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Salud

18 noviembre, 2011

La estafa de las dietas

Los regímenes extremos están destinados al fracaso, son peligrosos y terminan en descontrol. Existen formas equilibradas de lograr un peso saludable. Por Viviana Alvarez.


 

Hagamos un ejercicio; vamos a tratar de recordar cuántas dietas hicimos desde la adolescencia. Están, por ejemplo, la de la Luna, la del astronauta, la de la zona, la de las sopas, la de los licuados, la de los bocados, la del Paleolítico, la disociada, la de las 600 calorías por día o la de seis comidas diarias… Seguramente nos estamos olvidando de alguna, pero lo más probable es que ninguno de estos regímenes haya sido la solución para nuestros problemas de sobrepeso. Lo que sucede es que las dietas que prometen milagros no tienen sustento médico y tampoco nos ayudan a establecer una relación sana con la comida. Entonces, el destino inevitable es la frustración y más kilos, porque está comprobado que cuantas más dietas hacemos, más subimos de peso y más nos cuesta superar el sobrepeso y la obesidad.

Para vencer el círculo vicioso de sobrepeso, dietas convencionales y decepción, tenemos que ser conscientes de que los regímenes que nos hacen pasar hambre extrema o que hacen desaparecer los kilos como por arte de magia son una estafa. Ahora existe un nuevo paradigma de alimentación basado en aprender a acercarnos a la comida de una manera saludable con el fin de curarnos de la obesidad, la epidemia que amenaza a gran parte del mundo. ¿Por qué comemos sin hambre? ¿Qué estamos depositando en la comida?

Un sistema que ya no funciona

“Hay varios motivos por los cuales las dietas convencionales no funcionan, pero hay dos que son muy claros: los seres humanos necesitamos todos los días una dosis de calorías y una dosis de placer, y los regímenes nos quitan esas dos cosas”, dice la doctora Mónica Katz, directora del Curso de Posgrado de Nutrición Clínica de la Universidad Favaloro e impulsora del concepto de No dieta, que está en contra de la abstención extrema o de castigar el acto de comer como si fuera un delito.

Katz, que en la actualidad trabaja en una investigación para saber cuánta gente hace dieta en la Argentina, asegura que están agotados los regímenes de 600 calorías, los que obligan a cerrar la boca o los que prohíben alimentos como las pastas o los postres, porque está demostrado que cualquier régimen que se base en la restricción es perjudicial para nuestra salud física y anímica. Una de las consecuencias negativas de estas dietas es lo que conocemos como “efecto rebote”, o sea, bajar de peso y volver a subir.

“¿Cuánto tiempo se puede vivir con 600 calorías? –se pregunta la nutricionista Viviana Wons–. Las personas que siguen estas dietas entran en abstinencia, pero no pueden aguantar mucho tiempo sufriendo, y cuando aparece una comida tentadora, no pueden resistirse. Entonces, caen en el descontrol porque durante el tiempo que estuvieron a dieta no aprendieron recursos para adelgazar; sólo siguieron un plan basado en privaciones. Lo que nadie les dice antes de empezar este tipo de dietas es que una persona que sufre el efecto yo-yo tarda cada vez menos tiempo en recuperar el peso y más tiempo en bajar lo que subió. Esto quiere decir que si una persona que pesaba 85 kilos llegó a los 75, cuando vuelva a aumentar, llegará a 87. Se rompe el techo del sobrepeso y así es como se crean los grandes gordos”.

Pero, además, cuando una persona come muy poco por mucho tiempo, comienza a adelgazar más lentamente. Esto se debe a que el organismo siente que se enfrenta a un período de hambruna y se resiste a gastar sus reservas.

Tal vez, antes de iniciar una dieta tan estricta, debamos pensar que, en cuestiones de nutrición, la restricción termina en el descontrol. Pinky Zuberbuhler es piloto de avión, maratonista y también nutricionista. Para ella, las dietas tradicionales no funcionan, pero se adoptan porque la gente quiere resultados rápidos. Sin embargo, tarde o temprano, el cuerpo reclama todo lo que reprimió. Si nos privamos de comer una medialuna, es probable que terminemos comiendo doce. En cambio, si nos damos el gusto de disfrutar de una medialuna con un té, el antojo se va.

Lo que se oculta debajo del plato

“La comida sirve para calmar la sensación de hambre o cuando se necesita una dosis de placer. Si estoy enojada, triste o aburrida, tengo que saber por qué. Hay mucha gente que come por aburrimiento o porque necesita un estímulo, y el cerebro es un enamorado de los estímulos polisensoriales como los que ofrecen los alimentos”, dice Katz.

Éstos son los casos en los que la comida funciona como obturador de emociones positivas y negativas. Comemos por angustia, si tenemos un problema, pero también comemos para celebrar una buena noticia. En las nuevas formas de dietoterapia, los nutricionistas guían a sus pacientes para que aprendan a separar los factores emocionales de lo que tiene que ver con sus hábitos alimentarios.

