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La hotelera y viajera cordobesa que apuesta al turismo «con propósito»

La emprendedora Rosana Alasino reabrió junto a su marido las puertas de Posada San Andrés, un espacio soñado ubicado en La Cumbre, Córdoba, donde se vive “otra medida del tiempo”.

Por Agustina Rabaini

Desde chica, la viajera y hotelera Rosana Alasino vivió en una casa en la que siempre había muchas personas. “Mis padres decían que las casas abiertas ‘mejoran la especie’ y es algo que con mi marido también buscamos en nuestra familia”, cuenta esta cordobesa de sonrisa franca en medio de la paz de las sierras, el canto de los pájaros y el cielo inmenso. A su memoria vuelve su abuela materna, con la que vivió durante muchos años y quien, luego de quedar viuda, pudo educar a sus tres hijas al abrir en la casa familiar de Córdoba una pensión para señoritas. “Entre los pensionistas, amigos y parientes, siempre había gente, mesas, charlas, compañía”, recuerda.  

Los años fueron pasando y Rosana creció entre dos hermanos, fue a un colegio cordobés y a los 17 partió a estudiar un año a California, Estados Unidos. “Me fui con una beca de intercambio. En ese momento hacer esos viajes no era como ahora. Salí de un colegio muy bueno, conservador, y me fui a otro transgresor, todo muy nuevo, íbamos descalzos (se ríe). Fui y volví en dictadura, y estando allá desperté a lo que estaba sucediendo”. 

Aquella experiencia le abrió los ojos al mundo. Una semilla, tal vez, para su futura vida de viajera y promotora social que marcó su interés por conocer y comprender a las personas y sus formas de vida, más allá de los sitios turísticos. Al regresar de aquel primer gran viaje, cursó la carrera de Ciencias Políticas en la Universidad Católica de Córdoba. Por entonces también conoció a Daniel Alonso, su marido. 

Ya con el título bajo el brazo, se mudó a Buenos Aires y trabajó en diversos puestos y organizaciones civiles y gubernamentales. Con Daniel se casaron en 1986: él trabajaba en la Embajada de México, ella en el Centro Cultural Recoleta, y luego en AFS Intercultural Programs, una asociación civil que promueve el intercambio estudiantil. Sus trabajos lo llevaron a recorrer el mundo, y cuando llegaron los hijos apareció el deseo de volver a vivir a Córdoba. “Un día mi hijo me preguntó cuándo lo iba a dejar jugar a la pelota en la calle y sentí que era momento de salir de la ciudad. Justo habíamos recibido el dinero de una herencia y empezamos a buscar un lugar donde poner un hotel. Queríamos que fuera en La Cumbre porque Daniel iba de chico y que también fuera algo familiar, para poder tener contacto con la gente”. 

En La Cumbre, ese pueblo tranquilo rodeado de sierras, decidieron llevar adelante el proyecto de reabrir un espacio que había marcado época: la Posada San Andrés. En esa casa de cien años, emplazada en siete hectáreas de reserva, pudieron cultivar eso mismo que Rosana había vivido con sus padres: recibir gente y anfitrionar, enriquecer la vida en el encuentro con otros pero sin dejar de lado su aporte en lo social. En paralelo, Rosana siguió trabajando en el ámbito de organizaciones de la sociedad civil. 

¿Ya conocían la Posada San Andrés? 

—Lo encontramos por un aviso del diario que anunciaba que se vendía el “establecimiento”, una casona que había abierto como hotel en 1932, con calefacción central y que en el pasado “nunca había recibido tuberculosos”. La construyó un escocés, de ahí la presencia de San Andrés, el patrono de los escoceses. Los últimos dueños, antes de que llegáramos, la habían adquirido como casa particular.San Andrés es, también, el santo de los ferrocarriles y de aquel hombre se dice que tenía el don de “parar las tormentas”. Había una historia detrás, eso me gustó. La compramos y la acondicionamos. Era 1994 y la gente empezó a decir “reabre San Andrés!

Un cambio de vida para ustedes y los chicos… 

—Sí, al principio íbamos y veníamos a Buenos Aires, y a finales del 98 nos mudamos definitivamente. Fue un cambio grande, sobre todo para mí que permanecí más tiempo en La Cumbre. Daniel siguió viajando por trabajo. Con los años, pude integrar también un equipo de trabajo con Rosana Bertone, ex gobernadora de Tierra del Fuego. Y estando a cargo de la posada volví a la facultad para hacer un posgrado sobre gestión de organizaciones civiles y trabajé  como gestora de fondos para la Fundación Sales, que apoya la investigación en la lucha contra el cáncer, y después con CEPRAM, el Centro de Promoción del adulto mayor de la ciudad de Córdoba. 

No parabas…

—No. Primero viajaba a Córdoba una vez por semana, luego dos, tres… hasta que me dije: “Si  vine al pueblo, es para estar en el pueblo”. Así que seguí haciendo cosas de mi profesión, pero abrazando un ritmo más tranquilo. Un grato recuerdo de mi paso por CEPRAM fue un proyecto de edición de libros que reunía “rescates de memoria”, historias de vida y recetas. Se llamó Historia de Vida y de Cocina, y fue el primer eslabón de la colección “Publicar para no olvidar”. Con lo recaudado se pudo sostener una línea de ayuda telefónica para adultos mayores en crisis que llegó a tener cobertura y alcance en todo el país. 

¿Qué experiencia te dejaron los años de regentar San Andrés?

