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Vivir bien

16 noviembre, 2020 | Por

Irse o quedarse: ¿esa es la cuestión?

Se trata de una pregunta profunda que muchas personas se están formulando en un año complejo, incierto. ¿Puede la pandemia llevarnos a recalcular nuestro destino? El desafío es, sin duda, tener paciencia y escuchar las señales del alma.


Foto: Nubia Navarro, Pexels.

¿Navidad con tu mamá y Año Nuevo con la tuya? ¿Nos tomamos vacaciones en enero o en febrero? ¿Nos vamos a la costa o refaccionamos la casa? Comienza la segunda quincena de noviembre y las conversaciones frecuentes de estas fechas llegan, al igual que los adornos navideños a las vidrieras, con una particularidad: traen consigo un dejo agridulce. En el fin de un año cargado de incertidumbre y dolor, entre medio de los planes habituales, algunos argentinos también están dando lugar a una pregunta más profunda y de mayor impacto: “¿Nos vamos o nos quedamos?”

La pandemia por coronavirus, la extensión en el tiempo de las medidas para prevenir el colapso sanitario y la crisis económica sembraron en algunos la inquietud de irse o quedarse en el país. En otros, quizás, la de dejar la ciudad para vivir en sitios menos poblados y en mayor contacto con la naturaleza.  

Nadie quedó como estaba antes de que el virus irrumpiera en la vida de los seres humanos del planeta. Con más o menos consecuencias, con más o menos dolor, fuimos puestos contra las cuerdas y nos vimos ante la necesidad de replantearnos desde las más mínimas costumbres cotidianas hasta las más delicadas y críticas situaciones existenciales. Un niño de jardín o un anciano octogenario: todos tuvimos que enfrentar cambios.   

“Hoy, la tendencia a buscar el futuro fronteras afuera crece, y se trasluce en redes sociales, en consultas a sitios que nuclean a argentinos en el exterior”.

Escribió Silvia Fesquet en el diario Clarín en octubre de 2020.

“Hoy, la tendencia a buscar el futuro fronteras afuera crece, y se trasluce en redes sociales, en consultas a sitios que nuclean a argentinos en el exterior”, escribe la periodista Silvia Fesquet en un artículo de opinión publicado en el diario Clarín con fecha 11 de octubre de 2020. En Infobae, una nota de julio informaba que durante 2020 se habían cuadruplicado las búsquedas de los argentinos sobre “emigrar” en Google, en comparación con el promedio 2011-2018. Mientras que La Nación, en el mismo mes, señalaba que habían crecido las consultas para dejar la ciudad y mudarse al campo. A juzgar por las noticias de los diarios nacionales, el 2020 será recordado por todos como el año de la pandemia y también, para muchos, como un año de grandes decisiones.

Cuando surgió este tema en reunión de sumario virtual con el equipo de redacción, algunas de nosotras ubicadas en Buenos Aires, otras en el interior o en un barrio del Gran Buenos Aires, la cuestión geográfica del “irse o quedarse” de la cuestión se empequeñeció y terminó por ser el puntapié para hablar de algo más profundo. De mirar una foto más amplia. Irse o quedarse no acaba en “acá” o “allá”: tiene una versión tangible y concreta –la ubicación donde estamos-, pero también más sutil e intangible: a lo largo de la vida, son muchas las veces en las que nos vemos llamados a irnos o quedarnos de un lugar, de algo, de alguien, de alguna situación. De una pareja, de una relación de maltrato, de un trabajo que no nos satisface, de un lugar que nos da seguridad pero no plenitud. Posicionarnos ante uno de estos vendavales existenciales no es fácil, pero ¿puede convertirse en una oportunidad?

Foto: Anna Shvets, Pexels.

Hacerse la pregunta correcta

“¿Irse o quedarse? Qué pregunta importante. Lo primero que viene a mi mente son los tres derechos humanos que defiende Humberto Maturana: 1) el derecho a equivocarse, 2) el derecho a cambiar de opinión, 3) el derecho a irse de un lugar sin que nadie se sienta ofendido”, enumera la psicóloga cordobesa Kay Ghersevich. “Derechos que parecen tan simples y obvios, pero que son tan difíciles de ser apropiados con la legitimidad y la profundidad que conllevan. Pienso en muchas de las personas que acompaño día a día, en cómo sus cuestionamientos y reflexiones toman otra dimensión cuando se abren a la posibilidad de hacerse estas preguntas: ¿quiero permanecer en esta situación?, ¿necesito hacerlo?, ¿puedo hacerlo? Y aunque pudieran parecer sutiles diferencias, es muy importante discernir entre puedo y no puedo, quiero y no quiero, necesito y no necesito y elijo y no elijo”, dice la psicóloga.

