23 de septiembre de 2026
A su alrededor, Juano Chalbaud (39) ve a diario cómo caen los árboles de quebracho. Escucha no solo el estruendo de los troncos derribados, sino también el de las máquinas que, como tanques de guerra, arrasan con todo a su paso.
Antes que nada —antes de las preguntas de la entrevista, antes de contar su propia historia— quiere hablar de eso: del impacto ambiental que sufre la provincia de Chaco y cómo eso repercute más allá de sus fronteras.
“El monte, como ecosistema, está desapareciendo a una velocidad muy alta. Todas las semanas alguna región es topada, destruida o prendida fuego. Es bastante impresionante y doloroso”, explica Chalbaud, ingeniero industrial y fundador de la asociación civil Monte Adentro, que busca, como objetivo primordial, promover el desarrollo de las poblaciones rurales chaqueñas.
“Cuando llegamos a estas comunidades —y hablo de ‘nosotros’ porque somos muchas personas que experimentamos lo mismo—, encontramos un tesoro que nos hacía sentir plenamente humanos, en armonía con todo lo que había, con las personas, con la naturaleza, con nuestras propias emociones”, relata recordando aquella experiencia de misión cristiana, a sus 17 años, impulsada desde el colegio Champagnat. Cuenta que llegaron a Chaco desde la amistad con Jesús, una amistad que lo invitaba a reconocer en las personas que se cruzaban por su camino, a hermanos y hermanas.
De regreso en Buenos Aires, mientras estudiaba Ingeniería en la Universidad Católica Argentina, una y otra vez volvían a él las impresiones de ese viaje. Algo en su interior había cambiado. Un nuevo registro de la realidad, “una sensibilidad particular” que le recordaba que la felicidad no significaba tener mucho, sino más bien lo contrario: andar livianos, compartir con los demás, agradecer la salud, el trabajo, el pan. La tierra.
“Después de reconocer algo tan valioso, pensé: ¿cómo pasar más tiempo con una realidad que toca lo esencial, que nos hace humanos y despierta lo mejor de nosotros?”, se preguntó.
Con la ilusión de ese sueño, luego de recibirse Chalbaud se mudó a la provincia de Chaco, donde reside actualmente, en la ciudad Tres Isletas, con su esposa y su hijo.
El sonido militar de las máquinas topadoras. Las llamas de un fuego rojo que con su chispeo amenazan con destruirlo todo. El viento norte que, antes tamizado por una pared natural de bosque, hoy ruge invencible atravesando la tierra arrasada y llena de polvo las casas de los vecinos. A un ritmo cada vez más rápido, las comunidades locales se ven arrinconadas —y, muchas veces, desplazadas— por un paradigma de producción masiva que se basa en la tala desmedida de árboles y la quema de terrenos. Como si fuera poco, a esta problemática se suman el uso de químicos contaminantes, el descaro de ciertos lazos políticos que protegen, sobre todo, a los grandes productores, y el impacto de las lluvias que, con menos raíces que absorben el agua, terminan por generar inundaciones.
“Estos desmontes masivos limitan profundamente el desarrollo de las comunidades locales e incluso el de los pueblos —declara Chalbaud, y destaca que lo más indignante, es que no son los locales quienes lideran estas iniciativas—. Quien vive en el monte nunca lo funde, porque es su fuente de sustento y porque es su entorno natural”.
Para dar cuenta de esta problemática, comparte algunas cifras: de las 3.500.000 hectáreas de bosque que tenía la provincia del Chaco, en los últimos 40 años se barrieron un millón, un promedio de 40.000 hectáreas por año. Son 12 millones de árboles cortados en cinco años.
Pero, pese a todo, destaca la resistencia. Le conmueve la fortaleza de muchas familias que reniegan de irse, no lo aceptan, se quedan. Desde Monte Adentro, procuran acompañar esa decisión al desarrollar programas que fomenten la producción local y colaboren al afianzamiento entre los habitantes.