“Si una persona está triste, no debe pelear contra lo que siente. Quizás, esa tristeza está expresando algo. Tanto insistimos con el hedonismo que nos convencimos de que no tenemos que sentir nada malo y, a veces, un dolor de rodilla me está diciendo que no puedo entrenar. Lo peor es tapar –dice Katz–, porque cuando la gente tapa, en lugar de sentarse a escribir, tocar la guitarra, hacer jardinería o escribir, va a comer, y no es recomendable recurrir a la comida cuando estamos fuera de la zona de confort emocional”. En muchas oportunidades, buscamos en la comida lo que ella no nos puede dar y, por eso, tampoco encontramos lo que deseamos.

Por otro lado, uno de los recursos más efectivos para bajar de peso es aprender a decir no. Sin embargo, a veces, nos cuesta tanto poner un límite que terminamos reprimiendo muchas de nuestras emociones y, literalmente, nos acostumbramos a tragarnos las cosas que no nos gustan. Así, todos los “No” que callamos, los comemos y eso se refleja en la balanza.

El cuerpo paga el precio

Ya sabemos que las dietas de 600 calorías por día son perjudiciales porque producen efecto rebote y, sobre todo, porque nos debilitan: carecen de proteínas, vitaminas, minerales, calcio, grasas y fibra, entre otros nutrientes. 

Sin embargo, en la tele, en las revistas o en libros, siempre tenemos a mano otras dietas que parecen mágicas, pero nunca dan resultados sostenibles y tampoco son inocentes. Pinky Zuberbuhler explica cuáles son los riesgos que encierran:

•Las dietas shock hacen adelgazar rápidamente, pero en lugar de perder grasa, que es lo que nos hace engordar, eliminamos líquido y músculo. Además, los regímenes de menos de 1000 calorías provocan cambios de humor, irritabilidad, obsesión por la comida, depresión, lentitud mental, letargo y cuadros compulsivos alimentarios.

•Los planes proteicos son tentadores porque permiten bajar rápido, pero hay que tener en cuenta que pueden sobrecargar los riñones debido a que la proteína es el único nutriente que tiene nitrógeno y que debe eliminarse por la orina. A largo plazo, existe el peligro de generar insuficiencia renal.

•Las dietas recurrentes o con pastillas generan efecto rebote. Esto significa que cada vez que volvemos a ganar peso, cuesta más trabajo bajar y cada vez se suben más kilos. Es como si se elevara el umbral de sobrepeso.

Basta de comprar buzones

Después de años de trabajo con personas que terminan obesas y frustradas tras haber creído en soluciones milagrosas, la doctora Katz llegó a la conclusión de que someterse a dietas estimula el sobrepeso. De hecho, en su libro No dieta, Katz señala que los regímenes no llevan a un descenso sostenido de peso ni son saludables. La gente que es adicta a las dietas pierde, en promedio, entre un 5 y un 10% de su peso inicial en unos seis meses. Sin embargo, casi dos tercios de ellos recuperan más kilos que los perdidos en cuatro o cinco años. Entonces, ¿por qué seguimos cayendo en la trampa?

Katz asegura que muchos de estos métodos continúan vigentes porque los pacientes no somos lo suficientemente críticos.

“Nos han convencido de que el problema es nuestro y no de una estrategia que no funciona. Si una dieta no es eficaz, la culpa es mía porque soy una gorda golosa que no puede cerrar la boca. Si yo no puedo, ¿por qué voy a protestar?; es una falla mía, un fracaso mío. Justamente lo que quiero denunciar es que lo que ha fracasado es la dieta como institución y es tiempo de instalar una nueva dietoterapia”, dice Katz.

No tenemos hambre, pero comemos

Uno de los aspectos de los nuevos paradigmas de la dieta es descubrir qué relación existe entre el hambre real y cuándo comemos, por qué comemos y cuánto comemos. “Hoy nadie se pregunta por qué come; la gente come porque es la hora, porque la distancia entre la comida y la boca es más corta que el brazo o por hambre emocional”, dice Katz.

Sin embargo, la sensación de hambre real está sepultada bajo una montaña de estímulos. “Por un lado, nos dicen que aunque tengamos hambre no tenemos que comer y, por otro lado, nos dicen que tenemos que comer cada tres horas para no sentir hambre. La verdad es que tenemos que comer cuando realmente sentimos hambre, no porque es la hora”, aconseja la nutricionista.

Para Katz, la sensación de hambre comienza a perderse desde la infancia. “Los papás hacemos bastante para que los chicos no tengan registro de hambre cuando violentamos la oferta de comida y la saciedad. Algunos autores sostienen que, entre los 3 y los 5 años, los niños regulan perfectamente lo que comen de acuerdo con el hambre que tienen. Pero con todos los estímulos que reciben, después de los 5 años se convierten en completadores que comen todo lo que tienen adelante hasta “completar” lo que les sirvan.

