Sophia - Despliega el Alma

Cultura

27 marzo, 2011

La escuela nos necesita a todos


Por Viviana Alvarez y Carolina Cattaneo. Ilustraciones de Luisa Quinterno.

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«Los míos ya se recibieron todos; por suerte, el colegio es una etapa cerrada”. “Sí, escuché en la radio que hay paro de docentes, pero no le presté demasiada atención; todavía tengo tiempo, faltan como cuatro años para que Francisco empiece la primaria”. “Mis nietos no aprenden nada. Hablás con ellos y te das cuenta de que la calidad de la educación bajó mucho, pero es un problema de su madre; yo ya eduqué a cuatro chicos”. “¿Un grupo de alumnos tomó la escuela? Ah, no sé, yo no tengo hijos, no es un problema mío”.

Lo decimos como al pasar, casi sin darnos cuenta, pero poco a poco nos vamos deslindando de ciertas responsabilidades. La educación nos incumbe siempre que nuestros hijos estén en la escuela o en la universidad. Una vez que terminan, etapa superada, un tic en el casillero “estudios” y a otra cosa. Sabemos que la educación es clave para que una nación se desarrolle, para garantizar un futuro mejor; creemos en la igualdad de oportunidades, decimos que queremos un país más educado… Pero quizá no terminamos de tomar conciencia de que, tengamos o no tengamos hijos, estén o no estén en edad escolar, la educación es un tema que nos tiene que preocupar, y ocupar, a todos los argentinos. Más, si tenemos en cuenta que la calidad de nuestra educación cae día tras día. Sólo para dar un ejemplo, en 2009 la Argentina quedó entre los últimos diez lugares del informe PISA, un ranking elaborado por una organización internacional que mide el nivel educativo de distintos países del mundo. En el último informe, nuestro país se ubicó en el puesto número 58 entre los 65 países evaluados. Un rendimiento pobre que, más que entristecernos, debe llevarnos a la acción.

Desde Sophia creemos que para que haya un cambio, para que las cosas mejoren, es necesario que todos nos involucremos; que la escuela no es un tema exclusivo de las autoridades de turno, ni de los funcionarios de un ministerio, ni de los maestros, ni de los alumnos. Trabajar por la igualdad de oportunidades y la inclusión de los chicos es una tarea de la comunidad toda. Por eso, salimos a buscar a personas que ponen su formación, su talento y su alma para que los chicos tengan las herramientas necesarias para crecer como personas y como ciudadanos.

Así, nos encontramos con mujeres como María Luisa Quadri, que se fue a Santiago del Estero por un año y nunca más volvió. Se quedó en un paraje perdido en el medio del monte, donde levantó un escuela y la dirigió durante treinta años. Ella nos explica por qué una oportunidad es la que hace la diferencia. Claudia Romero, doctora en Educación y directora del Departamento de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella, nos ayudó a pensar cómo podemos involucrarnos en la educación, no de manera individual, sino como comunidad. El licenciado en Ciencias de la Educación y ex ministro de Educación Juan Carlos Tedesco nos habló sobre la importancia de “formar buenos formadores”.

Desde Junín de los Andes, Neuquén, la hermana Analía Luberti nos muestra cómo el calor de hogar en las aulas puede sacar adelante a los chicos, en especial a los que tienen problemas familiares. También nos preguntamos cómo pueden llegar las nuevas tecnologías a los chicos y para eso hablamos con Claudia Gómez Costa, que desde Pinamar llevó Internet a más de cien escuelas de zonas alejadas del país.

¿Hace mucho que no pasás por la escuela de tu barrio? Ésta es una invitación a sumarte y a trabajar juntos por una educación mejor para todos. Si querés unirte a nuestro esfuerzo, podés encontrarte con nosotras en www.sophiaonline.com.ar, donde podrás compartir tu visión, dejar tus comentarios o contarnos tu experiencia.      

Testimonio – María Luisa Quadri

«Me fui por un año y me quedé treinta”

A los 65 años, María Luisa desanda el camino recorrido como directora de una escuelita perdida en el monte, en Santiago del Estero, donde la oportunidad de estudiar cambió la vida de cientos de chicos.

Tenía 32 años cuando llegué a Manga Bajada, en el monte santiagueño, y dije: ‘Acá me quedo’. Fue en el año 1979 y allí vivía una comunidad de doscientas personas en un lugar totalmente inhóspito, muy al norte de la provincia, a 350 kilómetros de la ciudad Santiago del Estero. No había agua, ni luz, ni caminos. Y mucho menos, una escuela.

