3 de julio de 2026
El hombre más rico del mundo poda sus viñas
En las cálidas mañanas de junio de la década de 1440, en las colinas situadas a las afueras de Florencia, el hombre más rico del mundo comenzaba el día podando sus viñedos. Una vez terminada la poda, Cosme de Médici entraba en la casa y leía un pasaje de los escritos de San Gregorio sobre ética. Solo entonces dirigía su atención al mundo de los negocios.
Pero aquel ritual matutino no era una forma de ociosidad. Cosme dirigía el banco más grande y poderoso del mundo. Era el gobernante de facto de Florencia y, al mismo tiempo, estaba construyendo lo que llegaría a convertirse en la primera biblioteca pública de la Europa renacentista. También comprendía algo que hoy muchos parecen haber olvidado: la sabiduría requiere espacio. Una mente que nunca deja de resolver problemas acaba perdiendo la capacidad de preguntarse si esos problemas realmente merecen ser resueltos.
Seiscientos años después, apenas la semana pasada, la mayor oferta pública inicial de acciones de la historia fijó su precio. Elon Musk, cuya empresa SpaceX ha anunciado planes para lanzar hasta un millón de centros de datos de inteligencia artificial a la órbita terrestre, es ahora billonario y posee una fortuna mayor que la de cualquier otra persona que haya existido. Él no poda sus viñas por la mañana; en cambio, es famoso —y, de hecho, celebrado— por dormir debajo de su escritorio en el trabajo.
Esta comparación entre dos poderosos directores ejecutivos, separados por varios siglos, no pretende condenar a Elon Musk. Pretende, más bien, poner de relieve algo acerca del mundo que estamos construyendo y del verdadero costo que ello implica.
Como tantas otras cosas del Renacimiento, esta historia comienza con Petrarca. Mientras recorría las ruinas de Roma en el siglo XIV, Petrarca contempló los restos fragmentarios de una civilización que había perdido algo esencial.
Tras la caída de Roma, las grandes bibliotecas que habían formado a Cicerón, Séneca y a los cinco buenos emperadores de Roma habían desaparecido. Pero su destrucción no representó únicamente una pérdida cultural. Fue una pérdida humana. Petrarca creía que la sabiduría contenida en aquellos libros aún podía cambiar el mundo si lograba ser redescubierta. Dedicó su vida a intentar recuperarla, buscando manuscritos perdidos durante sus viajes.
Pero mientras Petrarca recorría Europa, estaba expuesto al peligro. Los caminos entre las ciudades estaban controlados por bandidos, y debía viajar bajo escolta armada. Algunos amigos de Petrarca fueron asaltados y asesinados en el camino.
Sin embargo, nada de ello lo detuvo, ni tampoco a quienes continuaron su labor, en la búsqueda de la sabiduría clásica. A comienzos del siglo XV, sus seguidores —un pequeño círculo de estudiosos humanistas— habían transformado su búsqueda de manuscritos perdidos en un proyecto organizado, impulsado por la convicción de que recuperar el saber antiguo podía contribuir a llevar la paz a un mundo desgarrado por las guerras.
Poggio Bracciolini fue el más célebre de estos “cazadores de libros”. Secretario papal durante el día y, por temperamento, un audaz aventurero al estilo de Indiana Jones, Poggio atravesaba los Alpes y aparecía sin previo aviso en las bibliotecas de los monasterios del norte de Europa. En 1417, en un monasterio alemán cuyo nombre se desconoce, extrajo de un estante cubierto de polvo un manuscrito que había permanecido “desaparecido” durante más de mil años. Era De rerum natura (Sobre la naturaleza de las cosas), de Lucrecio, una de las obras maestras de la filosofía antigua y el hallazgo más célebre de Poggio. Como de costumbre, para anunciar el descubrimiento escribió a su amigo Niccolò Niccoli, en Florencia.

El excéntrico y, con frecuencia, irritante Niccoli era la otra mitad de aquella empresa. Procedía de una familia florentina acaudalada, vestía una toga color ciruela y gastó hasta el último florín de su herencia en manuscritos raros. Su casa se convirtió en una biblioteca que albergaba una colección de ochocientos volúmenes, algunos de los cuales prestaba a sus amigos. Trabajando en estrecha colaboración, Niccoli y Poggio mantuvieron una correspondencia constante. Poggio descubría valiosas obras perdidas; Niccoli las copiaba, las archivaba y las distribuía entre otros humanistas. Juntos, de la mano de quizás una veintena de personas más que trabajaban en distintos lugares de Europa, lograron localizar hacia 1450 casi todos los manuscritos latinos antiguos que habían sobrevivido.
