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«La Argentina es un país caótico y miope»

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Carl Honoré, el reconocido impulsor del movimiento Slow y autor de best sellers, acaba de publicar La lentitud como método (RBA), su nuevo libro. En él nos ayuda a pensar salidas para un mundo que va a fondo y, a veces, se lleva todo puesto. En una charla con Sophia, comparte su propuesta de base: buscar soluciones lentas para lograr cambios sociales profundos y duraderos. Por María Eugenia Sidoti.

La teoría de una lentitud inteligente podría parecer apenas un juego de palabras y, entonces, cualquier desprevenido podría pensar que quien la pregona solo tiene para ofrecer otro de esos puñados de falsas promesas existenciales. Un poco de humo por aquí y… voilà! Un nuevo gurú de la autosuperación asomando sobre la faz de la Tierra.

Pero no. Por el contrario, la intención de Carl Honoré (47) es crear un antídoto para las soluciones mágicas y vacías que llevan décadas asomando en cada nuevo manual de vida “en diez simples pasos”. Y así, si alguien llegara a confundirse creyendo que su libro es un Top ten de frases hechas, quedará a la intemperie.

En diálogo con Sophia, el propio autor lo sintetiza del siguiente modo: “Si vas a un libro llamado La lentitud como método buscando respuestas rápidas, ¡realmente necesitás ayuda! Lo que vas encontrar en él es, más bien, una lente útil para hacer frente a problemas difíciles y llegar así a soluciones reales y duraderas. Eso lleva tiempo; un lujo, en este mundo impaciente. Pero, en realidad, es una inversión inteligente y esencial hacia el futuro. Hay que poner tiempo, esfuerzo y los recursos necesarios para empezar a abordar el problema de fondo hoy y cosechar los beneficios mañana”, explica este licenciado en Historia y Lengua, que nació en Escocia, creció en Canadá y luego se instaló en Brasil para trabajar con chicos de las favelas. “Ahí fue donde decidí que mi vocación en la vida iba a ser cambiar el mundo escribiendo sobre la injusticia”, cuenta.

Hoy vive en Londres, y aunque su “valioso tiempo” cotiza en alza para los medios y la industria editorial (personas de todo el mundo siguen sus artículos, sus libros son best sellers y cada conferencia que brinda es a sala llena), él igual se ofrece a entregarlo con generosidad a todo aquel que quiera escuchar sobre el movimiento Slow, que difunde y a la vez defiende, por considerar que ralentizando se aprende a pensar y a tomar mejores decisiones a largo plazo. Este es un tema que ya abordó en sus anteriores libros (Bajo presión y Elogio de la lentitud), pero que esta vez analiza desde una perspectiva colectiva y con ejemplos a nivel macro.

–Empecemos por el final. ¿Por qué decís que te resultó difícil este libro?

–Porque yo mismo no sabía cuáles serían los ingredientes de un “método lento” hasta que me metí de lleno en la investigación. Pasé mucho tiempo entre la incertidumbre y la duda, sin saber si iba a salir algo coherente de esa enorme maraña de material. Tuve que aprender, adaptarme y pensar muy profundamente a lo largo del camino (¡yo mismo tuve que ser lento!).

–Antes brindabas ejemplos más individuales, pero ahora abrís el juego para analizar fenómenos colectivos. ¿Qué te llevó a ampliar la mirada?

–El hecho de que somos animales sociales y, antes que nada, tenemos que conectar e intercambiar con otros. Por eso, los espacios sociales son clave, la llave de entrada a una civilización saludable.

–¿Qué les decís a quienes, de repente, empiezan a sentir que tu libro no era tan “fácil” de leer como creían?

–Que las mejores cosas de la vida raramente son “fáciles”, ya sea que se trate de lograr un buen vino, una familia feliz o una carrera de éxito. Lo bueno lleva tiempo y esfuerzo. Y la adicción a la solución rápida está cobrándonos peaje en todo, desde nuestras relaciones y nuestra salud hasta los negocios, la sociedad y el medio ambiente. ¿Por qué? Porque las soluciones rápidas rara vez cumplen con su promesa seductora de darnos un máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo. La gente suele decir: “¡No tenemos el tiempo ni los recursos para una solución lenta!”. Pero parece que después siempre encontramos el tiempo y los recursos para recoger los pedazos, cuando el arreglo rápido que hicimos explota frente a nuestros ojos. Solo digo que deberíamos revertir la ecuación e invertir el tiempo y los recursos ahora. Va a ser más eficaz (¡y más barato!) a largo plazo.

