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Artes

14 febrero, 2014

La audacia de abrir diálogos imposibles


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¿Te imaginás a San Martín, el Che Guevara y el Pato Donald juntos? La prestigiosa Liliana Porter convierte este rescate de íconos en su materia prima para reflexionar sobre el sentido del tiempo. Vive en Nueva York desde los 22 años, pero siempre regresa a Buenos Aires. Actualmente expone en el Malba. Por Agustina Rabaini. Fotos: gentileza Malba.

Cuando vengo a Buenos Aires, hay algo que me llama siempre la atención. A un norteamericano jamás se le ocurriría aplaudir al aterrizar, pero acá todos aplauden al llegar. Están todos esperando matarse (se ríe). Hay algo de nosotros, los argentinos, que en el fondo esperamos hacernos pelota, y si no sucede, nos parece increíble y aplaudimos”. Liliana Porter habla, muerta de risa, cuando ya lleva varios días en Buenos Aires. La artista plástica vive desde 1964 en Nueva York, y hoy está acompañando una importante muestra que se expone hasta febrero en el Malba. La exhibición está integrada por una instalación, algunas escenas que se suman, y una serie de obras sobre papel, y refleja con contundencia sus temas recurrentes. Además, claro, de su pasión por pensar el mundo y expresarse, que se mantiene intacta desde su primera muestra, cuando tenía tan solo 17 años.

Hija de un director de cine, Julio Porter, y de una poeta y grabadora, Margarita Galetar, Liliana comenzó a estudiar Bellas Artes a los 12 años, continuó su formación en México y vive en Nueva York desde los 22. Al llegar, fundó (junto a su primer esposo, Luis Cammitzer) el New York Graphic Workshop, un taller de grabado y centro experimental que fue clave para el desarrollo del arte conceptual. Desde entonces no ha dejado de producir y lleva años exponiendo obras en los museos más importantes del mundo.

En los últimos tiempos ha encontrado un nuevo desafío: en marzo va a codirigir una obra de teatro junto a otra gran compañera de ruta desde hace muchos años, la uruguaya Ana Tiscornia. Por el momento, la pieza podría llevar el título de Entreactos, pero están pensando en cambiarlo. “Estamos buscando un título menos directo y con más gracia o alejado del tema en sí, como los títulos que usaba Magritte. Será en un teatro antiguo, el Sarmiento, un lugar lindo y poco pretencioso, con asientos de terciopelo, que está casi dentro del zoológico”, dice la artista con una media sonrisa, siempre hilvanando ideas con humor.

Ya son cincuenta y cinco años de trayectoria como artista y docente y, como puede verse en toda su obra –grabados, dibujos, instalaciones, objetos, fotografía, film y video–, el tema del tiempo y sus formas la atraviesa. La guía. Su cabeza está atenta a lo que ocurre y la nutre ahora, pero también a todo lo demás, que vuelve de manera incesante: los sucesos culturales que la marcaron, lo que la atrae y lo que no le gusta para nada. Sobre eso dice: “Ahora hay gente interesada en mi obra de los sesenta y los setenta. En esa época ya hacía instalaciones, y como ahora las tengo que rehacer, es interesante porque es como si escuchara que me dicen: “¿A ver si todavía te queda bien?”. No estaban tan mal. Cuando las veo, por un segundo me convierto en mi hija y en mi madre al mismo tiempo. Y me emociona, porque aunque visualmente sean distintas a lo que hago ahora, hay una misma pregunta que se mantiene.

–¿Que regresen las mismas preguntas resulta tranquilizador?

–Está bueno saber que no estoy enojada conmigo o sentir que lo que hice antes es horrible. Tengo una gran cantidad de obra y, como estoy en una etapa de poner las cosas en orden, veo también que hay desorden: cuando era más joven no guardaba las cosas y algunas se han ido, lo cual está bien. Lo que es seguro es que nunca hice nada pensando en que pudiera convertirse en algo histórico (se ríe).

–¿Cuáles reconocés como los temas que vuelven con recurrencia?

–El que vuelve siempre es el sentido del tiempo, o la pregunta acerca de qué es el tiempo, que no es una cosa lineal, sino algo complejo que incluye a la memoria, el futuro y el pasado. Lo que te imaginás, lo que te inventás… Están los diálogos, por ejemplo, donde un señor dentro de una reproducción de postal renacentista se mira con una muñequita de plástico que está fuera. Me interesan esas simultaneidades, posibles diálogos a través del tiempo.

–Hay algo que llama la atención en tu obra y es la elección de pequeños objetos y juguetes antiguos. No hay muñecos de ahora, como pueden ser las Barbies o las Monster High…

–Sí, pero de eso me doy cuenta ahora, que pasó el tiempo. Creo que es algo generacional. Hay viejos objetos que me son familiares, y la verdad es que nunca jugué con una Barbie ni me hice amiga de ese elenco. Voy a lo que conozco y me atrae. Es cierto que, en general, los objetos son antiguos y que muchos personajes tienen cara de que no entienden. A  mí lo que me fascina es ver cómo se transforman las cosas. En Nueva York hay un queso brie que se llama Juana de Arco. Y me parece increíble y da un poco de gracia que esa mujer que se tuvo que morir en la hoguera haya ido a parar a un queso. O la Mona Lisa, que me hace volver al dulce de membrillo de mi infancia.

