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La familia de suizos que eligió la Argentina para transformar su vida

De analista financiero a productor agropecuario argentino, la vida de Egon Tschol dio un giro radical cuando decidió, junto a su familia, cambiar su agitada rutina europea por la tranquilidad de un pueblo bonaerense.

Los Tschol viven en Tornquist, una localidad bonaerense cuyo paisaje les recuerda a su tierra.

Por Luz Martí

Egon Tschol (51) trabajaba como analista financiero, tarea bastante habitual en su país, paraíso de bancos y de altas finanzas. Vivía en Wilchingen, a 50 kilómetros de Zurich, con Bea, su mujer, y sus hijas Fionna (19) y Zoe (21). Aunque de apariencia perfecta y apacible, su vida estaba atravesada por el estrés de demostrar constantemente la certeza de sus decisiones, el éxito de sus resultados y de permanecer día y noche, los siete días de la semana, a disposición de sus clientes e inversores ubicados en distintos países del mundo. Bea (56), por su parte, más aventurera y con un gran deseo desde su adolescencia de establecerse en algún país que no fuera el suyo, trabajaba como asistente social con jóvenes con problemas serios de adicciones o de conducta.

El horizonte de Egon empezó a cambiar cuando, cerca de los cuarenta años, decidió realizar una experiencia en la montaña junto a un pequeño grupo de personas, en un lugar a 1200 metros de altura al que solo se podía acceder por medio de un cable carril. Guiados por un viejo conocedor de la vida natural y autosustentable, solo contarían con lo mínimo indispensable para sobrevivir. El resto, se lo debían procurar ellos mismos allí. 

Fue entonces donde descubrió que, como hoy reconoce, “Solo sabía jugar con el dinero. Era incapaz de proveerme mi propio sustento, mi abrigo; ni de cubrir ninguna de las necesidades básicas sin comprar los elementos necesarios ya manufacturados. No sabía hacer nada”.

Se enamoró de esa sensación de desafío, libertad y esfuerzo, compró un pequeño campo cerca de su casa y empezó a aprender agricultura y a criar caballos. Conoció la permacultura y la producción orgánico-dinámica; comenzó a respetar las leyes de la naturaleza y a trabajar sin contradecirlas y sintió que eso, de alguna manera, le tocaba el alma. A partir de ese contacto con el entorno, sus deseos de empaparse más en la vida natural y autosuficiente fueron en aumento. Visitaron Polonia y Austria en busca del lugar ideal que imaginaban, cuando, de repente, un día, apareció la opción de la Argentina. 

¿Cuál era su principal deseo respecto de esa nueva vida? «Soñábamos con intentar salirnos de la ruta, hacer nuestro camino sin acatar mandatos impuestos que nos hacían cada día más insensibles. Buscábamos llevar otro estilo de vida de trabajo duro, pero más simple y menos presionante, y contactar con nosotros mismos. Pero, para eso hacía falta disponer de un tiempo que en Suiza no teníamos», dice Egon en un castellano clarísimo. Con él y su mujer hablamos para saber más sobre esa aventura que los trajo a nuestro país.

Egon es feliz en el campo, donde junto a su mujer y sus dos hijas elige la vida natural y autosustentable.

¿Por qué abandonar un país tan organizado y que se percibe ideal? 

—Egon: Nuestro país, al final, resulta demasiado organizado. Nos sentíamos en la rueda de un hámster. Correr siempre para sostener una buena casa, un buen auto, un buen nivel de vida, sabiendo que todos los días serían iguales, que el espacio para la creatividad podía verse como peligroso. Nuestra idea era alejarnos de tantas presiones laborales y de la poca libertad de decisión que existe en Suiza. 

—Bea: Nosotros nos consideramos gente con suerte y confianza en la vida, y queríamos arriesgarnos para buscar algo mejor. En Suiza estábamos acostumbrándonos a lo que no queríamos, como la rana en el agua que se va calentando de a poco y no se da cuenta. Pienso que la sociedad suiza ha ido perdiendo sus pasiones en pos de una buena vida cómoda. Con esto sentimos que logramos algo que soñábamos.

¿Por qué elegir la Argentina?

