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Joan Garriga, el psicólogo que invita a desandar las narrativas que nos impiden ser felices

En una nueva visita a Buenos Aires para presentar su último libro, el psicólogo y escritor español nos habla sobre la importancia de conectar con lo que nos duele para animarnos a reescribir nuestra biografía. 

Por Clementina Escalona Ronderos

Jep Gambardella, el personaje principal de la película italiana La grande belleza, es un escritor retirado de su gloria, un socialité que pasa su tiempo entre fiestas y lujos, rodeado de personas que, como él, viven la vida con extravagancia. En Constelar la vida (Editorial Destino), séptimo y último libro del psicólogo español Joan Garriga, el autor recupera una de las escenas de la película, donde Jep se encuentra con Sor María, una monja de piel surcada por arrugas y mirada suave.

—¿Sabés por qué como raíces?— le pregunta ella a Jep. 

—¿Por qué?

—Porque las raíces son importantes. 

Con esta respuesta, señala Garriga, Sor María “lo guía [a Jep] en la dirección correcta: para encontrarse a sí mismo, debe asumir sus orígenes, su pasado, su fuente espiritual, y también los sentimientos, las pérdidas, las ausencias, los fracasos y el paso del tiempo. Sobre todo, necesita volver a encontrar sus raíces y expresarles un profundo sentimiento de gratitud”. 

¿Por qué la necesidad de recorrer la vida hacia atrás? ¿Es cierto que, aquello que vivieron nuestros antepasados, repercute directamente en nuestra vida? ¿Cuánto es propio, y cuánto es heredado?

Estos interrogantes y otros, son abordados en profundidad en Constelar la vida. Escrito en colaboración con el periodista David Barba, Garriga habla, a través de las páginas del libro, en un lenguaje simple, directo y amoroso. Psicólogo humanista, formado en terapias gestálticas, Garriga brinda una mirada seria y detallada sobre el trabajo de las constelaciones, basándose en su propia experiencia de vida y en los aprendizajes adquiridos de la mano de Bert Hellinger, considerado “el padre de las constelaciones familiares”. 

El libro —que, según Garriga, fue el que más trabajo le llevó—, no solo se centra en esclarecer distintos aspectos del abordaje terapéutico, sino que además incluye reflexiones profundas sobre temas esenciales como el bienestar, la compasión, la muerte y el amor, invitando al lector a renovar su mirada sobre la vida y a animarse a revisar las narrativas con que construye su propia historia. Como señala Garriga: “nuestras narrativas, ideas y relatos nos mantienen atrapados en las problemáticas que experimentamos. Tenemos problemas porque somos ignorantes de nosotros mismos”. 

La inquietud que el personaje de Jep Gambardella demuestra por encontrar un sentido más profundo de la existencia, es el reflejo de una búsqueda humana esencial: la búsqueda de la felicidad y de lo verdaderamente importante de la vida

En el marco de la presentación de Constelar la vida en la 48º Feria del Libro en Buenos Aires, hablamos con Joan Garriga sobre cómo nos afectan esos relatos que nos contamos, de qué manera transitar el dolor sanamente y cuál es la relevancia de la historia familiar en nuestra propia biografía, para entender mejor cómo acercarnos a una vida más libre y plena.

—¿Por qué empezar el libro con el tema de las raíces?

—Podemos crecer cuando estamos sostenidos en nuestras raíces y en el árbol genealógico; por algo se le llama así, como el árbol de la vida. Hoy en día está demostrado que heredamos infinidad de aprendizajes de nuestros antepasados. A veces se presentan como problemas, porque algunas raíces son complicadas: hay traumas, situaciones dolorosas no resueltas, y aquello que no podemos mirar a la cara e integrar bien, luego deviene en algún trastorno o síntoma. Por ejemplo: asuntos que no resuelves bien con tu madre, devienen en un ataque de ansiedad o depresión; o lo que no resuelves en tu mundo emocional luego de una separación, se traduce en un estado emocional alterado, de enojo o irritación. Cuando uno tiene un problema, trata de ocuparse del problema, ¿o no?

—O hace la vista gorda…

—Si uno no se ocupa del problema, significa que es bastante llevable. Pero a veces es tan avasallador que no queda otra que ocuparse. Estoy harto de hablar con personas que dicen “a mí lo de los psicólogos y la terapia me parecieron siempre una tontería” y, de repente, empiezan con un ataque de ansiedad fuerte, invalidante, donde el organismo queda caído y sienten mucho malestar consigo mismos. Entonces no queda más remedio que buscar ayuda. Ojalá estuviera más insertado en la vida el ocuparnos de nuestros asuntos y no dejarlos pendientes. 

—¿Por qué pensás que postergamos y mandamos bajo la alfombra el tratamiento o la gestión de situaciones dolorosas?