–Si es un hecho que queremos “desacelerar”,¿por qué cuesta tanto?

–En parte, porque la velocidad es divertida, sexy, un subidón de adrenalina. Es como una droga y nos hemos convertido en adictos. En parte, es la codicia: el mundo es una mezcla heterogénea y gigante de cosas para hacer y consumir, y queremos tener toda la experiencia posible. El problema es que “tener todo” es una receta para apresurarse en todo. En parte, es nuestra propia finitud: queremos meternos en tanto como sea posible, hasta el fin. En parte, es el espacio de trabajo moderno, que ejerce presión sobre nosotros para trabajar más rápido y por más tiempo. En parte, es la tecnología: estamos rodeados de aparatos que permiten hacer todo más rápido y más rápido, y nos animan a eso. En parte, es el miedo: corriendo y en un constante estado de distracción, evitamos las preguntas profundas.

–En la Argentina estamos sintiendo las consecuencias del “atar todo con alambre”, como  decís en el libro…

–Uno juzga a una sociedad por lo bien que trata a sus débiles y desfavorecidos, y en ese sentido, creo que países como Brasil y la Argentina podrían hacerlo mucho mejor. Cuando se trata de abrazar las soluciones de largo plazo, las más profundas, esas que exploro en el libro, la Argentina está claramente en desventaja. Es un país caótico y miope, que empuja a la gente hacia soluciones rápidas a corto plazo. Y eso se convierte en un círculo vicioso. Si el sistema recompensa y nunca castiga a los que atan todo con alambre, entonces, nada cambia. Pero no creo que sea imposible inculcar la mentalidad de una solución lenta en tu país. Colombia también es bastante disfuncional, pero solo basta ver los cambios que se lograron en Bogotá para hacerse una idea de la importancia de trabajar en conjunto y tener una mirada superadora.

–¿Cuál es nuestra responsabilidad como periodistas a la hora de poner en valor el sentido de la vida?

–Es duro para los periodistas. Lo sé porque he trabajado en medios. La prensa también necesita someterse a una revolución. Debe dejar de ser la máxima animadora del turboconsumismo, el turbocapitalismo y la cultura de la celebridad vacua. Hay que frenar y empezar a hacer preguntas profundas; no solo acerca de aquello que los políticos dicen o cómo cerró el mercado de valores. Me refiero a las importantes, que van directo al alma de la cuestión. ¿Cuál es el propósito de la economía? ¿Cómo debemos medir nuestro éxito como ciudadanos y colectivamente como sociedad? ¿Qué clase de mundo queremos dejarles a nuestros nietos?  También sería de ayuda si diéramos seguimiento a las historias, para saber que pasó en el mediano y en el largo plazo, en lugar de enfocarnos solo en lo sensacional, en el aquí y ahora del “rating”.

–Muchos hablan de participación en las redes sociales, pero vos decís que un “Me Gusta” no cambia el mundo.

–Tenemos que usar los aparatos sabiamente. De lo contrario, ellos serán nuestros amos y nosotros, sus esclavos. Estar siempre conectados tiene un severo impacto: se come nuestro tiempo privado, nos mantiene distraídos y nos mete para adentro. Demasiada conexión nos hace incapaces de prestar atención a nuestro alrededor. Los seres humanos necesitamos momentos de silencio y de soledad, para descansar y recargarnos; para pensar profunda y creativamente y mirar hacia adentro, confrontando con las dudas existenciales. No se puede soñar despierto o reflexionar cuando la mente está siempre ocupada en ver si hay un nuevo mensaje de WhatsApp o en pensar un tuit con chispa. Cuando nuestros ojos están pegados a una pantalla, perdemos el grano fino del mundo. Cuando nos atenemos a itinerarios de GPS, se va la alegría de descubrir las cosas por casualidad.

–¿La comunicación tecnológica es, entonces, una paradoja en sí misma?