Yo había nacido en Floresta, en Buenos Aires, y me había educado en el Colegio del Espíritu Santo. Venía de una familia que me había enseñado a estar atenta a los demás, a quienes más nos necesitan. Entonces, cuando me recibí de psicopedagoga en la Universidad del Salvador, decidí donar un año de trabajo como agradecimiento por todo lo que había recibido. Así fue como me fui a Añatuya, en Santiago del Estero, para trabajar en la diócesis del lugar. Con el impulso de monseñor Jorge Gottau, que tenía una preocupación social muy grande y una mirada muy abierta, viajábamos mucho al interior de la provincia para ver cuáles eran las necesidades de las escuelas públicas. Ahí veíamos que había mucho analfabetismo y que las familias dejaban sus lugares para buscar trabajo, y eso producía mucha deserción escolar.

En lugar de volverme tal como lo tenía planeado, decidí quedarme. Allí, conocí más tarde al padre jesuita Juan Carlos Constable, que estaba a cargo de una parroquia en San José del Boquerón, a 500 kilómetros de Añatuya. Él me llevó con una compañera, Mónica, hasta Manga Bajada, donde nos propuso iniciar una escuela en el medio del monte. Juan Carlos trabajaba con la gente de la zona para promover la creación de escuelas, porque sólo había siete establecimientos en un radio de 70 kilómetros.

El padre quería que Manga Bajada tuviera una escuela porque los chicos tenía que recorrer 40 kilómetros para poder estudiar. Había unos pocos ranchos, de adobe y paja, y ninguna casa de material. La mayoría de las familias se iban a Chaco a trabajar con el algodón; o a Tucumán, con la zafra, y se llevaban a sus hijos. Ellos perdían el año escolar, porque sólo asistían dos de los diez meses de clases. Yo acepté la propuesta de Juan Carlos y me quedé a vivir en una casita al lado de la parroquia de San José del Boquerón, a 15 kilómetros de Manga Bajada.

Para armar la escuela teníamos muy pocos recursos, así que al principio dábamos clases debajo de los árboles. Había 45 alumnos y dos maestras: Mónica, también psicopedagoga, y yo. Desde el principio la gente del lugar se mostró muy participativa y muy colaboradora, llena de valores, hospitalaria, dueña de una fe y de una religiosidad muy profundas; tenían confianza, esperanza y alegría. Estaban muy deseosos de crecer.

Cuando empezamos a construir la escuela, los padres de los chicos no sabían fabricar los ladrillos. Tenían que ir a buscarlos a lomo de mula a varios kilómetros de distancia, así que les enseñamos a fabricarlos y empezaron a hacerlos ellos mismos. Poco a poco, entre todos, fuimos edificando la Escuela Nº 1123 San Ignacio de Loyola, que tenía sólo primaria, y con los años se fue sumando un jardín de infantes y dos años más de cursada. Ahora llega hasta noveno año (primero y segundo años de la secundaria). A la vez, con el Padre Juan Carlos pedíamos apoyo a nuestros amigos y conocidos en Buenos Aires. Aunque recibimos un subsidio del gobierno, la casi totalidad de la escuela fue levantada gracias al esfuerzo de las familias de lugar, que hicieron mucho sacrificio.

Trabajar con las familias era fundamental. Había que ayudarlos a que tuvieran fe en que las cosas iban a ir mejorando. Pusimos mucho énfasis en la cuestión comunitaria, donde el valor de la familia, el respeto por el otro y el esfuerzo de los padres era muy fuerte. Íbamos casa por casa para convencerlos de que ese hijo, que era su bracito en el campo, necesitaba estudiar. Los primeros cinco años fueron muy duros. Había una carencia total de elementos para trabajar con los niños y, a la vez, estaba ese deseo de la gente y de los niños de aprender. Por momentos, sentía desesperación por conseguir lo que ellos se merecían, que era lo mejor. Era una lucha constante; con mis compañeras peregrinábamos permanentemente a la ciudad para pedirles ayuda a las autoridades, íbamos a todos lados a golpear puertas, a golpear ventanas…

Una de las tremendas dificultades era la falta de comunicación, de energía, de apoyo a nivel gubernamental. En ese sentido, hoy pasa algo similar: a lo mejor nos dan las computadoras, pero no tenemos electricidad; con una batería no alcanza para alimentar ocho computadoras, sino una sola y un ratito, lo que alcanza sólo para mostrar cómo funciona, y así no vas a lograr que el chico o el docente incorporen esa tecnología.

