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Punto de Vista

20 julio, 2010 | Por

La madre de las batallas


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En mi última visita a Cuba hace unos años, mientras recorríamos el interior de la isla con un guía cubano –que además era el chofer–, pasamos por un pueblito sin nombre, donde observé un extraño aparato en el techo de una casa, al borde de la ruta. Parecía una cacerola y estaba colocado con una leve inclinación. Cuando pregunté por el artefacto, el guía me contestó: “Es una antena casera… para captar las señales de Miami”.

Lo miré incrédula, dudando de si me estaba cargando, pero él insistió muy serio: “No, señora, no le estoy mintiendo. Aquí las universidades de ingeniería son tan buenas que los estudiantes avanzados, con una cacerola de aluminio y unos cables, construyen estas antenas ‘parabólicas’ caseras. El gobierno lo sabe, pero lo deja pasar”.

Hace poco Yoani Sánchez, la periodista y filóloga cubana, volvió a ser noticia por haber recibido el premio Perfil a la libertad de expresión, por su blog Generación Y, donde denuncia la falta de libertad del régimen castrista y muestra la realidad cubana desde una perspectiva muy distinta de la oficial. El blog ha sido traducido a diez idiomas y Yoani ha recibido premios prestigiosos en todo el mundo.

Estas cosas no pasan solo en Cuba, por supuesto. También en estos días, en Buenos Aires, durante la jornada de ACDE escuché otro testimonio conmovedor: el de un joven de Misiones, Juan Ramón Núñez, huérfano de padres y criado por una familia sustituta muy humilde, que quería ser locutor de radio. Con pocas posibilidades en su provincia y luego de varios intentos fallidos, llegó a Buenos Aires con su mujer, cuatro hijos, 120 pesos en el bolsillo y el deseo de tener una radio. Al poco tiempo estaba viviendo en Ciudad Oculta con su familia, haciendo changas y trabajando de cartonero.

Juntó unos pesos, golpeó puertas y con el apoyo del barrio y de la Fundación Impulsar logró cumplir su sueño: hoy tiene una radio en medio de Ciudad Oculta, la FM 100.9 Radio Milagrosa (una promesa a la Virgen), y un sitio en Internet, radiomilagrosa.blogspot.com, emprendimiento en el que trabajan sesenta personas y desde donde se comunican con el mundo y difunden sus mensajes solidarios. También él ha ganado ya varios premios.

Me entusiasmé. Sentí que la fuerza que el ser humano siempre tuvo para sortear los obstáculos a la libertad de información y de expresión, y para lograr estar comunicado con los demás, hoy tenía la complicidad de la tecnología. Me alegró comprobar cómo estos avances están derribando estas “cárceles” y liberando las ideas, las imágenes y las palabras.

La unión hace la diferencia

En estos pocos años del nuevo milenio, lo que se conoce como “tecnologías de la información y la comunicación” (TIC), que incluye la telefonía móvil, radios, cables, TV y fundamentalmente Internet, están produciendo sin duda la mayor revolución de todos los tiempos. Más revolucionarias que la imprenta de Gutemberg, la máquina de vapor de Watt o la electricidad de Edison, las TIC me hacen pensar en Atila, el legendario rey de los hunos, que con su poderoso ejército asolaba pueblos de Europa y que a su paso solo dejaba tierra arrasada.

Tengo la sensación de que día a día las TIC arrasan algo más del mundo que conocí y en el que viví durante más de cincuenta años. Porque están conectando todo y venciendo las distancias, las censuras, las fronteras. Y denunciando todas las aberraciones y los maltratos que se cometen, en especial contra las mujeres. Todo fluye y muy rápido. Los celulares nos siguen todo el tiempo por todas partes; conectan por satélite zonas antes aisladas, sacan fotos, filman, graban, mandan datos a los medios y pruebas a la justicia. Gracias a Internet, no solo cambiaron todas nuestras actividades bancarias, financieras, comerciales, científicas, etc., sino que tenemos los medios online que actualizan la información al instante. Nada importante permanece oculto mucho rato. Todo sale a la luz enseguida. Vivimos conectados. Celulares, sms, mails, blogs, chat, YouTube, Skype, Facebook, Twitter… Muchos de estos usos de la Red ni existían hace menos de cinco años. Los niños nacidos con el milenio, los “nativos” de Internet, nunca sabrán bien cómo fue el mundo antes de esta era, y habrá que explicarles antiguallas, como que íbamos a una biblioteca para consultar una enciclopedia, al correo para mandar una postal manuscrita o a una casa de fotos para revelar un rollo.

