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Vivir bien

22 junio, 2022

La decisión de dejar todo para ir a vivir al campo

Residían en Buenos Aires y trabajaban hasta el cansancio. Hasta que, de pronto, sintieron que algo andaba mal. Entonces se mudaron a un paraje rural, donde por fin recuperaron el contacto con la naturaleza y las tardes en familia. Allí nos reciben para contarnos cómo es su nueva vida.


Verónica y Sebastián vivían en Buenos Aires y corrían todo el día. Hasta que se mudaron a Paraje Cilley y todo cambió.

Texto y fotos: Lola López

Soñar es lindo; concretar, más. Eso fue lo que hicieron Verónica Collinet y Sebastián Oliva junto a sus dos hijos, Bautista, de 15, y Ramiro, de 12. Después de mucho tiempo de decir que querían dejar la ciudad para irse a vivir al campo, cumplieron su sueño en cuestión de semanas. Y desde su casa-escuela del Paraje Cilley, provincia de Buenos Aires, aseguran que cada vez son más felices con su nueva vida.

“El día que finalmente tomamos la decisión no hubo marcha atrás y en dos meses ya estábamos viviendo en Carhué”, recuerda Verónica, mientras se acomoda la boina blanca y describe: “Nuestro deseo de conectar con un ámbito más simple, más tranquilo, más en familia y en comunidad, era genuino y siempre fue nuestro motor”.

Pero el detonante para toma la decisión en verdad fue otro. Vivían en Benavídez, una localidad de Buenos Aires. Verónica trabajaba doble jornada como docente y Sebastián hacía doble turno en una empresa de autopartes. Este esquema hacía que en la diaria se encontraran muy poco como familia y eso, de algún modo, les “hacía ruido”, como dicen. Sin embargo, la vida seguía en piloto automático, porque era difícil ponerle un freno. Aunque la idea de irse a vivir al campo siempre estaba presente.

En 2015, año en que por fin se mudaron a Carhué, se dio una situación paradójica: justo en ese momento a Sebastián lo ascendieron a un cargo de mayor jerarquía en la empresa donde trabajaba. Y sí, claro que estaba contento, era algo esperado… Pero lo cierto es que, aunque ganaba más, también la responsabilidad y las tensiones eran mayores. ¿Qué pasaba entonces? ¿Es que nada les venía bien?

«Durante el día cada uno estaba en sus cosas, solo nos veíamos a la noche y llegábamos muy cansados, extremadamente cansados, y a la vez agobiados por el temor de que nos asaltaran o nos pasara algo en el regreso a casa y, tanto era así, que habíamos establecido una serie de códigos para avisar si estaba todo bien o si había pasado algo en el camino», recuerda Sebastián y agrega: “Teníamos más ingresos, pero había algo que no andaba bien y, aunque no lo verbalizáramos, cada vez se notaba más”.

La calma de una tarde en familia era un gusto que no podían darse cuando vivían en la ciudad.

“Durante el día cada uno estaba en sus cosas, solo nos veíamos a la noche y llegábamos muy cansados, extremadamente cansados y a la vez agobiados por el temor de que nos asaltaran o nos pasara algo en el regreso a casa y, tanto era así, que habíamos establecido una serie de códigos para avisar si estaba todo bien o si había pasado algo en el camino”.

Un día, como tantos otros, Sebastián volvió de su trabajo y se sentó en el sillón a mirar televisión. De pronto, aparentemente de la nada, empezó a temblar cada vez más, hasta que ya no pudo ponerse de pie solo. El diagnóstico médico resultó contundente: sufría estrés agudo. La recomendación fue que debía poner, con urgencia, un freno. A este episodio se sumó que, al poco tiempo (y justo una vez que estaban volviendo de un paseo por Carhué hasta su casa en Benavídez), a Verónica le avisaron que el padre de un alumno suyo había sufrido un ataque cardíaco mortal. Y ese fue el empujón que necesitaban para concretar el deseo de dejar todo para mudarse al campo.

Crónica de una nueva vida

“Hacía rato que nos veníamos preguntando si tenía sentido vivir de esa forma y la respuesta se hizo muy obvia, así que lo decidimos, nos organizamos, avisamos en los trabajos y a la familia, buscamos una casa en Carhué y nos vinimos Paraje Cilley —resume Verónica de un tirón, a la hora de narrar la gesta de aquella aventura que los trajo hasta el pueblo—. Nuestro entorno nos dijo que estábamos locos, porque cómo íbamos a hacer algo así ahora que ‘estábamos ganando bien’ y ‘qué haríamos si nos iba mal’. Claro que podía irnos mal pero, ¿qué tan grave podría ser si, incluso en los trabajos de donde nos fuimos, nos dijeron que si nos arrepentíamos podíamos volver? Entonces lo primero que hicimos fue desdramatizar, porque muchas veces uno exagera los peligros simplemente para no dar ese paso que genera tanto miedo”.

