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Sustentabilidad

14 septiembre, 2022

La apicultura como una forma de conectarse con el todo

Tener abejas es asomarse a un mundo maravilloso y sincrónico que puede ser una puerta para entendernos a nosotros mismos. Tres especialistas en apicultura de la Patagonia nos comparten su experiencia.


Soledad Anabel Candia García es psicóloga e ilustradora y decidió dedicarse a la apicultura porque consume todos los productos de la colmena.

Por Lola López

“Ayer en el oeste patagónico teníamos un día hermoso, soleado. Las abejas a pesar de las bajas temperaturas salían de sus casas. Hoy está nevando; salí a revisar que no se acumulara nieve en la entrada de las colmenas y mientras observaba cómo estaba todo, reflexionaba acerca del accionar humano, de nuestra tendencia a torcer los procesos naturales. Salí de casa con botines, medias de lana y campera de pluma, en cambio, las abejas estaban formando un racimo todas juntas para mantener el calor y no malgastar energía dentro de su hábitat”.

Así narraba Cesar Massaccesi, un apicultor de la locualidad patagónica de El Bolsón, la vida de sus colmenas en este invierno que ya comienza a despedirse. Se abrirá paso, por fin, la primavera, una época en que los enjambres comenzarán a desarrollar su máxima actividad. César, que arrancó a los veinte años, encontró en las abejas una forma de contemplar y de comprender a la sociedad humana. “Me encanta descubrir la sabiduría de estos insectos adquirida a través de más de cien millones de años. Su eficiencia y adaptación al medio ambiente… Me maravilla pensar que sortearon cataclismos en los que la Naturaleza prácticamente tuvo que empezar de nuevo”, reflexiona.

Tiempo de salvar a las abejas

Una pasión similar empuja a Pierre Brocvielle. También apicultor, junto a César logró una ordenanza que ha declarado a la abeja de interés municipal y que garantiza su protección. Ambos explican que en su trabajo apuntan a la educación, a que las personas valoren a la abeja al comprender todo lo que significa. Gracias a esta ordenanza varios municipios vecinos también tomaron una iniciativa similar y la abeja está protegida en toda la Comarca Andina.

Sin embargo, a pesar de estas protecciones, los apicultores están preocupados. Consideran que las abejas hoy verdaderamente corren el riesgo de desaparecer debido los grandes cambios que el ser humano genera en el ecosistema. El tema no es menor. Si se extinguen, también se perderá la vida tal cual la conocemos. ¿Por qué? Debido a que buena parte de los vegetales dependen de su acción de llevar el polen de una planta a otra.

«Me encanta descubrir la sabiduría de estos insectos adquirida a través de más de cien millones de años. Su eficiencia y adaptación al medio ambiente… Me maravilla pensar que sortearon cataclismos en los que la Naturaleza prácticamente tuvo que empezar de nuevo», señala César Massaccesi.

“Imagino a las abejas como un monitor del ambiente. Entonces, si ahora peligran, ¿no será que todos peligramos?”, se pregunta César. “Antes, los mineros llevaban jaulas con pajaritos y los observaban todo el tiempo, porque si había presencia de gases nocivos sucumbían antes y les daban la chance de escapar. Podríamos tomar a las abejas como un indicador del estado del ambiente, pero el problema es que si empiezan a morirse, ¿hacia dónde escapamos? Frente a esta reflexión, surge la necesidad interna de hacer algo para modificar este futuro tan poco prometedor”.

Leé también S.O.S abejas: ¿por qué están muriendo y cómo podemos salvarlas?

Los productos que elaboran las abejas aportan innumerables beneficios para la salud humana.

Hermoso “contagio”

“Tengo colmenas hace cinco años. Fue luego de una capacitación que tomé en el Centro de Formación Agropecuaria de Mallín Ahogado, en el Bolsón. Y empecé enseguida, porque si no sentía que no lo iba a hacer más”, resume Soledad Anabel Candia García. Ella fue alumna de César, de ahí su entusiasmo. “Es una movida, sobre todo inicial: compra de materiales, los cajones, la pinza, el traje, los cuadros y demás. Pero de a poquito lo vas haciendo: fui comprando un poco, me fueron regalando y prestando. Empecé trabajando con una camisa de jean y me ponía unas gomitas elásticas en las muñecas para que no me entren las abejas desde ahí. Estuve bastante tiempo así hasta que me di cuenta que invertir en buenos elementos de trabajo era fundamental para trabajar bien. ¡Así que me puse a coser!».