Hombre de una obsesión inquebrantable, Niccoli murió en la ruina, pero dejó una última voluntad. En su testamento pidió que su colección permaneciera libremente accesible, en una biblioteca pública, para todo aquel que deseara estudiar aquellos libros. Cosme de Médici, que había financiado discretamente toda la empresa desde sus comienzos, cumplió ese deseo. Saldó todas las deudas de Niccoli, adquirió nuevos manuscritos e instaló la colección en el monasterio reconstruido de San Marcos, cuya obra también costeó.
Todavía hoy es posible visitar el monasterio de San Marcos y el lugar donde se levantó la primera biblioteca del Renacimiento, que continúa siendo un espacio de radiante belleza y de una historia cautivadora.
Cuando la biblioteca abrió sus puertas en 1444, comenzaron a llegar estudiosos de toda Europa. Como describe la historiadora del Renacimiento Ada Palmer, el sueño de los humanistas era restaurar “la biblioteca que educó a Cicerón, a Séneca y a César, con la esperanza de que educara a una nueva generación virtuosa que gobernara con competencia y sabiduría y antepusiera el bien del Estado a cualquier otro interés”.
Sin embargo, en este proyecto no había inversores, accionistas ni rentabilidad del capital. Solo existía la convicción de que los libros podían formar mejores seres humanos y de que mejores seres humanos podían construir un mundo mejor. En otras palabras, la biblioteca era un acto puro de filantropía.
Los libros estaban encadenados a los pupitres de lectura, tal como todavía puede verse hoy en la Biblioteca Malatestiana, en Cesena, Italia, que siguió su ejemplo. Era una práctica habitual de la época, destinada a preservar intacta la colección. Pero las puertas permanecían abiertas para cualquiera que entrara desde la calle.
Con sus libros encadenados y sus puertas abiertas, la Biblioteca de San Marcos fue un legado perdurable para toda la humanidad.
Ahora, seiscientos años después, nosotros también estamos construyendo algo. Pero la pregunta sigue siendo: ¿qué?

En las afueras de las ciudades y, cada vez más, en lugares remotos elegidos por su acceso a energía barata y agua fría, está tomando forma la infraestructura que define nuestra época. Pero el centro de datos de IA no está diseñado para ser visitado. Tampoco está diseñado para ser bello. No está diseñado, en ningún sentido significativo, para los seres humanos. Un centro de datos es una supercomputadora gigantesca, construida con la tecnología más avanzada jamás concebida. Funciona las veinticuatro horas del día y genera un calor intenso; para refrigerarse utiliza inmensas cantidades de agua y consume suficiente electricidad como para abastecer a una ciudad.
La magnitud resulta difícil de comprender. Solo este año, las mayores empresas tecnológicas del mundo —Meta, Microsoft, Google y Amazon— han anunciado inversiones de capital relacionadas con la IA por un total de 740.000 millones de dólares, un aumento del 69 por ciento respecto del año pasado. Estos proyectos de construcción reúnen chips, servidores, sistemas de refrigeración y la energía necesaria para hacerlos funcionar.
Se proyecta que, para 2027, la infraestructura mundial dedicada al procesamiento de consultas de inteligencia artificial consumirá un volumen de agua equivalente a la mitad del consumo anual del Reino Unido. El costo de la electricidad es igualmente asombroso y continúa creciendo con rapidez. En Irlanda, los centros de datos consumieron el 22 por ciento de toda la electricidad del país en 2024, más que todos los hogares urbanos de Irlanda juntos.
El procesador gráfico (GPU) de Nvidia se ha convertido en la página manuscrita de nuestra época. Fabricado por máquinas a un costo enorme, un bastidor equipado con los procesadores Nvidia más avanzados consume de manera continua aproximadamente 140 kilovatios de potencia.
El manuscrito humanista era creado enteramente por manos humanas, para ser leído por ojos humanos y conservado en la memoria humana. Pero los chips de IA son fabricados por máquinas, para máquinas, con el fin de producir resultados que reemplazan cada vez más a los seres humanos que antes realizaban ese trabajo.