“Ayudamos a crear vínculos de confianza y a generar una sinergia vecinal. Buscamos fortalecer a las comunidades, hacerlas sustentables y que vivan en armonía con la biodiversidad, para que cada persona pueda desarrollarse plenamente en su lugar de origen”, expresa Chalbaud.
Algunas de las iniciativas impulsadas desde la asociación son la escuela de fútbol para chicos, el programa de apoyo escolar, un espacio de formación profesional, la residencia estudiantil, el desarrollo de huertas como modelo de enseñanza productiva y la marca Manos del monte, donde mujeres locales confeccionan productos de triple impacto para vender, como mates, cinturones, materas, llaveros y pulseras.
En cada una de las propuestas, se apunta a integrar los beneficios de dos universos que parecen opuestos pero buscan complementarse: el de las nuevas tecnologías y el de la sabiduría local.
“Hace poco leía a Martín Burt, experto en realidades vulnerables, y él dice que si una persona está motivada y tiene cómo desarrollar sus capacidades —es decir, cuenta con un espacio de aprendizaje y con apoyo—, es muy probable que con muy poco se despliegue, supere las adversidades y arme un proyecto de vida”, comparte.
Que lo mejor de uno despierte lo mejor de otro y así, sucesivamente, en una cadena circular que se construye y se retroalimenta entre hombres, mujeres y naturaleza. Esa es la utopía. Ese es el horizonte.
Si se le pregunta a alguien qué palabra asocia con “el Chaco”, en la mayoría de los casos lo primero que responden es “pobreza”. Un discurso sobre una provincia de escasez, impenetrable, repetido una y otra vez. En este punto también interfiere Monte Adentro, buscando construir una nueva narrativa sobre la provincia del norte.
“Estar junto a las comunidades nos permitió empezar a abrir los ojos y decir ‘esto es más maravilloso de lo que algunos ven a simple vista’ —comparte Chalbaud—. En general nos quedamos con lo que nos dice la tele, que acá no hay agua, no hay qué comer… Pero cuando estás con una familia del monte, en su casa, lo que sucede es que uno vive en un tiempo humano muy poderoso”.
Con “tiempo humano” se refiere a uno que está anclado al presente, que valora la comunión con el otro, donde el compartir y el ser conscientes de las bendiciones que nos rodean se vuelve algo tan extraordinario como natural. Un tiempo, dice, donde se amplía el registro de la sensibilidad y de la percepción propias.

“No es lo mismo la miel que se cosecha en septiembre y en octubre, que la de enero y febrero, que es más de una flor del quebracho”, dice como ejemplo hablando de los matices de su vida diaria. Un tiempo de los detalles.
Detrás de la tierra, el calor, el bicherío, el bosque seco y tupido, Chalbaud insiste con la existencia de un tesoro que nos recuerda los aspectos sagrados de la vida humana. En el monte, agrega, el tiempo se experimenta como un regalo.
“Es la conciencia de que estoy vivo, de que tengo personas cercanas, naturaleza que me rodea. Creo que a veces nos metemos en una velocidad un poco irracional, donde cada uno va por su camino y no estamos encontrando tanto sentido. Medimos la felicidad en el estruendo, en cuán espectacular fue lo que viví. Pero los más grandes nos van enseñando que las alegrías más importantes son aquellas que quedan en nuestro interior”.
Por eso cree que proteger a las comunidades del monte es, en cierta manera, proteger a toda la humanidad. Las considera “un faro”: un grupo de personas que, con su modo de vida —uno que combina las condiciones positivas de la modernidad con la posibilidad de florecer junto a la naturaleza—, extiende su luz hacia un mundo sumido en la velocidad, la desconexión y la sobreexplotación del mundo natural.
“Creo que hay una forma posible donde la naturaleza es el punto de partida del buen vivir”, dice.
Y al terminar la entrevista agradece el tiempo y pronuncia la frase de tres palabras con la que suele despedirse: “Paz y bien”.
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