Si bien dejaron algunas comodidades para adaptarse al nuevo lugar, en la dinámica del pueblo se sienten más a gusto que nunca.

Aunque no tenían parientes en el pueblo, eligieron Carhué porque habían estado de visita varias veces y siempre se habían sentido muy a gusto en el lugar. Pero vivir era otra cosa y, apenas llegaron, alquilaron una quinta que estaba “bastante abandonada”, según confiesan. Así fue que pasaron de la ciudad, con todas las comodidades, a un lugar que, si bien era habitable, en este momento estaba un poco venido abajo. Sin embargo, se sentían tan convencidos de lo que hacían que les resultó muy simple adaptarse al frío, a las dimensiones del lugar, a las distancias.

“Siempre me gustaron el campo y los caballos; mi abuelo tenía una quinta y de chico pasaba mucho tiempo ahí, así que acá me siento muy bien, es mi lugar natural”, cuenta Sebastián que, antes de mudarse, trabajaba con su esposa en un centro de equinoterapia los sábados. “Cuando llegamos, Vero consiguió trabajo muy rápido como docente y yo estuve bastante tiempo a cargo de la casa y de los chicos, lo cual despertaba algunas miradas curiosas en el entorno, porque son tareas que aún se ven como más de la mujer. Pero estábamos tan contentos de haber cambiado de vida, que no nos importaba nada”.

Al tiempo, Sebastián comenzó a desempeñarse en tareas rurales y como forjó fama de que le gustaba el trabajo, se fue haciendo conocido y ahora le sobran las propuestas laborales: está fijo en un campo y además “freelancea” para otros, como cuando lo llaman para vacunar o para hacer arreos. A todos sus cambios y nuevas actividades, la familia ha sumado algo que significa otra vuelta de tuerca: comenzaron con el emprendimiento Los Criollos de Carhué, donde ofrecen días de campo y experiencias rurales para quienes visitan el pueblo. Además, se unieron al grupo de Inta/Cambio Rural denominado Triángulo Turístico Rural de Carhué, Rivera y San Miguel Arcángel.

Los criollos de Carhué se llama su emprendimiento de turismo rural. Seguilos en www.instagram.com/loscriolloscarhue

«La primera vez que llegaron turistas estábamos muy nerviosos, pero la gente se fue tan feliz con algo tan simple como comer juntos y charlar, que ahí nos dimos cuenta de que este era y es el camino para nosotros», asegura Vero, que siente que cumplió su sueño: el de vivir y trabajar en el campo, cerca de su familia. «Nosotros hacemos todo en equipo y ahora, con este proyecto de turismo rural, sentimos que estamos más que completos. Es muy hermoso recibir gente, escuchar sus historias y compartir una comida”, señala. Pero, aunque todo cambió, ella no abandonó su vocación de enseñar: “Aquí también trabajo doble turno como docente, pero las cosas son más fáciles. Puedo volver a mi casa a comer y, sobre todo, vivimos en un clima general de tranquilidad que no tiene precio, como cuando vemos las bicicletas sin candado, o que la gente entra y sale tranquila del banco”.

«Yo creo que al Universo, conmigo, se le fue la mano. Le había pedido vivir en el campo y trabajar en una escuela rural y acá estoy, viviendo en esta hermosa casa escuela y en familia, en armonía con el entorno, con la naturaleza y con la comunidad”.

Hoy hace casi siete años que la familia decidió cambiar de vida y dos que se instalaron definitivamente en el Paraje Cilley, a 12 km de Carhué, donde viven en lo que supo ser una escuela rural que se cerró en 2007 por falta de matrícula. Un espacio que les resulta ideal para desarrollar su emprendimiento turístico por la amplitud de las instalaciones y del predio, donde tienen animales de granja, vacas y caballos que forman parte de la propuesta rural con la que reciben a los visitantes.

“Yo creo que al Universo, conmigo, se le fue la mano —dice Verónica entre risas y su alegría contagia—. Le había pedido vivir en el campo y trabajar en una escuela rural y acá estoy, viviendo en esta hermosa casa escuela y en familia, en armonía con el entorno, con la naturaleza y con la comunidad”.

Felices en el campo: una de las tantas postales que refleja cómo es su nueva forma de vivir.

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