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Reflexiones

18 octubre, 2021

La amistad, una flor que pide riego

¿Cómo se construye ese vínculo profundo y verdadero que solo es posible con un amigo? ¿Y cuál es el secreto para ayudarlo a florecer? Retrato de uno de nuestros más grandes tesoros.


Fotos: Pexels.

Por Sergio Sinay

“Un amigo es una persona con la que se puede pensar en voz alta”. Esto pensaba Ralph Waldo Emerson (1803-1882), filósofo, poeta y ensayista estadounidense considerado como uno de los padres del trascendentalismo, corriente de pensamiento que enfatizaba la posibilidad del ser humano de ir más allá del mundo físico, hacia la experiencia espiritual. Es cierto que con el amigo desaparecen el pudor, el temor, los remilgos que a veces nos frenan incluso ante nuestros seres más cercanos y queridos, llámense pareja, hijos, padres, hermanos. Si hay un vínculo despojado de juicios e intereses (por muy inconscientes que sean) ese es la amistad. Ya lo decía el incomparable grupo inglés Queen, en la voz del gran Freddie Mercury, en su tema Friends will be friends: “Tengo un dolor en el pecho/ Los doctores están en huelga/ Lo que necesitas es un descanso/ No es fácil, amor/ Pero tienes amigos en quienes puedes confiar”.

La amistad es probablemente la única relación humana libre de mandatos y expectativas, al contrario de la pareja, la paternidad y la maternidad, por ejemplo. Hay una sobreentendida y silenciosa expectativa acerca de si tenemos o no tenemos pareja, si nos casamos o no, si nos divorciamos o no, si tenemos o no tenemos hijos. A veces parece menos importante nuestra felicidad en esos vínculos que el hecho de que los tengamos. Como si se tratara de completar casilleros en el camino de la vida. Pero no existe una implícita presión familiar o social acerca de la amistad. Acaso por eso se trata de la más elegida de nuestras relaciones y de la que funciona como un espacio verde emocional, afectivo y espiritual en el que podemos descansar y respirar hondamente cuando nos acechan agobios, presiones, dolores o incertidumbres.

Ni deudores ni acreedores

En su profundo y sensible ensayo titulado La amistad, el pensador italiano Francesco Alberoni observa que los amigos llegan a la misma conclusión partiendo desde puntos de vista diferentes, que caminan juntos por caminos convergentes, sin pretender enseñarse algo, sin procurar imponer su verdad sobre la del otro, dándose sencilla y jubilosamente la razón cuando cabe, sin temores ni prejuicios. En la amistad verdadera, señala Alberoni, está ausente el deseo de cambiar al otro o de cambiar para el otro (motivo de tanto tironeo y sufrimiento emocional en la pareja). Un amigo puede decirle al otro cosas que éste escucha sin prevenciones ni sospechas, cosas que nadie más puede decirle, y que suelen abrir puertas fuertemente cerradas, que comunican con lo más profundo del ser.

“Hay una sobreentendida y silenciosa expectativa acerca de si tenemos o no tenemos pareja, si nos casamos o no, si nos divorciamos o no, si tenemos o no tenemos hijos. A veces parece menos importante nuestra felicidad en esos vínculos que el hecho de que los tengamos. Como si se tratara de completar casilleros en el camino de la vida. Pero no existe una implícita presión familiar o social acerca de la amistad. Acaso por eso se trata de la más elegida de nuestras relaciones y de la que funciona como un espacio verde emocional, afectivo y espiritual en el que podemos descansar y respirar hondamente cuando nos acechan agobios, presiones, dolores o incertidumbres”.

