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La felicidad es amar la vida tal cual es

A diferencia de muchos gurúes, Frédéric Lenoir se rehúsa a dar recetas sobre la felicidad. Desde su estudio en París, nos invita, en cambio, a una reflexión llena de vida y profundidad sobre la pregunta más importante que se hacen los seres humanos desde siempre.

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Frédéric Lenoir – Nació en Francia en 1962. Es filósofo, sociólogo y escritor experto en religiones. Escribió más de cuarenta libros, entre ellos Petit traité d’histoire des religions (Pequeño tratado de historia de las religiones), Dieu en question (Dios en cuestión), L’âme du monde (El alma del mundo) y Du bonheur, un voyage philosophique (La felicidad, un viaje filosófico).

Filósofo, sociólogo e historiador de religiones, director durante diez años de la revista Le Monde des Religions, Frédéric Lenoir acaba de publicar un libro que hoy es suceso en Francia: Du bonheur, un voyage philosophique (La felicidad, un viaje filosófico). Lejos de las típicas recetas que abundan en los libros de autoayuda, el autor realiza un recorrido a través de todas las teorías religiosas y filosóficas –de Oriente y Occidente– que atravesaron la cultura en torno al tema  de la felicidad, para que cada uno saque sus propias conclusiones y pueda seguir reflexionando. Autor reconocido, este filósofo de solo 51 años escribió más de cuarenta libros y ha vendido más de 2.500.000 ejemplares en toda Francia. Fascinado por el diálogo interreligioso, también es el autor de la novela El alma del mundo, que habla de lo que pueden ofrecernos las religiones. Su intención es, según dice: “Hacer más accesible la filosofía, la espiritualidad y la sabiduría a una mayor cantidad de gente, que hoy se plantea cuestiones en un mundo cada vez más complejo, en el que ya no hay certezas y donde hay, en cambio, cada vez más preguntas”.

–En una entrevista señaló que todo empezó a los 13 años, con la figura de Sócrates, cuando su padre le regaló El banquete, de Platón. ¿Qué se preguntaba a esa edad?

–Es cierto, ese fue el punto de partida. En la adolescencia  uno tiene los primeros cuestionamientos sobre el amor, y El banquete, de Platón, es un libro de filosofía sobre el amor. Ese fue el momento en el que empecé a hacerme preguntas más universales, como “¿Por qué estamos en esta tierra?”. Me preguntaba sobre la muerte, o qué sería una vida “realizada”. Trataba de alimentar mi búsqueda existencial, tal vez un poco espiritual, y pensaba: “¿Vinimos a esta tierra para ganar dinero, tener un buen trabajo, casarnos y tener hijos, o hay otra cosa? ¿Es la felicidad el fin de la vida?”. Todas estas cuestiones fueron tomando fuerza durante mi adolescencia y fue leyendo las primeras obras de grandes filósofos como Platón o Sócrates como encontré las respuestas a muchas de mis inquietudes.

–¿Cuáles fueron esas respuestas?

–Empecé a vislumbrar algunos conceptos. Sócrates nos dice que estamos en la tierra para lograr que nuestra alma se vuelva más noble. Y, finalmente, que la felicidad es la búsqueda de la verdad. Por eso, me dije: “Si la felicidad es la búsqueda de la verdad, quiero buscarla y no refugiarme en ilusiones ni mentiras. Quiero edificar sobre algo sólido, verdadero”. Al mismo tiempo empecé a interesarme en la psicología, en Freud y en Jung. Ese interés me permitió profundizar en mi búsqueda de lucidez sobre mí mismo y sobre el mundo.

–Más tarde también descubrió el budismo…

–Sí. Como no tenía la oportunidad de que Sócrates estuviera frente a mí para responder a mis preguntas, fui a buscar otros sabios maestros que pudieran ayudarme a avanzar en este cuestionamiento. Así, me encontré con los budistas, que hasta hoy siguen planteándose cuestiones acerca del sentido de la vida, el trabajo sobre uno mismo y la verdad. Descubrí que en pleno siglo XXI todavía podemos encontrar grandes maestros de la sabiduría y la filosofía.

–Cuando tenía 19 años, un amigo lo convenció para que leyera los Evangelios y eso, según sus palabras, lo emocionó hasta las lágrimas. ¿Qué fue lo que lo conmovió?

