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Artes

22 junio, 2016 | Por

Por qué la lectura no terminará jamás

Desde hace más de veinte años, la antropóloga francesa Michèle Petit estudia la relación entre las personas y la lectura. En charla con Sophia nos compartió lo que aprendió tras escuchar cientos de historias que develan esa trama tan íntima como sagrada.


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Tendría unos 4 años, Michèle, cuando su padre le regaló un libro animado de esos que al abrirlo despliegan figuras. La pequeña miró los paisajes en relieve y sintió un placer infinito. Página a página descubría otro mundo, uno en miniatura, acorde con su medida. Un mundo distinto del que la rodeaba y en el que crecía, la Francia gris de posguerra.

Tendría unos 4 años, Michèle, y aquel encuentro con la literatura poco le anunció sobre su futuro como investigadora de renombre en torno a la lectura. Ese libro objeto de figuras en relieve hizo lo que los libros, las historias y los relatos suelen hacer con lectores de 4 años: le mostró un universo inesperado, la fascinó, le abrió un camino íntimo e intransferible. Le dio de probar la hermosa perdición de entregarse a la fantasía y a la ensoñación. La deslumbró.

Varios años más tarde, para la antropóloga francesa Michèle Petit, aquella escena sería recordada (“reconstruida”, dice) como la escena iniciática, el punto exacto en que las personas firman su pacto con los libros.

La última vez que tomamos contacto con ella caía la tarde en la Ciudad de Buenos Aires y Petit conversaba con lectores ávidos en uno de los salones del predio ferial de La Rural. Como tantas veces desde el año 2000, Michèle Petit había venido de visita a la Feria del Libro a dar una conferencias. Aquella vez, el público la vio llegar vestida de blanco para oírla decir, en un español afrancesado, que los libros eran “espacios en los que vivir de tanto en tanto un presente más vasto y más intenso”. En aquella ocasión, al cabo de su conferencia, nadie se movió de sus sillas. Conocían el ritual; sabían que, terminadas sus charlas, la antropóloga siemre quiere escuchar al público. Y los asistentes, en su mayoría docentes, bibliotecarios o integrantes de ONG, rompieron la timidez, pidieron el micrófono y relataron experiencias relacionadas con la lectura en escuelas del país o de villas del conurbano. Petit escuchó y absorbió esas historias con respetuosa curiosidad.

Desde 1992, Petit investiga la relación entre la lectura y las personas. Primero, en la campiña francesa, más tarde en barrios desfavorecidos de París. A fines de la década del noventa, tras venir a América Latina a dar conferencias, su mirada se posó, sobre todo, en el vínculo de la lectura en la construcción de uno mismo. Ferviente estudiosa de textos de psicoanálisis y sociología, la lupa, esta vez, estuvo puesta en lugares en crisis, lastimados por desplazamientos forzosos de poblaciones, o  por conflictos armados. Colombia fue uno de esos sitios.

La semilla de esa inquietud por develar eso que sucede interiormente mientras leemos se sembró, quizá, cuando de niña Michèle veía a su madre o a su padre leer y levantar los ojos de las páginas, cautivos por la ensoñación de la lectura. Ya desde entonces, se preguntaba dónde estaban sus pensamientos y qué había dentro de esas tapas que tanto atraía a sus padres y, a la vez, los alejaba de todo lo demás, incluso de ella. Más tarde, como contó a la revista Imaginaria, esa inquietud se convertiría en el motor de sus investigaciones y ella comenzaría a acercarse a la experiencia íntima de los lectores para descifrar la trama oculta que tejen con los libros. Hoy, como se lee en su libro Lecturas: del espacio íntimo al espacio público, ella cree que la lectura es un atajo para crear un espacio propio, íntimo y privado, en el que el lector “se apropia de un texto, lo interpreta, le  modifica su sentido, desliza su fantasía, su deseo y sus angustias entre las líneas y los entremezcla con los del autor”. Ese espacio, dice, no es una ilusión. “Es un espacio psíquico”.

Con años de escucha, de análisis, de entrevistas y de encuentro con distintas poblaciones, sobre todo de jóvenes de diferentes países y procedentes de distintos ámbitos sociales, Michèle Petit se convirtió en una referente que no acuerda con la idea de “construir lectores” y que evita hablar de “promoción de la lectura”.  La relación entre las personas y la lectura es, para ella, algo más que un atajo para mejorar la ortografía de los niños o enriquecer el léxico. “La lectura ayuda a las personas construirse, a descubrirse, a ser un poco más autoras de su vida, sujetos de su destino, aun cuando se encuentren en contextos sociales desfavorecidos”. No importa la cantidad de horas y de textos que se le dediquen. “Algunas palabras, una frase o una historia –dice en Lecturas…– pueden dar eco a toda una vida”.

