La historia de cómo un jardín se volvió refugio para restaurar el corazón tras una dolorosa pérdida - Sophia Online

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La historia de cómo un jardín se volvió refugio para restaurar el corazón tras una dolorosa pérdida

Gracias a la recomendación de una vecina, ella empezó a cuidar de las plantas y a cultivar flores. Así comenzó un vínculo con la tierra que se volvería sagrado por el resto de su vida.

POR Susanne Schaup

Cuando mi mamá vivía en África, los empleados de la casa la llamaban “Mamá Flor”. Esta es la historia de cómo se ganó ese apodo.

Al perder a su primer hijo, mi madre, una mujer joven en ese entonces, cayó en depresión. Un día una vecina compasiva le sugirió: “¿Por qué no te armás un jardín? Te va a sacar la mente de la tristeza y darte otra cosa en la que pensar. Podrías convertir toda la tierra silvestre alrededor de tu casa en un paraíso, ¿sabías?”.

“¿Cómo?” respondió mi mamá con desgano, “Fui criada en la ciudad y nunca cuidé más que una maceta de flores. ¿Cómo puedo crear un jardín cuando no sé nada al respecto?”. Sin más preámbulos, su vecina, que no solo era una mujer amable sino resolutiva, encargó dos camiones llenos de tierra y la depositó en la casa de mis padres. Buscó trabajadores que limpiaron el terreno selvático y esparcieron la tierra nueva.

“Bien, pongamos manos a la obra”, dijo la vecina, y muy pronto mi mamá se encontró armando un jardín con entusiasmo, con un sector de canteros de flores y arbustos, un bello césped, una arboleda que brindaba sombra, e incluso una huerta para cosechar vegetales frescos. ¡Qué gratificante debe ser ver crecer una zanahoria y observar cómo una lechuga abre sus hojas verdes y crispadas! Bajo el sol tropical todo crece. Alcanza con poner un palito en la tierra, darle agua y brotará. Esa era la promesa, y mi madre estaba curiosa de averiguar si era cierta.

Compró un sombrero de paja de ala ancha en lugar del típico casco pesado que acostumbraban a usar los europeos para protegerse del sol implacable. Madrugadora por naturaleza, usaba las horas de la mañana para trabajar en el jardín antes de que hiciera demasiado calor, y luego de vuelta entrada la tarde, cuando el sol amainaba.


Gradualmente comenzó a disfrutar del esfuerzo y la satisfacción de trabajar la tierra. Muy pronto, el cerco alrededor del terreno se cubrió de Santa Ritas de colores brillantes. Cuando mi padre volvía del trabajo a la casa, se retiraban a la pérgola verde que ella había construido y disfrutaban de una taza de té a la sombra, antes de que la noche tropical cayera de manera abrupta, envolviéndolo todo en oscuridad.

Peonías, la especie que enorgullecería a Mamá Flor.

Entraban al anochecer, y mi mamá le contaba a mi papá todo sobre su día de trabajo: cómo había plantado esto y aquello, cómo había ordenado las rosas y los bulbos de tulipanes, cómo venían las estrellas federales que, en África, crecen altas como los árboles. Plantó violetas locales para cubrir la tierra, creando un paisaje espectacular con sus floraciones lilas y púrpuras. Crecían de forma silvestre en las montañas Usambara, no muy lejos de la casa, y mi mamá estaba encantada de poder cultivarlas en su propio jardín. Proliferaron de manera exuberante, y pronto se volcaron sobre el sendero formando una alfombra gruesa, donde los pies se hundían al caminar.

Nunca dejó de sorprenderle cómo todo brotaba y crecía bajo su mano. No podía creer que tenía eso que llaman “mano verde”, una aptitud natural para la jardinería y un instinto amoroso y tierno para hacer crecer las cosas. “¿No te dije?”, comentó su vecina, siempre colaborativa. “No me creías al principio cuando te aconsejé armar un jardín. Todos pueden hacerlo, si tienen la voluntad de aprender un par de cosas que todo jardinero debe saber. De ahí en más, se aprende haciendo. Un jardín es una bendición, te digo… ¡una verdadera bendición!”.

De tanto en tanto, la tristeza de mi mamá aflojaba. Su dolor agudo menguaba hacia una nostalgia gentil a medida que veía crecer las flores, toda esa vida que había nutrido, las pequeñas plántulas que había puesto en la tierra y protegido contra el calor, la sequía, y las fuertes lluvias de estación para que pudieran convertirse en plantas bellas y fuertes. Sí, había perdido una vida muy preciada, la pequeña bebé que tanto deseó. Pero había vida joven y vibrante alrededor suyo, vida que ella misma había creado y que también precisaba de su atención y de su cuidado y amor constantes. Así fue que nació “Mamá Flor”.

La jardinería puede ser trabajosa, como todo jardinero sabe, pero las recompensas son generosas y profundamente gratificantes. Esto es lo que aprendió mi madre de su jardín en África, y se llevó consigo la experiencia a Europa, cuando estalló la guerra y mis padres se vieron obligados a dejar el país.

