5 de mayo de 2026
“La mierdificación del debate público” es el título de la última columna de la periodista y política María Eugenia Estenssoro, publicada en Mujeres & Compañía, donde aborda un tema tan actual como urgente: el ataque sistemático a los periodistas por parte de las figuras de poder mundial y la profunda crisis que ese fenómeno genera, no solo en el periodismo, sino en toda la sociedad.
En un contexto donde la conversación pública se vuelve cada vez más áspera y fragmentada, la libertad de prensa reaparece como un valor esencial para la vida democrática. Así lo plantea Estenssoro, que retoma ideas de Hannah Arendt para revisar lo ocurrido en contextos totalitarios y, desde allí, observar el presente.
“En el momento en que perdamos la libertad de prensa, cualquier cosa puede suceder. Lo que permite que un régimen totalitario o cualquier otra dictadura gobierne es la falta de información; ¿cómo se puede tener una opinión sin estar informado?”, cita Estenssoro a la filósofa alemana, recuperando una de las ideas más contundentes de su pensamiento. Allí subraya que el periodismo no solo comunica datos, sino que sostiene el tejido de una realidad compartida que permite a los ciudadanos actuar como tales.
En esa misma línea, Estenssoro suma su propia mirada: “Sus advertencias de post-guerra resuenan con gran fuerza hoy en día, cuando las democracias liberales están siendo corroídas por líderes mesiánicos que mienten y dividen a la sociedad con discursos de odio contra opositores y críticos, asistidos por milicias digitales, paraestatales, que viralizan en redes sociales campañas masivas de fake news, insultos y ataques sistemáticos a la prensa. Donald Trump y Javier Milei son dos avezados expertos. Pero no son los únicos”, escribe.
La reflexión no es menor: en la posibilidad de construir una opinión informada se juega una dimensión central de la democracia. Sin información libre, plural y crítica —advierte— esa posibilidad se desvanece. “Los insultos y los mensajes de odio generan adhesiones, peleas y reacciones con una viralización infinitamente mayor que los intercambios reflexivos y respetuosos. La verdad y la calidad informativa ya no tienen ninguna importancia”, describe.
Otro eje central aparece en una segunda cita de Arendt que Estenssoro recupera: “Si todo el mundo miente constantemente, la consecuencia no es que uno crea las mentiras, sino que nadie cree nada”. El problema, entonces, no es solo la mentira, sino su efecto más profundo: la destrucción de la confianza en la verdad. “Y un pueblo que ya no puede creer en nada no puede tomar decisiones. Se ve privado no solo de su capacidad de actuar, sino también de su capacidad de pensar y juzgar”.
Para Estenssoro, la libertad de prensa no es un principio abstracto, sino una herramienta concreta de defensa social. Por eso advierte sobre la gravedad de las agresiones y amenazas contra periodistas y sus familias, y señala que en Argentina “la violencia durante la cobertura de manifestaciones en lugares públicos se agravó en 2025”.
Para pensar este escenario, Estenssoro retoma también la idea del periodista y activista tecnológico Cory Doctorow, quien en su libro Enshittification (2025) analiza la degradación de las plataformas digitales. Según explica, se trata de sistemas donde la lógica algorítmica y comercial erosiona la calidad de la información y empuja a los usuarios hacia entornos cada vez más degradados.
“Hoy sabemos que una de sus peores consecuencias ha sido la desinformación masiva y la degradación de la conversación pública en democracias abiertas como la nuestra”, señala Estenssoro, retomando ese diagnóstico.
En este contexto, la libertad de prensa aparece como un resguardo indispensable. No se trata solo del derecho de los periodistas a expresarse, sino del derecho de la sociedad a estar informada, a contrastar versiones y a construir una mirada propia sobre la realidad. Sin ese entramado, la democracia pierde uno de sus pilares fundamentales.
El periodismo cumple, en ese sentido, una función insustituible: investigar, incomodar, verificar y poner en tensión los relatos del poder. Cuando ese rol se debilita —ya sea por presiones, estigmatización o desinformación sistemática— lo que se erosiona es la capacidad colectiva de comprender lo que ocurre.
La advertencia de fondo, retomada desde el pensamiento de Arendt y actualizada por Estenssoro, es clara: cuando se diluye la diferencia entre verdad y mentira, no solo se degrada el debate público. Se debilita la libertad misma.
Defender la libertad de prensa implica, entonces, sostener algo más profundo que un derecho sectorial: preservar la posibilidad de pensar, disentir y decidir en común. Porque sin información confiable, sin preguntas incómodas y sin voces diversas, la democracia corre el riesgo de vaciarse.
“La conclusión es clara: en una sociedad saturada de versiones, donde la confusión reemplaza al criterio, el ciudadano pierde la base común necesaria para pensar, disentir y convivir. ¿Es esto lo que queremos? La responsabilidad de impedirlo está de nuestro lado”,
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