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Sociedad

18 mayo, 2021

Japón, el juego de las sillas y qué podemos aprender de su cultura

La pandemia de Covid-19 puso al mundo en jaque y, a la vez, iluminó aquellos hábitos o costumbres cotidianas que aportan al cuidado colectivo y fortalecen el sentido comunitario. La autora de esta nota, escritora y de ascendencia japonesa, resalta aquellos valores de grupo que, en medio de la crisis sanitaria, podrían ayudarnos a mantenernos a flote.


Foto: Pexels

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Por Anna Kazumi Stahl*

Uno piensa en los juegos de la infancia, y parece que tienen que ser universales: fáciles y entrañables, centrados en la cuestión de contener y compartir. Nos cuesta concebir una situación en la que, en vez de unir en la diversión, llevarían a lo opuesto. “¡Les juro, mi intención no fue dejarles cicatrices de por vida a estos niños japoneses! Sólo quería darles un lindo juego para que se divirtieran juntos”. Son palabras del periodista norteamericano del The New York Times, Nicholas D. Kristof, quien residió una temporada en Tokio por su trabajo; y así relató la experiencia que vivió junto a su esposa cuando invitaron a los compañeritos de su hijo de cinco años a jugar juntos el famoso juego de las sillas, pero no salió como esperaban. Ellos buscaban romper el hielo, que los chicos la pasaran bien y se conocieran mejor. 

Sí ayudó a que se conocieran mejor: cuando se detuvo la música, todos corrieron con risas excitadas para tomar asiento, pero no bien se dieron cuenta de que uno de ellos quedaría sin lugar, todos los niños japoneses se levantaron y, disculpándose, hacían gestos hacia la silla más cercana para ofrecérsela a los otros, con sinceridad, casi con urgencia personal. 

Hace un año hice una breve presentación para TEDxRiodelaPlata sobre cómo la cultura o la mentalidad japonesa podría ayudarnos aquí en la Argentina a cambiar nuestros hábitos para protegernos mejor y así transitar con menos peligro este período de contagio pandémico. Usé este ejemplo del juego de las sillas, porque quise enfatizar las actitudes y los comportamientos habituales que, en japoneses, revelan una manera de vivir lo cotidiano a partir de pensarse uno mismo como parte de un tejido colectivo

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“Quise enfatizar las actitudes y los comportamientos habituales que, en japoneses, revelan una manera de vivir lo cotidiano a partir de pensarse uno mismo como parte de un tejido colectivo”. 

La noción abstracta de que uno es tan seguro y fuerte como lo es el grupo al que pertenece es un concepto que se vuelve concreto cuando se habla del Covid-19 y su transmisión sigilosa y veloz. Contagia a partir del aire que queda en un ascensor o que pasa invisible de un lado a otro en un tren o en una oficina. Dada esa terrible cualidad, las acciones de un individuo ya no repercuten sólo en la vida propia, sino que llegan a los espacios compartidos también, disminuyendo la seguridad de otros.

En mi charla, puse énfasis en la posibilidad de que podría ser atractivo en este caso, aquí en Argentina, actuar de manera solidaria, desde una conciencia de que el bienestar grupal constituya una ventaja para el individuo, como se venía haciendo en Japón. Y creo que aún sigue siendo relevante, por eso quisiera compartir con ustedes algunos conceptos o ideas, palabras que son importantes en relación con este tema de la conciencia de grupo. Son palabras que se usan en Japón, y que quizás aquí, más que describir, puedan alentar a seguir resistiendo.

Amae / Wa 

En abril 2020, hablé del amae para poder anclarme en la sensación subjetiva de quien podrá estar seguro de que el otro lo sostendrá, lo cuidará y acaso lo salvará. Pero más allá de esa perspectiva más bien emocional, existe un valor cultural o psíquico en Japón que se conoce como wa, y que señala la esencia actitudinal de la fortaleza de un individuo en grupo. Wa se traduce literalmente como “armonía”, pero en la cotidianidad de interacciones entre las personas significa que al individuo lo que le proporciona menos vulnerabilidad y más estabilidad, lo que lo potencia en definitiva, es el grupo. Lo que da fuerza es el estar entre otros, perteneciendo a un todo con otros. Eso, en aquella cultura y su sistema de valores, es mucho más que ejercer una mera individualidad.

