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Sophia 20 años

23 octubre, 2019

Jean Vanier: “La vida no es verdadera si no aprendemos de los diferentes”

Una charla con el filósofo canadiense que dedicó su vida a los discapacitados y, acompañando el dolor de los más débiles, se convirtió en un hombre de gran sabiduría. Partió de este mundo en mayo, a los 90 años, pero su legado sigue más vigente que nunca. ¡Este es nuestro homenaje para él!


Foto: www.jean-vanier.org

Por Agustina Lanusse

Si no fuera por su estatura, que supera el metro noventa, pasaría desapercibido. Habla con tono suave, mira profundamente a los ojos cuando dialoga, y en lugar de hablar de su vida y obra, le gusta hacer preguntas a su interlocutor. “Es que me ocupo de conocer a las personas“, dice sonriente.

Esa es la base de su trabajo: conocer su historia, su pasado, su situación de abandono, para poder acompañarlo en su caminar, para ayudarlo a crecer y superar las barreras de la soledad y el sufrimiento. “Vivimos en un mundo tan a las corridas, que ya no hay tiempo para escuchar. La gente tiene necesidad de ser escuchada, aceptada“, enfatiza.

Su filosofía es aceptar a cada persona como es y aprender de los otros, los diferentes, como él llama a los enfermos mentales. Se comunica menos con palabras y más con miradas tiernas, brazos generosos que acarician y abrazos que reconfortan.

El Arca, fundada por Jean Vanier, funciona en 40 países de Europa, Asia, África y América. Tiene varias sedes, instituciones independientes, ni religiosas, ni públicas. En algunos países cuenta con subvención estatal. Cada comunidad es un hogar de pertenencia para personas autistas, ciegas, sordas, con retraso mental o parálisis cerebral que están solas en el mundo. Según explica su creador, los discapacitados tienen la autoestima por el piso, muchas veces ni siquiera pueden mirar a los ojos del interlocutor. “Estamos para desatar las cadenas que nos alienan, para que puedan ser personas libres y crecer en sus facultades. Para que puedan sonreír“.

El cuerpo es la manera más rica que tenemos para tender puentes con los demás y qué poco lo utilizamos“, sostiene. Cree en Dios, pero cree más en la gente, en la capacidad que cada ser humano tiene de crecer, de desarrollarse, de cambiar, de ser uno mismo, de encontrar la propia dignidad. Ayuda a enfermos y a sanos a descubrir su peculiar manera de ser en el mundo, a descifrar la nota musical que corresponde a cada hombre y mujer.

Todos llevamos un secreto adentro y es necesario revelarlo para ser lo que verdaderamente somos“, comenta.

Jean Vanier es un hombre que abandonó una vida cómoda, para albergar a dos discapacitados en su hogar. Y así aprendió a vivir con gente que sufre de autismo, parálisis cerebral, que muchas veces se encuentra encerrada en un mundo agresivo, donde reina la soledad, el miedo y la falta de valoración.

No es fácil, pero es un desafío. Este es mi camino y cada uno debe descubrir el propio. Pero hay algo seguro: para ser libres tenemos que animarnos a dejar las inseguridades y comodidades. La vida no tiene sentido, no es verdadera vida si no aprendemos de los diferentes. La paz será posible si trabajamos por derribar los prejuicios que nos separan. Todos tenemos sed de amor, y nos parece imposible poder alcanzarlo. Por eso es tan triste nuestro mundo; y hay tanta gente que vive al borde de la desesperación, de la frustración y del descontrol. Por eso hay tantas personas que se lanzan a una actividad desenfrenada y a una descomedida búsqueda del placer, la riqueza y el poder. Por eso son tantos los que levantan barreras y se esconden detrás de ellas. El amor parece inasequible porque la gente tiene miedo de amar“, explica.

Un viaje interior

Para Vanier, los últimos años significaron un viaje de autoconocimiento y de curación personal. “Al convivir con el sufrimiento del otro, tomamos contacto con nuestro propio dolor y empezamos a buscar una vía de sanación para el prójimo y para nosotros mismos”, sostiene.

Su vida era muy distinta antes de fundar esta comunidad, pero ca,bió al conocer a un sacerdote dominicano, Thomas Philippe. “Por él descubri el mundo de los discapacitados, el dolor y las injusticias que atraviesan. Y me decidí a invitar a vivir conmigo a dos personas “diferentes”, Raphael Simi y Philippe Seux”, comenta. Luego compró otra casa y así, gradualmente, El Arca fue creciendo.