–Sí, porque no siempre significa buena comunicación. En las zonas de juegos de todo el mundo, se ve a los padres usando sus teléfonos mientras supuestamente pasan “tiempo de calidad” con sus hijos. Tenemos que encontrar un equilibrio. Eso significa disciplina e imaginación para utilizar la tecnología con mejor criterio. Para encenderla solo cuando puede enriquecer nuestras vidas, pero apagarla cuando necesitamos la antigua comunicación cara a cara, o incluso un poco de silencio.

–Decís que sos un “adicto” a la velocidad en recuperación…

–Sí. La verdadera raíz de nuestra cultura acelerada es la relación neurótica que establecemos con el tiempo. Lo vemos como a un enemigo, algo que debe ser conquistado y explotado (como si la mejor manera de usarlo fuera exprimir cada minuto). Pero cada momento del día no tiene que ser una carrera contrarreloj; el tiempo es tiempo. Lo que importa es la forma en que nos acercamos a él. Si lo tratamos como un recurso finito que siempre está huyendo, quedamos atrapados en la función de avance rápido. Si pensamos en el tiempo como un elemento en el que vivimos, como lo es el aire, entonces, puede ser nuestro amigo, aquello que nos sostiene. Una forma de lograrlo es dejar de medirlo de manera obsesiva y confiar más en el reloj interno.

–¿Qué es hoy una hora para vos?

–Dejé de usar reloj en el año 2002 como parte de una investigación. Y eso me cambió la vida: puedo saber la hora mirando los relojes públicos o pidiéndosela a la gente en la calle, y a veces, a raíz de eso, empezar una conversación interesante. Hoy tengo tiempo para esos momentos que dan significado y textura a la vida, como leerles un cuento a mis hijos a la noche, disfrutar una copa de vino con mi esposa, charlar con un vecino o detenerme y mirar un edificio o un atardecer. Siento que estoy viviendo una vida en lugar de atravesarla.

–¿Cómo ves a las mujeres en el marco de esta cultura de aceleración?

–En nuestra cultura, el tabú en contra de la lentitud significa que quien no se apresura es débil, y en él se apoya el relato machista. Así, las mujeres son empujadas velozmente en todas las direcciones posibles, a través de sus distintos roles como madres, compañeras, empleadas, gerentas, amigas, etcétera. Eso pone mucha presión para que hagan todo cada vez mejor y más rápidamente. Y son ellas quienes ven con mayor profundidad el daño que la velocidad les provoca a los niños y a la familia.

–¿En qué sentido?

En general, las veo más receptivas y comprometidas, porque llevan la carga de una revolución lenta en sus espaldas. En el hogar, en las escuelas, en el trabajo, en todas partes. Hoy una mujer difícilmente puede imaginar qué tan gravemente estaba limitada la vida décadas atrás. Miro a mi hermana y a mi abuela, y me maravilla el cambio que se logró en solo dos generaciones. Por eso, creo que la revolución Slow y la revolución por la igualdad de género van de la mano. Porque “lentificar” significa honrar y respetar a otras personas. Debido al mayor poder que tienen las mujeres en este sentido, serán más capaces de conducir el cambio.

–¿Qué lugar ocupa la espiritualidad en el trabajo de reencontrarnos con nuestro propio tiempo?

–Creo que el alma y el espíritu son una parte importante del tiempo, porque es una verdad universal y eso explica por qué cada religión tiene a la lentitud en su núcleo. Pienso en Dios descansando en el séptimo día. O en el sabbat, el día de reposo. O en la oración… Todos estos actos son acerca de olvidar el reloj y vivir el momento en lugar de contar los minutos y los segundos. No se puede acelerar la iluminación. No se puede precipitar la oración. No se puede.

–Por último: ¿qué te inspira y cuál es tu mayor anhelo?

–El lenguaje me inspira. Su música, sus matices, su cadencia. Me encantan las palabras y la manera en que dan forma al mundo y la manera en que nos permiten actuar en él. El humor también es muy importante para mí; siempre trato de ver el lado bueno de las cosas. Y mi mayor anhelo es hacer del mundo un lugar mejor, tratando de disfrutar del proceso. 

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"El amor es una cadena de amor, como la naturaleza es una cadena de vida".

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