La indulgencia y la armonía eran pertinentes frente a una situación como la del coronavirus aquí en abril de 2020. Regía aún la convicción de que la decisión individual podría ser una opción recomendable, una manera de optimizar la experiencia y aprender mientras se transitaba el momento, una momentánea complicación. Pero pasado un año, y frente al virus y sus cepas, frente a su agilidad mutante, debemos decir que la noción de la indulgencia era tal vez un lujo o quizás una opción sin suficiente fuerza; la cruda realidad nos lleva a una instancia en la debemos articular algo más esencial y poderoso, más completo y compacto: comportarse con espíritu de equipo es la opción que nos salvará o nos hundiremos individuo por individuo, cada vez con más celeridad.

En Japón, la palabra wa, señala la esencia actitudinal de la fortaleza de un individuo en grupo.

En este sentido, el ejemplo de la fuerza o la protección que permite la manera de comportarse en la cultura japonesa sigue funcionando con plena vigencia: los números de contagios se sostienen a pesar de la cantidad de habitantes y de la longevidad promedio, la proporción de muertes por millón es 16 veces menor que en Argentina, 21 veces menor que en Estados Unidos y 24 veces menor que en Italia.

No digo todo esto en representación de una u otra cultura particular. A esta altura, las sociedades del mundo entero (incluso la sociedad japonesa, como es evidente en los vaivenes en estas semanas previas a los Juegos Olímpicos), se encuentran en el límite de su tolerancia, contra las cuerdas, con la fuerza menguando y la economía estancada y uno, a nivel personal, sintiéndose ya en el límite de poder continuar con días idénticos, pero tan distintos a nuestro pasado…

Ahora es ese momento. El de la resistencia en esta maratón. El de poder aguantar o no. Ya hay vacunas disponibles y la comunidad científica ha hecho una enormidad en este tiempo. Se crearon vacunas con espíritu de equipo, equipos que jugaron en Gran Bretaña, China, Estados Unidos, Israel, Rusia…

Dos palabras más: Gaman y Gambatte

Gaman. Es una palabra dura en japonés. Significa, desde el dogma Zen, aguantar y perseverar, seguir para adelante, aunque uno no dé más, simplemente seguir. Gambatte es casi un refrán, es un lema o una melodía: gambatte se canta ante los compañeros para que salgan con el ánimo levantado a la cancha o a la entrevista de trabajo o a la prueba del bimestre. ¡Que puedas tener fuerzas para enfrentar y sobrellevar el momento! Me pongo el barbijo, me lo ajusto bien, me quedo lejos del abrazo de mis compañeros, sonrío con las pestañas, nomás, nadie me ve el gesto bien. Muevo las manos, inclino la cabeza, pestañeo, y digo –entre telas– “¡Me alegra verte! ¡Cuidémonos!” 

Pero gambatte tiene adentro una perla: su forma de verbo combina los elementos gam (aguantar) y haru (vientre, o eje central). Apunta a aguantar en combinación con el “vientre” o el corazón del asunto. O sea, que uno aguanta por algo: por el amor, por el amor a la vida, a la salud del otro y de uno mismo. Uno aguanta porque ve un porvenir mejor para todos. Sólo me queda expresar un deseo íntimo, muy humano y positivo: Gambatte, Argentina, que estamos cerca, cada día más cerca.

*Anna Kazumi Stahl es escritora de ficción y doctora en literatura comparada. Es estadounidense, hija de madre japonesa y padre descendiente de alemanes. Vive en Buenos Aires desde 1995. Publicó dos libros de narrativa, cuentos en antologías y el libro de no ficción “Miradas: Literatura japonesa del siglo XX”, de la colección Cuadernos de Malba Literatura.

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