Sophia - Despliega el Alma

Punto de Vista

8 septiembre, 2008 | Por

La edad de la luz

En un mundo que pone las expectativas de la belleza femenina por encima de las cualidades del espíritu, las mujeres caen en una trampa. La alternativa es brillar por fuera o brillar por dentro. Para muchas religiones, la luz es la métafora de la sabiduría. Si logramos ser sabias antes de envejecer, la tercera edad será la edad de la luz.


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Bufón: –Amo, si fueras mi bufón, haría que te pegaran por haber sido viejo antes de tiempo.
Lear: –¿Cómo es eso?
Bufón: –No deberías haber envejecido antes de ser sabio.
El rey Lear, William Shakespeare

Hace pocos días una nota de un diario local consiguió quitarme un poco la paz dominical.¹ Se refería al importante aumento de las cirugías plásticas después de los 60 años. Partiendo de la obviedad de que lo más requerido era el lifting, continuaba con la lista de intervenciones, propias de un laboratorio de Frankenstein, como la “blefaroplastía”, cirugía de párpados; “dermolipectomía”, de brazos y de abdomen, y el uso del botox para relleno de los surcos nasogenianos, las arrugas peribucales –llamadas vulgarmente, como corresponde en una sociedad de consumo, los “códigos de barra”­­–, las patas de gallo y el entrecejo. Recababa el testimonio de un cirujano “con criterio”, que se había negado a hacerle unos “labios fantásticos” a una mujer de 91 años, y el de otra mujer, de 71 años, quien luego de haberse “retocado” con botox los labios, el ceño, los pómulos y el mentón, confesaba que “si tuviera dinero, no me darían las piernas para salir corriendo al quirófano”.

Pasado el primer momento de estupor, llegó el momento de reírme, por no llorar, de tan tragicómico que me resultaba todo el tema. Me acordé de un chiste que contaba mi padre, que murió hace ya diez años, sin haber visto gran parte de este circo decadente. Una mujer va a un cirujano plástico y luego de escuchar las tarifas de las distintas intervenciones, le confiesa con desazón que sólo cuenta con unos pocos dólares, a lo que el médico responde: “Bueno, por esa plata, lo que puedo hacer es dejarle la cara del mes pasado”. Premonitorio.

El marketing de la insatisfacción

Cuando hay un crimen o un delito de compleja resolución, los periodistas de investigación tienen una regla de oro: siguen la ruta del dinero. Acá hay dinero en juego, y mucho. De hecho, este tema es propio de las sociedades (o mujeres) ricas. Nadie habla de cirugías plásticas en el África subsahariana, que yo sepa. No es tema.

Por eso creo que, una vez más, las mujeres caímos en una trampa. La estrategia comercial es clara: primero colocar las expectativas de la belleza del cuerpo femenino por las nubes, y, por supuesto, por encima de las cualidades del espíritu. La mujer debe ser bella sí o sí, joven sí o sí, atractiva y sexy para gustar y ser deseada por los varones. Y si es tonta, o aparenta serlo, mejor. La amenaza es explícita: la inteligencia en una mujer “deserotiza” al varón. Ante el bombardeo de mensajes de este tipo, incluso por supuesto en la publicidad, comienza a actuar la comparación y la demolición de la autoestima, muy especialmente a medida que el ciclo natural de la vida –incluido el de la maternidad­– va actuando sobre nuestros cuerpos. Si todavía no habíamos caído en la trampa, las mujeres de más de 40 somos el target por excelencia. Con el convincente discurso de “sentirnos mejor” o de “vernos lindas en el espejo”, compramos la mentira de la “perpetua juventud”, como dijo Javier Arroyuelo², y con ella, la perpetua insatisfacción. Porque como a la madrastra de Blancanieves, el espejito siempre nos dirá que alguna otra es más bella y más joven que nosotras, y nada nunca será suficiente para sentirnos aceptadas, valoradas y, en el fondo, amadas.

