29 de julio de 2026
Una enfermera, un puñado de dibujantes, un profesor de inglés, una maestra, un actor, una costurera, un electricista, un niño, entre otros vecinos y vecinas de Quilicura: un grupo de cuarenta personas en una localidad suburbana de Chile, que con un simple gesto, humano y comunitario, desafió las poderosas fuerzas de las más grandes empresas de tecnología del mundo.
Decidieron contar otra versión de la historia sobre la IA y los desafíos ambientales y sociales que presenta; una historia que suele ser contada desde la voz de los gobiernos, la ciencia, las corporaciones y las universidades, pero que pocas veces suele dar espacio para conocer la vivencia de las comunidades que conviven con los centros de datos, la infraestructura necesaria para que la IA funcione, y sufren las consecuencias ambientales.
Quilicura es una localidad industrial en la que viven 270.000 habitantes, y que, desde principios de 2010, se ha transformado en el núcleo más importante en Chile de centros de datos para la inteligencia artificial. Con un total de 6 centros de datos, entre ellos de Google, Sonda y Ascenty, es considerado uno de los nodos más grandes de América Latina. En esta zona hay además un humedal, que está contaminado y en peligro de secarse, al separarse de las napas subterráneas, demandadas por estas empresas.
La cuestión es desafiante y la evidencia científica respalda las preocupaciones: los centros de datos consumen energía y agua para la refrigeración de sus sistemas, y eso implica una demanda hídrica en países como Chile, donde la sequía es una problemática real. De manera paralela, en diversos ámbitos profesionales crecen las preocupaciones por las transformaciones en el mundo laboral y un horizonte que impulsa a las personas a reinventarse a un ritmo que parece nunca alcanzar la velocidad de los avances tecnológicos.
Más allá de los pánicos sociales o las modas, nadie puede desconocer las oportunidades que estas nuevas tecnologías presentan, para dar respuesta a todo tipo de desafíos. Entonces, la discusión profunda no es sí o no a la IA, sino: ¿cómo, para qué, con qué costos y qué responsabilidades?
Ante este complejo escenario, la pequeña comunidad en el norte de Santiago de Chile levantó la voz e hizo algo que llamó la atención de todo el mundo. Por un día, los vecinos y vecinas de Quilicura se organizaron para reemplazar a la IA y, en ese gesto, visibilizar un problema ambiental y social de escala global. Pusieron su tiempo, su creatividad y sus ganas para hacer realidad la consigna: “Pensá global, actúa local”.

Desde la necesidad de dar una respuesta a esta preocupación, nació Quili.AI una iniciativa en conjunto entre la Corporación NGEN y la Fundación Avina, que contó con la realización audiovisual de la agencia argentina TombrasNiña, y el reconocimiento de los premios D&AD.
La acción conmovió desde su simpleza. El 31 de enero pasado se reunieron en un austero club de barrio un grupo de vecinos y vecinas, y durante 12 horas se dedicaron a responder las preguntas que llegaron de personas de 68 países de todo el mundo. Durante esa jornada, los vecinos de Quilicura dieron respuesta “humana” a 25.000 prompts, mientras que un equipo de realizadores grababa para realizar una serie de spots.
Una de las participantes fue Andrea Saavedra Acuña, de 51 años, ex empleada bancaria devenida costurera, que desde hace años coordina como voluntaria acciones vecinales para el reciclaje. Ella y su hija Antonia viven a 10 minutos del humedal de Quilicura, y cuando las invitaron a ser parte de esta acción, se sumaron con entusiasmo.
“Ese día, nos llegaron todo tipo de preguntas, y cada quien respondía de lo que más sabía. Personalmente, me di cuenta que sé muchas recetas. Al final, Quili.AI me hizo reflexionar sobre el uso indiscriminado que hacemos de la IA, para cosas que se pueden resolver, por ejemplo, con un llamado a un amigo o un familiar. Si en lugar de preguntarle a la IA cómo hacer una torta, la llamo a mi mamá, al mismo tiempo estoy conectando con ella, le pregunto cómo está, estoy haciendo familia”, reflexiona en conversación con Sophia.
Katherine Carvallo, vecina de Quilicura y coordinadora de la Corporación NGEN, subrayó que Quili.AI no se trató de rechazar la IA como un todo, sino “convocar a la reflexión sobre el uso irresponsable de esta tecnología y cuál es su impacto ambiental”. Esta organización comunitaria viene trabajando hace años por la conservación del humedal de Quilicura. Además, reclaman una vinculación social entre estas empresas y la comunidad donde están sus centros de datos, a través de proyectos educativos y oportunidades de empleo.
En esa jornada, los mensajes intercambiados entre este grupo de Quilicura y personas de todo el mundo generaron risas, complicidad, emoción. Quienes participaron recuerdan el calor de ese salón del club repleto de personas y luces para las cámaras, pero también de entusiasmo, el apoyo y el intercambio de conocimiento.
Lorena Antiman, actriz y maestra coordinadora en NGEN también fue parte del proyecto y brindó algunos detalles: “Querían grabarnos en el humedal de Quilicura, pero no pudimos porque está contaminado. El objetivo fue educar, generar conciencia. Como consecuencia de la actividad de los centros de datos, Quilicura es la segunda comuna con mayor temperatura del área metropolitana de Santiago de Chile. Nosotros no estamos en contra de la IA, entendemos que es una gran herramienta para la ciencia, para crecer como humanidad, pero le faltó un detalle: el uso con precaución. La conciencia de que trae una huella hídrica”.

La evidencia científica está a la mano, y la tecnología para mitigar el impacto de los centros de datos existe, pero es necesario un marco regulatorio y el compromiso de actores empresariales y gubernamentales para que se aplique. Mientras tanto, en países como Estados Unidos, diversos gobiernos de ciudades y estados están impulsando leyes para restringir o prohibir la instalación de estos centros en sus territorios. En Argentina, ya existen centros de datos y se proyectan nuevas inversiones en este sentido.
Como planteó Marcela Guillibrand De la Jara, consultora del Programa Agua de Fundación Avina: “El debate no es si debemos demonizar o detener la inteligencia artificial. La pregunta es cómo aseguramos que su desarrollo considere los límites ecológicos del planeta y los derechos de las comunidades donde se instala la infraestructura que la hace posible. Quili.AI buscó precisamente hacer visible esa conversación.”
Frente al escenario que describe David Fideler, de “enormes infraestructuras construidas para reemplazar a los seres humanos”, el gesto de Quili.AI representa ante todo un poético acto de resistencia. Un llamado a volver a lo humano. A la curiosidad. La respuesta simple. A un dibujo a mano alzada. A una respuesta meditada. A lo imperfecto, pero mejorable en el encuentro con otros.
Stella Zapata es presidente de una central de energía solar ubicada en la Patagonia y su historia integra tecnología con identidad cultural mapuche.
Meses atrás, las llamas arrasaron este paisaje de ensueño, ubicado en el límite entre Chubut y Río Negro. Pero ahora todo vuelve a brotar. Hablamos con quienes encarnan la fuerza de esta recuperación comunitaria, de cara a una nueva temporada turística.
Con sus ejemplos de abundancia, el entorno nos muestra que cooperar es mucho más valioso que competir, en un camino para cultivar una actitud de gratitud y reciprocidad para las personas y el planeta.
Necesitás registrarte para disfrutar contenidos en audio
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN
0
COMENTARIOS
Necesitás registrarte para realizar comentarios
REGISTRARME¿YA TENÉS CUENTA? INICIÁ SESIÓN