún momento pasó algo y se enclaustró. Pero ahora hay más apertura y hay muchos maestros. El monje benedictino John Maine llevó la meditación oriental a Inglaterra a mediados de los setenta, y uno de sus discípulos, Laurence Freeman, le dio mucho impulso. Pero también lo hicieron otros, como el monje alemán Anselm Grün, que empezó a escribir, a dar charlas… Así la gente empezó a descubrir que esto es parte del cristianismo. Jesús meditaba como se meditaba en esa época, tomando de los griegos, de los sacerdotes. Lo que él hace, que para mí es genial, es que invita todo el tiempo a retirarse, a buscar un espacio de silencio, de recogimiento.

–¿Por qué muchos buscan afuera algo que tienen dentro de su propia tradición, cultura y religión?

–Mucha gente cristiana, bautizada, lamentablemente no sabe que en el cristianismo puede encontrar aquello que va a buscar en otras religiones, que es la parte de estar en silencio, de meditar… Pero la meditación cristiana tiene un plus: que Jesús se entrega a vos y vos a él. Carlos Vallés, un sacerdote jesuita que vive en la India hace muchísimos años y tiene contacto con montones de religiones, dice: “Ustedes judíos, ustedes católicos, ustedes evangelistas, ustedes jainistas, busquen en su propia religión las fuentes de la sabiduría”. Pero yo creo que hay que aprovechar que la meditación se puso de moda y decir: “Mirá, acá lo tenés en tu religión. Aprender a respirar está muy bien, es fundamental; pero si querés algo más profundo y querés sentir a Dios, tenés la meditación cristiana”.

“Jesús meditaba como se meditaba en esa época, tomando de los griegos, de los sacerdotes. Lo que él hace, que para mí es genial, es que invita todo el tiempo a retirarse, a buscar un espacio de silencio, de recogimiento”.

–Decís que el retiro de los Misioneros de la Caridad te cambió la vida. ¿De dónde viene la frase “tengo sed”?

–De las palabras de Jesús cuando está en la cruz, cuando le acercan una esponja porque él dice: “Tengo sed”. La primera que escuchó las palabras “Tengo sed” fue María. A mí me impresiona la imagen de María parada al lado de la cruz; porque primero habrá estado arrodillada, llorando y angustiada, pero después se puso de pie… Y eso es lo que hacemos las mujeres, tenemos la capacidad de ponernos de pie después de las angustias, de las tristezas, y cada una puede dar de beber a los demás, con lo que es, con sus heridas, con sus dolores, con sus alegrías, con sus dones. Una cosa que a mí me encanta del Evangelio es cómo las mujeres fueron las primeras testigos de la resurrección de Jesús, en una época en la que la palabra de la mujer no era tenida en cuenta, en que su testimonio no era válido. A la primera que Jesús le comunica que Él es el don de vida es a la samaritana, a una pecadora; no a un sacerdote ni a otro hombre, sino a ella. O sea que, en definitiva, Jesús busca al más caído, a la más despreciada por pecadora. Jesús es un avanzado, la mujer es totalmente tomada en cuenta por Él. La Madre Teresa, otra mujer, descubrió las palabras “tengo sed” cuando tuvo sus llamadas y Jesús le dijo: “Quiero que seas mi luz, la gente tiene sed de mí”. En todas las casas de las Misioneras de la Caridad de todo el mundo está la frase “Tengo sed”.

–¿Nosotros tenemos sed de Jesús o Jesús tiene sed de nosotros?

–Las dos cosas. Dios tiene sed de nosotros y nosotros de Él. Dios tiene sed de vos así tal cual sos, con tus cosas buenas y tus cosas malas. Tanto te quiere que tiene sed de vos y esa sed a vos te provoca buscarlo. Es muy sencillo, pero muy profundo. Jesús nos dice: “Tengo sed de vos”; y nos lo dice todos los días: “Quiero que vengas a mí, quiero caminar con vos, tengo sed de tu vida, de tu realidad, de tus hijos, de tu trabajo”.

“Una cosa que a mí me encanta del Evangelio es cómo las mujeres fueron las primeras testigos de la resurrección de Jesús, en una época en la que la palabra de la mujer no era tenida en cuenta”

–¿Qué sentís vos cuando meditás, cuando de alguna manera saciás esa sed?
–Siento muchísima ternura, porque no es el Dios de la culpa, ese Dios que te impone cumplir cosas para quererte. Dios no es así. Dios es ternura, es amor, es un Dios amoroso. En el momento de la meditación, yo disfruto, me encanta, me hace sentir feliz. Creo que lo que te da la meditación es que te puede pasar algo malo, podés estar angustiado, tener heridas o dolores, pero siempre vas a tener una herramienta increíble, un plus para poder defenderte de todo lo que te suceda, para no ir en contra de lo que te pasa, para vivir tu vida con alegría y esperanza. Lo único que necesitamos para meditar y conectarnos con el Señor es ponernos bajo su mirada amorosa, abandonarnos en sus brazos y dejar que Él haga lo demás.

Esta nota se publicó en la edición N° 117 de Sophia, en junio de 2011.

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