Sophia - Despliega el Alma

26 abril, 2011

“La medicina debe escuchar a las mujeres”


Elena Levin

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La médica psiquiatra dice que la atención de la salud debe tener en cuenta las diferencias biológicas y culturales. Por Marta García Terán. Fotos de Mariana Ruddock.

“Los seres humanos tenemos dos categorías: la categoría biológica, mal llamada ‘sexo’, y una categoría sociocultural, que es el género. Cuando hablamos de sexo, hablamos de biología; cuando hablamos de género, hablamos de cultura. Ahora bien, durante mucho tiempo las mujeres tuvimos que luchar por la emancipación femenina, para adquirir derechos que no teníamos –como el voto femenino–, y en el camino tuvimos que olvidarnos de la cuestión biológica y sobredimensionar lo sociocultural. Pero hoy debemos volver a dimensionar y decir que la biología es distinta. Mujeres y hombres tenemos cerebros distintos, hormonas distintas y aparatos reproductores distintos. La bandera se ha levantado diciendo que somos iguales y que deberíamos tener los mismos derechos; ahora nosotras decimos lo contrario: somos distintas y necesitamos otros derechos; por ejemplo, el derecho a la lactancia”.

Hace ya muchos años que la psiquiatra Elena Levin insiste en la necesidad de considerar las diferencias entre nosotras y ellos a la hora de pensar la salud y la enfermedad porque, aunque poco a poco las cosas empiezan a cambiar, las mujeres todavía somos atendidas bajo la mirada de una medicina que fue pensada y escrita por varones y para varones. Por eso, hace diez años decidió crear un posgrado en ginecopsiquiatría, que hoy se dicta en la Fundación Favaloro, para abordar la atención de la mujer a través de una visión integradora: biológica, psicodinámica, histórica, antropológica y sociocultural.

¿Por qué es tan importante cambiar la perspectiva que hoy plantea la medicina? Porque las mujeres tienen necesidades y problemas que les son propios, que están definidos por su biología y por las presiones sociales a las que hoy están expuestas; porque el estrés las afecta de una manera distinta que a los varones; porque sus depresiones tienen orígenes y manifestaciones diferentes; porque no se las puede medicar de la misma manera en que se medica al hombre; porque el embarazo exige una serie de consideraciones, y por otra enorme cantidad de razones que hacen que sea necesario que la medicina empiece a escuchar más a las mujeres.

Ése es uno de los motivos por los que Elena –médica psiquiatra, psicoterapeuta y máster en Historia Política y Social– eligió llamar a su posgrado “Demos voz a las sin voz”:  “Si bien las mujeres tenemos voz, hay algo en esa emisión de la voz, y en ese poder ser escuchada, que a lo largo de la historia se dificultó. Queremos que este curso sea, entonces, una posibilidad para que nosotras podamos emitir nuestra voz y también ser escuchadas. Poco a poco, nos damos cuenta de que quienes más nos necesitan y quienes nos agradecen este punto de vista son las médicas ginecólogas, las médicas obstetras, las parteras y las licenciadas en enfermería, porque ellas están en un contacto muy cercano con las mujeres. Ellas son las que se dan cuenta de que la manera en que han aprendido la profesión, y la manera de relacionarse, debe ser reevaluada”.

Elena Levin tiene 68 años, es viuda, tiene un hijo, dos nietos y un tercero en camino. A los 24 años viajó sola a Viena, becada por el gobierno austríaco, y más tarde se mudó a Alemania para estudiar psiquiatría y neurología de adultos. Luego vivió y trabajó varios años en Israel y en 1972 volvió a la Argentina, donde fundó junto con otros especialistas la Asociación de Psiquiatras Argentinos y creó el Capítulo de Salud Mental de la Mujer de esa asociación. Hoy, después de muchos años de ejercer la psiquiatría, dice que para lo que más sirve es para abrir cabezas y, desde su consultorio del barrio de Belgrano, se dispone a ayudarnos a abrir la nuestra.

–Usted dice que la psiquiatría, y la medicina en general, fue desarrollada desde una cosmovisión masculina. ¿Por qué?

–A lo largo de la historia de la humanidad, siempre hubo alguien que se enfermó y siempre hubo alguien que, de alguna manera, se hizo cargo de esa enfermedad. Siempre hubo gente que se preocupó por aliviar a los enfermos y siempre hubo mujeres comadronas que ayudaron en el parto. Ahora, la cosmovisión médica es una cosmovisión de medicina de hombres y los libros de medicina son libros escritos por hombres; la única parte en la medicina que se ha desarrollado como propia de la mujer es el área reproductiva, o sea, embarazo, parto y posparto.