—Hoy en día la sociedad está más bien presidida por la fobia al dolor. La paradoja es que mucha gente sufre porque no se ha animado a vivirlo y hacerle frente cuando tocaba; entonces esas personas arrastran sufrimiento porque no supieron integrar un divorcio, la enfermedad de un hijo, o el suicidio de un padre. Tampoco usan su tejido social: el dolor no se puede enfrentar en soledad. Puede haber una fase de soledad, pero necesitas el sostén del grupo, la familia, los amigos. Hay también una idea de que el dolor es molesto.

—En tu libro nos das una buena noticia, y es que todos estamos preparados para gestionar las heridas.

—La única herramienta es entrar en las cosas y no temerles tanto. Conocer más acerca de la sensación, ahondar: ¿cómo se manifiesta este dolor? ¿Es una sensación en el cuerpo? Es decir, no quiero arrancarme la mano porque me duele, sino que voy a escuchar el dolor de mi mano. Esta es la actitud natural del ser humano, una actitud meditativa en el sentido de poner atención a lo que me va sucediendo, no apartar lo que me va sucediendo. Se sale de las cosas entrando en ellas. 

—¿Algo de todo esto es similar a la importancia de integrar la sombra, como señalaba Carl G. Jung?

—Es parecido y diferente también. Integrar la sombra significa integrar partes nuestras que hemos empujado a la sombra porque las sentimos amenazantes. Algunos se llevan mal con la autonomía, otros con la dependencia, la debilidad, la fortaleza; hay gente que reprime la espontaneidad y otros que abusan de ella. Las sombras también vienen de hechos de la historia personal o familiar que no se integraron. Integrar significa aceptar, abrazar. 

—¿A esto te referís cuando, en el libro, mencionás que no solo nos afectan factores “biográficos” sino también “trans biográficos”?

—Claro. Obviamente, me afecta todo lo que ha sucedido desde el día de mi fecundación. Todo son vivencias. La historia de mi padre y la de mi madre antes de que yo fuera fecundado, es importante. Y mis padres tienen sus propios padres. Todo nos influye de alguna manera. El trabajo de constelaciones aporta una herramienta que permite mirar lo que ha ocurrido en el sistema familiar, y nos ayuda a entender por qué somos como somos, por qué nos hemos construido de determinada manera.

—La herencia de todo esto que nos afecta, ¿se transmite a través de una narrativa familiar, o de qué manera?

—La información está en las células, no se necesita el relato. De hecho, a veces van por otro lado, es impresionante. Cada familia y cada persona construye el relato sobre la historia propia y la de su familia. “Quién soy yo, es un mundo secreto. Pero la célula fundacional contiene esta información. Eso creo yo al menos, porque, si no, son cosas que no se explican.

—Hay una cuota de misterio…

—El misterio es la esencia de la vida. Trabajando en constelaciones familiares o en abordajes sistémicos te quedas impresionado de ver cómo hay una red de resonancias.

—¿Te referís a algo como el concepto de interser, que en el libro mencionás citando al monje vietnamita Thich Naht Hanh: “Tú eres yo y yo soy tú”? 

—Muchas tradiciones hablan de la caída: caímos del paraíso, ese lugar donde no se había creado la idea del yo. La gente no hacía un yo distinto de , donde aparecen las pasiones humanas, el ego, lo mío y lo tuyo, que somos diferentes y hay que luchar unos contra otros. Estos últimos cien años, tomados por una excesiva avaricia, a los que mueven los hilos del mundo les convino vendernos el mito de la gran libertad individual. Claro que hay un aporte, en esto de que uno puede labrar su propio camino saltando las reglas de lo que espera la familia o grupo social. Pero se ha llegado a un extremo donde demasiada gente vive entregada al mito de sí mismo. En esencia, somos relacionales, mamíferos, tribales y comunitarios. Nadie sobrevive en aislamiento. Es imposible vivir completamente aislados, nos necesitamos los unos a los otros. Es dudoso que la mayor felicidad se encuentre en el éxito, la riqueza o la notoriedad, que tanto se valora ahora.

—¿Está un poco relacionado a tu idea de que la espiritualidad se centra más en quitar obstáculos que en sumar adornos?

—Es un poco quitar la maleza, los brazos del ego, quitar las pasiones, porque espiritualidad significa también estar en lo que es. El bienestar no tiene que ver con estar alegre; tiene que ver con saber aceptar todo lo que viene. No lo visualizo como un estado iluminado. En la práctica, para decirlo en lenguaje casi religioso, es preguntarme: ¿qué me aleja de Dios? La respuesta siempre es la misma: lo que me aleja de Dios soy yo. Es decir, el yo. ¿De quién me hago devoto? ¿De mí mismo, o de la vida, tal y como es? El yo tiene que entender que la vida es más grande. Cuando nos rendimos, nos rendimos también al Dios que vive dentro de nosotros. Entonces ya no es tanto el yo que toma las riendas de los asuntos, sino que aparece más una delicia de vivir. Esto es lo que cuentan, yo toco de oídas.

Colaboró: Carolina Cattaneo.

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