Pero de todos estos usos de Internet, tal vez el más revolucionario sea aún incipiente y sus consecuencias no puedan todavía ser evaluadas: la capacidad de unir a las personas entre sí –con herramientas como Facebook y Twitter– detrás de un líder o, más aún, detrás de un objetivo común. Es el poder de los sin poder.

La campaña presidencial de Barack Obama fue la primera cibercampaña que le permitió a un candidato ganar la elección primaria (y después la general) sin contar con la fuerza del aparato partidario ni con demasiados fondos.

En la Argentina vimos la tecnología en acción en las masivas movilizaciones del agro a principios de 2008. Los hombres y mujeres que hasta poco antes habían vivido aislados en sus campos se conectaron por Internet y por celular para coordinar las movilizaciones en las rutas de todo el país. Mandaron fotos y videos a los medios para lograr visibilidad y potenciar su protesta, que rápidamente adquirió dimensión nacional.

La equidad como proyecto global

Pero hay una noticia mejor aún. Las personas no solo se unen y usan las TIC para apoyar a un líder, para denunciar o para protestar contra un gobierno. Especialmente las mujeres se juntan para ayudar a otras mujeres y niños. Las redes solidarias, las ONG, las colectas para centros asistenciales y escuelas que conectan a donantes con necesitados en regiones remotas hoy pululan en Internet.

Se podrá argumentar que la globalización tiene sus costos y que muchos millones de personas aún no están conectados a la Red. Es cierto: pero es solo una cuestión de tiempo. El camino requerirá ajustes, marchas y contramarchas, pero el proceso es imparable. Y lento pero seguro llegará a todos, hasta los lugares más alejados del planeta.

Hace pocos días tuve la confirmación. Una maestra, Claudia Gómez Costa, y su marido, apoyados por voluntarios y donantes, están recorriendo recónditos parajes del país para conectar escuelas rurales a la Red. Llegaron a lomo de burro, cargando paneles solares, la antena y las computadoras, hasta una escuela de adobe, detenida en el siglo XIX. Se fueron cubiertos de abrazos y lágrimas de agradecimiento, dejando la escuela conectada al mundo, al siglo XXI. Y este proceso se expande rápidamente: en el último año, en nuestro país, las conexiones satelitales crecieron un 300,7%.¹

A través de las TIC la humanidad se está uniendo con un objetivo que parece ser un proyecto global: liberar a los oprimidos por la pobreza y la violencia, y hacer un mundo más justo y equitativo. Estemos alegres, porque ya llega la liberación. Frente a las noticias de guerras y violencia, de crispaciones y divisiones, de muros y censuras que sostienen algunos pocos, millones y millones de personas anónimas, provistas con el moderno arsenal de las TIC, están librando –esta sí– “la madre de las batallas”, la batalla silenciosa y pacífica contra la pobreza y la injusticia. Arrasando con el mundo viejo y haciendo uno nuevo. La comunidad global está mostrando su rostro oculto y desconocido hasta ahora, y también el más humano. Porque los jóvenes de hoy, como los de siempre, sueñan con la libertad, la unidad, la equidad, la justicia y la paz. Pero hoy tienen las herramientas para alcanzar sus sueños.

La utopía de Jesús empieza a tomar forma, y si miramos bien, está a la vista, tal como Él nos anunció que sucedería: Así como el relámpago sale por Oriente y brilla hasta Occidente, así será la venida del Hijo del hombre. (Mateo 24, 27).

¹ Diario La Nación, 16 de junio de 2010.

ETIQUETAS comunicación equidad tecnología

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