Sophia - Despliega el Alma

Reflexiones

10 agosto, 2020

La cigarra, la hormiga y nosotros

¿Qué tiene en común la tradicional fábula con la pandemia que hoy nos toca atravesar a los humanos? ¿De qué manera la conducta de otras especies nos pone frente a nuestras propias debilidades y fortalezas? Un llamado a buscar nuevas respuestas reconociendo nuestros gran tesoro: la posibilidad de trascender.


Podés escuchar esta nota haciendo clic acá:

Ir a descargar

Por Sergio Sinay

¿Quién no la ha escuchado o leído alguna vez? ¿A quién no se la pusieron en algún momento como ejemplo o advertencia? La fábula de la cigarra y la hormiga es antiquísima y se conocen al menos cuatro versiones de ella. La primera es de Esopo, escritor griego de cuya vida poco se sabe. Se le adjudican distintos lugares y fechas de nacimiento, aunque se estima que vivió durante el siglo IV antes de Cristo. De hecho, se lo considera el padre de la fábula, ese género que relata anécdotas y vínculos entre animales con el fin de retratar a través de ellos las debilidades humanas.

Otras dos versiones de La cigarra y la hormiga pertenecen a Jean de la Fontaine (1621-1695), miembro de la Academia Francesa, que si bien escribió cuentos y poemas quedó inmortalizado como fabulista. Publicó doce tomos de fábulas que, en muchos casos retomaban y actualizaban antiguos y clásicos relatos. La cuarta versión de la historia de la cigarra y la hormiga que llegó hasta nuestros días es de Félix María Samaniego (1745-1801), aristocrático autor español que también recuperó antiguas fábulas de diferentes orígenes y las adecuó a su tiempo. Samaniego dejó 157 fábulas que se publicaron en siete tomos. Más que a los chicos, las dirigía a los adultos, e insistía en subrayar los aspectos que podían operar como críticas a la sociedad de su tiempo. A las suyas las llamó expresamente Fábulas morales, para que no quedaran dudas. Y se puede decir que es con él, y no antes, cuando las fábulas comenzaron a ser coronadas con una moraleja explícita.

Nada más que cantar

Las dos versiones de La Fontaine difieren en que una es más suave, más “amable” con la cigarra, mientras que la otra tiene un final más implacable para el pobre bicho. De todas maneras, es un “mix” de las versiones del escritor francés lo que más se difundió a lo largo de la historia y es ese el relato que solemos contar o citar en nuestro tiempo. Recordemos la fábula tal cual como la escribió La Fontaine:

“En todo el cálido verano cantó la cigarra, sin saber la pobre artista lo que le venía, y se encontraba muy desprovista de su necesario alimento para cuando llegara el duro invierno. Sin ni siquiera una pequeña porción, ni menos de mosca y mucho menos lombriz, muy despreocupada fue a llamar hasta la casa que construyó la trabajadora la hormiga.
-A súplicas le pido y vengo a usted, le dijo a la hormiga, a que me consiga y preste un poco de grano, ya sea cebada u otra cosa, para pasar el verano, mi querida amiga y vecina; que antes de agosto, y sin duda, se devuelvo todo. De hecho, pagaré su respectivo capital y asimismo su propio interés; por eso señora acuda a responder a mi solicitud y me ayude.
La hormiga era dura y mezquina con la floja amiga, porque ella conocía lo que pasó, y por ello le pregunto sarcásticamente a la triste vecina:
-¿Qué estuvo haciendo durante el calor?
-Qué hice, señora? Pues nada solo… ¡Cantar!- respondió la interpelada.
-¿Cantó usted, entonces, sin ningún temor? Si eso pasó, pues entonces se puede ir nuevamente hoy a bailar”.

