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Ecología

27 febrero, 2023

La Esperanza, un campo de flores silvestres que invita a reconectar con la naturaleza a pocos minutos de la ciudad

En la localidad de 20 de Junio, partido bonaerense de La Matanza, una ex publicista convirtió una vieja caballeriza en un emprendimiento, del que también participan otras mujeres, que abona una tendencia en auge: vincularse más con las plantas, la tierra y las semillas.


La Esperanza, un campo de 1903 que dedica una parte de su extensión a la producción de flores silvestres.

Texto y fotos: Carolina Cattaneo

Cotorras y palomas superponen sus cantos en una melodía de paisaje pampeano que proviene de lo más alto de una fila de enormes eucaliptos. Así anticipan un verano inminente, que en esta antigua estancia bonaerense se compone de la silueta de un mar de flores: hay espuelas de caballero de color azul violáceo, hay amapolas rojas, también hay rosas, margaritas, achileas y salvias. Varias filas de canteros bordean una antigua caballeriza y, más allá, junto a un estanque circular, bulbos de dalias laten en silencio y, bajo tierra, se preparan para alcanzar su esplendor en las cercanías del otoño de 2023.

La anfitriona, que va de aquí para allá ajustando detalles para un encuentro copado por asistentes mujeres, es Lourdes Grandinetti, una mujer de 45 años, mamá de tres hijos adolescentes y casada hace 20 con el padre de sus chicos, que un tiempo atrás eligió archivar el título de Licenciada en Publicidad para dedicarse al cultivo de flores silvestres y aprovechar un pedacito del campo familiar para acercar a la gente a la naturaleza a través de distintas propuestas, como talleres o voluntariados. Hoy lo hace aquí, en La Esperanza, un establecimiento rural de la localidad de 20 de Junio en el que, salvo por una lejana formación del tren Roca que se ve pasar en paralelo con la línea del horizonte, nada indica la cercanía con la vida urbana y la proximidad con la Ciudad de Buenos Aires, pese a los escasos 35 kilómetros que las separan.

Lourdes Grandinetti es la creadora de este emprendimiento en la provincia de Buenos Aires.

Las visitas y voluntariados son una actividad ya consolidada en La Esperanza entre los amantes de la naturaleza.

Scabiosas, daucus y espuelas de caballero, algunas de las especies que se cultivan en La Esperanza.

Lourdes no está sola hoy. Además de un grupo de unas 20 personas que llegamos hasta allí atraídas por un posteo de Instagram con la promesa de pasar “un día para conocer el ciclo de vida en el campo a través de sus flores silvestres, evocar todos los sentidos y conectarnos con la naturaleza”, la acompañan otras mujeres que, de alguna u otra manera, participan de su emprendimiento o se suman como co-anfitrionas en experiencias abiertas al público que, proyectan, se repetirán en cada estación.

Esta vez, un miércoles cercano al verano y debajo de la fila de enormes eucaliptus, Emilia Zavaleta, del proyecto Mulanas, convoca a las asistentes a una ronda de lectura de textos relacionados con la tradición, el campo y las flores. Mientras lee a José Hernández o a Alfonsina Storni, unos metros más alejada, entre flores y canteros, pala en mano, Gabriela Kricorian hace hoyos, planta, va y viene con la carretilla, riega: como jardinera y paisajista especialista en flores silvestres, Gabriela oficia de directora creativa del proyecto y viaja asiduamente a La Esperanza y es quien cuida que las plantas sigan el curso esperado hasta su floración y cosecha. Su colega Irina Yanco hace lo suyo también esta mañana; ella se dedica al cultivo de dalias y rosas y es quien viene acompañando a Lourdes en su proyecto para que, sobre el final del verano, un nuevo punto de atracción natural se haga realidad alrededor del estanque: la explosión en flor de dalias y rosas. Hoy también está aquí María Sutton, florista, que en esta ocasión nos enseñará a las asistentes a armar un ramo silvestre. Mientras cada una, como hormiguitas laboriosas, procuran que su tarea esté bien hecha, Florencia Romero —a cargo de la producción del encuentro— prepara una mesa de ensueño debajo de la sombra de los árboles y hace que cada instante de esta jornada quede registrado en las redes sociales.  

