28 de octubre de 2024
“La palabra mueve, el ejemplo arrastra”, escuchaba decir a su papá cuando era chico. Y mientras lo veía atender a la gente humilde de su pueblo, una localidad de Entre Ríos llamada Aldea Asunción, fue haciéndose a la idea de que el sentido de la vida tenía que ver con hacer algo por los demás. “Él decía que los pobres eran sus compañeros de ruta y que la felicidad consiste en hacer algo por alguien. Ese tipo de frases, tan cotidianas, no eran sólo un discurso. Él estaba ahí pensando cómo ayudar, y aunque nosotros vivíamos en Buenos Aires, íbamos siempre a su lugar de origen, porque él quería mostrarnos que había vidas muy distintas a las nuestras”, recuerda en esta charla el médico Jorge De All (48), presidente del Sanatorio Otamendi y Miroli y director de la asociación Cuerpo & Alma, que trabaja brindando asistencia y seguimiento médico a las comunidades más vulnerables del norte argentino.
Es que, literalmente, aquel ejemplo lo arrastró. Su padre, que de chico fue vendedor ambulante de peines y pañuelos, y estudió Medicina en la Universidad de Buenos Aires graduándose con medalla de honor, le dejó una profunda huella. “Como no podía pagar los libros leía en la biblioteca, y para costearse la vida trabajaba de mozo y vendía corbatas”, repasa, en esa historia paterna que le parece importante reflejar para hablar de las oportunidades, un tema central para la Argentina de hoy. “Mi papá tuvo acceso a educación pública de calidad y eso es lo que cambió su vida. Hoy aquella educación ya no existe y eso genera asimetrías, que son la causa de la pobreza. Una persona que nace en Buenos Aires tiene oportunidades completamente distintas a otra que nace en el Impenetrable chaqueño. Y no debería pasar, porque uno no elige dónde nace. El aislamiento geográfico es una barrera muy compleja”, sostiene.
Una vez convertido en médico, De All enseguida comenzó a crecer profesionalmente. Entonces llegó el llamado, la apertura a “algo más”. “Era el año 2003. Estaba de viaje con un grupo de amigos en la Puna chaqueña, cuando vimos a una anciana bajar de un cerro pidiendo ayuda porque se había lastimado la rodilla. Ella no sabía que éramos médicos. La atendimos con un botiquín que teníamos, y empezaron a llegar más y más personas. Estuvimos horas atendiéndolos a todos, porque no había ningún otro tipo de asistencia cerca del lugar donde estábamos”.

Esa fue la punta del ovillo. “Muchas veces los seres humanos nos quedamos en la queja. Pero ahí nosotros vimos que, si queríamos crear otra realidad, teníamos que pasar de la queja a la acción. Éramos un grupo de diez amigos diciendo ‘Bueno, transformemos esto que está mal en algo útil’”. Un año y medio más tarde nacía la asociación Cuerpo & Alma.
Llenos de buenas intenciones, De All y sus colegas comenzaron a viajar al norte argentino para atender a esas personas tan postergadas. “El primer viaje salió mal y fue un gran aprendizaje, porque queríamos abarcar demasiadas cosas. Juntamos donaciones de comida y ropa, y la gente se peleaba por ver quién se quedaba con qué, porque muchos de verdad no tenían nada. Así nos dimos cuenta de que lo que nosotros teníamos que ofrecer era sólo la capacidad médica, porque ahí estaba nuestro saber, nuestro trabajo. De todo lo demás debían encargarse quienes supieran de eso”. Entonces tejieron redes con otras ONGs para garantizar que, además de la asistencia médica, hubiera contención en otras áreas, como alimentación, educación y generación de empleos.
La mayor preocupación de De All al momento de dar vida a Cuerpo & alma, fue que había muchas comunidades para las que la salud era un servicio inaccesible. “¿Cómo puede ser que les falten tantas cosas?”, se preguntaba. Al principio, él y sus colegas viajaban una vez por año durante una semana y atendían cientos de consultas. Pero se dieron cuenta de que con eso no alcanzaba. “Empezamos a hacer viajes más frecuentes y a armar programas destinados a la problemática más importante de cada lugar, además de trabajar en la prevención y atención de enfermedades crónicas prevalentes, como la diabetes y las patologías cardiovasculares”. Actualmente, la asociación cuenta con distintos programas: Olfaltomología, Pediatría integral, Chagas, Odontología y Cáncer de útero, que incluye además el control de embarazos y la planificación familiar.
A Zulma, una mujer chaqueña de 63 años, esos programas le cambiaron la vida. Tenía una diabetes no tratada, había perdido la visión de sus dos ojos y, como le habían amputado una pierna, estaba en silla de ruedas. Además, tenía “piedras” en la vesícula, con episodios de cólico biliar. Vivir en Pampa del Indio, Chaco, impedía que recibiera la atención que necesitaba en Castelli, el pueblo vecino, ubicado a 100 kilómetros. Pero durante uno de los viajes la atendieron en simultáneo varios profesionales de la asociación y en cuatro días Zulma volvió a ver, los dolores biliares se fueron y caminó otra vez por sus propios medios con una prótesis.
Al principio, sin embargo, que los aceptaran en los pueblos no fue fácil. “Cuando empezamos, hace casi veinte años, nadie nos conocía y muchos nos preguntaban a qué íbamos, cuánto cobrábamos o qué les íbamos a pedir a cambio. Estaban acostumbrados al clientelismo de la política. Hoy nos reciben muy agradecidos y también nos vienen a buscar de otros lugares. Con los años, fuimos articulando el trabajo con los hospitales provinciales para garantizar el seguimiento de los casos”.