Si seguimos el pensamiento de este ensayista veremos que los amigos se aman por lo que son y no por lo que hacen. En cambio, hay hijos que postergan su verdadero ser en el afán de obtener el amor de sus padres. O padres que dejan de lado sus funciones, no ponen límites ni hacen lo necesario por temor a contrariar a sus hijos y a perder el cariño de estos, y convierten a una relación que debería ser amorosa en una simple contraprestación. En el afán de evitar la soledad (como si esta fuera una enfermedad y no uno de los posibles y a menudo necesarios estados de la experiencia existencial) están las personas que, en su relación de pareja, hacen cosas humillantes e indignas para satisfacer al otro y retener su ilusorio amor. Nada de esto se da en la amistad. Los amigos simplemente son, y se aceptan como son, o dejan de ser. Para mantener un vínculo de amistad no hay que hacer nada que violente nuestra propia naturaleza. Tampoco le pedimos a un amigo que haga cosas a cambio de nuestro cariño. La amistad no es nunca una transacción.

Cada amigo es, en fin, una joya preciosa. Y el vínculo es una pieza de artesanía que, como tal, se construye con tiempo, con atención, con presencia, con cuidado. No es lo mismo un amigo que un contacto o que una relación. Se pueden acumular contactos o relaciones, según sean nuestras habilidades sociales, pero es aconsejable no confundirlas con amistad. “Todos conocen la diferencia que hay entre un amigo y un conocido”, afirma el sociólogo estadounidense Mark Granovetter, de la Universidad de Stanford, precursor en el estudio de los que llama “vínculos débiles”. En un clásico ensayo que escribió en 1973 acerca de esos vínculos, dice: “La fuerza de un vínculo es una combinación lineal del tiempo, la intensidad emocional, la intimidad y la confianza mutua”. Por esa razón, entre otras mencionadas aquí, tenemos pocos amigos y cada uno de ellos nos enriquece y contribuye a alumbrar el sentido de nuestra vida.

Más contactos que amigos

A la luz de estas consideraciones sobre la amistad, cabe temer que este esencial fenómeno humano haya sido profundamente dañado por el modelo de vida hedonista, productivista y narcisista propuesto por una cultura que incluye no solo el consumo voraz de bienes materiales, sino también el descarte de las relaciones humanas que, como cualquier producto, no ofrezcan satisfacción inmediata de expectativas y deseos. Una encuesta del Survey Center of American Life, organismo que estudia el modo en que los cambios políticos, tecnológicos y culturales modifican la vida de las personas, informa que en 1990 el 63% de los consultados decían tener cinco amigos o más y solo un 3% admitía no tener ninguno, mientras en la actualidad el 13% confiesa no tener amigos. Podría pensarse que se debe a la pandemia y el aislamiento, pero sería verdad solo en parte y según cómo se mire. Acaso hasta 2019 muchos creían tener “amigos” que a la luz de los confinamientos y el distanciamiento resultaron no serlo y eran solamente contactos o relaciones sociales, laborales o profesionales.

Cuando se les pregunta a las personas las razones de sus carencias de amigos señalan que, hasta la pandemia, era por falta de tiempo, por estar concentrados en objetivos y metas laborales o económicas, o por estar dedicadas a atenderse a sí mismas a través de actividades hedonistas. Desde la pandemia se suman nuevos motivos: el trabajo en casa y la abrumadora oferta de ocio propuesta por el streaming (series, juegos, viajes virtuales, comercio electrónico, etcétera). El estudio muestra un dramático descenso de actividades interpersonales, no solo presenciales sino también virtuales, y cuando se les pregunta a los encuestados, sobre todo a los que pertenecen a la generación millennial, por sus cosas más valoradas, la amistad no aparece en los primeros puestos.

Cuando el último martes 5 de octubre se produjo un apagón mundial que privó a miles de millones de personas en todo el mundo de las principales redes sociales, las crisis de ansiedad que recorrieron el planeta se convirtieron en una nueva y súbita pandemia. Esas multitudes de desesperados quedaron ante una desoladora evidencia. Su dependencia patológica de pantallas y de relaciones virtuales, carentes de presencia real, carnal. Quizás se haya tratado de una inesperada advertencia que es necesario escuchar a tiempo: las verdaderas redes que nos unen y nos permiten trascender no son las virtuales, mal llamadas sociales. Son los lazos donde prima el afecto, la historia compartida y construida con tiempo, presencia, cuidado, respeto y empatía. En primer lugar, la amistad. Cultivarla como a una preciosa flor es hoy una tarea prioritaria.

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