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Psicología

14 enero, 2019

La ciencia de la bondad

El científico Richard J. Davidson sostiene que la bondad es la base de un cerebro sano. Y que si el altruismo y la cooperación nos permitieron sobrevivir como especie, ser más solidarios debería ser un ejercicio diario y cada vez más consciente.


El científico Richard J. Davidson sostiene que la bondad es la base de un cerebro sano. Y que si el altruismo y la cooperación nos permitieron sobrevivir como especie, ser más solidarios debería ser un ejercicio diario y cada vez más consciente.

Richard Davidson, psicólogo e investigador, sostiene que estimular la ternura en los niños mejora su bienestar emocional.

Por Marina Do Pico.

“Supervivencia del más fuerte” es la frase con la que se recuerda, cientos de años después, a Charles Darwin, pero hoy no le hace justicia. El gran narrador de la historia de la evolución sostuvo también que la cooperación –no solo la feroz competencia– era igual de esencial para la especie. Y que las cualidades humanas que fomentan esta cooperación (la bondad, el amor, el cuidado) podían cultivarse y entrenarse.

Casi ciento cincuenta años después, el psicólogo clínico Richard Davidson encuentra en sus estudios una conexión directa entre el ejercicio de la bondad y el mejor rendimiento del cerebro, para afirmar que “la bondad es la base para un cerebro sano”. Jerome Kagan, otro conocido profesor de Psicología de Harvard, defiende la idea de que nuestro cerebro está “programado para practicar la bondad”. Por su parte, el autor y divulgador científico Daniel Goleman alega que una de las emociones más intensas para nuestro cerebro es la compasión: todo el sistema límbico reverbera en múltiples conexiones cuando la practicamos.

Por lo visto, Darwin entendió algo esencial sobre la naturaleza humana: la bondad es innata en la especie, y, como animales de manada que somos, representa un eslabón fundamental para garantizar nuestra subsistencia. Davidson realizó una investigación en distintas partes del mundo para probarlo. De sus estudios surgió una experiencia que permite visualizar su hallazgo: “Si interactúas con un bebé de seis meses a través de dos marionetas, una que se comporta de forma egoísta, y otra que es amable y generosa, el 99% de los niños prefieren al muñeco cooperativo”. 

Según los expertos, la bondad es un instinto heredado que enseñó a nuestros antepasados que, en un medio hostil, no sobrevive el más fuerte, sino el que dispone de una mejor red de apoyo. En ese sentido, Davidson señala que existen cualidades que se pueden enseñar y entrenar. “Los estudios nos dicen que estimular la ternura en los niños y adolescentes mejora su bienestar emocional, su salud y sus resultados académicos”, asegura. Además, menciona la siguiente práctica: “Les pedimos a las personas que lleven a su mente a alguien a quien aman, que revivan una época en la que esta persona sufrió y que aspiren a librarla de ese sufrimiento. Luego ampliamos el foco a personas que les resultan indiferentes y, finalmente, a aquellas que los irritan”. Estos ejercicios –dice el especialista– ayudan a reducir notablemente el bullying en las escuelas.

De este lado del océano, el neurólogo argentino Facundo Manes arribó a las mismas conclusiones: la bondad, la gratitud y el amor son fundamentales. “Ser generoso produce una sensación de bienestar porque activa un circuito neuronal asociado al placer y la recompensa, además de activar ‘químicos’ asociados a la felicidad, como la dopamina y la oxitocina”. El especialista observa, por otro lado, que las personas más bondadosas tienen más amistades, duermen mejor y superan los obstáculos de mejor manera que las personas mezquinas. Manes cree que, más allá de los beneficios personales de ser bondadoso, lo realmente notable es que la bondad “redunda en un bienestar general porque promueve beneficios para toda la sociedad”.

Lo novedoso de otorgar importancia a estos factores fundamentales para nuestro bienestar es que, hasta hace poco, no era frecuente que se los investigara a nivel científico. En sus estudios, Davidson diferencia la empatía y la compasión: “La empatía es la capacidad de sentir lo que sienten los demás, mientras que la compasión es un estadio superior e implica tener el compromiso y las herramientas para aliviar el sufrimiento. Los circuitos neurológicos que llevan a la empatía o a la compasión son diferentes”.

¿Se reflejará este entrenamiento propuesto por los científicos en nuestra conducta como seres humanos? Davidson, director del Centro de Mentes Sanas de la Universidad de Wisconsin-Madison está convencido: “Una de las cosas más interesantes que he visto en los circuitos neuronales de la compasión es que la zona motora del cerebro se activa: la compasión nos capacita para actuar y aliviar el sufrimiento”. Al parecer, la misma predisposición que nos hace humanos también puede hacernos felices.

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