Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

18 marzo, 2022

La guerra, la sombra y nuestras sombras

¿Y si ese enemigo que hemos construido afuera no es más que un reflejo de aquello que negamos en nuestra propia alma? Sergio Sinay nos propone una tarea integradora: abrazar nuestras sombras, firmar la paz con nosotros mismos.


Foto: Tom Barrett (Unsplash).

Por Sergio Sinay

El psiquiatra, psicoanalista y pensador suizo Carl Jung (1875-1961) fue en principio discípulo de Freud y posteriormente su antagonista. Mientras Freud consideraba al inconsciente como un hervidero de deseos y pulsiones que siembran inquietud y neurosis y deben ser traídos a la conciencia, Jung veía en esa napa de la psiquis un rico reservorio de energías y potencialidades que es necesario rescatar y en las que hay que abrevar en la búsqueda del autoconocimiento y la autoaceptación. Tres de los más valiosos entre los muchos aportes de Jung al conocimiento de la mente y el alma humanas son las nociones de arquetipo, sombra e inconsciente colectivo.

Los arquetipos son estructuras profundas de la mente que todos los seres humanos heredamos de la historia y la experiencia de nuestra especie. Nos habitan a todos y de esos arquetipos tomamos las características de nuestra personalidad individual. Entre los definidos por Jung se encuentran la madre, la doncella, el adolescente eterno, el guerrero, el mago, el amante, el rey, el cuidador, el héroe, el bufón, el creador, el inocente, el dios, la diosa. Cada uno de ellos puede presentarse (a través de nuestras conductas, nuestro carácter, nuestro modo de actuar y relacionarnos) de una manera funcional o disfuncional. Podemos ser reyes que cuidan, guían, proveen, orientan o que someten, aplastan y se exhiben soberbios. La madre puede emerger en una manera de criar nutricia, que prepara a los hijos para una vida autónoma, o puede atraparlos en una red de extorsiones emocionales que les impide crecer e individualizarse. El guerrero puede manifestarse en un compromiso activo con causas justas o en conductas violentas y destructivas. El amante puede ser un violador, una mujer que seduce histéricamente o alguien que provee amor de la manera en que la persona amada lo necesita y también como un pacificador. El mago puede presentarse como un estafador, un mentiroso compulsivo o como un inspirador de visiones y de propósitos cargados de sentido. Y así con cada arquetipo.

El gran saco

No todos los arquetipos se manifiestan en cada uno de nosotros, aunque todos están presentes, algunos aletargados y otros preponderantes. Lo cierto es que nos habitan, ya que están en el inconsciente colectivo, esa capa muy profunda de una especie de mente común a la que cada ser humano está unido como las islas y los continentes lo están a la plataforma submarina.

«Los arquetipos son estructuras profundas de la mente que todos los seres humanos heredamos de la historia y la experiencia de nuestra especie. Nos habitan a todos y de esos arquetipos tomamos las características de nuestra personalidad individual. Entre los definidos por Jung se encuentran la madre, la doncella, el adolescente eterno, el guerrero, el mago, el amante, el rey, el cuidador, el héroe, el bufón, el creador, el inocente, el dios, la diosa».

Y así como cobijamos a los arquetipos, también forma parte de nuestra psiquis la Sombra, función mental que el poeta, lingüista y ensayista Robert Bly (1926-2021), impulsor de los primeros movimientos de transformación de la masculinidad, definió como “el gran saco que todos arrastramos”. En ese saco invisible pero real ocultamos aquellos aspectos de nosotros mismos que rechazamos, negamos o nos avergüenzan: mezquindad, cobardía, egoísmo, envidia, estupidez, violencia, prejuicios, etcétera. Como su nombre lo indica, la Sombra es lo opuesto de aquello que mostramos a la luz, en el mundo, ante los demás. Es decir, las características por las cuales aspiramos consciente o inconscientemente a ser queridos, aceptados, admirados, deseados, respetados, incluidos. El traje caracterológico con el que salimos al mundo.