—Egon: Estudié el tema en profundidad. No te olvides que soy un analista financiero — señala con picardía— acostumbrado a examinar propuestas y revisar nuevas posibilidades. Leí mucho, evalué las opciones y sentí que la Argentina podía ser el lugar indicado. Si no hubiese confiado, no habría traído a mis hijas.

¿Cómo llegaron al pueblo de Tornquist, a 650 km de Buenos Aires, muy cerca de la Sierra de la Ventana?

—En 2018 vinimos a buscar sitios. Queríamos poder ver montañas que nos recordaran a nuestro paisaje suizo. Anduvimos mucho y vimos muchos campos sin que ninguno nos convenciera. El último día, estando en Tornquist, ya sin nada que hacer antes de volver a casa, nuestro guía argentino nos dijo: “Acá vive un suizo, si les parece podemos ir a verlo, así charlan”.

La familia cría animales y produce semillas de trigo, miel, huevos, pepinos y otras verduras.

El suizo resultó ser vendedor de su campo y Egon, sin dudarlo, viendo que tenía árboles, casa y vista a las sierras, lo compró. Sin embargo, por la pandemia, su llegada debió demorarse bastante tiempo. Con el plan en marcha volvieron a su país, vendieron la casa y el campo y organizaron una mudanza que no era sencilla, ya que para trasladar animales necesitaban una visa especial del consulado argentino. Con los pasajes para la familia y para sus caballos comprados, el consulado seguía sin entregarles la visa de entrada y Egon pidió que, al menos, les hiciesen algún papel que dijere que ya habían presentado lo requerido y que el permiso estaba en trámite. Lo consiguió y, en un acto “muy poco suizo”, se subió al avión con su documentación precaria, corriendo el riesgo de que, por ser insuficiente, lo enviaran de regreso sin siquiera bajar en Buenos Aires.

La llegada estuvo marcada por el estrés. El empleado de Migraciones, desinformado y temeroso de equivocarse, se detuvo sin saber qué era ese permiso y luego de tratar de entenderlo sin éxito, desapareció muy serio para consultarlo con su jefe. Poco después reapareció más animado y, mientras sellaba la autorización de entrada, con una sonrisa les dijo: “Bienvenidos a la Argentina”.

Divertida, Bea cuenta que su llegada fue al día siguiente y que fue así que comenzó su aventura rural con sus hijas, a 11.000 km de casa.”Fue el 25 de noviembre de 2020, con una Argentina caótica, desbordada de emociones y desobediencia frente a la muerte de Diego Maradona. No nos olvidaremos de esa fecha y tampoco que, por la pandemia, debimos esperar cerca de ocho meses más para reunirnos con todas nuestras cosas: muebles, ropa y efectos personales”. 

Me imagino que proponer semejante cambio de vida a dos adolescentes no habrá sido fácil. ¿Qué decían las chicas?

—Egon: Las chicas conocían desde hacía tiempo nuestros deseos de emigrar. No fue una sorpresa. No conocían Argentina y si bien a Zoe le gustó la idea desde el primer momento, Fiona no se oponía, aunque dudó más frente a unas perspectivas de vida que le resultaban inciertas. Se preguntaba qué iba a hacer, si podría estudiar o trabajar. Hoy están muy adaptadas y nos ayudan mucho con las tareas del campo, aunque Fiona ya se inscribió en la Universidad del Sur, en Bahía Blanca, para empezar Arquitectura.

¿Cómo son sus actividades ahora?

—Trabajamos todo el día en las labores de campo solos, sin ayuda externa. Elegimos arar, sembrar y cosechar de una manera casi medieval, a mano, o con pequeñas máquinas simples que fuimos consiguiendo, tiradas por caballos. También le dedico unas horas al día a asesorar en sus inversiones a algunos pocos clientes que conservo.

«Los trigos que cultivamos pertenecen a las variedades conocidas como ‘trigos antiguos'», dice Egon.

¿Qué producen en el campo?