Sin embargo, a pesar de los problemas, fui entregando mi vocación con un amor muy grande hacia el otro, hacia el más necesitado, hacia Dios. Pude seguir adelante con el apoyo de las personas que me rodeaban y las ganas que tenían los de mi alrededor, con todo lo que recibía de ellos, porque poco a poco fueron llenando mi vida, me hicieron sentir más plena, más feliz en mi decisión. Ellos me enseñaron a ser más mujer y más maestra.

Sabía que si a los chicos les brindábamos la posibilidad de tener un buen lugar para estudiar, una buena alimentación, constancia y perseverancia, se despertaba en ellos el deseo de seguir viniendo a la escuela. Me fui dando cuenta de que si les ofrecíamos una oportunidad a los chicos, ellos enseguida daban un paso adelante. A medida que fueron pasando los años, fui notando que venían con ganas, con alegría. No querían que terminara el año, porque para muchos la llegada de las vacaciones significaba que tenían que volver a trabajar al campo.

Cuando me quise acordar, ya me estaba jubilando como directora de la escuela. Miré para atrás y me di cuenta de que me había ido a Santiago del Estero por un año y me había quedado treinta. Eso fue en 2009 y, en lugar de volverme a Buenos Aires, decidí seguir quedándome en Manga Bajada, donde está mi vida. Sigo viviendo en la misma casita al lado de la parroquia San José de las Petacas, no me casé y estoy feliz de haber dedicado mi vida a brindar todo lo que podía a los niños.

Hoy puedo decir que Manga Bajada cambió muchísimo: a través de los años fui viendo cómo se despertaba en los padres el deseo de que sus hijos fueran a la escuela, de que tuvieran la posibilidad de estudiar… Ahora te piden por favor que recibas a sus chicos en la escuela, que les encuentres un lugarcito en el aula. Es muy difícil decirles a todos que sí, porque muchas veces no sabemos cómo recibirlos porque nos faltan medios. También fui viendo cómo se producían los cambios en las familias, desde la forma en que ponían la mesa o la manera en que trabajaban la tierra, cuidaban su casa, su salud, su alimentación y hasta su forma de vestir…

Lamentablemente, la falta de infraestructura, de materiales, la lejanía y la dificultades que existen para que los docentes se capaciten siguen existiendo. Si bien estamos mejor, tenemos mucha demanda por parte de los alumnos. Todavía falta mucho trabajo y viviendas.

Como dije, me jubilé en 2009. Fue triste dejar la escuela, el contacto diario con los chicos, pero los sigo viendo y sigo atendiendo sus necesidades. Mi trabajo ahora continúa en la parroquia, en catequesis, en Cáritas, en los microemprendimientos de apicultura y telar, y en el apoyo a las becas. Además, sigo conectada con la escuela.

Dejar Buenos Aires y decidirme por esta vida fue muy positivo, me dio plenitud. Agradezco a Dios y a la gente que siempre estuvo alrededor mío; sin ella quizá no habría podido hacer ni la milésima parte de lo que pudimos hacer. Hoy la escuela tiene EGB, jardín de infantes, más de cien alumnos… Cada año se recibe un promedio de diez chicos. Después de treinta años, tengo ex alumnos que ya son docentes, enfermeras, asistentes sociales, profesionales que han terminado su carrera. ¡Y pensar que eran chiquitos con padres que nunca supieron leer ni escribir! Pero sus padres hicieron mucho sacrificio y lograron brindarles una mejor vida, una vida más digna.

Me siento muy bien cuando gente muy humilde, muy sencilla, que nunca tuvo la oportunidad de estudiar  se acerca y me dice: “María Luisa, yo, que soy pobre, nunca me imaginé que un hijo mío pudiera tener un título”.

Entrevista a Claudia Romero

Recuperar los espacios de igualdad

Para la doctora en Educación, la escuela debe volver a ser heterogénea.

¿Cuántas veces decimos que la solución a muchos de los problemas del país está en la educación? Probablemente, muchas. Pero ¿hasta qué punto estamos comprometidos con ella? ¿Somos conscientes de lo que pasa en la escuela de nuestro barrio? ¿Sabemos quién es el director y cómo se relaciona con la comunidad? ¿Nos acercamos para saber si necesitan una mano para algo?

En la mayoría de los casos, seguimos de cerca lo que pasa en la escuela mientras tenemos hijos en el colegio, pero después nos alejamos. Tal vez sea momento de volver, para aportar nuestro granito de arena, para acercar propuestas, para reclamar mejores formas de enseñar y de aprender… para sentir que somos protagonistas de la educación de nuestro país.