–Me gusta pensarlo en etapas. En un primer momento, llegué a hacer un trabajo personal a partir de mis propios cuestionamientos, y después, el budismo me condujo hacia un trabajo más interior, más existencial, en el sentido de un ejercicio espiritual. Pero cuando leí los Evangelios por primera vez, se produjo en mí una enorme conmoción. La persona y el mensaje de Jesús me atravesaron el alma. Al leer el Evangelio de San Juan, me detuve en el diálogo entre Jesús y la mujer samaritana. En ese instante, quedé extremadamente tocado por las palabras de este gran hombre, como si me hablara directamente a mí: “Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘Dame de beber’, acaso le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”. Sentí su presencia y tuve una conversión.

–¿Qué diferencia había entre el mensaje de Jesús y todo lo que había leído sobre Sócrates y Buda?

–Sócrates y Buda le hablaban a mi inteligencia y a mi mente; en cambio, el mensaje de Jesús tocó mi corazón, y así me hice cristiano. Las cosas que dice sobre la fragilidad, la humildad, la pequeñez frente al poder y la grandeza; la atención que brinda a cualquier ser humano; todo eso me pareció extraordinario y me sacudió. En este sentido, me he convertido en un discípulo de Cristo. Aunque no soy un católico practicante, no creo en los dogmas ni en la revelación, adhiero a la persona y al mensaje de Cristo.

–Durante muchos años, usted fue el director de la revista Le monde des religions (El mundo de las religiones). ¿Por qué la filosofía del siglo XXI debiera interesarse por las religiones?

–La religión es un hecho humano. No hay sociedad sin religión y sin creencias colectivas, y no hay nadie que en un momento dado de su existencia no se pregunte por el sentido de la vida. Por eso, las religiones que tratan de contestar esas preguntas merecen ser estudiadas y conocidas. Eso no quiere decir que el filósofo tenga que adherir a las creencias religiosas que investiga, pero sí reflexionar acerca de las respuestas que ellas aportan, porque nos ayudan a progresar.

–El concepto de la felicidad se ha banalizado con los años. ¿Por qué decidió escribir sobre el tema y qué podemos encontrar en el libro que no hayan dicho otros?

–La mayoría de los libros sobre la felicidad se encaran desde la perspectiva de la autoayuda, son simples recetas, pero no ofrecen reflexiones filosóficas. Lo que me propuse al escribir sobre la felicidad fue hacer el libro que habría querido leer cuando tenía 20 años, es decir, una verdadera síntesis de las grandes teorías sobre la felicidad, tanto de Oriente –budismo, taoísmo, hinduismo– como de Occidente –Montaigne, Shopenhauer, Spinoza, Freud–. Mi intención con este texto fue mostrar cuáles son las grandes cuestiones y complementarlas con la mirada de la ciencia contemporánea: ¿qué pueden aportar la psicología, la neurociencia o las emociones al concepto de la felicidad? Creo que allí radica la originalidad del planteo.

–¿Y qué descubrió con ese abordaje?

–Que a pesar de la diversidad de épocas y de culturas, hay puntos en común en la manera de reflexionar, de plantearse la pregunta de la felicidad, en algunos pensadores que nunca se conocieron entre sí. Montaigne, por ejemplo, dice cosas parecidas a las que dicen los sabios taoístas, como Lao Tse. A la inversa, Buda dice cosas muy parecidas a los historicistas y, a la vez, muy diferentes a los taoistas. Aquello que los une, lo que los acerca, es su sensibilidad filosófica y una misma mirada, aunque hayan vivido con dos mil quinientos años de diferencia. Traté de demostrar que no hay una sola verdad sobre la felicidad, hay muchas miradas posibles. La hipótesis es, entonces, que la concepción de la felicidad va a depender de la mirada que uno tenga de la vida, y que no hay una única teoría intelectual sobre la felicidad.

–¿Cuál es, entonces, su mirada sobre la felicidad?

–La felicidad es aprender a amar la vida tal cual es, y no como uno quisiera que sea. Los momentos de alegría, así como los más difíciles, pueden ayudarnos a ser mejores, a crecer, a conocernos mejor, a estar en comunión y en una relación de amor con los demás. Aprender a amar la vida es estar feliz y, al final, la gente feliz es la que le dice sí a la vida tal cual es; la que sabe disfrutarla, saborearla, mirar cada pequeño instante. La felicidad es ser conscientes de la suerte que tenemos de tener salud, buenos amigos, de poder participar en esa gran aventura de la vida, aunque haya momentos duros y de mucha tristeza. Apreciar la vida en este sentido, nos lleva a ser seres más profundos.

–Usted habla de apreciar la vida “tal cual es”. Pero ¿qué pasa cuando atravesamos crisis en nuestras vidas, como la muerte de un ser querido o una enfermedad terminal?

