Sophia - Despliega el Alma

Sociedad

16 abril, 2020

La distancia que nos acerca

Una periodista argentina que vive en Barcelona relata para Sophia las impresiones y emociones que la asaltan en esta cuarentena lejos de casa. Y, mientras redescubre sus propios tesoros, retrata desde su balcón las postales de una ciudad desierta, donde encuentra abrazos a la distancia.


Gracias a la cuarentena, la autora de ese texto retomó el amor por la escritura y la fotografía.

Texto y fotos: Florencia Dopazo

Son las 4 de la mañana de un día que bien podría ser martes o miércoles, da igual y ya nadie lleva la cuenta. Estamos en cuarentena hace cinco semanas y yo llevo dos con insomnio. Estoy en el piso de Barcelona en el que vivo con otras tres personas, a más de 10 mil kilómetros de mi casa en Argentina. Pareciera que en estos días es irrelevante hablar de distancias, porque el desarraigo es igual, estés lejos de tu país o no. Pero, por otro lado, de eso de trata todo esto, de distancia; sólo que tal vez estemos aprendiendo de una distancia distinta.

Afuera, todos los días parecen primero de enero.

Vivo sobre una avenida y los semáforos cambian de colores para nadie. Hace un rato bajé a fumar un cigarrillo y no se escuchaba nada. Silencio. Silencio que disfrutaría a no ser porque me recuerda todo lo que estamos pasando. Miré las ventanas de los edificios de enfrente y vi que en algunas se veía luz. Somos muchos con insomnio, pensé. Es que estamos todos en la misma. Y de repente me siento cercana a mis vecinos, a los que sólo conozco por espiar en sus ventanas e inventarme historias de cómo viven, quiénes son, qué les gusta. De repente, creo que nos une algo más que vivir en la misma calle.

Y es que estamos pasando por lo mismo. Todos.

Y aunque no nos hablemos a los gritos porque tenemos una calle demasiado ancha de por medio, nos vemos la cara más seguido, compartimos pequeños momentos, como el otro día, cuando pusimos música en el balcón y bailamos a lo lejos con el del cuarto del edificio color beige.

Instantáneas de la calle: una mujer y su perro; el semáforo en rojo para una calle sin autos.

También sé que mis amigos y mi familia en Argentina están en la misma. Lo sé, porque nunca hablé tanto con ellos desde que estoy lejos. Ya hice videollamada con varios amigos a los que no les veía las caras desde hace diez meses, y me mandé audios con otros que hacía tiempo no hablaba. El grupo de WhatsApp de la familia suena todos los días y tuve que investigar cómo hacer una videollamada de ocho personas, porque primera vez, con mis amigas coincidimos tantas para hablar en simultáneo. Y la necesidad de interactuar llega incluso más lejos; tengo una amiga que ahora habla con más chicos de Happn que antes de los tiempos del coronavirus, y yo confieso que chateo mucho más de lo que haría normalmente con un chico que conocí justo antes del confinamiento.

Además, volví a escribir.

Volví a llenar hojas hojas como hacía mucho tiempo no hacía. Volví a sacar fotos. Volví a editar fotos y me encontré con las del casamiento de Manu y Berni, que se las debo hace un año y contando. Estoy leyendo ese libro que ya tendría que haber devuelto a la biblioteca pero con todo esto, me gané un tiempo extra. Es que por estos días, todos intentamos hacer cosas que nos hagan bien. Primero, supongo, para no volvernos locos. Segundo, porque por primera vez no tenemos que preocuparnos de que ahí afuera esté pasando algo interesante que nos estemos perdiendo.

Afuera, no pasa nada, así que no queda otra, hay que ir para adentro.

Porque tampoco podemos, aunque queramos, poner distancia con nosotros mismos. Acá estamos, estemos listos o no, queramos o no, en una introspección obligada.

Todo esto es para decir que, tal vez, el distanciamiento social nos esté acercando. Porque hace diez meses que estoy viajando, y hay muchas personas que tengo lejos hace mucho tiempo, pero nunca las sentí tan cerca como ahora. E incluso a los que tengo acá, a mis compañeros de piso, a mis amigas que viven a unas 20 cuadras, a mis vecinos desconocidos, los siento cerca.

Por única vez, estamos todos sintiendo lo mismo.

Los vecinos de enfrente y quienes pasean o conducen son una fuente de inspiración para ella.

A todos se nos cayeron planes que construimos con toda la ilusión, a todos nos preocupa la plata, todos pensamos cómo estarán las personas que queremos, a todos nos pesa la incertidumbre. Todos tenemos días en los que nos bajoneamos y no sabemos bien cómo llevar esto del encierro. Porque no sabemos cómo hacerlo, no sabemos cómo vivir en la no rutina, no sabemos cómo vivir sin tener nada que hacer y no sentir culpa por eso. No sabemos qué es eso de sentarse a esperar a que las cosas pasen, nada más, esperar.

Creo que estamos todos de acuerdo: esto es lo más inverosímil que nos pasó en la vida.

Los que saben, hablan de cómo el distanciamiento social, el poner dos metros entre nosotros y los demás, es clave para evitar que el virus se propague. Es de hecho, hasta ahora, la única forma efectiva de frenar el contagio. Mi compañera de piso, Clau, se enoja cuando leo cifras sobre infectados, y habla de lo mal que nos hace en esta situación la sobreinformación, y la entiendo, y creo que tiene razón. Pero cuando leo que hay científicos que hablan de la posibilidad de que el distanciamiento social se extienda varios meses, siento pánico y pienso en si sabremos cómo sobrellevar esto.

Porque, por más de que nos la demos de ermitaños y podamos asegurar que a veces se nos da bien eso de estar solos, de no salir para quedarnos en casa (por decisión propia) y dedicarle un tiempo a nuestro micromundo, para nadie es fácil todo esto. No creo que alguien pueda decir que no extraña un abrazo, que no extraña el contacto físico, que no extraña las reuniones con otros.

Hay muchas cosas que no entendemos de todo esto, pero creo que entendemos que hay cosas tienen que cambiar.

Y aunque sea un poquito, nos vamos a replantear los vínculos. Ayer, después de una videollamada de dos horas, mi amiga Camila escribió en el grupo si no creíamos que todo lo que pasa iba a cambiar la forma en que nos relacionamos y nos comunicamos. Como ocurre, por ejemplo, en las videollamadas: estamos obligados a escucharnos con más atención y respetar los tiempos del otro, porque si nos pisamos no hay quien se entienda. Mi amigo Martín le dijo que muy lindo todo, pero que no podíamos abrazarnos. Y ella le respondió que es verdad, pero que cuando volvamos a hacerlo, lo vamos a valorar de otra manera.

Son las 5 de la mañana de un día que bien podría ser martes o miércoles, da igual y ya nadie lleva la cuenta. Estamos en cuarentena hace cinco semanas y yo llevo dos con insomnio. Busco en el diccionario la definición de la palabra distancia y una de las acepciones dice “alejamiento, desvío, desafecto entre personas”. Y no puedo estar más en desacuerdo. Hoy, al menos. Porque ahora podemos decir que conocemos una distancia que nos acerca.

Florencia Dopazo en su balcón, aprovechando los últimos destellos del tibio sol de abril.

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