Soledad es psicóloga e ilustradora y cuenta que lo que despertó su interés por la apicultura fue que consume todos los productos de la colmena: miel, propóleo, cera, polen y jalea real. “La miel puede ser desde una exquisita golosina hasta una potente medicina y siempre es un superalimento. Con ella tomo unos ricos mates, la unto en el pan, cocino, hago granola y la fermento para elaborar hidromiel, que combino con fruta fina o silvestre. La cera es otro excelente elemento que uso para hacer escultura, impermeabilizar la cerámica, hacer velas, cremas, ungüentos y así muchas cosas más”, describe. “Creo también que me inspiró mi abuela Odilia, que siempre tenía en su casa tarros de diez kilos de miel que le compraba a un apicultor amigo. Y la relación estrecha que tengo con la naturaleza y el interés por conocer el mundo de las abejas, que era a su vez una forma de empezar a conocer un poco de estos seres que aportan tanto a la naturaleza en forma silenciosa”.

Un mundo interior

En este sentido, César destaca que cuando sus hijas iban a la escuela primaria (hoy son adultas) muchos establecimientos educativos tenían sus colmenas y salas de extracción de mie. Y los alumnos, asistidos por un docente, atendían a las abejas. Incluso en el desayuno consumían la miel que ellos mismos producían y de ese modo, además de incorporar un alimento natural y maravilloso, aprendían acerca de la responsabilidad y del compromiso con una actividad. “El trabajo y la dedicación tenían su compensación en la mesa. Había orgullo en el hecho de untar un pan con la miel cosechada por ellos mismos. En un mundo donde solo tiene valor lo inmediato, donde casi nadie tiene ni el tiempo, ni la paciencia para esperar los procesos naturales, va a costar instalar nuevamente esas conductas”.

En El Bolsón, Río Negro, una comunidad de personas trabaja para impulsar la apicultura y trabajar en reestablecer el hábitat de las abejas.

Pierre vivió en varios lugares del mundo hasta que encontró en El Bolsón el sitio exacto donde quería quedarse. Y “lo de las abejas” era algo que había tenido en mente toda la vida, pero que recién aquí pudo concretar. Para él, la colmena implica un aprendizaje y un descubrimiento diario. Por eso ha tomado el compromiso de dar a conocer todo lo que las abejas hacen por lo humanos, porque es un tema invisibilizado.

“Me siento privilegiado al poder observarlas en mi vida diaria, porque ellas nos muestran lo que estamos haciendo mal. Nos están alertando acerca de lo que le está pasando al ambiente, por eso creo que es clave conocerlas y valorar su trabajo”, expresa. “En esta zona se produce fruta fina y hay muchos productores que no entienden que sin abejas no hay frambuesas ni ningún otro fruto. Es como si no vieran la relación directa que hay entre estos polinizadores y sus producciones”.

Impulsar la apicultura

Por suerte hay pasos firmes que se están dando en este sentido. Además de proteger a la abeja, casi todos los municipios de la Comarca del Paralelo 42 crearon Consejos Asesores que plantean acciones para el desarrollo apícola. En 2021, la municipalidad de El Bolsón financió la impresión de calendarios apícolas con recomendaciones para los productores que se repartieron gratuitamente. Además, se organizó el primer encuentro apícola comarcal. Y algo muy importante: se van a apadrinar a dos escuelas para que incorporen nuevamente la apicultura en su currícula; esto incluye el seguimiento de los apiarios, clases especiales para los alumnos y asistencia a la hora de la cosecha y extracción de miel.

“No pretendemos volver el tiempo atrás —expresan los apicultores—. La intención es recuperar el orgullo por lo que se hace, valorar el trabajo y promover actividades que mejoren nuestra calidad de vida. Observar a las abejas en su comportamiento cotidiano, verlas trabajar sin egoísmos por el bien común, sin dudas nos transforman internamente. Nos damos cuenta de que el trabajo en equipo es fundamental y que ser parte del concierto natural es lo que les ha permitido a estos insectos permanecer a través de todas las eras atravesadas por el planeta”.

1 de cada 3 alimentos depende de la polinización. Por eso la tarea de las abejas es fundamental para mantener la vida y equilibrio en nuestro planeta. Actualmente se calcula que más del 9% de las especies de abejas salvajes están en peligro de extinción. Si la abeja y otros polinizadores desaparecen, la vida en el planeta sería imposible.

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