A fin de entender un poco más los motivos que nos alejaron de la escuela y saber cómo podemos volver a estrechar lazos con ella, hablamos con Claudia Romero, doctora en Educación y directora del Departamento de Educación de la Universidad Di Tella.

“La escuela debe estar cobijada por la comunidad, y en la Argentina, las escuelas están solas. ¿Cuánto se compromete el dueño de la librería que está enfrente de la escuela o el encargado del garaje que está en la misma cuadra? ¿Qué pasa con las otras instituciones, como el hospital o las universidades? Las escuelas no pueden solas”, dice Claudia con seguridad, porque ha visto desde adentro cómo funcionan los colegios de todas las clases sociales y ha estudiado los sistemas educativos de nuestro país y de otras partes mundo.

Según ella, el ejemplo más claro de que no somos conscientes de que la escuela es de todos es la toma de los colegios que el año pasado dividió a la sociedad. “Que un grupo de alumnos se adueñe de los edificios, los ocupe e impida que haya clases es, en un sentido, un fracaso de la comunidad, porque la escuela no es sólo de los alumnos, ni de un ministro, ni siquiera de los docentes, sino que es de todos”.

–Como comunidad, ¿hasta que punto somos responsables de esta situación y cómo podemos salir de ella?

–Creo que existe una cierta despreocupación respecto de la educación. Cualquier mamá o papá quiere la mejor formación para sus hijos. Incluso los adultos que no han podido ir a la escuela saben cuál es el valor de una buena educación, y muchas veces también vemos que desde las empresas o las organizaciones sociales hay buenas iniciativas para colaborar. Pero éste es un deseo individual que no alcanza. Como sociedad, tenemos que reclamar políticas inteligentes a quienes están en los cargos de decisión, y eso implica pedir que nos informen sobre cuál es el verdadero estado de la educación, que nos garanticen la calidad de las escuelas y que se haga un seguimiento de  la formación de los docentes.

–¿Cómo podemos volver a apropiarnos de la escuela y a participar de ella?

–En la Argentina, a la escuela la crea el Estado y se vive como un sistema que viene desde arriba hacia abajo. De ahí surge que muchas veces los reclamos se planteen en línea vertical: hacia el ministerio, hacia los funcionarios. Tal vez por eso las comunidades no se sienten propietarias de las escuelas, no las sienten como propias. Para revertir esta situación, tenemos que instalar la idea de que las escuelas son de la sociedad; no son de los ministerios, no son del gobierno, no son de los directores, no son de los maestros ni de los alumnos. Por eso, tampoco nadie puede tomarlas. Creo que los planteos y las soluciones deben ser más horizontales, como sucede en países como Estados Unidos, donde el sistema es más comunitario. Es cierto que tenemos un sistema que no se generó así, pero puede ser que vuelva a fundarse de esta manera.

–¿Cómo funciona la relación entre la escuela y la comunidad en ese país?

–Estados Unidos es un ejemplo interesante. Allí, de algún modo, la comunidad es responsable de las escuelas, hasta tal punto que el valor de las casas depende de la calidad de los colegios del barrio. Entonces, hay un interés muy directo en que las escuelas funcionen bien, tanto en quienes tienen hijos como en quienes no los tienen. Son escuelas de puertas abiertas, que rinden cuentas ante la comunidad e informan constantemente a los padres cuáles son sus proyectos, qué están haciendo y por qué lo hacen.

–¿A diferencia de ellos, de qué manera nos comportamos los argentinos?

–Desde el nacimiento de nuestro sistema educativo, la familia argentina confió en la escuela. Hoy ese contrato está viciado de sospechas, salvo en casos puntuales de escuelas que logran incluir a los padres en el proyecto educativo. Creo que esa relación que existía entre la escuela y la familia, que muchas veces estaba dada por la figura de la cooperadora, se fue desactivando por motivos que no son sólo responsabilidad de la escuela. Ahora necesitamos encontrar nuevas formas de atraer a los padres.

–Muchos padres manifiestan esas sospechas delante de sus hijos. ¿Cómo afecta eso a la figura de los docentes?