–Las crisis y los momentos dolorosos son pruebas que nos pone la vida; pruebas que nos ayudan a calar en lo más profundo de nuestro ser y nos llevan a comprendernos mejor a nosotros mismos y a los demás. A menudo, una enfermedad se manifiesta cuando a nuestro alrededor hay algo que no está bien o que no es correcto, y es la enfermedad la que viene a revelar ese desequilibrio. Además, la muerte es parte de la vida. Trato de aceptar la muerte y de vivir plenamente cada momento para estar listo para morir. Podemos morirnos en cualquier momento: en un accidente de auto, por un cáncer o alguna otra causa; por eso, tenemos que estar preparados. Cuando aceptamos la idea de la muerte, somos felices, pase lo que pase.

–¿Por qué cree que la religiones perdieron tanta popularidad en el siglo XX?

–En otros tiempos, la gente no se hacía tantas preguntas porque vivía en una sociedad con normas sociales más rígidas, donde la religión era algo que había que practicar porque formaba parte de una ideología colectiva. Hoy estamos en un mundo mucho más individualista y global. En ese marco, la gente tiene que discernir qué es bueno y qué no, y, por lo tanto, construir su propio camino de valores personales. En palabras de Kant, el hombre se ha vuelto adulto y ya no quiere obedecer como un niño, sino que quiere reflexionar y descubrir por sí mismo lo que es bueno para él. A partir de esa reflexión individual, nace la creencia o la no creencia religiosa de cada uno.

–Entonces, ¿el hombre moderno ejerció mejor su libre albedrío para elegir o no una religión? ¿Considera  que ahora estamos en un momento de cambio, quizá frente al fin del escepticismo?

–La modernidad hizo que el hombre desarrollara un espíritu crítico y con el tiempo se sumaron el individualismo y la globalización. Estos tres puntos atacan directamente a las religiones. El espíritu crítico nos ayudó a discernir lo bueno y lo malo para nosotros mismos, y eso incluía creer o no en una religión. El individualismo nos hizo buscar nuestro propio bienestar más allá del interés colectivo, y la globalización nos mostró que existen muchas religiones y cosmovisiones del mundo. Eso llevó a las sociedades a relativizar el concepto de una verdad única.

–¿Por qué cree que el cristianismo perdió adeptos?

–El cristianismo se alejó de la gente porque se transformó en un conjunto de dogmas en los que había que creer, en reglas que había que practicar; básicamente, en una moral. Hoy en día las personas buscan algo que los ayude a vivir mejor, una sabiduría de vida, una experiencia espiritual potente. El cristianismo se volvió muy rígido. Por eso, muchos cristianos comenzaron a interesarse en espiritualidades más concretas, como el budismo o el confusionismo. Lo que mantiene vivo al cristianismo son las vertientes que permiten a los creyentes realizar experiencias espirituales más místicas, como es el caso de la renovación carismática. Los católicos siguen fijados en las reglas.

–¿La fe y la felicidad van necesariamente juntas?

–Sí y no. No hay oposición entre fe y felicidad, pero una no implica a la otra. Hay gente que no tiene una fe religiosa, pero ama y tiene confianza en la vida. No hace falta creer en un Dios exterior para ser feliz; se puede tener fe en la vida, lo que deja abierta la cuestión de Dios.

–¿Existe alguna diferencia entre cómo se aproximan a la felicidad los hombres y las mujeres?

–Las mujeres se conectan más rápidamente con las realidades presentes y concretas de la vida; por eso, son más felices. Tienen una mayor facilidad para los vínculos, para la comunión con los demás. Eso crea más amor y sinergia. Los hombres, en cambio, están más a menudo en la búsqueda del poder, en la competencia, y esa rivalidad los hace infelices. Todos los estudios sociológicos muestran que lo que nos hace infelices es compararnos con los demás, algo que los varones hacen muy seguido, sobre todo en relación con su éxito profesional.

–¿Cuáles son las preguntas que todo ser humano debería hacerse antes de morir?

–La primera pregunta que me haría es si pude realizar mis deseos de juventud. La segunda, si todavía estoy en conflicto con la gente a mi alrededor o si estoy en paz con ellos. Si estoy enemistado, buscaría la forma de reconciliarme. No me gustaría partir estando en conflicto con mi prójimo. La gente que en su vida cotidiana aprendió a ser feliz, a mirar, a amar, a escuchar a los otros, a tener paz interior morirá tranquila, en el mismo estado que vivió cada instante de su vida.

Por Isabel Martinez de Campos y Josefina Romero.

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