27 de julio de 2026
Juan Maquieyra (39) es director ejecutivo de TECHO Argentina, la organización que construye viviendas de emergencia para familias en situación de pobreza extrema y que tiene presencia en toda Latinoamérica y el Caribe. Bajo su liderazgo, la ONG moviliza a diez mil voluntarios para construir mil viviendas por año. «Para mí un privilegio, un regalo de la vida, porque esta organización logra encuentros muy improbables», señala, en referencia a la integración que promueve el proceso de construcción, donde confluyen grandes empresarios, vecinos de barrios populares y personas a quienes se les construyó una casa años atrás. «Esa dinámica es muy potente y necesaria».
Politólogo con una maestría en políticas públicas en Harvard, su trayectoria también incluye la presidencia del Instituto de la Vivienda de la Ciudad de Buenos Aires y el liderazgo de Fratelli Tutti, la escuela de formación política del Papa Francisco. Desde esa intersección de experiencias, Maquieyra prefiere habitar la realidad desde la incomodidad de las preguntas antes que desde la comodidad de las certezas, y propone una visión humanista que busca quebrar las dinámicas estructurales de la pobreza. Insiste en que el despliegue de las personas solo es posible cuando se garantiza un piso mínimo de dignidad y se promueven espacios de encuentro real entre mundos que, de otro modo, jamás se cruzarían.
—¿Cómo es el día a día de liderar una organización como TECHO, con presencia en doce provincias de Argentina?
—Efectivamente, la organización está en doce provincias de la Argentina, construye mil viviendas de emergencia por año, tiene un equipo de ochenta personas que a su vez suma unos seiscientos voluntarios permanentes. Nosotros siempre decimos que ese es nuestro equipo: somos seiscientos ochenta. A eso se suman, a lo largo del año, otros diez mil voluntarios que se acercan a levantar las casas y hacen que todo esto sea posible.
La potencia de la ONG es la construcción, que hoy la calificamos como una experiencia de sentido. Yo creo que la gran urgencia de este tiempo es la crisis de sentido y no hay muchas organizaciones que te propongan vivencias de este tipo. Te vas a reunir con gente que en ningún lado te vas a encontrar. Vas a llegar el viernes a construir, vas a ver una situación terrible, y cuando te vayas el domingo, esa familia que estaba usando su patio como baño y durmiendo debajo de una chapa que se llovía, va a tener un lugar que le va a permitir no perder todo cada vez que llueve.
También creo que hay algo muy potente en volver a usar las manos. En general somos una generación que creció sin ese contacto físico con las cosas. No cultivamos la tierra, no construimos nuestros propios hogares. Ponerle el cuerpo a las cosas es, en sí, una experiencia de sentido.

—Te dedicaste siempre a la política. ¿Qué experiencia fue la que te hizo elegir ese camino?
—Recuerdo una visita al barrio Ramón Carrillo, al sur de la ciudad de Buenos Aires. Tengo una imagen muy vívida de una montaña de basura de tres metros y unos pibes de diez años jugando alrededor. Y pensé: «yo a los diez tenía una pelopincho en el patio de nuestra casa y no bailaba alrededor de la basura”. Entiendo que transformar la educación de una ciudad y de un país puede ser un desafío muy grande, pero la gestión de los residuos no debería ser un problema tan grande y acá evidentemente a nadie le importa nada. Y entonces empecé a buscar cómo cambiar eso y la respuesta fue meterme en política.
—Hay una cifra que duele: más del 40% de los chicos entre 0 y 14 años viven bajo la línea de pobreza. ¿Qué significa para vos en términos del futuro de la trama social en Argentina?
—Es una tragedia. El año pasado, uno de cada dos chicos que nació en Argentina nació en situación de pobreza. Esa es la profundidad del drama.
Por un lado, me genera una profunda tristeza. Me lastima. Creo que deberíamos ser interpelados por ese número. ¿Realmente elegimos vivir y forjar un país así? Porque ese no es el drama que puede llegar a suceder, en eso estamos ahora.