Nuevas formas de comer

Pinky Zuberbuhler, autora del libro Nutrición del alma, está convencida de que no importa qué comemos, sino cómo comemos. Por eso, una de sus recomendaciones es evitar las creencias cerradas sobre lo que engorda, lo que no engorda o cuántas calorías tienen los alimentos. “Si uno piensa que algo que come lo va a hacer engordar, seguro va a aumentar de peso. Lo ideal –continúa Pinky– es tener una visión benévola con uno mismo, agradecer los alimentos, bendecirlos. Hay que tomar conciencia de que comemos para vivir y de que el cuerpo necesita todo pero, fundamentalmente, necesita buenos hábitos. De esa manera, podremos adelgazar”, asegura.

En el manejo de sobrepeso, se considera exitoso aquel que adopta una alimentación equilibrada, que realiza actividad física planificada, que aprendió a controlar la ingesta para responder a las demandas reales de hambre y saciedad, y que cuenta con recursos para manejar sus emociones. “Con estos pilares –dice Katz–, se garantiza un descenso lento y posible de mantener en el tiempo”. Así, se estima que es posible adelgazar el 10% del peso inicial en seis meses.

Por supuesto, estos objetivos se logran con el respaldo de un profesional. “Dieta significa orden, y cuando estamos descontrolados, necesitamos que nos orienten –dice Viviana Wons–. Es necesario establecer un compromiso con el médico, tener a quién recurrir cuando surgen dudas o tentaciones, tener a alguien que registre lo que comemos, que nos ayude a diseñar un plan de actividad física”.

De esta manera, es posible modificar e incorporar hábitos. En cambio, las dietas shock no dan tiempo para aprender recursos que permitan mantener el descenso de peso o para que el cuerpo se adapte a los cambios. Al bajar rápido, no se valoran los logros, y lo que se perdió rápido se vuelve a ganar más rápido aún. Por el contrario, una persona que tardó dos meses en bajar dos kilos, antes de darse un atracón, lo va a pensar.

Cuando nos cansamos de sufrir y de frustrarnos con las dietas convencionales, podemos darnos cuenta de que existe otra opción: la de aprender cómo funcionan nuestra cabeza, nuestras emociones, y tener una buena relación con la comida y con nuestro interior. Las dietas que conocemos sólo nos llevan al desorden; abandonar ese modelo implica retomar el control de la mente y el cuerpo.

Las mentiras de las promesas mágicas

Cómo se pueden reconocer las dietas que no dan resultado y, además, ponen en riesgo nuestra salud.

Suenan demasiado bien para ser verdad: Si bien adelgazar y mantener un peso saludable no debe significar un sacrificio, siempre implicará cambios de hábitos. Si algún tratamiento suena mágico, lo mejor será desconfiar.

Eliminan un grupo completo de alimentos: Los seres humanos hemos llegado hasta aquí comiendo de todo. Si nos proponen eliminar harinas o carne, sospechemos, porque estamos poniendo en riesgo nuestra salud. No podemos estar sanos si eliminamos nutrientes y no hay suplementos que reemplacen una alimentación balanceada.

Nos obligan a comprar un producto: En todas las dietas, la utilización de productos como suplementos, drogas, cremas o preparados debe ser optativo. Cuando se impone como una obligación, hay que averiguar por qué se utiliza y qué aval científico tiene.

Prometen descenso rápido: Cuando el descenso es acelerado, es posible que estemos perdiendo líquido y músculo en lugar de grasa. La composición saludable de cada kilo que se baja es 75% de grasa y 25% de músculo, lo que sucede si se pierde un 1% del peso actual por semana, no más que eso.

Prometen que uno no pasará hambre: Cuando se desea adelgazar, se debe aprender a sentir hambre, a detenerse, y sentir saciedad con una porción más pequeña de alimento. Es difícil bajar de peso si no se siente la diferencia entre los alimentos  que nos hacen engordar y los hábitos saludables que nos ayudarán a restar kilos.

No se apoyan en evidencias científicas: Como no hay demasiada regulación sobre las dietas, es conveniente que estemos atentos a algunos datos. Ninguna dieta debe aportar menos de 1200 calorías y debe incluir carnes, quesos y huevos como fuente de proteínas; cereales, pastas, frutas y verduras como fuentes de hidratos de carbono, y aceites de buena calidad que aporten grasas.

No alertan acerca de los riesgos: Hay que preguntar para saber lo que no nos dicen. Todas las dietas implican algún grado de estrés porque representan un cambio de vida y porque el cuerpo vive el descenso de calorías como una alerta. Las dietas de menos de 1000 calorías diarias que son muy bajas en nutrientes o las que son ricas en proteínas pueden provocar problemas renales.

Son universales: Cada persona es única y requiere una combinación especial de comida y actividad física. No son serias las dietas impresas, que no son personalizadas, no manejan edad, gustos, estados clínicos o niveles de sobrepeso.

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