–Es muy curioso lo que dicen los maestros, que sus alumnos suelen tratarlos como empleados, y es probable que eso pueda haber sido transmitido por los papás. Sin duda, los maestros argentinos no son vistos como profesionales y en la conformación de esta imagen hay una responsabilidad compartida. Por un lado, la figura de los docentes quedó ligada a algunos modos en los que han encarado sus protestas y esto los ha llevado a un cierto desprestigio. Por otro lado, no hay políticas de profesionalización que eleven el nivel de los maestros. En países como Finlandia, que tiene los mejores resultados en políticas educativas, el maestro es reconocido y respetado por la sociedad. Esto no fue siempre así; se logró con una formación rigurosa, pagando buenos salarios, generando incentivos para atraer a los mejores promedios del secundario y de la universidad. Construir esa figura de prestigio requiere políticas sostenidas de formación, pero también que las familias les transmitan a sus hijos lo importante que es un maestro.

–También es cierto que la figura del maestro como empleado puede darse en determinados sectores y, entonces, aquí tendríamos que pensar en una escuela mucho más segmentada.

–La escuela heterogénea, que conocimos hace muchos años, casi no existe. Quedan algunos casos de escuelas públicas tradicionales a las que siguen accediendo sectores medios, pero en general la escuela se ha segmentado y en algunos casos se convirtió en una burbuja. Es difícil trabajar en contra de ese concepto porque acompaña un proceso social de fragmentación. De todas formas, la escuela debe volver a ser un lugar de igualdad de oportunidades y de integración social.

–¿Cómo se logra esto?   

–Bueno, la situación es preocupante porque vemos niños y jóvenes que viven en ámbitos muy homogéneos. Hay escuelas que funcionan en barrios cerrados donde transcurre toda la vida social y se desconoce el afuera. Eso no es una auténtica educación. La verdadera educación es la que te pone en contacto con la diferencia y ahí está el desafío: en generar experiencias de aprendizaje con la diversidad. La escuela tiene que abrir mundos en la vida de las personas y ponerlos a jugar entre sí. Eso es lo que enriquece; todo lo demás, lo homogéneo, empobrece y anula la posibilidad de crecer. La escuela tiene que hacer crecer a las personas y a las sociedades, y para eso debe garantizar experiencias con el otro, con lo diferente.

–Nos fuimos cerrando un poco como sociedad y necesitamos volver a abrirnos.

–La verdadera educación es la que abre al mundo. Aun cuando se trate de una escuela de población muy homogénea, la obligación del currículum escolar es traer lo heterogéneo al aula. Hay muchos modos de ponerse en contacto con la diversidad, no solo sentando al hijo del médico al lado del hijo del portero. Lo que está pasando hoy es que los hijos de padres profesionales van a una escuela y los hijos de inmigrantes bolivianos van a otra escuela, y es bastante infrecuente que se junten en una ciudad como Buenos Aires. Sin embargo, hay modos de acercar esos mundos para convivir con el otro y conocer las diferencias. Este también es un desafío dentro de los contenidos: cómo incorporar las tensiones que afectan a las sociedades. Esas cosas hay que trabajarlas en las escuelas, porque necesitamos ser un país más desarrollado, y los países desarrollados tienen sociedades integradas.

–Es probable que  hayamos perdido de vista el valor que tiene la escuela en la construcción del presente y del futuro. ¿Crée que es así? ¿Cómo se revierte esto?

–Tendríamos que volver a leer Educación popular, ese maravilloso libro de Domingo Faustino Sarmiento, para entender la visión que tenía ese hombre. En esa obra él describe un sueño, un sistema educativo que no existía y que luego se concretó y fue maravilloso. Sarmiento no tenía nada más que un sueño, que se convirtió en una máquina formidable de alfabetizar. Ojalá pudiésemos recuperar la dimensión de esos sueños en lugar de atarnos a las políticas de corto plazo que sólo traen rédito político. Tenemos que recuperar esa capacidad de soñar para adelante, aunque todavía no tengamos nada.

–¿Es posible que estemos ahora ante otro momento fundacional?

–Éste es un momento de transición, sin duda, por muchas razones. Las nuevas tecnologías de la información, por ejemplo, ponen a la escuela frente a un desafío. La necesidad de aumentar la participación y la equidad también ponen a la escuela contra las cuerdas. El sistema educativo soñado por Sarmiento fue muy eficaz, pero hoy está agotado.

–¿Qué lugar deben ocupar los directivos en la relación entre la escuela y la comunidad?

–Los directores son un motor importante porque tienen que tener la capacidad de atraer a la comunidad hacia la escuela. Las autoridades deben ser líderes sociales, capaces de articular la escuela con otras instituciones y de mover esa red que se forma. De esa manera tendremos un entramado más horizontal. Para esto deberíamos darles más autonomía a las escuelas, para que puedan definir qué necesitan y en qué gastan o invierten sus recursos.

