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Intensa-mente 2: el viaje emocional que es un éxito de taquilla y refleja los claroscuros del alma humana

Una periodista de Sophia fue con su hijo preadolescente a ver la nueva película de Pixar y por sus cabecitas pasaron muchas cosas. Nos comparte la experiencia en esta nota.

Por María Eugenia Sidoti

En la pantalla está Riley Andersen, la adorable protagonista de esta historia. Ojos enormes, cabello rubio peinado en una colita, signos de acné incipiente. En esta segunda parte acaba de cumplir trece años y todo marcha bien: “Soy una buena persona”, reza su sentido de identidad, una pieza frágil y bella que parece de cristal, y está ubicada en algún lugar de la estructura de su cerebro. El viaje comienza allí donde terminó Intensa-mente, con el paso de la infancia a la adolescencia, la gran transformación que todos los seres humanos atravesamos y que desata una tormenta de emociones y cambios que serán el hilo conductor de la trama. 

A mi izquierda, en la sala del cine, está mi hijo. Se encuentra en ese mismo momento bisagra, a punto de cumplir los trece. Por supuesto, no sé qué es exactamente lo que pasa en su cabeza. Lo único que puedo decir es que, a diferencia de lo que ocurría cuando era más chico, esta vez no fue fácil despertar su interés. 

Yo: ¡¿Vamos a ver Intensa-mente 2?!
Él: Na… es para nenes.
Yo: Dale, por favor 🙏
Él: Ufa, ok.

Ahora que ya no quiere hablar tanto, tenemos este tipo de intercambios por WhatsApp. Mentiría si dijera que no añoro a ese gurrumín que insistió con saltitos para ver la primera Intensa-mente a través de una plataforma, durante la pandemia. Los dos la disfrutamos aquella vez. Él, porque era un alegre habitante de la infancia. Yo, porque lo único que quería era ver películas animadas: mi mamá acababa de partir por culpa del covid y, en mi centro de mando, Tristeza estaba a cargo de todo.

Para quienes no hayan visto la parte uno, cuyo estreno tuvo lugar hace casi diez años, la cosa es más o menos así: Riley es una nena que debe mudarse de ciudad por el trabajo de su padre y ese cambio la lleva a vivir sus emociones con intensidad. Alegría, Tristeza, Desagrado, Furia y Temor entran en escena y alternan su turno para controlar el comportamiento de la pequeña, utilizando una especie de consola llena de botones dentro de su cabeza. Además de gestionar su comportamiento, las emociones también la ayudan a elaborar experiencias y a almacenar los recuerdos. 

En esta nueva película, que a poco de estrenarse ya es un boom de venta de entradas —con picos de taquilla inéditos para los últimos veintisiete años—, Riley entró en la pubertad y hay nuevos personajes dentro de su cerebro, como Ansiedad, Envidia, Aburrimiento y Vergüenza. Pero hay algo que sigue intacto: el interés de Pixar por ahondar en los fascinantes descubrimientos de las neurociencias y por retratar esas emociones que todos, grandes y chicos, experimentamos en mayor o menor medida a lo largo de nuestros distintos momentos vitales. De ahí, sin duda, que genere tanto interés en un público que no es solo infantil.

Basada en descubrimientos científicos tan asombrosos como complejos, la narración atrapa y genera infinidad de preguntas. Aunque al oído, en un susurro, yo sólo recibo esta: “Ma, ¿cuánto falta para que termine?”, escucho la voz de mi hijo. Como Riley, ahora él también se pone ansioso y se aburre con una facilidad asombrosa. En la jerga, incluso, diría que por momentos se pone un poquito “intenso”. Nada que no pueda salvar ese ritual sagrado que es el cine: difícil no rendirse al asombro ante el escenario imaginario, mágico, donde conviven los pensamientos, las emociones, las creencias y el sentido de vida de Riley. Bolas e hilos multicolores que atesoran su verdadera esencia y que, aunque van sufriendo traspiés y modificaciones a lo largo del relato, pugnan por mantener su integridad.

Porque la protagonista es alegre y buena, sí, pero no siempre. También se pone triste, se frustra, se enfurece. Es divertida, aunque sabe herir. Quiere encajar, se sonroja, prueba nuevas máscaras de personalidad y se debate internamente ante la disyuntiva de elegir (o no) ir en busca del éxito a cualquier precio, lo que significaría quebrar su propia estructura de valores. Por eso, quizás el mayor logro de Intensa-mente 2 sea ofrecer un espejo en el que todos nos podemos reconocer. Porque si algo queda claro en la historia, es que nos vamos construyendo a partir de una experiencia que es tan personal como compartida. 

Si me permiten, quiero dedicar un párrafo aparte para Alegría y Tristeza que, en su eterno juego de yin y yang, otra vez nos deleitan con sus idas y vueltas de opuestas que siempre acaban siendo complementarias. Energías que mueven el mundo y que por momentos nos impulsan a la acción y al disfrute, pero también a la pausa y el recogimiento. Diferentes, pero integradas. Entrañables las dos. Y fundamentales a la hora de contener a Ansiedad, esa nueva fuerza desbordante y caótica que, por arrebatada, pone patas para arriba todo lo que toca.    

Mientras tanto en la sala, entre risas y lágrimas, el público agradece los guiños y las semejanzas con la realidad. Porque, como Riley, todos los presentes estamos cableados por millones de conexiones neuronales donde habitan nuestros claroscuros. Alegres y esperanzados de a ratos, aunque también ansiosos, avergonzados, aburridos, envidiosos, furiosos, asqueados, temerosos, tristes. Así vamos por el mundo. Presos muchas veces de las emociones que nos generan las desafiantes experiencias reales de cada día, pero también de los embates de ese universo paralelo que son las redes sociales y las exigencias de nuestros teléfonos celulares. “No importa quién es Riley. Lo que importa es quién debe ser”, le dice Ansiedad a Alegría con tono de mandato, cuando ella le reprocha que, por su culpa, la protagonista está perdiendo lo más importante que tiene: su identidad. 

No es de spoiler decir que la peli acaba bien. Al fin y al cabo, es una historia para niños y todavía no queremos que un personaje como Angustia entre en sus vidas (ni en el guión de Pixar). Además de las animaciones increíbles y de diálogos bien logrados, lo más lindo que tiene es, quizás, lo que no se ve: la idea de que, a pesar de nuestras diferencias, siempre hay algo que nos une, porque todos somos imperfectos, vulnerables, humanos. “Uf, para mí la mejor parte fue cuando se terminó”, opina mi hijo al salir. Alarma: ¿será que tiene a Furia al mando, apretando su botón rojo? “Na, chiste, te amo”, dice y me abraza. Porque, al igual que la niña de Intensa-mente 1 y 2, en medio de esa maraña de emociones adolescentes que hay en su cerebro, él también, como todos, tiene algo bello y luminoso que brilla de un color distinto cada vez.

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