–La selección de objetos también denota cierta carga de melancolía o nostalgia…

–Puede ser, pero yo no lo veo así, porque uno siente nostalgia de algo que perdió y lo que yo siento con esto es algo vivo. Mantengo relación con esos objetos, me confronto con ellos, pero desde ahora.  Y no desde una visión infantil. ¿Por qué uso íconos? Es cierto que están Elvis Presley, San Martín, el Che, la hoz y el martillo, el Pato Donald y tantos otros.  Lo que me interesa de ellos es ver cómo se han ido transformando o cómo quedan en la memoria. En Estados Unidos el Che hoy es un personaje de remera, y creo que muchos piensan que es un actor. Lo mismo me pasaba con los estudiantes cuando les hablaba de Evita. Algunos creían que no había existido. Para ellos Evita era Madonna, en la película, o la protagonista de un musical.   

–Hay quienes hablan de tus obras como de manifiestos poético-políticos. ¿Hay una intención política detrás?

–Si te fijás, en mis retratos conviven el nazi, el Mao, el payaso, el pollito… Los personajes cambian de escala y algunos son grandes, otros más chicos y todos están juntos, conviviendo. Desde el punto de vista político, quizás haya una cosa esperanzadora en cuanto a dar lugar al otro, o abrir una posibilidad de diálogo. Uno mismo no es una sola cosa. A veces es malo, a veces es inteligente. Y a veces es medio un tarado. Nada es tan blanco ni tan negro; la realidad es más difícil y está compuesta de todas esas cosas al mismo tiempo.

–Y  los comienzos, Liliana, ¿al ser mujer, fueron fáciles o difíciles?

–Siempre me sentí afortunada por haber tenido el apoyo de mis padres y de todo el mundo, pero entiendo que hay mucha gente que no lo tiene. Al mismo tiempo, pasaron los años y me doy cuenta de algunas cosas que no veía, como que un artista al mismo nivel mío, si es hombre, vende más caro o en más lugares. No me puedo quejar, porque no me ha ido mal, pero es así como lo digo. En Estados Unidos, cuando llegué, empezó todo el movimiento feminista y en ese momento yo no me sentía nada identificada, porque sentía que las mujeres querían estar en el lugar de los hombres y lograr lo que lograban ellos. En todo caso, me importaba o preocupaba que hubiera una discriminación hacia lo latinoamericano y me interesaba más cuestionar esas relaciones. En cuanto a las mujeres, igual más tarde me fascinaron las Guerrilla Girls, un grupo genial, muy didáctico, que tenía mucho humor y hacía acciones donde demostraba, por ejemplo, que la mayoría de las galerías de arte tenían un uno por ciento de mujeres.

–En un momento leí que contabas que tu madre, que perdió muchos afectos de golpe, fue una gran inspiración para vos porque tenía una actitud positiva, alegría de vivir…

–Sí, mi madre era súper positiva, hija de rumanos. Tuvo ocho hermanos que fueron muriendo año tras año por diferentes enfermedades. Y cuando solo quedó el padre, la madre y una hermana, se incendió la casa. ¡Se murieron mi abuelo y mi tía! En ese momento, mamá tenía 15 años y debe de haber sido muy duro. Sin embargo, con todo lo que fue pasando, mi hermano y yo tuvimos una infancia feliz. Creo que haber vivido lo que vivió, a mamá le hizo tomar conciencia de lo efímero de la vida, o de la posibilidad de que todo pudiera cambiar en un minuto. No sé cómo hacía pero era optimista y tenía una relación muy poética con las cosas. Escribía, y después empezó a hacer grabado. Si ves sus dibujos y grabados ahora, siempre hay una casita. Siempre volvía a la casa, y ahora me doy cuenta de que yo también hago mucho el caminante que vuelve a la casa.

–¿Y tu padre?

–Se llamaba Julio Porter, era un director de cine famoso, y en la infancia, en el colegio, me preguntaban por él. Eso de tener un papá famoso me daba seguridad. Fui feliz en esa época, y más tarde, como soy de la generación que soy, nadie esperaba que hiciera una gran carrera o algo así; en esa época las mujeres teníamos que casarnos. No tenía que ser ningún genio ni recibirme de nada, y eso hizo que me dejaran tranquila. No tenía presiones.

–Esa seguridad que sentís que te dio la infancia, además de dejarte construir un propio camino con libertad, ¿decís que te dejó sin miedos?

–Bueno, tengo miedos, como todos. Y soy consciente del drama. Mi obra no es tan alegre; la gente cree que lo es, pero lo que hay ahí es un drama espantoso. Soy súper consciente de que todo puede darse vuelta en un segundo. Y al mismo tiempo soy positiva. Cuando me pasan cosas, intento salir.

–En tu obra expuesta aquí en el Malba, llama la atención ver cómo el protagonista, el hombrecito del hacha, está rompiendo todo. Pero, en realidad, deconstruye un mundo donde se construye todo otro: la obra, y otros personajes y posibilidades. 

Sí, Graciela Speranza, en el ensayo que da inicio al catálogo, dice que para hacer todo este desbole, todo eso roto, tuve que construirlo despacito, y por eso tituló el texto “A contratiempo”. Fue muy generosa en ese ensayo, donde escribió que puedo alumbrar a un hombre con un hacha y también a un jardinero que riega sus plantas en medio del desastre.  

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