–¿Cómo impacta esa visión en la atención de la salud de la mujer?

–Impacta, porque las depresiones, las esquizofrenias –en psiquiatría, por ejemplo– o las gripes y las neumonías están pensadas desde el varón. Pero hay una enorme diferencia entre el enfermar del varón y el enfermar de la mujer, y en la salud del varón y la salud de la mujer. Las mujeres, por ejemplo, tienen muchas depresiones ansiosas; los hombres, muchas más depresiones inhibidas. Las depresiones inhibidas no tienen esa carga de ansiedad, sino que más bien se quedan en el pensamiento, en la tristeza y la rumiación, pero no tenés ese cuadro de ansiedad flotante que tiene la depresión ansiosa, aunque puede ser mucho más profunda la depresión inhibida. Otro ejemplo: los intentos de suicidio son historias de mujeres; los suicidios consumados son historias de hombres. Los varones se suicidan más que las mujeres; las mujeres intentan más que los hombres, porque la mujer tiene una manera distinta de demostrar los afectos y las emociones, y de pedir ayuda. Entonces, está claro que no podemos tratar igual a hombres y a mujeres.

–¿Estamos aplicando estas diferencias a la hora de atender a las mujeres?

–El hecho de plantear que somos absolutamente distintos biológicamente es nuevo y todavía falta entenderlo en muchas situaciones. Cuesta mucho. Te doy un ejemplo muy sencillo: en las confiterías hay la misma cantidad de baños de mujeres que de varones. Gran error, ya que las mujeres consumimos tres veces más baños que los hombres, porque tenemos una fisiología distinta, usamos ropa distinta, tenemos menstruaciones… Así que tendríamos que tener cinco baños de mujeres por cada uno de hombres, pero las confiterías hacen uno de mujeres y uno de hombres, y después se quejan de que las mujeres usan mucho el baño. Tienen que entender que la biología marca, vive marcando, y está bien que marque.

–¿Sólo la biología marca una diferencia o también debemos tener en cuenta el mundo interno y el externo?

–Lo que hoy nos ayuda a conocer bien las diferencias biológicas es la tecnología de punta, que nos ofrece imágenes que nos muestran cosas que antes no se podían ver. Pero sí, desde lo sociocultural, hay muchísimas diferencias, desde las más importantes hasta las más chiquitas, como la manera en que se abrochan los botones de las chaquetitas: las de los varones se abrochan para la derecha y las de las mujeres, para la izquierda. Esto viene de la Revolución Francesa, porque a la izquierda se sentaba el pueblo y la chusma, y a la derecha se sentaba la oligarquía y la aristocracia. Esto es interesante porque con estas cosas tan nimias podemos explicar lo sociocultural.

–¿Se tienen en cuenta estas diferencias a la hora de medicar?

–Con la medicación hay que ver bien, porque en las psicosis la medicación es  fundamental y en la depresión es cincuenta y cincuenta. Pero en los cuadros ansiosos yo creo que lo importante es la contención, la psicoterapia y la comprensión del fenómeno para ayudar al paciente. Además, las medicaciones ansiolíticas, en especial las benzodiasepinas, son terriblemente adictivas; producen tolerancia y producen dependencia. Entonces, cuidado: el ansiolítico hay que darlo por muy poco tiempo.

–¿En nuestro país se medica mucho?

–Depende quienes, no tanto. Estados Unidos medica mucho más alto, Europa medica un poco menos. Ellos sostienen que lo mejor es lo que podés tolerar y nosotros no. Para nosotros es mucho amor, mucho cariño, mucha comprensión, mucho teléfono, mucho Internet, mucha tocada de timbre… y dosis más bajas.

–¿Qué tipo de condicionantes socioculturales están hoy afectando la salud de la mujer?

–Tenemos que diferenciar las clases bajas de las clases medias y altas, porque lo que tienen es una atención médica y psicológica distinta. Lo que yo veo en este momento es una exigencia muy grande hacia las mujeres de clase media y clase media alta en cuanto a que tienen que trabajar, tienen que ser bellas, tienen que ser elegantes, tienen que ser cultas, tienen que estar en la ultima película… No se dan tiempo para nada y, entonces, en este momento están apareciendo problemáticas durante el embarazo, que no son  patologías de la pobreza, de mujeres que no han ido al control, sino que tienen que ver con otras causas.

–¿Cómo cuáles?