La lectura reparadora

Jóvenes que dejaron su tierra, incluso poniendo en riesgo su vida en barcas frágiles, siguiendo la promesa de una vida occidental y auspiciosa. Familias desmembradas que debieron olvidar su pueblo y se insertaron en metrópolis para escapar de la violencia de sus lugares de origen. Cientos de historias reales revelan a la antropóloga cómo un libro, o tan siquiera una frase, cala en las personas de una manera que ella llama “reparadora”.

«Una leyenda o una poesía permiten leer las páginas dolorosas de su vida de manera indirecta, hablar de la propia historia de otro modo, distanciarse de ella, compartirla”.

En conversación con Sophia, la especialista contó cómo es que el libro puede operar en ese sentido. “Si no se percibe como algo impuesto, un texto leído puede permitir desprenderse de la situación en la que uno se encuentra, abrir el espacio. Sustituye con un ritmo y una narración ordenada el caos interior y exterior, y a veces le envía unos ecos de la parte más profunda de sí mismo, pero en una forma transpuesta. No se les lee a los chicos desvinculados del conflicto armado relatos de secuestros perpetuados por la guerrilla, sino la leyenda del Mohán, un ogro seductor que se lleva a los niños o a las jóvenes lavanderas. Una leyenda o una poesía permiten leer las páginas dolorosas de su vida de manera indirecta, hablar de la propia historia de otro modo, distanciarse de ella, compartirla”.

En uno de sus libros relata que, en las entrevistas con los lectores, ellos evocan a menudo el papel que desempeña la lectura en el descubrimiento y la construcción de sí mismos. “Esa dimensión se percibe con claridad en la infancia, la adolescencia o la juventud. Pero también puede ser crucial en etapas de la vida en las que debemos reconstruirnos: cuando fuimos golpeados por un duelo, una enfermedad, un accidente o una pena de amor; cuando hemos perdido nuestro empleo; cuando atravesamos una depresión o una crisis psíquica, todas esas pruebas que conforman nuestro destino, cosas que afectan negativamente la representación que tenemos de nosotros mismos y el sentido de nuestra vida (…). Lo que describe la gente, cualquiera sea su origen social, cuando evoca las lecturas importantes de su vida, es a menudo lo siguiente: de tanto en tanto una frase nos lee, nos da noticias nuestras. Y en resonancia con las palabras del autor, nos surgen palabras inéditas. Es un poco como si, a la vez, nos volviéramos el narrador de lo que vivimos”.

El resultado de las investigaciones de Michèle Petit quedó plasmado en incontables libros. El arte de la lectura en tiempos de crisis (2009, Océano), Una infancia en el país de los libros (2008, Océano Travesía) y Leer el mundo. Experiencias actuales de transmisión cultural (2015, Fondo de Cultura Económica) reflejan su vocación por indagar en la relación entre las personas y la lectura.

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Michèle Petit no se aventura en decir que la lectura puede cambiarles la vida a todos. Sí que lo hizo con muchas personas, especialmente en tiempos difíciles. “Pienso en una mujer, Laure Adler, quien, refiriéndose a la muerte reciente de su hijo, declaró: ‘Si no me quité la vida, fue porque casualmente me topé con Un dique contra el Pacífico, de Marguerite Duras. Este libro, al trocar mi tiempo por el suyo, el caos de mi vida por el orden del relato, me ayudó a recuperar el aliento y a avizorar un futuro’”. Michèle Petit dice que, de ejemplos como ese, podría dar decenas.

En tiempos en que la información y el entretenimiento sinfín, y la preponderancia de la imagen caben en pantallas del tamaño de una mano, y a menudo se entrometen en esos espacios íntimos entre las personas y los libros, Petit no hace pronósticos sobre el futuro de la lectura. “Sé que la necesidad de historias constituye tal vez nuestra especificidad humana, y que desde hace decenas de miles de años, los humanos tienen una exigencia poética, artística: lo utilitario no nos basta –dice–. Pareciera que los ritmos actuales son poco propicios para una cierta lectura, marcada por otro tiempo, menos agitado. Pero… ¡nadie había previsto el retorno de las bicicletas al centro de muchas grandes ciudades!”.

Y así como las bicicletas han regresado a las grandes ciudades, ella siempre desembarca en la lectura de alguno de sus autores preferidos; entre ellos, Marcel Proust, Orhan Pamuk, Thomas Bernhard o Marina Tsvietáieva. Y así como las bicicletas han vuelto a las grandes ciudades, y ella lo hace a sus lecturas favoritas, también vuelve a las librerías buscando reencontrar la fascinación y el deslumbramiento del libro con paisajes desplegables con el que selló su pacto propio con la lectura. “Paseo por ellas como una niña que busca huevos pintados en el jardín una mañana de Pascua –dice–.  Hojeo muchos libros y de vez en cuando me topo con uno que quizá va a ‘desplegarse’ para ofrecerme paisajes en los cuales me gustará pasear y soñar. A veces me equivoco y, una vez que estoy en casa, nada se destaca del libro, ni un paisaje, ni una ensoñación o un pensamiento. Pero a menudo gano”.

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