Lo segundo, es que me genera un poco de enojo con nosotros la dirigencia de la Argentina. Creo que los grandes empresarios, los dueños de los medios, los periodistas, los que lideramos organizaciones de la sociedad civil y que hemos sido funcionarios públicos, de alguna manera tenemos la capacidad de influir en el rumbo que tome la Argentina. Y en algo estamos fallando, porque yo no escucho que hoy el principal tema de la Argentina sea que uno de cada dos chicos nace pobre.

—¿Cuál sentís que es tu tarea frente a este escenario?
—Mi tarea es transmutar ese enojo y esa tristeza en algo positivo. Obviamente nosotros desde TECHO hacemos eso todos los días. Pero creo que hay que transformarlo en energía creadora para movilizar recursos y lograr que esto cambie.
El Papa Francisco tenía cuatro principios: el todo es superior a la parte, la unidad es superior al conflicto, el tiempo es superior al espacio y la realidad es superior a la idea. Cuando él hablaba de que la realidad es superior a la idea se refería a que primero hay que sentarse, mirar, caminar, tocar la realidad y desde ahí proponer. Yo creo que si estuviéramos abiertos a este tipo de interpelación, lo primero que debería cambiar es la forma en la cual se hace política o se diseñan políticas públicas. Es necesario crear espacios participativos. Si hacés política, estás al servicio de la comunidad. Y para eso hay que ir a ver qué pasa, qué vibra abajo, qué se siente, cuál es el problema real de un barrio, de una ciudad y cuál es la dificultad más grande de la Argentina.
Todo el tiempo tenés que ver qué pasa con las medidas que proponés. Si, por ejemplo, estás liderando un proceso de urbanización de un barrio, tenés que ir entendiendo si lo que vas haciendo funciona o no y estar dispuesto a cambiar. Que la realidad sea superior a la idea implica adaptabilidad.
—Hablando de la realidad, quiero que nos acerques la historia de una familia que esté viviendo hoy en un barrio popular y que creas que nos puede ayudar a mirar nuestro país con otros ojos.
—Se me ocurren varios. Pero pienso en uno que representa el drama de lo que es vivir en un barrio popular del conurbano sur. Se trata de una familia que cada vez que llueve mucho, camina diez cuadras abajo de la lluvia hasta la estación para tomar el tren y viajar a Buenos Aires, ida y vuelta, hasta que para de llover. Porque su casa está hecha con una chapa agujereada y se empapan. Esas cosas pasan hoy en la Argentina.
Cuando nosotros hablamos de que hay que invertir en infraestructura social, de que hay que hacer integración sociourbana, lo que quiere decir es hay que trabajar para que estas familias tengan barrios que no se inunden, casas con agua corriente, con electricidad segura, que no se lluevan, en las que no haga mucho frío en invierno y que no haga mucho calor en verano. Y el cambio en la vida de estas personas puede ser radical.
En Argentina hay cinco millones de personas que viven en barrios populares y debe haber más o menos un millón que vive en emergencia habitacional extrema. Son situaciones dramáticas pero con solución. Ese drama se puede trabajar; se puede trabajar a escala; y se puede trabajar a escala hoy. Sí hay que tomar una decisión política muy fuerte, que es poner a los últimos primero, y arrancar por ahí.
—¿Qué significa para vos poner a los últimos primeros?
—En términos vitales míos y de mi familia, es que cuando alguien toca la puerta de casa pidiendo algo, se busca. Ese “algo” puede ser un alimento si ese día no hay plata. Es la excusa para mirarlo a los ojos, preguntarle cómo se llama. Lo mismo cuando ves a alguien en situación de calle. Mirar, saludar y conectar con la persona que está en ese lugar. Significa elegir trabajos donde podemos tener un impacto en la vida de la gente, más directo o indirecto. Significa, cuando hacemos política, decidir poner plata ahí. No puede no haber inversión en agua, cloaca, asfalto, luz para los cinco millones de personas que viven en barrios populares. Es una locura que no estemos invirtiendo en eso.
—¿Cómo crees que el contexto de pobreza moldea la posibilidad de construir una vida libre e impulsada por el propio liderazgo?