Así las cosas, en esta campo ubicado en una arteria profunda del conurbano bonaerense, la cita es con las plantas, las semillas y la poesía, todo bajo un cielo que, sobre el final de la tarde, ofrecerá una lluvia breve pero capaz de humedecer el suelo y la hierba y bendecir el aire con el olor a tierra mojada

Lourdes (la primera de abajo, a la izquierda) y todo el equipo de mujeres que participa de alguna manera en su proyecto.

El horizonte de campo hace olvidar la cercanía con la Ciudad de Buenos Aires.

“Me encantaría hacer de este lugar un espacio para que la gente venga y pueda pasar el día y disfrutar de las flores, aprender de ellas”, dice Lourdes, que durante la cuarentena por la pandemia de covid decidió convertir la vieja caballeriza en desuso de este campo de 1903 en una granja de flores silvestres, que inició con semillas surgidas del intercambio entre paisajistas, jardineras y aficionadas. Su deseo ya empezó a concretarse y La Esperanza, en sintonía con otras propuestas similares que abren las puertas e invitan a la gente a reconectar con la vida silvestre cerca de las grandes ciudades, ya recibió público ávido de naturaleza que participó de talleres, visitas guiadas o voluntariados.

Las amapolas son grandes protagonistas de la primavera y parte del verano en La Esperanza.

La visión de Lourdes para este emprendimiento incluye también posicionarse como una proveedora de flores de corte para floristas que buscan variedad en sus ramos y arreglos, algo que ella misma, en los ramos que armaba y vendía con una socia, necesitó luego de asistir durante cinco años a las intensas madrugadas del mercado de flores porteño. 

Conectar con la tierra y las semillas es la invitación que se le hace a quienes visitan La Esperanza.

Manos y pies a la tierra

“Somos un equipo grande de trabajo y yo, te diría, estoy en todo en el armado. También hay chicos jardineros que trabajan a diario. A mí me encantaría meterme mucho más en otras cosas, pero bueno, ahora tengo que estar en todo porque estoy empujando para ver si funciona, si se logra la magia”, dice Lourdes, que ingresó al mundo de la jardinería cuando hizo un taller con Clara Billoch. 

El proyecto de cultivar flores silvestres surgió a partir de la necesidad de sumar diversidad a los ramos y arreglos que hacía Lourdes con una socia.

Sin una relación establecida con los jardines o con los plantas, después de trabajar en la agencia publicitaria Ogilvy y en la empresa de turismo Destinos a medida, de vivir en Nueva York y de formar una familia, se lanzó a un mundo totalmente nuevo para ella, donde las reglas del juego las establecen las estaciones del año, el frío o el calor, la lluvia o la sequía, las plagas y los polinizadores. 

En este mundo encontró disfrute pero, sobre todo, aprendizajes constantes y asombro. “Me parece mágico ver cómo una semillita diminuta puede convertirse en una flor. Todo esto me resuena al milagro del nacimiento. Cuando nacieron mis hijos dije ‘Esto es un milagro. O sea, realmente es un milagro, ¿entendés?’. Y con las plantas pasa lo mismo: tenés una semilla, luego crece un poco una plantita, después una flor, y finalmente lográs hacer una pradera de flores silvestres”.  

Compartir ese milagro del que habla es parte de su motivación. “Me saca sonrisas que la gente recorra los canteros y se maraville. También algo que me copa de mi proyecto es dar trabajo a la gente. De alguna manera, siento que estoy haciendo algo lindo. Y que es algo bueno”, reflexiona. Pese a que durante enero y febrero el campo se tomó vacaciones de las visitas y el público, no así del trabajo en la tierra. La llegada de marzo y el otoño la entusiasman y no le dan descanso: ella espera las nuevas flores, y las flores nos esperan a todos.

La antigua caballeriza se utiliza hoy como obrador y depósito.

Toda la potencia de las plantas de zinias, en diminutas semillas que la jardinera Gabriela Kricorian enseña a cultivar.

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