Decidir con libertad y franqueza sobre cuestiones vitales requiere, de acuerdo con la especialista, de la capacidad de sentirnos dueños de nuestra vida y de conocernos. Lo que llama el “yo autobiográfico” y el “yo presente, sentido y sintiendo en el aquí y el ahora”, necesitan estar integrados, de esa manera podremos reconocer nuestras necesidades actuales, aceptar el derecho a cambiar, a equivocarse, a irse, a cuestionarse, a elegir. “Y a conocerse una y otra vez, en nuestros múltiples aspectos y dimensiones, en los rasgos que abrazamos y en aquellos con los que sufrimos o renegamos”, agrega.

El escritor, ensayista y especialista en vínculos Sergio Sinay, colaborador frecuente de Sophia, habla desde la experiencia. En la década del 70, cuando el país atravesaba la dictadura, él se desempeñaba como periodista y comenzó a sentir que la situación en la Argentina se volvía peligrosa por el solo hecho de, como todo periodista, tener una agenda de fuentes. Por esa razón decidió irse a vivir a México, donde permaneció unos años y luego volvió a casa. Desde la sabiduría que dejan las vivencias Sinay sugiere que, una vez sembrada la inquietud de un cambio como irse del país, ciertas preguntas antecedan a otras.

“Si vos sabés de qué te querés ir, el adónde pasa a un segundo término y podés visualizar la necesidad con más tranquilidad y perspectiva. A lo mejor te podés ir de eso, sin moverte físicamente: te podés ir de ciertos vínculos tóxicos, de ciertas repeticiones que no te llevan a ningún lugar, de ciertos ámbitos o contextos o de cierta manera de trabajar”.

Sergio Sinay

“La pregunta ‘¿A dónde te irías?’ hoy está muy en boga. Yo propongo que la cambiemos por ‘¿De qué te querés ir?’. Porque si vos sabés de qué te querés ir, el adónde pasa a un segundo término y podés visualizar la necesidad con más tranquilidad y perspectiva. A lo mejor te podés ir de eso, sin moverte físicamente: te podés ir de ciertos vínculos tóxicos, de ciertas repeticiones que no te llevan a ningún lugar, de ciertos ámbitos o contextos o de cierta manera de trabajar. Como decía Pascal, muchos de los grandes problemas de la humanidad empiezan en la imposibilidad del ser humano de quedarse quieto en una habitación durante un largo rato”, dice Sinay.  

Foto: Ann H, Pexels.

¿Quién habla? ¿Los mandatos o yo?

Torcer las velas. Cambiar de rumbo. Detener el curso de las cosas para barajar y dar de nuevo. La toma de decisión y la integración de la que habla la licenciada Kay Ghersevich se dificultan si nuestras necesidades, opciones o deseos confrontan con mandatos o con lo que ella llama “narrativas rígidas”. También, cuando nos encontramos tan desconectados de nosotros mismos que apenas podemos percibirnos en nuestra realidad.

“Si me defino como alguien estable y que no se adapta a los cambios, probablemente cuestionarme el irme de una situación o de un lugar donde no me siento cómodo, no solo me genere un alto monto de angustia esperable, sino una sensación de contradicción o incoherencia con quien creo que soy. Si en lugar de definirme de esa manera tan cerrada construyo una narrativa donde habilito mis procesos de cambios y crecimientos como parte de mi autoactualización y no como una pérdida de quien soy, me abro a transitar un proceso de discernimiento y decisión reflexionado y sentido que me amplía. Si supero el miedo a cuestionarme por temor a perderme, si dejo atrás esos mandatos y narrativas rígidas que me dejan estanco en el yo autobiográfico, pero no dejan que aparezca mi yo del aquí y el ahora, entonces estoy preparado para mirarme en la situación actual”, señala.

“Si supero el miedo a cuestionarme por temor a perderme, si dejo atrás esos mandatos y narrativas rígidas que me dejan estanco en el yo autobiográfico, pero no dejan que aparezca mi yo del aquí y el ahora, entonces estoy preparado para mirarme en la situación actual”.

Licenciada Kay Ghersevich

Para que un proceso de cambio y decisión importantes fluya hace falta, según la licenciada en Psicología Inés Olivero, un protagonista que lo guíe, algo que, dice, no es lo más habitual. “Generalmente las personas ‘somos dirigidas’ por un sistema de creencias y respondemos a mandatos creados por otros, muchas veces, heredados de varias generaciones. Hay un pasaje bíblico (Mt.10: 34-36) donde Jesús dice: ‘No crean que he venido a traer paz a la tierra. No vine a traer paz, sino espada. Porque he venido a poner en conflicto al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra; los enemigos de cada cual serán los de su propia familia’. Y esto no es una invitación a la pelea aunque sí al disenso. No podemos seguir a nuestro Yo Superior, nuestro Sí Mismo Esencial, sin revisar el modo en el que pensamos, sentimos y actuamos. Sin diferenciarnos de aquello que nos enseñaron, de lo que esperan de nosotros y hacer una profunda introspección para que podamos convertirnos en seres íntegros y auténticos. No para ser mejores sino para ser veraces. Entonces, todas las decisiones que se tomen en profundidad serán las que nos correspondan. Sabremos si es que hay que irse o quedarse. O si es necesario tomar una distancia óptima de un vínculo sin romperlo”, agrega la autora de “Reinventarse. Claves para sostenerse en el vacío y volver a empezar” (El Ateneo, 2020).