“Para ser libres tenemos que animarnos a dejar las inseguridades y comodidades. La vida no tiene sentido, no es verdadera vida si no aprendemos de los diferentes. La paz será posible si trabajamos por derribar los prejuicios que nos separan”.

—¿Qué aprendió usted de los discapacitados?

—Cuando vivís con otras personas todo el día, aprendés mucho de vos mismo. En la marina, entendí lo que significaba comandar y obedecer; como profesor comprendí lo que era enseñar y aprender pero… ¿Sabía realmente amar? Hoy puedo decir que aprendí sobre la calidad y el tiempo que necesitan las relaciones humanas, sobre cómo dar vida y cómo recibirla. Entendí la capacidad que tengo para amar y herir a otros. De los discapacitados aprendo a ver la belleza que se esconde en cada uno de ellos, que cada persona es importante, y que cada ser humano grita para ser amado, para vivir en comunión con otros.

Foto: www.jean-vanier.org

—¿Qué encuentran los discapacitados mentales en El Arca?

—Un espacio donde puede crecer en libertad. Intentamos apoyarlos para que descubran quiénes son, que no deben seguir lo que los demás quieren de ellos, que abandonen el temor al rechazo. Que sean cada vez más autónomos, que puedan tomar decisiones sobre lo que quieren comunicar y hacer. Que encuentren un hogar donde reír, porque cuando uno se divierte con otro, en el fondo le está revelando que está feliz de que ese otro exista. Es muy importante.

—¿Qué requisitos deben tener las personas que trabajan en sus comunidades?

—Capacidad para relacionarse; un particular sentido del humos para no tomarse muy en serio a ellos mismos; asumir responsabilidades y capacidad para aprender.

—¿Qué lugar ocupa Dios en cada hogar?

—Somos comunidades de fe, creemos fuertemente en la gente, en cada ser humano. Pero también sabemos que todos somos personas heridas, que cargamos con dificultades y que necesitamos el poder y la fuerza de arriba. Muchos de los que trabajan con nosotros son cristianos, pero otros son musulmanes, judíos, o llegan sin convicciones religiosas. En general, al vivir en comunidad descubren la fe, la necesidad de ser ayudados por otros. No somos una institución católica. Recibimos a las personas porque sufren y necesitan un hogar.

“El dolor es un misterio ante el cual solo resta el silencio y la compañía. La gente que sufre no necesita escuchar a otros aconsejarles lo que deben hacer, sino que buscan personas que los acompañen y comprendan”.

—Muchas personas que sufren enfermedades físicas tienden a asociarlas como un castigo. ¿Qué explicación les da usted a sus sufrimientos?

—A veces no se puede decir demasiado. El dolor es un misterio ante el cual solo resta el silencio y la compañía. La gente que sufre no necesita escuchar a otros aconsejarles lo que deben hacer, sino que buscan personas que los acompañen y comprendan. Es cierto que muchos padres de niños con problemas creen que si el fruto es malo es porque el árbol ha sido malo. Lleva tiempo hacerles entender que se trata de un fruto diferente, distinto. Pero es maravilloso cuando ocurre.

—¿Por qué cuesta integrarlos?

—Estamos llenos de prejuicios, pero creo que el rechazo no se da solo con los discapacitados sino con todo aquel que es diferente; que profesa otra religión, que pertenece a una clase social distinta, que es de otra etnia, cultura, nacionalidad. Vivimos en un mundo donde se busca la seguridad y creamos muros alrededor de los “iguales”. Nos molestan los diferentes. Trabajar por la paz significa encontrarse con los distintos, no querer controlarlos o poseerlos, sino escucharlos. Es difícil, pues tenemos muy pegado a nuestra piel el deseo de juzgar a los demás. Somos naturalmente competitivos, queremos trepar la escalera de la fama y nos cuesta mostrar nuestras vulnerabilidades, desarmarnos frente al otro y recibirlo en el interior.

—¿Cómo lidian con la frustración de ver personas que, en vez de mejorar, empeoran?

—Generalmente cerca de cada hogar se encuentran un sacerdote y un psiquiatra que colaboran con nosotros. Pero el dolor siempre está presente y a veces es difícil ver que algunos discapacitados empeoran. En este mundo tendemos al idealismo; a vivir un mundo perfecto que no es posible. El dolor tarde o temprano llega. La gran pregunta para todo hombre es cómo convivir con el sufrimiento sin caer en la rabia, la bronca o la depresión; cómo vivir la realidad de pie. Para eso está la comunidad, para apoyarnos unos a otros. El contacto con el dolor, con la parte “quebrada” de nuestro interior nos transforma.

Esta entrevista se publicó en la edición impresa Sophia, número 29, de junio de 2003.

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