Y luego está el sueño que va más allá del sueño: un mundo en el que la tecnología lo gobierne todo. La semana pasada, SpaceX protagonizó la mayor oferta pública inicial jamás lanzada en Wall Street, con una valoración de 2,1 billones de dólares. La empresa ha anunciado planes para poner en órbita hasta un millón de centros de datos de inteligencia artificial. Estos satélites alimentados por energía solar, cada uno con la envergadura de un Boeing 747, utilizarían refrigeración líquida en el espacio y estarían conectados mediante láser con los usuarios en la Tierra. En esta visión final del despliegue de la infraestructura de IA, el objetivo de toda la empresa se vuelve visible: una infraestructura de alta tecnología que, literalmente, ha dejado atrás la Tierra, junto con los seres humanos que la habitan.
En contraste, Cosme de Médici construyó la biblioteca del Renacimiento en el corazón de Florencia, donde cualquiera podía entrar directamente desde la calle.

El Renacimiento tenía un término para aquello que intentaba construir. Humanitas designaba el cultivo de lo mejor de la naturaleza humana. Abarcaba la razón y el desarrollo ético, la dignidad humana, la expresión creativa, la capacidad de amistad y de amor, la búsqueda de la verdad y una profunda preocupación por el bien común. Pero estas no eran cualidades que una persona simplemente poseyera. Eran cualidades que desarrollaba mediante la educación, la reflexión y el encuentro con las grandes ideas que una biblioteca hace posible.
Una vez que comprendemos lo que los pensadores del Renacimiento entendían por humanitas, su opuesto se vuelve claro. Aunque los humanistas nunca utilizaron la palabra “deshumanización”, que es un término moderno, la idea está implícita en todo lo que escribieron. Humanitas remite siempre a la plenitud: al pleno desarrollo de aquello en lo que los seres humanos pueden llegar a convertirse. Su opuesto, la deshumanización, implica siempre una reducción, incluidas nuestras formas contemporáneas de comprimir a una persona hasta convertirla en una única función, una categoría, un número o una unidad de costo. Y este tipo de reducción se está llevando a cabo hoy en el lenguaje de la eficiencia corporativa.
En mayo de este año, Standard Chartered Bank anunció la eliminación de 7.800 puestos de trabajo. Quizá la noticia no habría resultado tan impactante de no haber sido por el lenguaje utilizado. Pero su director ejecutivo, Bill Winters, se ocupó de explicar la decisión en términos precisos. “No se trata de reducir costos”, dijo a los inversores durante una transmisión por internet. “Se trata de reemplazar capital humano de bajo valor por capital financiero y de inversión”. Y añadió que la sustitución de trabajadores por máquinas “se acelerará a medida que avancemos hacia la inteligencia artificial”.
Volvamos a considerar esas palabras: “capital humano de bajo valor”. Esa expresión habría resultado incomprensible para un humanista del Renacimiento, no porque fuera ingenuo respecto del dinero o del poder, sino porque todo el edificio del pensamiento humanista descansaba sobre la convicción de que los seres humanos poseían una dignidad intrínseca que nada podía reducir. Los humanistas construyeron una biblioteca para cultivar esa dignidad. Pero Winters desmanteló su fuerza de trabajo para financiar las máquinas que están reemplazando a esas personas.
Sin embargo, está lejos de ser el único. Meta despidió recientemente a 8.000 personas —el diez por ciento de su plantilla— con el objetivo explícito de “compensar” su inversión de entre 125.000 y 145.000 millones de dólares en inteligencia artificial. Se trata, literalmente, de sustituir seres humanos por chips y centros de datos. Como si esto fuera poco, Meta hizo que sus propios empleados entrenaran a las inteligencias artificiales que habrían de reemplazarlos antes de ser despedidos. Y otras empresas tecnológicas han eliminado decenas de miles de puestos de trabajo, alegando su preferencia por la inteligencia artificial frente a los empleados humanos.
Esto es reducción, o deshumanización, en el sentido preciso en que lo entendía el Renacimiento. Mientras que la humanitas reclamaba el pleno desarrollo de cada ser humano, la lógica del centro de datos reclama la eliminación de los seres humanos allí donde una máquina pueda sustituirlos. Los humanistas se preguntaban en qué podía llegar a convertirse una persona. Pero cuando las corporaciones pierden su alma y se vuelven semejantes a máquinas, la pregunta que se hacen es cuándo la inteligencia artificial podrá reemplazar a los seres humanos.