Olivero advierte que, si la base desde la cual elegimos el camino a seguir está forjada por lo que otros pensaron que debíamos hacer, hay muchas posibilidades de que la indecisión nos deje confundidos como para actuar de modo eficaz.

Un tiempo para cada cosa

Así como para trasplantar un árbol hay ciertos momentos del año e incluso del ciclo biológico de la planta para que ella sobreviva al cambio, las personas también debemos encontrar ese tiempo preciso. Cualquier momento no es el momento para llevar a cabo una decisión clave. “Irse es trasplantarse –dice Sergio Sinay-. Entonces hay que tener los mismos cuidados que con un trasplante: preparar la tierra, sacar las raíces despacito para no dañar la yema del crecimiento. Las plantas son individuos y no todas reaccionan igual. Nosotros somos individuos y cada experiencia va a ser propia y única. Hay que saber que lo que le pasó al otro, le pasó al otro, para bien o para mal. Vos tenés que asumir tu propio trasplante y hacerte responsable de él. Hay que asumir el riesgo de correr esta aventura como una aventura propia y única y no guiarse por fulano, mengano o perengano. O las estadísticas o los diarios. Es importante tomarse el tiempo para estudiar todas las variables con toda la calma, sinceridad y honestidad con vos mismo que seas capaz de reunir y de poner en juego”.

Silencio y paciencia

Foto: Ylanite Koppens, Pexels.

Kay Gersevich avisa que todo este proceso irá acompañado de variadas y diversas emociones a las que también necesitamos escuchar y dejar aparecer como aliadas y mensajeros. “En palabras de Maturana, ‘el darse cuenta es una reflexión basada en la emoción. Y el ‘darme cuenta’ implica entender y aceptar que hay tiempos que no dependen únicamente de mi decisión. Intentar tomar una decisión antes de estar preparado o de que sea el momento posible me quita la paz, trae el conflicto. Saber esperar y observar el tiempo que mi decisión necesita, trae paz. Es imprescindible recuperar la paciencia como soporte vital de estos procesos de reflexión”, apunta.

Un recurso muy útil es escribir lo que estoy sintiendo, darme un espacio y un tiempo para tomar la decisión, no dejarme apurar desde afuera por la exigencia de otro, ni desde adentro por el deseo de concluir con la incertidumbre“.

Licenciada Inés Olivero

Mudarse, atender las señales de una vocación acallada, poner fin a un proyecto infructuoso o dar comienzo a otro. Cuando aparece un llamado, como el famoso llamado a la aventura en el mito del viaje del héroe, podremos hacer oídos sordos, pero solo hasta cierto momento. Inés Olivero dice que, una vez instalada esa voz que pide ser escuchada, las preguntas fluyen sin parar, las posibilidades se presentan a modo de torbellino y las respuestas, si las hay, no son convincentes. “Es allí donde hay que quedarse, en el silencio y la escucha atenta de todo lo que se moviliza en nuestro interior. Un recurso muy útil es escribir lo que estoy sintiendo, darme un espacio y un tiempo para tomar la decisión, no dejarme apurar desde afuera por la exigencia de otro, ni desde adentro por el deseo de concluir con la incertidumbre”, dice.

Para ella, la pandemia nos situó ante un universo desconocido, con hábitos y cuidados nuevos que, como cuando se retira la creciente, deja en el suelo material de abono que enriquecerá el suelo: “Seguramente esta oportunidad de mirar para adentro en lugar de responder a tantos estímulos externos, nos ha llevado más cerca de nuestro corazón y ese es el saldo positivo de este cataclismo que nos unificó en todo el planeta. Es en la incertidumbre donde se gestan las nuevas posibilidades y es de gran importancia aprender a transitarla sin un mapa ni una guía exterior, para comenzar a recibir las señales que, desde nuestra intimidad más pura, nos envía el alma”.

Las respuestas, ya vimos, no llegarán de manera inmediata. En un mundo complejo signado por el cambio acelerado, el desafío será dejar saber esperar que lleguen, dejarlas reposar y atreverse a oírlas, con lo que sea que tengan para decirnos.

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