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Artes

13 enero, 2008

«La gente que se deslumbra con la estética se olvida de vivir»


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Pompi Gutnisky – Una reflexión sobre la decoración de las casas de hoy

Pom­pi es una re­co­no­ci­da fo­tó­gra­fa de mo­da y de­co­ra­ción. Des­pués de re­co­rrer tan­tos es­pa­cios, res­ca­ta las ca­sas con al­ma y cues­tio­na el afán de con­su­mo mo­der­no. Por Te­re­sa de Eli­zal­de. Fo­tos: Pom­pi Gut­nisky | Sur Press.

Hay ca­sas blan­cas. Bien mo­der­nas. Con si­llo­nes tan per­fec­tos que uno te­me sen­tar­se. Con bi­blio­te­cas enor­mes, pe­ro sin li­bros. Sin his­to­ria. Hay otras, en cam­bio, que parecen un cam­ba­la­che, don­de uno no sa­be si lo que ve es pu­ro de­sor­den. O pu­ro ar­te. Es­tán esos es­pa­cios más so­lem­nes y se­ño­ria­les. Y otros más jó­ve­nes y audaces. Hay quie­nes se atre­ven al co­lor y a la es­tri­den­cia, y a mez­clar lo vie­jo con lo nue­vo. Y quie­nes jue­gan a lo se­gu­ro, re­no­van­do ca­da tan­to, si­guien­do el dic­ta­do de la mo­da. “Sin du­da, las ca­sas son una ra­dio­gra­fía de sus ha­bi­tan­tes. Re­fle­jan su per­so­na­li­dad. Y en es­te re­co­rri­do que he he­cho en es­tos años, se pue­de ver de to­do, un aba­ni­co de es­ti­los, de­fi­ni­cio­nes y mo­das”. La que ha­bla es Pom­pi Gut­niksy, una re­co­no­ci­da fo­tó­gra­fa que lle­va años y años cap­tu­ran­do con su cá­ma­ra ca­sas que lue­go apa­re­cen en re­vis­tas de de­co­ra­ción de aquí y del mun­do.

Des­de la ex­pe­rien­cia

Pom­pi, que tie­ne 45 años, es­tu­dió ci­ne, y en to­da su obra se sien­te esa con­cep­ción del es­pa­cio ci­ne­ma­to­grá­fi­co, de lu­gar ha­bi­ta­do, de es­pa­cio abier­to a cual­quier re­la­to. Tra­ba­jó en va­rias pe­lí­cu­las (por ejemplo Ra­pa­do, de Mar­tín Rejt­man), en pu­bli­ci­dad; ob­tu­vo la pres­ti­gio­sa be­ca Kuit­ca, y su ca­rre­ra pro­fe­sio­nal fue per­fi­lán­do­se ha­cia la mo­da y la de­co­ra­ción, ám­bi­to en el que hoy es to­do un re­fe­ren­te. Su ojo en­tre­na­do le per­mi­te cier­ta se­gu­ri­dad al ha­blar. Y tan fuer­te es su con­vic­ción que ase­gu­ra que an­tes de fo­to­gra­fiar una no­ta de mo­da, por ejem­plo, tie­ne que re­co­no­cer el lu­gar, tie­ne que ins­pi­rar­se por el am­bien­te. En sus gus­tos por las ca­sas con “al­ma”, co­mo las lla­ma ella, es­tá el re­cuer­do de la in­fan­cia; de aquel ho­te­li­to en Al­ta Gra­cia donde ve­ra­nea­ba con su fa­mi­lia, en el que se ma­ra­vi­lla­ba por el ta­ma­ño de las ha­bi­ta­cio­nes, los col­cho­nes, la ven­ta­nas; la in­fluen­cia de una tía, Mar­ta, que via­ja­ba a los paí­ses nór­di­cos en bus­ca de pro­duc­tos de di­se­ño de van­guar­dia, muy mo­der­nos, pa­ra ven­der en un lo­cal que te­nía en la ca­pi­tal; del es­ti­lo del Tea­tro San Mar­tín, ese edi­fi­cio en ple­na ca­lle Co­rrien­tes, con sus te­chos al­tos, un si­llón bien ro­jo de pa­na y al­gu­na pa­red des­cas­ca­ra­da.

La luz en­mar­ca el ros­tro de la fo­tó­gra­fa en es­ta ma­ña­na cá­li­da de di­ciem­bre, y ella lo sien­te, vi­bra. Ha­bla de ca­da es­pa­cio, de ca­da lu­gar, de ca­da am­bien­te y del vín­cu­lo que nos ge­ne­ra­n.“Un es­pa­cio tie­ne que re­fle­jar tu per­so­na­li­dad, tie­ne que trans­mi­tir to­do lo que te gus­ta y no lo que al­guien di­ce que hay que po­ner. Hay co­mo un vér­ti­go pe­li­gro­so, to­do ca­du­ca muy rá­pi­do y se vuel­ve des­car­ta­ble; eso se refleja en las ca­sas. La gen­te quie­re cam­biar to­do rá­pi­do y va ti­ran­do las co­sas. Yo creo que un si­llón vie­jo, por ejem­plo, tie­ne una his­to­ria de­trás y que ésa es la gra­cia. Un pi­so de bal­do­sas an­ti­guo… un ba­ño con sus ar­te­fac­tos de épo­ca… Si to­do es nue­vo y per­fec­to, ¿dón­de que­da la his­to­ria”, se pre­gun­ta.

