7 de enero de 2026
Graciela Riera comienza a hablar y avisa que trajo pañuelos porque seguramente va a llorar. Apenas cae una lágrima por su mejilla, la seca rápido y sigue. Está sentada en el sillón de su casa. Es coqueta, le gusta maquillarse y llevar esmalte de uñas. De estatura media, y con anteojos puestos, su valentía se trasluce en cada palabra, como un rayo de luz abriendo camino en un cielo cubierto de nubes.
¿Cuántas veces se puede volver a empezar? Escucharla contar su vida implica pasar por despedidas, decisiones difíciles y búsquedas incansables; experiencias que la llevaron a escribir una historia que demuestra que un nuevo comienzo siempre es posible.
De la niñez en Tunuyán, Mendoza, guarda algunas postales que le imprimen una sonrisa: juegos con sus hermanos y vecinos en la calle y en el jardín. Y la cocina encendida con el horno de barro.
“Mi mamá hacía bizcochuelos, tortas fritas, pizzas para todos los chicos del barrio, y cuando terminábamos de jugar, nos llamaba para que nos reunamos a comer. Un lunes me enseñó con la sopa picada, con lo que había quedado del asado. Picar todo chiquito y empezar. Eso no se me olvida nunca”, relata esta mujer sobre esa primera influencia materna, que luego se convirtió en el empujón que transformó su vida: cocinar y vender empanadas.
Pero en el camino, reconoce, no todo fue lindo, no todo fue fácil.
Sobre la relación con su madre, dice que no fue muy cercana, ni la mejor. “No nos peleábamos, pero siempre tuvo preferencia por mi hermana más grande. Era tan fuerte lo que ellas tenían, que cuando mi hermana murió, a los quince días, mi mamá también. No soportó el dolor —cuenta—. Nunca pude sanar la relación con mi mamá. Me quedaron preguntas, cosas que no me animé a decirle. Pero tengo recuerdos lindos de la infancia. Eso no se borra”.
A sus quince años, Graciela se fue a vivir con su pareja, el futuro padre de sus hijas. “Mi papá no quería saber nada porque él era separado y me llevaba ocho años. Yo no hice caso”.
A los diecisiete, quedó embarazada, y pronto llegó la tragedia: su primera hija, Samantha, nació a los siete meses y murió siete meses después por una meningitis intrahospitalaria junto a otros veintitrés chicos. Graciela cayó en depresión y pasó cinco meses internada en un hospital psiquiátrico. “Cuando salí, era abrir los ojos en un mundo nuevo”, recuerda con dolor, aunque también enfatiza la esperanza que sentía por el futuro.
La relación con su pareja continuó de forma tormentosa. “Me golpeaba, pero yo lo perdonaba. Pensaba que era mi culpa”. A sus diecinueve años nació Pamela Soledad y, más tarde, esperaría a otra niña, Loana Yerimen. El quiebre se produjo durante ese segundo embarazo: “Me pegó tanto que me dejó tirada en el piso. Tomé valor y le dije que no lo quería ver nunca más. Busqué a mi hija que estaba en la vereda jugando y me fui a la casa de mi hermano. No volví. Nos fuimos con lo puesto, solo ropa”.
Se escondió por un tiempo en el campo y trabajó de lo que surgía. Cosechó ajo, tomate e hizo la vendimia, mientras Pamela iba a la escuelita, a un kilómetro de la casa. “Tenía una hija de once años y estaba embarazada. Había que salir adelante, no podía quedarme quieta, aunque tenía mucho miedo”.
Con el tiempo volvió a Tunuyán (Mendoza), donde había vivido siempre. Golpeó puertas ofreciendo lavar vidrios o barrer veredas, y así empezó a limpiar casas y a vender ropa mientras Pamela cuidaba de su hermana recién nacida. “Se hizo cargo como una mamá. Siempre le pido perdón porque no pudo ser hermana en ese momento”, comparte Graciela con la escucha atenta a sus propias palabras.
Al fallecer su madre, los hermanos de Graciela decidieron cederle la casa familiar, donde vivían tres familias carenciadas a las que la mujer había albergado. Al principio Graciela no quería, pero aceptó y construyó su propio espacio al derribar la habitación donde había dormido su mamá. “Ese día me fui y no volví por dos o tres días. Lloraba tanto”.

Para sostener a todos los que vivían bajo ese techo y a sus hijas, Graciela empezó a cocinar y vender empanadas. Se levantaba a las seis de la mañana, hacía la cebolla, el picadillo, la masa, cocinaba y salía a vender. Cinco docenas el primer sábado, siete el domingo, todas se vendieron.
Las empanadas fueron primero un salvavidas, después un puente y, con el tiempo, un símbolo de resistencia. En esa urgencia por sobrevivir, descubrió un oficio que se volvió bandera, y que amasó con paciencia, con amor y con tiempo. La cocina se convirtió en su refugio, el lugar donde transformó sus heridas ante el hervor de una olla que apaciguaba los miedos y renovaba la esperanza.
Cuando en 2020 llegaron la pandemia y el confinamiento, decidió regalar toda la comida que tenía en el freezer para las ventas de un fin de semana largo. Salió a la ruta y repartió bandejas de tres empanadas a camioneros y a familias varadas. Ese gesto la impulsó.

Con ayuda del Ingreso Familiar de Emergencia, un apoyo económico que recibió del gobierno durante ese tiempo, compró nuevas ollas, coladores y su primer horno. De a poco sumó otros más, hasta llegar a tener cinco.
Hoy trabajan junto a ella ocho mujeres, madres de familia, y cuatro sobrinos que ayudan los fines de semana y entregan alrededor de 1700 empanadas por día. Graciela viaja dos horas a San Rafael para hacer las compras mayoristas cada semana, y siempre pasa por el cementerio a dejar flores sobre la tumba de su madre.
Mientras tanto, proyecta su futuro: compró un terreno que era del papá de sus hijas, en Tunuyán, donde piensa construir algunos departamentos para poder darle a su familia lo que ella no tuvo y, así, forjar mejores posibilidades para todos.
Con 55 años, Graciela mira hacia atrás con gratitud. “A veces no tengo dimensión de lo que logré. Pero siempre digo que todo se lo debo a Dios. No a las iglesias ni a los curas, a Dios. Siempre me sentí guiada. Yo me lo propongo, lo hago, y si no sale, le busco la vuelta. Mi meta es seguir adelante”, concluye albergando la certeza de que no hay herida que el tiempo y la voluntad no puedan transformar.
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Qué gran luchadora Eres un ejemplo de mujer muchas bendiciones y muchos éxitos