–¿Qué desafíos enfrenta la escuela en este momento en cuanto a inclusión y cantidad de contenidos?

–Tenemos problemas serios de inclusión. La Argentina fue pionera en alfabetizar masivamente y fue modelo de un sistema de calidad que garantizaba la equidad. Pero hoy por hoy ese sistema está colapsado porque la universalización de la escuela está dada sólo en el nivel primario. La ley dice que la educación básica está compuesta por el nivel inicial, primario y secundario. Pero hoy sabemos que sólo uno de cada dos chicos completa la secundaria y esto es un problema gravísimo.

–¿Cómo se resuelve este problema de cobertura?

–Incluir a los jóvenes de los sectores populares, que son los que están afuera, requiere un nuevo modelo. La escuela secundaria tiene una impronta academicista que es muy apta para los sectores medios, porque prepara para estudios universitarios o para trabajos administrativos, pero no responde a las necesidades de los sectores populares, que reclaman un sistema más flexible, abierto a la formación profesional. Lo que vemos es que la escuela garantiza más y mejores aprendizajes a quienes están mejor posicionados en la escala económica, cuando el desarrollo económico de un país requiere una población equitativamente educada, no una pequeña elite. En eso tenemos que trabajar.

Calor de hogar en el aula

Por Hna. Analía Luberti*

Nací en Carmen de Patagones y a los 12 años comencé a tener una fuerte vocación religiosa. Siento que gran parte de ese llamado vino del ambiente que había en el colegio al que asistí, María Auxiliadora. Allí había espacio para hacer lo que queríamos: fiestas, guitarreadas, convivencias, actividades solidarias… Era un ambiente en el que me sentía yo, teníamos mucho espacio para la creatividad.

A partir de esa experiencia tan rica que viví en el colegio, junto con mi llamado religioso comenzó a crecer mi vocación por la educación, así que empecé a tabajar con chicos de barrios carenciados, en hogares de chicas, siempre cerca de los niños y los adolescentes. Estudié Psicología en Bahía Blanca, pero me recibí de profesora en Ciencias de la Educación y orientadora vocacional. A los 22 años me consagré como religiosa de las Hijas de María Auxiliadora y, años más tarde, la congregación me mandó a Junín de los Andes, al colegio María Auxiliadora, que hoy coordino y dirijo, así como la Escuela Técnica Laura Vicuña y un hogar adjunto para cuarenta adolescentes mujeres. En total hay unos 800 alumnos. A medida que fue pasando el tiempo, me di cuenta de lo importante que es generar ambientes sanos que potencien lo mejor de cada criatura, donde se pueda jugar, pasarlo bien, estudiar o poder estar serenos.

Para crear estos ambientes lo importante es contar con adultos que asuman el compromiso de pensar en el bien de los chicos. Por ejemplo, los rectores conocen a los alumnos y saben en qué situación están. Esa presencia hace que los chicos se sientan contenidos, porque saben que siempre hay alguien dispuesto a escucharlos. Hay chicos que sufren mucho por la separación de sus padres, por la desorientación que hay en las familias… Estamos viviendo una noche oscura para los valores y se nota en el desgano en los estudios, por ejemplo. 

En el colegio tenemos muchos casos de chicas que han sufrido mucho y salieron adelante con el acompañamiento de la comunidad educativa. Al colegio llegó una chica que había perdido a su mamá y a su papá; vivía con un tío y no había podido terminar el primer año de la secundaria. La mandamos a una psicopedagoga que nos dijo que la chica tenía problemas serios, que lo mejor sería que la viera una psicóloga, y entonces, la llevamos a una psicóloga. La acompañamos en el tratamiento, estuvimos cerca de ella, y este año, que volvió a cursar primer año, no se llevó ninguna materia. Es otra criatura. El aprendizaje está muy condicionado a las situaciones por las que pasan los chicos, y cuando no aprenden es porque algo está mal.

Aquí el papel del docente es fundamental, porque son los maestros los que ponen un encuadre claro respecto de lo que se puede y de lo que no se puede hacer. Las cosas fallan cuando un adulto fragua el encuadre por quedar bien con el pibe, por no tener capacidad para sostener un “no” aunque tenga que explicar las cosas quinientas veces.

Lo que también hacemos es tratar de que ellos se conecten con otras realidades, que ayuden a otros chicos que necesitan una mano, y vemos que cuando entienden el valor de la solidaridad, se conmueven con lo que pasa a su alrededor y se enganchan con otras propuestas para la sociedad.