Cosme de Médici gastó una fortuna en construir una biblioteca para que cualquiera pudiera entrar, estudiar y cultivar su humanidad. Bill Winters, en cambio, está gastando una fortuna en inteligencia artificial eliminando de su nómina a los seres humanos. Ambos hombres gastaron fortunas, pero solo uno de ellos construyó algo para los seres humanos.

Volvamos ahora a aquella cálida mañana de junio, en las afueras de Florencia. Cosme de Médici —el banquero más poderoso del mundo y un defensor de la naturaleza humana— está podando sus viñas. Cuando termina, entra en la casa y lee un pasaje de san Gregorio antes de dedicarse a los asuntos del día. Este era el modelo de una vida verdaderamente humana. Era la creación deliberada de un espacio en el que la sabiduría pudiera habitar antes de que irrumpieran las exigencias del mundo.
Los romanos llamaban a esto otium: un tiempo dedicado a alimentar la mente y el espíritu. Cicerón, Petrarca y los humanistas del Renacimiento hicieron suyo este ideal. Comprendían algo que hoy corremos el riesgo de olvidar: el exceso de información puede desplazar a la sabiduría. Sin otium, sin ocio, una mente que no logra renovarse pierde la capacidad de reconocer aquello que realmente merece su atención.
Compárese esto con el ideal del director ejecutivo de Silicon Valley que duerme debajo de su escritorio, permanece mentalmente ocupado las veinticuatro horas con problemas operativos y trata la mente humana como un motor destinado a funcionar al máximo rendimiento hasta que se averíe o sea reemplazado. Allí hay algo humano que se pierde. Lo que desaparece es esa clase de reflexión capaz de tomar distancia y formular la pregunta más antigua y más importante de todas: ¿para qué es todo esto?
Esa pregunta fue el fundamento sobre el que se construyó el Renacimiento. Y es también una pregunta que, sin duda, hoy necesitamos volver a hacernos. No hace falta seguir exactamente los pasos de Cosme leyendo a San Gregorio al comenzar el día. Pero sí necesitamos reservar un espacio para que la sabiduría y nuestra vida interior puedan profundizarse antes de que empiece la jornada de trabajo.
Los contrastes que hemos visto no son casuales: Cosme frente a Musk. Los libros frente a los chips. La naturaleza humana frente a las máquinas. La filantropía frente a la codicia. Una biblioteca concebida para formar mejores seres humanos frente a una infraestructura concebida para reemplazarlos. Todos ellos reflejan respuestas radicalmente distintas a la pregunta acerca de aquello por lo que deberíamos esforzarnos.
La respuesta del Renacimiento era clara. Aunque no fue una civilización perfecta, supo formular la pregunta correcta: ¿qué significa llegar a ser más profundamente humanos y cómo podemos construir un mundo que haga eso posible? De esa única pregunta surgieron el arte, la arquitectura, la educación, la vida cívica e incluso las bibliotecas. Esa pregunta sigue entre nosotros porque forma parte de lo que somos como seres humanos.
Al abordar con decisión, esta primavera, la cuestión de la inteligencia artificial, el papa León XIV inspiró a muchos lectores, tanto creyentes como no creyentes, con la sabiduría de su encíclica Magnifica Humanitas («Magnífica humanidad»). En esta obra se sumó a una larga tradición al volver a formular esa misma pregunta y al dar voz a la sabiduría del Renacimiento. Si dejamos de lado el marco teológico, sus palabras podrían haber sido escritas por cualquier humanista del Renacimiento que hubiera estudiado en la biblioteca de San Marcos de Cosme de Médici:
“En la era de la inteligencia artificial, cuando la dignidad humana se ve amenazada por nuevas formas de deshumanización, nuestro deber ineludible es seguir siendo profundamente humanos”.
Han transcurrido seiscientos años desde que la primera biblioteca del Renacimiento abrió sus puertas en una calle de Florencia. Pero la pregunta para la que fue construida es hoy más urgente que nunca.
*Sobre el autor
David Fideler explora el papel de la filosofía y las humanidades en la vida contemporánea. Es fundador del Renaissance Program, con sede en Florencia, Italia, y editor de The Living Ideas Journal. Su libro sobre el filósofo estoico Séneca ha sido publicado en más de quince idiomas. Nacido en los Estados Unidos, actualmente reside en Europa.
https://davidfideler.substack.com/p/the-renaissance-library-vs-the-ai-data-center
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