En­se­gui­da acla­ra que no es­tá en con­tra del di­se­ño con­tem­po­ráneo ni mu­cho me­nos. Es más, le fas­ci­na. “Me en­can­ta el di­se­ño de hoy, me pa­re­ce que hay mu­chí­si­ma crea­ti­vi­dad, se ven unas co­sas in­creí­bles, pe­ro es­toy con­ven­ci­da de que to­do eso con­vi­ve mu­cho me­jor con otros ele­men­tos car­ga­dos de his­to­ria. Ha­ce un tiem­po, me mu­dé a una ca­sa y, es cier­to, el pi­so te­nía la man­cha de una ma­ce­ta de la due­ña an­te­rior… La op­ción era plas­ti­fi­car. Pe­ro yo ni lo pu­de con­tem­plar. El pi­so era di­vi­no. Qué im­por­ta­ba la man­cha de la ma­ce­ta; me­jor, hu­bo una plan­ta ahí y es­tá el re­cuer­do. Pa­ra mí, el es­ti­lo es lo más im­por­tan­te, y hoy mu­chas ca­sas lo han per­di­do. Por se­guir los dic­ta­dos de la mo­da, mu­cha gen­te eli­ge gas­tar mu­chí­si­ma pla­ta en cam­biar la co­ci­na y el ba­ño, en vez de in­ver­tir en ar­te, por ejem­plo. No se atre­ven a de­co­rar con cua­dros ni a ju­gar. To­do tie­ne que ser per­fec­ti­to. Y las ca­sas se con­vier­ten en es­pa­cios anó­ni­mos”, ex­pli­ca la fo­tó­gra­fa.

Creer en uno mis­mo

Las pa­la­bras de Pom­pi pa­re­cie­ran con­tras­tar con un es­ti­lo que in­ten­ta im­po­ner­se, don­de la ma­yo­ría de las ca­sas son uni­for­mes, don­de el gas­to eco­nó­mi­co se cen­tra más, tal vez, en accesorios de última tecnología que en de­co­rar con ar­te. “¿Qué im­por­ta que los azu­le­jos no sean los que es­tán de mo­da? Hay una cier­ta im­po­si­ción y una uni­for­mi­dad que asus­ta. Uno se mu­da y tie­ne que te­ner to­do ya y aho­ra. Ca­da per­so­na gas­ta el di­ne­ro don­de más le pro­vo­ca, eso se­gu­ro; pe­ro con el vér­ti­go de hoy, con la com­pe­ti­ti­vi­dad que hay en­tre lo que yo ten­go y lo que tie­ne el de al la­do, creo que es un buen mo­men­to pa­ra de­te­ner­se y pen­sar: ¿Se jus­ti­fi­ca es­te gas­to? ¿Por qué es­toy cam­bian­do es­to? ¿Y si, en cambio, via­jo? ¿Qué va­le más: una co­ci­na con mi­les de dó­la­res aden­tro o un buen via­je con to­da mi fa­mi­lia? Son cues­tio­nes que mu­chas ve­ces no nos atre­ve­mos a pen­sar; ni si­quie­ra nos de­te­ne­mos an­te la po­si­bi­li­dad. Hay mu­cho mie­do al de­te­rio­ro, y lo más se­gu­ro es el cam­bio. Pe­ro las ca­sas tie­nen que ma­du­rar con uno. Al vi­vir­las, uno se da cuen­ta de si ne­ce­si­ta esa me­sa al la­do del si­llón, los co­lo­res en la pa­red… cuá­les te ha­cen más fe­liz. Lo que yo más va­lo­ro en una ca­sa es la luz y la tem­pe­ra­tu­ra. Lo sien­to en el cuer­po. En mi ca­sa, me gus­ta tal es­pa­cio por­que a la ma­ña­na tie­ne cier­to cli­ma, y por la tar­de me mu­do a otro…”.

Pom­pi re­cuer­da cuan­do ella era chi­ca y con su fa­mi­lia se mu­da­ron a un de­par­ta­men­to más gran­de. De un li­ving có­mo­do y ha­bi­ta­ble, pa­sa­ron a otro de gran­des di­men­sio­nes con un si­llón ta­pi­za­do en ro­jo en el cual na­die nun­ca se sen­tó. El li­ving era un es­pa­cio de pa­so que na­die ha­bi­ta­ba; só­lo co­bra­ba vi­da cuan­do lle­ga­ba al­gu­na vi­si­ta. Esa ima­gen de la in­fan­cia pa­re­cie­ra re­pe­tir­se hoy en algunas de las ca­sas que le de­pa­ra su la­bor pro­fe­sio­nal. Es­pa­cios per­fec­tos. Co­mo vi­drie­ras. Im­pe­ca­bles. Im­po­lu­tos. In­ma­cu­la­dos­.“Creo que la gen­te que se deslumbra con la es­té­ti­ca se ol­vi­da de vi­vir”, con­clu­ye Pom­pi.

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