—Me interesa mucho rescatar la pureza de ciertas especies de trigos. También producimos camelina y cártamo de los que se extraen aceites comestibles o para productos de belleza, muy ricos en propiedades. Los trigos que cultivamos pertenecen a las variedades conocidas como “trigos antiguos”, una de las cuales, el emmer, tiene cerca de 10.000 años (de hecho, era la variedad que sembraban en el Egipto de los faraones) y el espelta, de buenas virtudes nutricionales, se remonta a unos 4.000 años.
Por ahora estamos en fase de producir solo semillas en cantidad para poder sembrar más adelante y molerla para hacer harina para pastas y panes. Por suerte, hay un molino orgánico a pocos kilómetros de acá, en Saavedra. Para nuestro consumo propio producimos miel, huevos, pepinos y otras verduras. Hemos plantado muchos frutales que aún son pequeños. En el futuro pensamos elaborar nuestras propias harina, aceite, polenta, papas y carne.

Para mantener la pureza original de la raza, los Tschol crian caballos Freiberger, de raza suiza.

¿Qué caballos trajeron? ¿Están protegiendo esa raza para que no desaparezca?

—Otra de nuestras pasiones son los caballos Freiberger, de raza suiza. Apuntamos a mantener su pureza original, ya que las cruzas con otras razas los han ido convirtiendo en más ligeros, alejándolos de los animales para tareas agrícolas que fueron en su origen, hoy reemplazadas por máquinas.

¿Qué aprecian más de esta nueva vida?

—Ponernos a trabajar con las manos, al aire libre y puro, en contacto con la tierra y con los animales nos cambió la vida. Desaparecieron las presiones extremas y rescatamos cosas como las horas en familia, las visitas espontáneas de nuevos amigos, el tiempo de reflexión que favorece el autoconocimiento.

¿Qué encontraron acá?

—Egon: Si bien estamos muy agradecidos a todo lo que Suiza siempre nos dio, la Argentina es un lugar inmenso, más libre, y con menos reglas agobiantes. Allá tenés seguridad garantizada, pero no podés salir del engranaje establecido porque hacerlo te complica mucho la vida diaria. Acá vi cumplido uno de mis deseos como productor: tener permiso para ser creativo y hacer mis propias experiencias sin rendir cuentas a nadie, cosa que, en Suiza, con los subsidios, es imposible e impráctico: la imposición de qué producir es del estado, pero el riesgo recae solo sobre el productor. 

—Bea: Acá encontramos gente amable, “gente de corazón”, abierta, tolerante, que nos ayuda y apoya. Logramos amigos gracias a que en la zona viven muchos descendientes de alemanes que, al principio, fueron nuestros interlocutores y guías en muchas cosas. Del dueño anterior, no solo heredamos algunos animales, objetos y herramientas, sino también amigos que nos recibieron con los brazos abiertos.

Bea, fascinada con los recursos y las personas de la Argentina, trabaja en el campo junto a sus hijas.

¿Qué sienten que aprendieron con esta decisión?

—Bea: Suiza puede ser muy estresante. Hay mucha presión laboral para mantener el nivel de vida, el ritmo es agotador y no deja tiempo para conectar con uno mismo. Aquí todo es menos estructurado, aunque debimos aprender a ser más pacientes con los tiempos ajenos, pero eso, a la vez, nos hace disfrutar de una tranquilidad provinciana. Argentina nos da mucha privacidad y una cantidad de espacio que en nuestro país sería impensable.

Ambos disfrutan junto a sus hijas de su casa en “U” edificada entre 1877 y 1900, con construcciones anexas y un enorme palomar donde flamean las banderas suiza y argentina. Tienen muebles macizos, paneles solares que los proveen de energía y un patio donde se reúnen a comer o a charlar con amigos, por el que desfilan perros, gatos y gallinas. Se los ve felices, relajados, curtidos por el sol. La posibilidad de animarse a salir de la vida urbana para satisfacer sus necesidades básicas trabajando con las manos y poniendo el cuerpo y el alma les brindan un aplomo y una seguridad que se notan.

Creen que lo conseguido con trabajo y constancia resulta vital para volver a nuestra escala humana, nos muestra nuestros propios límites y nos enseña a reconocer aquello que somos capaces de lograr solos, pero también gracias al trabajo conjunto.

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"La mente que se abre a una nueva idea jamás volverá al tamaño original". 

Albert Einstein