A pesar de ver situaciones muy difíciles, de extrema pobreza y vulnerabilidad, ninguno de los 600 profesionales que trabajan como voluntarios se echó atrás. “Somos todos reincidentes —dice De All con una sonrisa—. Viajamos dos veces por mes y hacemos unas 25.000 consultas y cerca de 800 cirugías por año. Uno de esos viajes es a Chaco y el otro a Santiago del Estero para cubrir cuatro regiones geográficas, que incluyen zonas de extrema pobreza y comunidades aborígenes que, en algunos casos, no hablan castellano”.
Las carencias que encuentran no tienen que ver solamente con la problemática de la salud. “La fragilidad de esta gente es enorme y muy compleja. Hay violencia doméstica, abuso infantil. Hay madres que creen que es algo bueno que un hijo se contagie de Chagas, porque sabe que le van a dar una pensión. Y todo eso es producto de la falta de educación y de contención”.
Por eso, que el nombre de la asociación incluya la palabra “alma” tiene una razón. “Se llama así porque tiene el objetivo no sólo de curar el cuerpo, sino de estar ahí, tener empatía con la problemática del paciente y preservar su dignidad. El logo, de hecho, tiene los colores del manto de la Virgen, que también son los colores de la bandera argentina. Hay una mirada integral del ser humano y también la certeza de que hay algo que nos excede, que no es racional. Saber que existe algo mayor es fundamental”.

Para él, hay un libro que define esa misión. “En El hombre en busca de sentido, Víktor Frankl lo explica muy bien. Y me parece que la vida tiene que ver con eso, con sabernos el eslabón de una cadena. Porque todos, desde el lugar que nos toca, podemos colaborar para poner pequeños parches a la realidad. Con mucha humildad, porque no podés cambiar todo. Cuando ves a la Argentina más profunda, donde los chicos están desnutridos, son maltratados, no tienen acceso a la educación, tienen que trabajar y no tienen un par de zapatillas para llegar a la escuela o sólo comen una vez por día, entonces ponés el foco en lo que importa: valorar lo que sí hay, y no solamente lo material, sino también lo espiritual, la contención, la posibilidad de educar».
A pesar de haber visto la peor cara del dolor humano, la desesperanza no es una opción para él. “En cada uno de los chiquitos que atendemos, yo veo a mi papá. Y claro que genera frustración saber que les falta todo. Pero aprendí que son las personas, el trabajo en equipo, lo que hace la diferencia. Yo solo no puedo mejorar la salud y la educación de todos ellos, pero sé que podemos generar consciencia y que el cambio será colectivo. Eso es lo que quiero que mis hijos entiendan: que pueden quedarse mirando el partido y criticar todas las jugadas, o pueden entrar a la cancha para hacer algo”.
Casado con Catalina Hornos, directora de la ONG Haciendo Camino, con quien tiene 12 hijos (siete adoptados por ella en Santiago del Estero, una del primer matrimonio de él y cuatro biológicos de la pareja), el compromiso social ocupa tanto su vida profesional como personal. “Tomar contacto con la realidad te da un buen cachetazo. Nadie queda igual después de conocer la pobreza y todos los que integramos este equipo nos hemos transformado. Yo sé que como presidente de este sanatorio, acá en Buenos Aires, hay muchos que pueden hacer lo que yo hago, incluso mejor que yo. Pero allá, donde se necesita tanto, siento que sí puedo hacer una diferencia. Y elegir ese camino le dio otro sentido a aquel juramento que hice cuando me convertí en médico”.

Para saber más y colaborar con la asociación Cuerpo & Alma entrá en www.cuerpoyalma.org.ar
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Que linda nota, Eugenia. ¡Gracias!
Estoy conmovida con este Dr y su mujer. Mi agradecimiento y admiración. Soy profe de historia y tb de Eneagrama. Si puedo ayudar, encantada. Vivo en Córdoba pero viví 24 años en Santiago del Estero. Un fuerte abrazo a cada uno de las Fundaciones