—Abríamos el hotel en temporadas y viajábamos a intervalos. Primero vivimos dentro de la posada, en la planta baja, en la “mazmorra”, y con el tiempo nos mudamos a la casa de atrás. La posada fue reconocida por su valor artístico y ha pasado a ser un lugar de pertenencia; es uno de los puntos del pueblo histórico. Hoy tiene doce habitaciones y siempre quisimos que fuera un lugar donde se priorizaran la comida casera, los detalles. En un hotel uno pone el cuerpo y el alma. Es una época difícil para el mundo turístico pero, pese a todo, seguimos adelante, apostando.  

—¿Ahora tenés más tiempo libre?

—Participo de otras cosas, me he interesado por la alfarería y con Daniel seguimos viajando. En lo social, aunque no sea una actividad formal, sigo colaborando, hay temas serios vinculados con el medioambiente, manejo de desarrollos inmobiliarios, porque no queremos que el pueblo cambie y se edifique cualquier cosa. Además, integro un grupo de Derechos Humanos con el que hemos realizado un mural de construcción colectiva en mosaico que acaba de ser inaugurado.  

¿Qué tiene de especial la vida en el pueblo?

—Acá el tiempo es generoso, todo ha ido cambiando y yo soy crítica del crecimiento y de la voracidad inmobiliaria, La Cumbre tiene un equilibrio propio. Tengo amigas que han decidido vivir acá, y hay gente que tiene la cabeza distinta, que ha viajado y tiene sus talleres y refugios creativos. Mis chicos se fueron, pero siempre vuelven y dicen que es su lugar en el mundo. Viene mucha gente mayor a retirarse porque acá viven rodeados de naturaleza, hacen amigos, disfrutan de la tranquilidad. Es otro mundo, otra medida del tiempo. 

¿Quiénes fueron tus mayores referentes? 

—Las mujeres de mi familia: mi abuela y mi mamá, que murió joven, a los 70, en un accidente automovilístico. Mi abuela no se volvió a casar porque decía que no iba a aceptar que otro hombre “mandara” a sus hijas. Mi mamá, que fue docente, me animaba a emprender: “Nada es para peor, siempre es para mejor, siempre es para bien”, decía, porque para ella “si no lo hacés ahora, no lo hacés”. Tenía una mente muy abierta… Papá también, era bioquímico y vivió hasta los 84 años, el último tiempo en una residencia de La Cumbre y merendaba con sus nietos casi todos los días. 

Vos también supiste tomar decisiones…

—Sí, y la verdad es que no concibo la vida de otro modo. A veces advierto que hay gente que se deja llevar demasiado y creo que en la vida hay que jugarse. No hay tiempo para todo, hay que elegir y vivir intensamente. Estar abierta a los encuentros: hay personas con las que uno siente eso, un verdadero encuentro. Es un regalo, una oportunidad. 

¿Podrías elegir una anécdota de la posada, entre tantas?

—La actriz China Zorrilla venía a La Cumbre. Un verano ella estaba haciendo temporada en Mar del Plata y se golpeó la rodilla, la llevaron a un lugar para rehabilitar y luego vino a descansar a San Andrés. Se hospedaba en el departamento de la planta baja y era una fanática de los perros, estaba encantada con uno de mis caniches, durante esos días durmió con uno de ellos, Mr Li. Salía con su mañanita y se sentaba en el comedor. Imaginate, para los huéspedes, levantarse y compartir con China, ¡era una fiesta! 

¿Hubo momentos de crisis o situaciones que te hayan deparado aprendizajes, una comprensión mayor del mundo? 

—El aprendizaje es un movimiento eterno, y con los años uno confirma y reconfirma ciertas cosas. He tratado de sentirme bien y de aportar donde me tocara estar. Dejo que las cosas me pasen por el cuerpo y tal vez, si me hubiera quedado en Buenos Aires, sería más citadina. Me encanta la ciudad, me gusta escuchar un buen coro, voy a bailar, al teatro, visito amigos. Lo hago siempre que puedo y cuando nos toca quedarnos quietos, como nos ocurrió en la pandemia, disfrutamos también: si no se viaja, se recuerda. 

¿Cambió el modo de hacer turismo y de vacacionar, con los años?

—Sí, desde hace un tiempo lo que más me interesa es el turismo “con propósito”. A todos nos ha gustado viajar y recorrer, hacer compras, pero este es un tiempo diferente, más reflexivo. Hace un tiempo hice una experiencia de inmersión en el mundo de la alfarería con una comunidad de 16 mujeres que hacen cántaros a 50 kilómetros de Asunción. Y descubrí que, para ellas, la alfarería es una forma de resistencia, porque el pantano de donde sale el material que utilizan está siendo minado por desarrollos inmobiliarios. Las postularon a la Unesco y hay una gran esperanza de que puedan proteger ese lugar del que extraen arcilla negra para sus piezas. La Puna es otro lugar que me inquieta mucho, al igual que el paisaje de la Patagonia: uno se siente tan pequeño, tan agradecido. 

UN POCO DE HISTORIA
La construcción de la Posada San Andrés tuvo lugar en 1929 y abrió como un “hotel bijou”, tal como se conocía a ese tipo de hospedajes por aquella época. En la década del 40, Nora Gregor, la actriz casada con el príncipe heredero de Austria Starhemberg y su hijo, se hospedaron allí. En la década del 50 y hasta mediados de los 60, visitaron el lugar otras tantas familias, y al tiempo cerró sus puertas para convertirse en una casa de familia, siendo la vivienda alquilada por familias que recuerdan haber vivido vacaciones inolvidables.
En 1994, San Andrés volvió a abrir con sus actuales dueños, Rosana Alasino y Daniel Alonso, que le devolvieron al lugar su destino original como lugar de huéspedes y descanso. Hasta hoy, la gente llega a San Andrés buscando un pedacito del pasado familiar, entre ellas, una señora que pasó su luna de miel en 1951 y volvió cincuenta años después, en 2007.

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