5 de mayo de 2025
En algún momento de la vida todas nos preguntamos: ¿soy para este trabajo? ¿este trabajo es para mí? ¿y si me dedico a otra cosa? Dudas y más dudas vienen hacia nosotras como una hilera de hormigas. Ansiamos claridad, algo que nos saque el cosquilleo nervioso. Queremos saber lo que nos depara el futuro laboral y el rol que tendremos. Pero esta información no está en Google. Y eso nos inquieta.
Intentamos igual. En la barra con la lupita tipeamos: “cómo tener un trabajo soñado”. Aparece una lista de workshops, masterclass, cursos. Algunos prometen convertirnos en las nuevas gurúes de LinkedIn, otros darnos tips para tener resultados ya o, la versión más reciente, los tres simples pasos para descubrir nuestro propósito y olvidarnos de trabajar. Nos frustramos. Nos frustramos porque esperamos que nuestros procesos de cambio se parezcan al funcionamiento de una máquina: lineal, predecible, rápido y sin errores. La metáfora no nos aplica; tenemos más en común con un árbol que con una computadora.
Desaprender la visión mecanicista con la que nos vemos (y nos exigimos) es una deconstrucción necesaria y amable. Si los seres humanos no somos máquinas, ¿entonces qué somos? Una expresión de la naturaleza, con características específicas de nuestra especie, como el pensamiento abstracto o la conciencia auto-reflexiva, pero una expresión de la naturaleza al fin.
Me gusta pensar los trabajos vivos como aquellos que se sienten tan naturales como respirar. Son actividades profesionales que sintonizan con nuestra identidad más profunda y esencial; los dones y los talentos únicos que traemos para cultivar a lo largo de la vida. Solemos usar expresiones como: “estoy como un pez en el agua”, “siento una alegría inexplicable”, “es como si estuviera hecha para esto”. Más allá de los resultados, la tarea en sí misma nos deleita. Cuando la hacemos, algo dentro nuestro baila. Nos sentimos vivas. El poeta sufi Rumi nos invita a entregarnos sin reparo: “Déjate atraer en silencio por la extraña fuerza de lo que realmente amas”.
Sin duda, podemos encontrar trabajos auténticos. Pero identificarlos no es suficiente. Además de decidir qué hacer en el plano laboral tendremos que estar atentas a dónde, cuándo y con quiénes hacerlo, es decir, a los contextos. Una buena lectura del contexto nos ayuda a tomar decisiones para nuestro desarrollo profesional. Si miramos el mundo natural, vemos que nada crece aislado de su contexto. Todo está en profunda interrelación. Una planta ubicada en un lugar sin la luz solar y la humedad que necesita, se termina secando. Lo mismo sucede con nosotras. En cada momento de nuestro camino profesional hay ámbitos, organizaciones y equipos que posibilitan e incluso estimulan la expresión de nuestra esencia, y otros que la obstruyen. Hay circunstancias más favorables que otras para bailar nuestro baile.
Ahora imaginemos que lo hicimos: encontramos una ocupación afín a nuestra naturaleza y un contexto propicio para desplegarla. ¡Genial! Es importante recordar que esto no es algo que descubrimos una vez y para siempre. Los trabajos, como actividades vivas, son dinámicos y cíclicos. Siguen, por ejemplo, el patrón que encontramos en los procesos naturales: nacimiento, crecimiento, desarrollo y muerte. Dice el inventor R. Buckminster Fuller: “No sé lo que soy (…) No soy una cosa, un sustantivo. Pareciera que soy un verbo, un proceso evolutivo”. Ciertamente, ser humano es desconcertante y confuso. En parte, porque aquello que somos y que queremos ser (tenemos libre albedrío, podemos elegirlo), está en movimiento. No sólo cambiamos nosotras, también lo hace todo nuestro alrededor. Cuando parece que entendimos, algo nos desorienta de nuevo. Nos toca observar, a lo largo del tiempo, qué está queriendo nacer y renacer en nosotras, y cómo eso se acompasa con la realidad externa. Tendremos que aprender a movernos con gracia en ese pulsar ya que nos tocará cambiar de piel profesional varias veces en la vida.