El otro camino

Me resisto. Si esto es envejecer con dignidad, no cuenten conmigo. Y me resisto a esta trampa porque sé que no viene de Dios. Dios es espíritu y no puede estar preocupado por aquello que viene de la “carne”: ni la raza, ni el color de la piel o del pelo, ni los kilos, ni la edad, ni las arrugas, ni el tamaño de las lolas, ¿no?
Desde siempre, la elevación del espíritu se ha enfrentado con la materia y, por lo tanto, con los intereses materialistas o económicos de su tiempo. Este antagonismo sigue más vigente que nunca en las sociedades contemporáneas opulentas, consumistas y decadentes. Porque mientras que la fantasía de un cuerpo ideal de belleza y juventud requiere cuantiosos y permanentes aportes de dinero, la belleza del alma es gratis. Sólo es necesario que la persona quiera hacer “dieta” de vanidades mundanas, para “caminar” por los senderos de la espiritualidad, “nutrirse” de la sabiduría y “ejercitarse” en la piedad.
Ya lo advertía Marco Aurelio, filósofo y emperador romano en el siglo II de nuestra era: “¿Serás algún día, alma mía, buena, sencilla, única, desnuda, más patente que el cuerpo que te circunda?”.³
La sabiduría (la sophia de los griegos) fue una aspiración de la humanidad desde tiempos inmemoriales, y tiene su paradigma en Salomón, el rey sabio por excelencia, quien reconoce en Dios a la única fuente.

Por eso supliqué y se me concedió la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a los cetros y tronos y en su comparación tuve en nada a la riqueza. No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena, y ante ella la plata es como el barro. La quise más que a la salud y a la belleza y preferí tenerla como luz, porque su claridad no anochece. (Sabiduría 7, 7-10)

Releo estos textos del rey Salomón y el emperador Marco Aurelio, ambos poderosos gobernantes de su tiempo, y parecen salidos de una civilización extraterrestre. Y yo, otro tanto, por citarlos en una revista en el siglo XXI. Sin embargo, en mi alma, me suenan tan plenos de verdad…
El culto del cuerpo y sus exigencias de belleza y perfección siempre existió, en todos los tiempos y culturas. Pero no se hacía un culto –ni mucho menos, un comercio– de la juventud en sí. Al contrario: los ancianos y ancianas eran los más respetados porque tenían la sabiduría que inexorablemente les daba el paso de los años. Eran los mayores o los abuelos que aconsejaban, las machis, los oráculos, los guías de la comunidad. La juventud eterna no sólo es una mentira moderna. Es una estafa en la que a las mujeres se nos va la vida. Porque la sabiduría que no buscamos durante la juventud y la adultez –esa dieta o gimnasia del alma que no hicimos–, tarde comprendemos que no se compra en un frasco ni se implanta en un quirófano. Es tarde: como el rey Lear, envejecimos antes de ser sabias.
Para muchas religiones la luz es la metáfora de la sabiduría. Los budistas, los gnósticos y muchos otros hablan de la iluminación como el resultado de una larga vida de meditación y oración. Jesús dijo: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá luz y vida. (Juan 8, 12)
La alternativa es entre aspirar a brillar por fuera o por dentro. Personalmente, no tengo dudas. Le pido a Dios que para mi vejez
­–no tan lejana ya– me dé la serenidad y la sabiduría propias de los ancianos, esa luz cuya claridad no anochece. Para no caminar más en tinieblas ni tropezar como cuando era joven. Porque la tercera edad debiera ser, finalmente y por sobre todo, la edad de la sabiduría… la edad de la luz.

¹“Cirugías estéticas después de los 60, la nueva tendencia”, La Nación, 3 de agosto de 2008.
²“Perpetua juventud”, Javier Arroyuelo, revista Sophia, junio de 2008.
³Marco Aurelio, Meditaciones, Libro X, editorial Gredos.

ETIQUETAS alma cirugías ideal de belleza sabiduría

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