Justo antes de que partiera el barco, llegó corriendo su cocinero, quien subió a bordo con una maceta de violetas africanas en sus manos. “Llévala, Mamá Flor, y plántala en tu nuevo jardín. Te recordará a África”. Le trajo también otro regalo: un par de pesados brazaletes de plata del estilo que usan las mujeres africanas. “Llévalas, Mamá Flor, ¡úsalas y no me olvides!”. Conmovida hasta las lágrimas, mi mamá le agradeció y le dijo: “Mohamedi, fuiste mi compañero en la cocina y en el jardín también, y me enseñaste todo lo que sé sobre plantas africanas. Jamás te voy a olvidar”.

Mis padres encontraron un nuevo hogar en un pequeño pueblo cerca de Salzburgo que tenía un gran jardín. La mitad era una huerta, una alegría para mí de niña, que iba de un árbol a otro para ver si alguna de las ciruelas o las manzanas o las peras estaban maduras. ¡El sabor! Maduras o no, yo arrancaba una todos los días y la devoraba. Nuestros árboles no se podaban ni se les aplicaban insecticidas y sus frutos no siempre eran perfectos, pero los buenos eran de un sabor exquisito. Los árboles daban fruta en abundancia, y no le escatimábamos su parte a las demás criaturas: lombrices, abejas, caracoles y hormigas. La Madre Naturaleza es generosa y provee suficiente para todos.

El jardín de vegetales y los canteros de flores eran del dominio de mi mamá. Había arbustos de rosas y lilas que estaban desde antes de mi nacimiento. Todavía están ahí, y yo me inclino o me pongo de rodillas sobre el suelo para quitarles los yuyos, como hacía mi madre, y saco las babosas gruesas y voraces de los tallos y las hojas.

Hay otra peste muy común que llegó hace poco: la correhuela, una enredadera que estrangula las flores si sus tenaces zarcillos no se sacan a tiempo. Un jardín está sujeto al cambio, así como todas las cosas cambian con el tiempo. Ahora existen pestes con las que mi madre no tuvo que luchar. ¿O era su mano verde un salvavidas contra cualquier peligro que amenazara el crecimiento saludable? Al menos en parte, pienso que sí.

El jardín se mantuvo como su mayor felicidad hasta el último de sus días. Ya mayor, mi madre vivía sola en la casa con el jardín como única compañía. Cuando la visitaba, me tomaba de la mano ni bien llegaba para arrastrarme al jardín. Deteniéndose en cada planta, me mostraba lo que había plantado, cómo se llenaban de pimpollos los tulipanes y la manera en que los narcisos desenvolvían sus hermosas cabezas blancas y amarillas. Más adelante en la primavera, su mayor orgullo eran los bellísimos globos de las peonías púrpuras.

Al llegar julio, era el momento del flox y las dalias de todos tamaños y colores. Especialmente las dalias implicaban mucho trabajo. Sus enormes bulbos debían ser levantados de la tierra en otoño para mantenerse en un lugar seco y oscuro durante el invierno. En primavera, mi madre las remojaba en un balde de agua hasta que brotaran y luego los devolvía a la tierra. Sus esfuerzos eran ampliamente recompensados cuando, al pararse al borde del césped donde se encontraban las flores, veía una maraña de colores estridentes.

Su vida nunca fue fácil, pero el jardín la salvó de los estados de ánimo oscuros, así como también la salvó durante su primera depresión en África, muchos años antes. Poner las manos en la tierra le levantaba el humor. Plantar y nutrir a las flores le daba sentido a su vida cuando ésta resultaba vacía. Sus plantas la necesitaban, la necesitaban ahora. Al cuidarlas, sentía un rayo de luz que penetraba su tristeza.

¿Qué es lo que le da al jardín este poder sanador? R.W. Emerson, el gran sabio norteamericano, iba a su jardín cuando se sentía disgustado con la cháchara vacía de la sociedad. Tomaba una pala y comenzaba a cavar. Esta tarea lo ayudaba a encontrar a su verdadero yo de nuevo. H.D. Thoreau, su amigo y discípulo, quizás de los dos el mejor escritor, intentó restaurar la cercanía a la naturaleza que la humanidad había perdido. Para él, caminar por un bosque era un acto sagrado, como entrar en una catedral. Era un sembrador famoso, y los melones que cultivaba se convirtieron en una leyenda en su pueblo nativo.

Una pequeña parcela de tierra, un diminuto jardín, es suficiente para sentirte conectado a la tierra. Cuidar de él llena tus pulmones de aire fresco y te permite experimentar el vínculo místico que nos conecta con el universo. Esto por sí solo tiene poderes curativos. El jardín de mi madre es para mí la prueba viviente de este beneficio. Fue la bendición de su vida, así como la vecina tan sabiamente predijo.

Como conclusión, déjenme decir que Mamá Flor cumplió su promesa. La historia de Mohamedi y su amor compartido por la jardinería descendió a sus hijos y nietos, así como los brazaletes que heredé y que uso en su memoria, tal como lo hizo ella.

1 COMENTARIOS

  1. Me encanto este relato porque, me senti yo,en el.Tambien perdi mi primer Bebe y como vivia en el campo,mi jardin fue una gran ayuda para acompañarme en el dolor,las lagrimas y superar la depresion.Actualmente soy mayor y con menor intensidad , me sigo ocupando de mis plantas.

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