El mayor desafío de nuestra comunidad es acompañar al otro, saber qué le está pasando, hacer el camino juntos, brindar afecto, porque es la urdimbre del ser humano. Así, los chicos se sienten valorados como personas, se dan cuenta de que si ponen energía y sacrificio en lo que quieren, pueden lograrlo. Apuntamos a formar ciudadanos responsables para la vida democrática que entre todos queremos gestar.

*Tiene 46 años. Es directora general del colegio María Auxiliadora y de la Escuela Técnica Laura Vicuña, con hogar adjunto.

Claudia Gómez Costa

Incluir a través de la tecnología

Una fundación trabaja para que los chicos que viven en pueblos aislados no se queden afuera.

“Con tantas necesidades que hay en las escuelas pobres… ¿cómo se te ocurre que pueden necesitar Internet?” Eso me decían cuando empezamos a llevar Internet a las escuelas. Pero yo había hablado con los maestros, con la gente de los poblados; yo vi el aislamiento, la soledad, la falta de comunicación que se siente en los parajes más aislados del país… En cada comunidad nos decían que lo que más necesitaban era sentirse comunicados, que los demás supieran que ellos estaban y, sobre todo, querían estar conectados, porque eso los ayudaba a solucionar muchos problemas, como urgencias de salud. El aislamiento también es fruto de una necesidad insatisfecha”, cuenta Claudia Gómez Costa, presidente de la fundación Aprendiendo bajo la Cruz del Sur, que desde 2004 ya llevó Internet a más de cien escuelas del país a las que es difícil acceder.

Claudia no es una gurú de las nuevas tecnologías, ni representa a ninguna empresa de telecomunicaciones. Es maestra, tiene 55 años, vive en Pinamar con su marido y tiene cuatro hijos y dos nietas. Se acercó a la tecnología casi de casualidad, tratando de ayudar a otro. “Durante muchos años fui maestra de primer grado y en 1997 tuve una alumna, Mili, que tenía una dificultad motora muy severa. Ella no podía manejar bien las manos; ya estábamos en mayo y todavía no podía sostener un lápiz. Un día, en la escuela, encontré una computadora muy antigua y se me ocurrió que podía enseñarle a escribir a Mili con el teclado. Estudié lo básico para enseñarle y la nena pudo aprender a escribir. Fue una experiencia tan buena que decidí estudiar más y, entonces, cursé la licenciatura en Educación en la Universidad Virtual de Quilmes y, después, hice un posgrado de Educación y Nuevas Tecnologías en FLACSO”, recuerda Claudia desde su casa en Pinamar durante una charla por teléfono con Sophia.

Con lo que aprendió, Claudia diseñó un programa que convirtió a Pinamar en la primera ciudad de América latina que tuvo todas sus escuelas conectadas a Internet. Ella descubrió que la tecnología puede ser una herramienta para favorecer la inclusión y para superar las adversidades, como pasó con Mili. “Desde entonces, me propuse trabajar para mejorar la educación. Lo voy a hacer durante el tiempo que me quede de vida, porque hace unos años me detectaron una atrofia muscular, una enfermedad que produce una discapacidad irreversible. Yo tengo mucha fe, y aunque el primer pronóstico era la silla de ruedas, la enfermedad avanza lento y me siento muy bien; estoy haciendo todo lo que puedo mientras puedo”.

Hasta ahora, Claudia puede y mucho. Salvo en las escuelas a las que hay que llegar después de varias horas a lomo de mula, más arriba de los 3000 metros de altura, ella sigue de cerca todo el proceso de conexión y capacitación de los maestros: “La tecnología es una herramienta más a la hora de enseñar. No busco endiosarla, pero tampoco puede faltar, porque estaríamos dejando afuera a muchos sectores. Los resultados del programa son buenísimos: los directores coinciden en que aumentó la retención de alumnos y tenemos casos en los que la tecnología permitió detectar problemas de salud a tiempo o dar atención urgente. Hoy las comunidades están armando huertas y otros proyectos productivos; en una escuela desarrollaron un diccionario colla-español; uno de los chicos, por ejemplo, creó su propio emprendimiento turístico para hacer recorridos por las montañas y con lo que gana está ahorrando para la universidad, porque quiere estudiar Sistemas”.