Dado que la intención de las fábulas es valerse de los animales para observar y señalar las conductas humanas, podríamos deducir que los seres humanos, de acuerdo con la mirada de los fabulistas, nos dividimos en dos grandes categorías. Trabajadores y previsores, como las hormigas, y despreocupados e imprevisores, como las cigarras. Quizás estas características pasen muchas veces inadvertidas, pero salen a la luz en situaciones críticas. Por ejemplo, cuando nos sorprende un coronavirus y quedamos atrapados en interminables confinamientos. Hay quienes afrontan estas circunstancias con suficientes provisiones, y hay quienes están frente a ellas desprovistos e indefensos. No se trata, sin embargo, solo de los víveres materiales, de alimento, techo y abrigo. En este caso la metáfora alude a provisiones emocionales, a recursos psíquicos, a provisiones vinculares.

Quienes tienen el hábito de hacerse preguntas, de indagar acerca de sus propósitos existenciales, de explorar el sentido de sus vidas tanto en sus vínculos, como en sus tareas o en sus valores, podrán extraer de las mochilas con las que viajan por la vida herramientas para desarrollar la paciencia, el entendimiento, para responder a las restricciones y postergaciones de todo tipo (laborales, de relación, de movimiento, económicas) con creatividad y con esperanza. Podrán, como decía Confucio, encender una vela en lugar de maldecir la oscuridad. Como estuvieron atentos al devenir y han transformado sus vivencias y experiencias en sabiduría, conocerán el ritmo de la vida, hecha de ciclos favorables y desfavorables, de tránsitos fluidos y trabados, de gozos y de sombras. Como saben las hormigas, de inviernos y veranos.

La buena noticia

Quienes hayan hecho de sus vidas eternos veranos, creyendo que el sol brillará en todo momento, que las parras estarán siempre colmadas de uva, que la diversión no cesará nunca, que las voces interiores no deben ser atendidas ni escuchadas, que el bullicio, los brillos y la fascinación de lo exterior valen más que el silencio, la quietud y los interrogantes a responder que esperan en el interior, se encontrarán con las alacenas psíquicas y emocionales vacías. Atravesamos uno de esos momentos cruciales de los que hablaba Víktor Frankl (médico y filósofo, autor de El hombre en busca de sentido) en que, a través de las circunstancias que vivimos, la vida nos hace preguntas. Y debemos responderle, porque, como decía Frankl, hemos venido a este mundo a dar respuestas, a darlas a través de nuestras actitudes, de nuestras acciones, de nuestra conducta. De nuestra manera de vivir.

Quizás haya, a pesar de todo, una buena noticia para las “cigarras humanas”. Los animales de las fábulas no pueden cambiar. Tampoco los de la vida real. Hacen lo que hacen porque responden a una determinación biológica. Un programa que se llama naturaleza. La cigarra nunca será hormiga y viceversa. Pero los humanos pertenecemos a otra especie. Ni mejor, ni peor. Diferente. Aunque también respondemos a determinismos biológicos y estamos reglados por ellos, hay en nosotros una dimensión que Frankl llamaba noógena o espiritual.

Podemos comprender, comparar, imaginar, estimar, discernir.

Es decir, podemos pensar más allá de lo pragmático y coyuntural, podemos levantar la mirada hacia el horizonte de nuestras existencias, preguntarnos por el sentido de ellas y emprender la búsqueda de ese sentido. Podemos cambiar, transformarnos. Nuestra naturaleza es más compleja que la de la cigarra y de la hormiga. Contiene la posibilidad y el anhelo de la trascendencia, de ir más allá de lo obvio, más allá de nosotros mismos, más allá del canto del verano. Podemos explorarnos, ejercitar la introspección, escuchar las necesidades del alma. Trascender. Son tantos nuestros aspectos (cada persona es un universo) que, debido a esa inmensa variedad, se puede tomar a todos los animales para hablar de nosotros. Y, sin embargo, y más allá de las fábulas, podemos siempre abrir nuestros horizontes internos, evolucionar. Cantar cuando sea tiempo y trabajar cuando sea tiempo. Instrumentarnos para responder a las preguntas de la vida.

¿Te gustaría recibir notas como esta en tu e-mail?

Suscribite aquí y te las enviaremos a tu casilla todos los meses

No está conectado a MailChimp. Deberá introducir una clave válida de la API de MailChimp.

Comentarios ()