–Con el estrés, por ejemplo. El estrés afecta intrauterinamente y produce complicaciones en el embarazo. La depresión y la ansiedad maternas, al igual que el tabaco, el alcohol o las drogas, están asociadas a partos prematuros o a bajo peso al nacer. Se comprobó que a muchas mujeres que estuvieron en terremotos se les adelantó el parto o, por dar otro ejemplo, algunos bebés de mujeres embarazadas que estaban en las Torres Gemelas cuando fue el atentado tuvieron restricciones de crecimiento o de peso.

–¿Qué es lo que está ocurriendo para que las mujeres embarazadas estén sometidas a tanto estrés?

–Lo que pasa es que a la mujer se le ha abierto un campo enorme, tiene enormes posibilidades, pero no hay ayuda suficiente desde distintos lugares para funciones de madre, funciones de trabajo, funciones de investigación, funciones de liderazgo… Por ejemplo, una de las cosas que todas las instituciones deberían tener es un lugar donde llevar a los bebés y garantizar la lactancia. Los hombres se lo pasan diciendo que la mujer debe amamantar a su hijo y que bla, bla, bla, pero después, a los dos meses, les dicen a las mujeres: “Te venís a laburar ocho horas y se terminó”. En Francia, por ejemplo, hay guarderías por todos lados, porque el vínculo madre-hijo es un vínculo fundante. Y así como a la mujer le exigen que sea flaca y que use veinte centímetros de taco y toda esa paparruchada, también le exigen que el parto y el posparto sean bárbaros, que enseguida se vista, que enseguida vaya al cine con su marido, que enseguida baje los veinte kilos que engordó…

–Bueno, nos viven mostrando a estas supermujeres que salen del sanatorio y dicen que ya están fantásticas…

–Yo no quiero decir el nombre, pero sé de una famosísima modelo que decía que estaba fantástica, que le daba la teta a su hijo, que estaba lo más bien después de parir, etcétera, etcétera, y yo sé perfectamente que no le dio un milímetro de teta al bebé, que se fajó y se hizo sacar absolutamente todo… Pero en las revistas salió diciendo que estaba bárbara y demás. Eso no les hace bien a las mujeres; es muy tramposo publicar y decir eso. La mujer necesita un tiempo después de tener a su hijo, un tiempo biológico y un tiempo mental; y si ese tiempo no se respeta, se hace muy difícil.

–¿Cómo impactan todas estas presiones en la salud de las mujeres?

–Mal, y por eso en este momento tenemos tantos cuadros en la esfera de la salud mental, así como tenemos tantos cuadros de enfermedades autoinmunes. Las enfermedades autoinmunes uno se las genera, porque tenemos la capacidad de reconocer lo que es nuestro y lo que no es nuestro. Lo que no es de uno, uno lo tiene que expeler; y lo que es de uno, lo tiene que guardar y cuidar. Por ejemplo, tiene que expeler las células cancerosas, porque todos tenemos células cancerosas pero no las guardamos, salen por los emuntorios (cuando vamos al baño, cuando traspiramos, etcétera). También, cuando el cuerpo no reconoce determinadas sustancias como suyas, las empieza a bombardear, como ocurre con enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoidea, la esclerodermia, la esclerosis múltiple, el lupus eritematoso sistémico, el síndrome de Sjögren o la tiroiditis de Hashimoto. También hay muchos abortos autoinmunes y eso es algo que antes no se sabía.

–¿Estas enfermedades se ven en mujeres jóvenes?

–Sí, hasta en niñas. En la mujer se juega la parte hormonal, la parte de autoinmunidad y la parte psicosomática. Para dar una explicación muy amplia, podemos decir que hay tres áreas en las que uno puede mostrar la enfermedad: el mundo interno, el cuerpo y el  mundo externo. En el mundo externo te grito o te tiro la puerta abajo; en el interno, hago una depresión, y en el cuerpo puedo enfermarme con un proceso infeccioso, pero también puedo enfermarme con algo que yo mismo me genero. Esto ocurre con gran parte de las enfermedades psicosomáticas, cuando pasa algo en el mundo interno que hace que uno se autoagreda y se enferme. Por eso, la enfermedad puede ser tomada como metáfora o como un camino.

–¿Un camino hacia un cambio de vida?

–Sí, un camino para entender que uno a veces se enferma cuando no puede más, cuando se rompe ese equilibrio frágil que es la salud. La enfermedad, en ese sentido, es una oportunidad para crecer, para revisar de qué manera estamos haciendo las cosas, para ver la vida de otra forma, para aprender técnicas corporales y creativas que nos permitan cambiar el eje de la enfermedad hacia la salud. Si logramos tomarla como camino, la enfermedad nos puede enseñar a habitar y a vivir la vida de otra manera.

ETIQUETAS género mujeres salud

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