—De por sí la libertad es difícil, porque estamos siempre condicionados por nuestro contexto, por nuestra historia, por nuestros mambos, por nuestros traumas, por nuestro inconsciente que va cargando cosas. Ahora bien, alguien que no se alimenta bien, que se enferma muchísimo más y que no se puede educar, está muy limitado en su libertad para forjar su propio destino.
Venimos a esta vida para poder desplegar lo que traemos adentro. La política tiene que aspirar a que el hombre y la mujer común de una sociedad pueda desarrollarse, buscar trabajo, crear trabajo, crear arte, crear comunidad. En cada uno de nosotros hay un infinito. La política debería estar pensando en cómo hacemos para que los más de cuarenta millones de argentinos puedan florecer. Ahora, si no tenés todo lo que dijimos antes, no hay florecimiento, libertad ni desarrollo posible.
En ese sentido, trabajar por la libertad de los argentinos y las argentinas es trabajar para que haya una base sólida, una serie de condiciones que permitan que cada uno se desarrolle.
—Escucharte me hace pensar en tu relación con el humanismo. ¿Qué significa para vos?
—Significa poner a la persona en el centro; no a la ganancia económica, ni a la suma de votos, ni a cualquier otra cosa que no sea la persona humana. Cuando hablamos de una persona humana, hablamos de una persona con dignidad infinita dentro suyo, igual para todos. Tiene la misma dignidad una persona rica que una persona pobre, una persona de izquierda que una persona derecha.
Creo que estamos volviendo a comprender a la persona humana en su integralidad: en su vínculo consigo mismo y en su dimensión emocional; en su relación con otros; y en vínculo con el ecosistema que habita y de ahí a lo trascendente, al misterio. ¿Qué permite esto? Pensar marcos de toma de decisiones, de diseño de políticas públicas, de propuestas de organizaciones que tengan siempre en cuenta el cuidado de la persona en su unicidad, en el cuidado de la comunidad que habita, el cuidado de la naturaleza y el lugar donde está.
Lo que deberíamos armar son espacios donde todos y cada uno pueda elegir su propio camino. Y la gran limitante hoy para eso es la pobreza estructural.

—Tengo una última pregunta. ¿Qué aprendiste gracias al contacto con realidades tan diversas y, sobre todo, gracias al contacto con “los últimos”?
—A los dos meses de haber arrancado el rol de presidente del Instituto de Vivienda de la ciudad de Buenos Aires, se murió un adolescente en la Rodrigo Bueno jugando con un cuchillo. El pibe jugaba a la pelota como los dioses, le decían “Messi” en el barrio. Y yo sentí que teníamos que acompañar ese proceso. Entonces fuimos al funeral al barrio. Lo que los chicos hicieron fue armar un partido de fútbol. Pusieron el ataúd en el medio de la cancha y jugaron un rato a la pelota. Llorando, pero jugaron. Todo el barrio estaba alrededor mirándolo.
Y para mí ahí hay tres lecciones de vida muy grandes. La primera es la importancia de la comunidad. La familia de ese joven no estaba sola en ese momento. Su alma yendo donde fuera que estaba yendo no estaba sola en ese momento. Los amigos que habían estado en esa noche trágica no estaban solos. Y eso no pasa en todos lados. Muchas veces en clases medias y altas intermedian muchas más cosas y no es tan natural, tan fluido ni tan cercano. Dejaban todo para estar ahí, el resto del barrio quería acompañar ese proceso.
Y lo otro es la importancia de los rituales. Nos vamos acostumbrando a un mundo donde no hay más rituales. Había mucha sabiduría en esos chicos jugando su último partido de fútbol y pudiendo despedirse de su amigo haciendo lo que a su amigo le gustaba hacer. Cada vez que lo recuerdo me interpela mucho con respecto a cómo vivo yo mi vida y le doy espacio a eso o no.
Y lo último es la simpleza, la humildad. Vivimos tan enroscados que a veces olvidamos la importancia de celebrar lo simple, de compartir una buena comida, de tener una buena conversación. Más que grandes logros, lo que uno acumula son almuerzos, cenas, meriendas, desayunos, conversaciones, mates, partidos de fútbol. Y eso en el barrio se ve mucho. Creo que es una escuela a la que hay que ir de vez en cuando y de la que hay que aprender.
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