Claro está que, así como debajo de la ropa que vestimos está nuestro cuerpo desnudo, detrás de la personalidad que exhibimos está nuestra psiquis completa, Sombra incluida (aunque negada). Y solo podemos alcanzar nuestra individuación, explicaba Jung, a partir de un proceso de conocimiento y aceptación de la Sombra que nos es propia. Esto no significa que todo lo que ocultamos en ella desaparecerá. No será así, porque todo eso es parte de nosotros, pero será consciente. Sabremos quiénes somos (no solo quienes nos gustaría ser), estaremos en paz con nosotros, dejaremos de luchar contra aquello que nos constituye, habrá un proceso interno de aceptación e integración.

Vale repetirlo: que no aceptemos lo que ocultamos en la Sombra no significa que eso desaparece. Existe. Y al negarlo en nosotros, lo vemos en otros. Lo que más nos enfurece del otro, lo que más rechazamos de esa persona, suele ser justamente lo que más negamos en nosotros. No se trata de que el otro, la otra, carezca de ese aspecto que nos altera. No colgamos el saco de nuestra furia en donde no hay una percha. La percha existe, pero el saco es nuestro. La avaricia que detecto en la otra persona es el reflejo de mi avaricia, su egoísmo el reflejo de mi egoísmo, su soberbia la proyección de la mía.

Inventando enemigos

Y así como existe la Sombra de cada individuo, hay también, al igual que un inconsciente colectivo, una Sombra colectiva. Sombra de las familias, de las parejas, de los grupos, de los equipos y de las naciones. De las sombras de las naciones nacen los enemigos. El psicólogo junguiano Michael Daniels, de la Universidad de Liverpool, lo explica así en su libro Sombra, Yo y Espíritu: “El enemigo no es solo un objeto legítimo de la maldad consciente, sino que también se convierte en la diana apropiada para las proyecciones de la sombra inconsciente, tanto personal como colectiva. Por ello las acciones dañinas inmerecidas hacia nuestros enemigos suelen deberse a una compleja mezcla de motivos malvados, tanto conscientes como inconscientes. El enemigo es definido como malvado y por lo tanto tenemos la obligación moral de infligirle daño, hasta el punto incluso del genocidio”.

«Vale repetirlo: que no aceptemos lo que ocultamos en la Sombra no significa que eso desaparece. Existe. Y al negarlo en nosotros, lo vemos en otros. Lo que más nos enfurece del otro, lo que más rechazamos de esa persona, suele ser justamente lo que más negamos en nosotros».

De esta manera, cuando se presentan guerras como la que en estos días lleva a Rusia a devastar Ucrania, el simple horror ante lo que vemos y leemos o la proliferación de explicaciones y especulaciones de tipo geopolítico, no terminan de revelar la totalidad del fenómeno. Esta no será la última guerra, como ninguna (ni las más atroces) lo fue a lo largo de la historia humana. Tampoco ninguna lo será mientras subsista la creencia de que “el enemigo nos redime del mal y de que Dios y el bien están de nuestra parte”, como señaló el antropólogo Ernest Becker (1924-1974).

Las guerras entre países son la versión ampliada de las guerras que, siempre negando la Sombra y usando a los otros como pantallas para nuestras proyecciones, mantenemos en nuestro interior personal, entre aspectos que piden ser aceptados y otros que los niegan, o de las que sostenemos entre familias (y en el interior de una misma familia), entre vecinos, entre hinchas de equipos distintos, entre habitantes de provincias vecinas, entre devotos de distintas religiones. Guerras cotidianas, silenciosas o bulliciosas, ocultas o visibles. Guerras que no tienen ni pueden tener vencedores y que solo provocan dolor y destrucción, sea material, física, psíquica, emocional o afectiva. Guerras que nacen en la negación de la Sombra.

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