Este tipo de trabajo tiene un plus: amplía nuestra mirada. Al sabernos parte de la naturaleza, entran en nuestro campo de atención otros seres (personas, animales, plantas, hongos). Nos damos cuenta que no estamos solas en la pista de baile. Somos parte de la comunidad viviente, exuberante y diversa. Los trabajos vivos son aquellos que se eligen y se practican desde la conciencia de interconexión (estamos unidas a la red de la vida) y de interdependencia (nos necesitamos). A través de nuestras labores, tenemos la oportunidad de crear condiciones que cuiden y favorezcan la vida en todas sus formas, no sólo la nuestra. Podemos orientarlas de forma consciente hacia el bien común; hacia el impacto positivo en otras personas y en otras especies; hacia la creación de belleza, de verdad o de bondad. En otras palabras, podemos ser agentes de cambio.
Cuando Luana vino por primera vez a mentoría tenía 32 años. Trabajaba como contadora y tenía claro que no quería seguir por ahí. “Vengo de una familia de contadores. Cuando elegí lo que iba a estudiar no me animé a salir del molde. Pero cada vez se me hace más difícil sostener la máscara. Lo siento inauténtico, impostado. Probé en varios lugares y me pasa igual”, me dijo al principio. Le pregunté qué la hacía sentir viva, me respondió: “la expresión corporal”. Explorando juntas, se dio cuenta que la entusiasmaba la actuación, aunque no lo había hecho antes. Decidió probar. Comenzó a tomar clases de teatro dos veces por semana.
Con el tiempo, supimos que se cumplió su intuición: le encantó. “Cuando actúo cada célula de mi cuerpo despierta. Me siento un canal de la fuerza creativa; una parte hago yo, otra parte hace ella; somos aliadas. Es loquísimo”, me contó eufórica. Luana gestaba su nueva etapa laboral mientras seguía trabajando en el mismo lugar. Comenzó a imaginarse a sí misma como actriz. Decidió estudiar la carrera. Actuó en diferentes obras los fines de semana. Y, cuando estuvo lista, habiendo analizado su contexto, se lanzó a trabajar como actriz. Se desplegó en esa identidad profesional por varios años.
Un día sintió nuevamente una energía de descenso, de fin. “Esta vez es diferente. Siento que algo caducó y, al mismo tiempo, algo sigue ahí intacto”, me contó. Después de conversar, llegó a la conclusión de que quería seguir vinculada al teatro pero de otra forma. Ahora quería enseñar actuación.
Algunos meses más tarde, volviendo de una de sus clases, conoció a María, una mujer en situación de calle. Al llegar a su casa abrió la computadora. Un dato la paralizó: la expectativa de vida de estas mujeres es 20 años menor que la del resto de la población. Esa noche Luana no pudo dormir bien. Sabía, de primera mano, la potencia de la expresión artística para procesar experiencias traumáticas y mejorar el bienestar; sabía que podía aportar a personas como María. Al día siguiente, tomó su cuaderno y escribió: “clases de teatro para personas en situación de calle”. Lo cerró. Ese puñado de palabras tal vez sea la semilla de un nuevo ciclo. Ya veremos.
Nuestra identidad laboral es escurridiza porque está viva. La decisión última de qué hacer con nuestra vida profesional es compleja, paradojal y sobre todo, nuestra. Nadie puede tomarla por nosotras. No hay respuestas simples. Tampoco rápidas. Pero hay una serenidad que se desprende, como el perfume de un jazmín, cuando armonizamos el ser y el hacer. Hay encanto en los trabajos que nos hacen respirar profundo. Hay belleza en el proceso de descubrir el misterio que somos.
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Gracias Maite por este artículo! Hermoso y certero recordatorio. Ha sido una sincronía total en mi proceso de transformación actual. Un abrazo grande