Claudia tiene hoy un proyecto más ambicioso y es el de lograr que los chicos que quieran puedan hacer el secundario a distancia para no tener que dejar sus casas a los 12 o 13 años y evitar el dolor que les produce el desarraigo a ellos y sus familias. “Los niños son niños. Es decir, cuando se les ofrecen las posibilidades, no importa si son de ciudad, de montaña, de la selva, o del medio del campo, los niños aprenden, porque tienen esa frescura, esa lucidez, esa inteligencia para desarrollarse, más allá del lugar en el que se hayan criado”.

Juan Carlos Tedesco

El oficio de aprender

Más tecnología, más infraestructura, jornada extendida, alfabetización científica, el rol de la familia, el desarrollo de talentos… Los distintos aspectos que envuelven a la educación son muchos y muy complejos, pero hay uno de ellos que está tomando cada vez más relevancia y sobre el que los estudiosos de la pedagogía están poniendo toda su atención: enseñar a enseñar.

“La clave de cualquier cambio en la educación son los docentes”, resumió Juan Carlos Tedesco en una charla con Sophia. Tedesco es licenciado en Ciencias de la Educación y pedagogo, y fue ministro de Educación de la Nación entre 2007 y 2009. Él es uno de los que piensa que el germen del cambio debe crecer entre los que enseñan a enseñar.

Y eso, ¿cómo se logra? ¿Acaso no se trata sólo de transmitir conceptos? No. No es tan sencillo, pero tampoco tan difícil: “Yo diría que hay que trabajar con los formadores de formadores, con los profesores de los institutos de formación docente. Esto no es ningún milagro; se logra trabajando en las universidades, en los institutos, probando, experimentando… En fin, hay que instalarlo en las agendas de las políticas educativas. Esto se está haciendo, pero no se le da la prioridad necesaria”.

En la Argentina, tenemos unos 600.000 maestros y profesores, una cifra que hace de esta profesión una profesión de masas, según Tedesco: “Es un tema complejo, difícil, pero no por eso deja de ser urgente. Hay que incluir el tema de los docentes en la agenda, discutirlo, darle proridad… Lo que tenemos que hacer es prestigiar la profesión docente, porque también necesitamos atraer a la docencia a los jóvenes talentosos. No puede ser que exijamos tanto y después demos a esta profesión condiciones de trabajo precarias. Éste es un desafío en la Argentina y a nivel mundial”.

Para Tedesco, los maestros y los profesores necesitan capacitarse más y mejor, no sólo para transmitir conocimientos, sino también para enseñarles a los chicos el oficio de aprender, algo que van a tener que seguir haciendo toda la vida porque hoy los estudios no se acaban con el colegio o la universidad. “Hoy está instalada esta idea de que no hay que transmitir conocimientos, y eso es un error. Hay que transmitir conocimientos y algo más, que es hacer reflexionar a los alumnos sobre qué operaciones cognitivas se activan cada vez que ellos aprenden algo. Los chicos tienen que aprender a aprender”.

El oficio de aprender le permite al chico saber qué mecanismos del pensamiento se activa en él cuando está recibiendo información nueva: si está relacionando con información que ya tenía, si está contradiciendo lo que escucha, si está comparando con otra cosa, si está asociando… Esto, dice Tedesco, implica un cambio grande en la formación de los docentes y en su posterior puesta en práctica en el aula. Por eso, va a llevar mucho tiempo que los maestros enseñen el oficio de aprender y para eso es necesario que primero se hagan cambios curriculares.

“Hay que mirar hacia la formación de los futuros docentes, hacia cómo se están formando, porque los docentes que se están preparando hoy van a ser los maestros del siglo xxi. Un muchacho o una chica que hoy decide entrar a la docencia va a estar ejerciéndola, por lo menos, hasta 2050”.

Además, para Tedesco es imprescindible que dejemos atrás la vieja imagen del maestro que entra en el aula y, de las puertas para adentro, hace lo que quiere y lo que le parece, sin mirar lo que hicieron otros antes que él o sin mirar hacia delante, teniendo en cuenta a los que le sigan.

“La formación es fundamental y exige profesionalismo colectivo, trabajo en equipo. Porque este oficio de aprender no se logra en un año o en una materia, sino que depende de lo que han hecho otros y de lo que van a hacer los que vengan después –dice–. Exige un trabajo más colectivo, dejar atrás esa idea tradicional de que cada maestrito llega con su librito, cierra la puerta del aula y hace lo que quiere. Esto exige mucho trabajo de la institución”.

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¿Qué pueden hacer los ciudadanos cuando la ley se vuelve injusta? ¿Existe alguna manera de cuestionarla en una democracia? La «desobediencia civil», una idea trabajada por Hannah Arendt, guarda una potencia silenciosa para defender el orden democrático.